jueves, 18 de agosto de 2016

La memoria en el vaivén del arrullo: rescate del patrimonio oral tachirense | Preserving Táchira's Oral Tradition: The Cultural Memory of Lullabies




Foto: Referencial, creada con IA por Bernardo Zinguer (2026) a partir de una foto del patio interno de la casa grande de las Sandoval, en Lobatera



"Aserrín, aserrán,
los maderos de San Juan,
piden queso, piden pan.
Los de Rique, alfeñique,
los de Roque, alfondoque,
¡riquirrique, riquirrán!"


Al observar hoy cómo las más recientes generaciones son entregadas al sueño a través de las pantallas frías de una tableta o un teléfono celular, bombardeadas por músicas contemporáneas que resultan estridentes para quienes comprendemos y valoramos la armonía, la melodía y el ritmo a la antigua usanza, surge de inmediato la evocación del hogar y la memoria familiar en la casa grande de Lobatera. Frente al artificio digital, renace con fuerza el recuerdo de aquellos cantos de cuna con los que antaño se arrullaba y calmaba a la infancia en el Táchira.



Durante generaciones, el compás templado y cadencioso de los versos completos que reproducimos, marcó el umbral del descanso en nuestros hogares andinos. Más que un mero juego de rimas, esta pieza, entre otras, cumplió la noble y primordial función del arrullo: la palabra viva que, suspendida entre el vaivén de los brazos de la madre o de la vieja mecedora de madera curvada (estilo Gebrüder Thonet) de los nonos, y encontraba eco en el desgastado corredor de ladrillo tablita sobre el cual se reflejaban las sombras de alargados y cuidados helechos que pendían de la viga principal, transmitía serenidad, calidez y un sentido temprano de pertenencia.



El origen de estos versos tradicionales se remonta, con alta probabilidad, al horizonte colonial hispánico. Llegó en el bagaje cultural intangible de los primeros pobladores y colonizadores peninsulares, arraigándose y aclimatándose a la sonoridad cotidiana de nuestras montañas y valles.



Términos preservados en su métrica como "alfeñique" (especie de dulce de panela o pasta de azúcar de raíz hispano-árabe) y "alfondoque" (o alfandoque, preparación tradicional de melado de caña, queso y especias) son auténticos fósiles lingüísticos. En cada línea subyace una huella de la gastronomía ancestral tachirense, las devociones del calendario festivo, como la fiesta de San Juan, y las formas de convivencia que moldearon la vida cotidiana del Táchira pretérito, cuya memoria queremos que no se diluya y pierda.



La fractura del patrimonio inmaterial frente al ruido moderno

Asistimos a un tiempo de profunda ruptura en la transmisión oral. El avance tecnológico no sólo ha impuesto dispositivos electrónicos en la cuna, sino que ha desplazado la voz humana, sustituyendo el primer vínculo poético y afectivo del niño por estímulos sintéticos y ruidos ajenos a nuestra identidad sonora. Esta pérdida de la tradición entraña graves consecuencias para la memoria colectiva:


Quiebre de la cadena intergeneracional: Desaparecen testimonios orales vivos que jamás quedaron asentados en protocolos notariales ni crónicas oficiales.


Extinción del paisaje sonoro tradicional: La cadencia pausada, la afinación natural y los giros del habla regional tachirense ceden ante sonoridades homogéneas e impersonales.


Desarraigo cultural temprano: Se priva a los niños de los primeros códigos líricos y afectivos que forjaron la sensibilidad y la templanza de sus antepasados.



El deber de la custodia y la memoria viva

Reivindicar, documentar y volver a entonar versos como los de "los maderos de San Juan", que de niño en Lobatera, al oirlos, siempre asociaba con el San Juan más inmediato que conocía: San Juan de Colón, pensando que los maderos eran de allí, no es un simple ejercicio de nostalgia; constituye un acto urgente de resistencia cultural y salvaguarda patrimonial. La memoria inmaterial de un pueblo no perdura por inercia: sobrevive únicamente si la comunidad la reconoce, la valora y la sostiene con la voz. Salvar el patrimonio inmaterial tachirense comienza en la intimidad de la casa: en el gesto consciente de apagar la pantalla estridente para devolverle al niño el sosiego, la armonía y la honda calidez humana de su propio canto de cuna.



viernes, 12 de agosto de 2016

Cuentos de camino: "El muerto agradecido" | Roadside Tales: 'El muerto agradecido' (The Grateful Dead Man)




Imagen generada con IA, con fines didácticos, por Bernardo Zinguer (2026)




El muerto agradecido



Mucho antes que el tendido eléctrico de CADAFE alumbrara la cordillera, las noches tachirenses se encendían al calor de los patios de tostar café. Allí, entre el aroma del grano, el mascar del chimú y la penumbra de las velas de sebo, los viejos tomaban la palabra. En esas tertulias, velorios y convites resonaba el eco lejano de una tradición oral ancestral que, tras viajar desde las geografías del Medio Oriente hasta la Península Ibérica, cruzó el Atlántico en la memoria de los pobladores para arraigarse en nuestras montañas.



Convertidas en relatos aleccionadores de fe, caridad, honor y justicia divina, aquellas fábulas andantes, de reminiscencias bíblicas, mudaron sus ropajes del Cercano Oriente e hispanos para vestirse con el habla campesina, la geografía escabrosa del Táchira y las devociones de su gente.



De esa memoria colectiva se rescatan hoy, de entre olvidados apuntes de la nona, las siguientes líneas:



"Cuentan los viejos arrieros por los caminos de recua que allá por el siglo XIX, cuando el Táchira olía a café y a neblina espesa, vivía un hombre de bien mentado Mano Octaviano. Era don Octaviano caballero de alma limpia y bolsillo abierto; tanto que, de puro generoso, fue perdiendo la fortuna en arriendos, convites y auxilios a medio pueblo, hasta quedarse apenas con el caballo y la muda puesta.



Iba una tarde cabalgando de Lobatera hacia Colón, entre barrancos y tunos de Castilla junto al río Lobaterita, cuando la bestia se le espantó al pie de una capillita de bahareque. Al asomarse, halló el cuerpo tieso y velado a medias de un difunto. Resulta que el todopoderoso Jefe Civil de Colón, hombre de entrañas duras y ley tuerta, tenía ordenado dejar el cadáver insepulto hasta que alguien liquidara las deudas contraídas por el extinto. Dolido de ver semejante mengua y deshonra, Mano Octaviano metió la mano a la chácara, aquella gruesa correa de fajín con chatones de plata que usaban los hacendados, y sacó sus últimos dieciséis fuertes. Hasta el último cobre que le quedaba para el fiado se lo pagó al juzgado, mandando a dar al muerto cristiana sepultura con cura, responso mayor cantado, siete posas (paradas o estaciones que hacía el cortejo fúnebre desde la iglesia al cementerio y donde se cantaba un responso) y tierra bendita.



Sin un cuartillo (medio) en el bolsillo, arruinado y a pie por el escabroso tramo de Cara de Perro hacia las calurosas y sofocantes selvas de Uracá y Guaramito, se le emparejó un desconocido. Venía el mentado sujeto a caballo y vestido con un flux blanco impecable, sin una sola mota de barro a pesar del barrial del camino. Con habla refinada y trato compasivo, el hombre le ofreció un trato: acompañarlo en la travesía y aconsejarlo, a cambio de que al final de los días repartieran todo peso y provecho por mitad. Sellaron el pacto a ley de palabra de honor, como los antiguos tachirenses que todo lo empeñaban bajo la sentencia: "Que su palabra vaya por delante".



Guiado por la astucia del caballero de blanco, la suerte le dio un vuelco a Mano Octaviano. Ganó a lo grande en las peleas de gallos, acomodó valiosas tierras de trapiche y ganadería, y terminó desposando a una distinguida dama de las familias pudientes de San Faustino. Pasaron los años y la abundancia reinaba en el hogar, hasta que una noche de ventarrón, tras el relincho seco de un bravo caballo, volvió a tocar a la puerta el fino socio reclamando la liquidación de la promesa.



—Mano Octaviano, venimos a partir por mitad: los reales, la hacienda, y también la señora y el muchachito recién nacido —sentenció con voz de tumba.


Sudando frío y con el alma partida, Mano Octaviano no echó un paso atrás. Temblando de horror, desenfundó el machete dispuesto a cumplir el tremendo sacrificio antes que faltar a su palabra. Pero justo cuando levantaba el filo contra su propia sangre, el caballero de blanco le atajó el brazo y, desvaneciéndose en una luz clara como la niebla andina, le confesó la verdad: era el ánima bendita del desconocido a quien él había enterrado en Colón, que solo bajó del purgatorio para agradecer su caridad y probar que la lealtad y el honor de un tachirense se mantienen y podían valer más que la propia vida".

Lo anteriormente descrito es uno de los más nítidos ejemplos de cómo se forjaba la educación familiar tachirense en valores antes de la llegada de la industrialización, la globalización y la era digital. Se trataba del mismo método pedagógico empleado en el Oriente milenario, la antigua Grecia, Roma y la España tradicional: la transmisión oral mediante fábulas didácticas, diseñadas con un alto impacto simbólico para fijarse indelebles en la memoria colectiva.




La clave se encontraba en crear eslabones a través de hechos inverosímiles y alegorías extremas para transmitir verdades verosímiles y perdurables. Así, nuestros nonos y antepasados inculcaban principios universales propios de la condición humana y por ello profundos y permanentes, sobre la ética, el honor, la caridad y, por encima de todo, el deber ser. En otras palabras, esa era la función pedagógica y antropológica del mito, la fábula y la tradición oral: utilizar la hipérbole y la ficción extrema como vehículo para fijar verdades morales y existenciales universales. Para nuestros nonos y nonas, la fantasía no buscaba engañar, sino servir de anclaje indeleble para la ética y el deber ser.



Eran otros tiempos cuya esencia formadora difícilmente puede ser igualada hoy; paradójicamente, en medio de la mayor revolución tecnológica y de hiperconectividad que conoce la historia, hemos sufrido una profunda deshumanización en el arte esencial de comunicarnos y mirarnos a los ojos.

Tomado de: Cuentos de los nonos, en SÁNCHEZ, S. (2011. "Memoria de Lobatera".


martes, 9 de agosto de 2016

El Señor de Limoncito «Guardián de la ciudad» de San Cristóbal. El Cristo de la Villa: serenidad atemporal en una talla escultórica devocional, entre el arte del Gótico tardío y el Barroco │ ‘El Señor de Limoncito’/The Christ of Little Lemon Tree, a Rayonnant Gothic and Baroque Wood Polychromed Sculpture in San Cristóbal City











Este estudio, elaborado por Samir A. Sánchez dentro del Proyecto Experiencia Arte Nº20, documenta y analiza con rigor histórico, artístico y patrimonial la talla del Señor de Limoncito, imagen sacra venerada en la Catedral de San Cristóbal (Estado Táchira, Venezuela). La obra ofrece un recorrido por su origen en los pueblos de misión de los franciscanos capuchinos de Navarra y Cantabria, a lo largo del río Zulia y planicies aluviales del sur del Lago de Maracaibo, en el siglo XVIII; por su simbología religiosa, características artísticas, evolución devocional y estado de conservación, subrayando su importancia como pieza del arte colonial tachirense y como patrimonio cultural de la nación venezolana. A través de una aproximación interdisciplinaria que conjuga historia, arte sacro y antropología, el autor reivindica el valor espiritual y estético de esta imagen, proponiendo su urgente restauración y resaltando su rol como ícono de identidad local (Dr. Bernardo Zinguer, Academia, 2025).

Himno del Señor de Limoncito, Guardián de la Ciudad



Música: Marco Antonio Rivera Useche y Letra: Tulio Chiossone



El trabajo completo sobre la histórica imagen del Señor de Limoncito, en formato PDF, puede ser descargado aquí: 





© Proyecto Experiencia Arte / Experience Art Project 2012-2016. Algunos derechos reservados. Los derechos de autor de los textos y fotografías pertenecen a cada fotógrafo, grupo o institución mencionada.








lunes, 1 de agosto de 2016

El Archivo Histórico de La Grita (1622): Pedro de Torres Vera, albacea e hijo del fundador de Lobatera | The 1622 La Grita Document: Pedro de Torres Vera as Executor and Son of Lobatera’s Founder

 



Foto: Última parte del testamento y firmas de Benito Ruiz de Migolla, Francisco Ortiz de Parada, Francisco Chacón y Pedro de Torres Vera (Registro Público Principal del Estado Táchira, San Cristóbal)



En nuestras investigaciones documentales, cuando elaborabamos el libro: "Lobatera. Tiempos históricos de una tierra de pioneros" (Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, Nº 108, Caracas, 1993) y reeconstruíamos el árbol genealógico de la familia fundadora de los Chacón de Torres, en su mayorazgo en Lobatera desde el siglo XVI hasta el siglo XVIII, nos hallamos ante los presentes documentos, conservados en el Archivo Histórico de La Grita (ubicado en el Registro Público Principal del Estado Táchira, San Cristóbal, Venezuela) bajo la signatura Tomo XXVIII (año 1786), Legajo 5 (folios 8 al 197, y documentos sueltos o dispersos del siglo XVII), los cuales constituyen una pieza documental de inestimable valor para la historia del período colonial español tachirense, cuando estuvo bajo la jurisdicción del Nuevo Reino de Granada y de la Gobernación del Espíritu Santo de La Grita de Mérida (nombre oficial, pues su territorio respondía a la agregación de jurisdicciones de la gobernación y capitanía general de La Grita (1576) y de la ciudad de Mérida (1622). Al agregarse la provincia de Maracaibo (1678) a fines del siglo XVII, se denoninó de forma oficial: Provincia del Espíritu Santo de La Grita de Mérida de Maracaibo. La ciudad capital iba cambiando en la medida que se agregaban nuevas jurisdicciones, siendo la última Maracaibo). 


El documento en referencia fue redactado en la ciudad del Espíritu Santo de La Grita por el Escribano Público y de Cabildo Don Esteban Ramírez, el expediente cerró sus trámites de registro el 5 de enero de 1622.


Aun cuando el primer folio del manuscrito no se conserva, lo que impide leer la fórmula introductoria donde se asentaba el nombre de pila del otorgante, la lectura paleográfica de sus cláusulas revela que perteneció a un rico e influyente encomendero y terrateniente de la élite gritense.


El testador estaba estrechamente vinculado a las redes de poder andinas: era tío directo de don Francisco de Escalante (destacado encomendero e hijo uno de los fundadores de La Grita, el Capitán Francisco de Escalante), así como de doña María de Avellaneda [emparentada con Andrés del Basto Avellaneda, de Pamplona y con Ana Pérez del Basto, de La Grita, hija de uno de los fundadores de La Grita, el capitán Adrián Pérez y eesposa del fundador de Lobatera, Pedro de Torres Vera].


Su posición social se ve revalidada por el perfil de sus albaceas y testigos testamentarios, todos ellos encomenderos de San Cristóbal y La Grita. Dichos personajes figuran y firman en el siguiente orden: Benito Ruiz de Migolla, Francisco Ortiz de Parada*, Francisco Chacón y Pedro de Torres Vera. Estos dos últimos, vinculados por parentesco de afinidad al ser cuñados, eran yerno e hijo menor, respectivamente, de Don Pedro de Torres Vera (fundador de Lobatera, fallecido en 1610 y casado con doña Ana Pérez del Basto, difunta en 1621); en el caso de Chacón, este se hallaba desposado con Felipa de Torres Vera, la hija mayor del fundador.


Por otro documento conservado en el mismo expediente se conoce que para este momento Pedro de Torres Vera h. en la práctica era mayor de edad pero legalmente permanecía bajo la tutela de su cuñado, Francisco Chacón. Se le reconocería la mayoría de edad y la entrega plena de los bienes heredados de sus padres por sentencia del alcalde de La Grita Pedro Álvarez de Castrellón, especificando en la solicitud el referido Francisco Chacón que: "se justifica que desde hace un tiempo el dicho Pedro de Torres Vera administra de forma independiente sus bienes y hacienda, habiendo trabajado por su cuenta y rendido debidamente la cuenta de la tutela y demás asuntos señalados en la solicitud". La petición fue presentada ante el Alcalde el día 12 de noviembre de 1622. Al reverso de la misma consta la providencia o auto emitido por el alcalde don Pedro Álvarez de Castrellón, mediante el cual decreta y declara emancipado a Pedro de Torres Vera, ordenando que se le haga entrega formal de sus bienes para que los administre como mejor le convenga, otorgándole plena capacidad legal para comparecer en juicio y realizar los actos jurídicos contenidos en el expediente.  


A lo largo del cuerpo del testamento estudiado, escrito en una letra procesal encadenada del castellano del siglo XVII, caracterizada por ligaduras abigarradas y abundantes abreviaturas, el testador detalla un vasto patrimonio agrario, ganadero y servil (esclavos). Entre sus mandas dispone legados religiosos (misas y capellanías entre otras), el pago de deudas y cuotas a  hermandades, así como una importante renta destinada a un futuro mantenimiento de un hospital y de la iglesia parroquial de La Grita, para la atención de enfermos. 



Asimismo, declara la posesión de encomiendas de indios y estancias de ganado mayor y menor repartidas por valles e ingenios estratégicos de La Grita, San Cristóbal y Pamplona, sumando millares de cabezas de ganado vacuno y lanar, casas de residencia y molinos de trigo. En el ámbito de la mano de obra, el manuscrito lista nombre por nombre a numerosas piezas de esclavos y sirvientes domésticos (como Francisco, Antonio, Diego, Victoria, Mateo, María, Juan Morcillo, Félix, Tomás, Ana y Pascuala), a algunos de los cuales concede la libertad e indemnizaciones en pago a sus servicios.



El escatocolo o cierre notarial del expediente, ejecutado por el escribano público y de Cabildo Don Esteban Ramírez, certifica la intervención de las autoridades judiciales y contables, con firmas autógrafas de los testigos y albaceas, dando fe pública del auto de notificación, consolidando así la validez legal de este testamento fundamental para el estudio de la prosopografía y la estructura socioeconómica tachirense en la época colonial española, a comienzos del siglo XVII.


* Francisco Ortiz de Parada era hijo de Manuel Fernández y de Francisca Ortiz de Parada, y hermano de Francisca Ortiz de Parada h. quien se había casado con Jerónimo de Colmenares, yéndose a residir en la Villa de San Cristóbal. Jerónimo de Colmenares, siendo niño (c. 1589) fue testigo presencial de la renovación portentosa del retablo de Nuestra Señora de la Consolación de Táriba, en la choza de despensa de la casa de sus padres, el encomendero Alonso Álvarez de Zamora y Leonor de Colmenares.



Don Pedro de Torres Vera (mediados del siglo XVI - 1610), fundador de Lobatera en 1593 (Lienzo con óleo y acrílico por el artista tachirense José Gregorio León Duque (2015).



Documento de emancipación legal de Pedro de Torres Vera h.

En este expediente, fechado el 12 de noviembre de 1622 y presentado por Pedro de Torres Vera h. quien manifiesta ser menor de 25 años (nacido en 1597) e hijo de Pedro de Torres Vera, solicita su emancipación legal ante el Juez receptor Don Gonzalo Palencia de Andrade quien se encontraba en La Grita haciendo la residencia a las autoridades de la ciudad.



Foto: Última parte del  expediente de emancipación con la certificación del escribano Esteban Ramírez y el ejecútese del Juez visitador  (Registro Público Principal del Estado Táchira, San Cristóba).




Signo notarial de Esteban Ramírez, Escribano Público y de Cabildo de la ciudad del Espíritu Santo de La Grita, para 1622.


Nos ha parecido de interés, analizar el dibujo presente en el documento de 1622, el cual corresponde al signo notarial de Esteban Ramírez, quien se desempeñaba como escribano público y de cabildo en la ciudad del Espíritu Santo de La Grita (para la época, bajo la jurisdicción de la Real Audiencia de Santafé en el Nuevo Reino de Granada). En la tradición jurídica de la Monarquía Hispánica durante el siglo XVII, este elemento no cumplía una función meramente ornamental, sino que constituía la "huella dactilar" gráfica y la máxima garantía de fe pública del funcionario.



Desde el punto de vista iconográfico y diplomático, la figura se articula sobre una estructura cruciforme central, rasgo indispensable en la época que simbolizaba el juramento en nombre de Dios y la autoridad del rey otorgada al escribano. 



Sobre esta base en cruz se despliega un diseño simétrico de roseta o estrella lobulada de ocho puntas, característico de la transición entre la tradición hispano-mudéjar y el estilo barroco temprano hispano colonial. Como elemento clave de seguridad, el trazo incluye puntos centrales intercalados en los espacios de los lóbulos; esta técnica buscaba complejizar la geometría del signo para dificultar cualquier intento de falsificación o alteración por mano alzada. Asimismo, los remates del eje vertical se estilizan en puntas afiladas, evocando la autoridad civil y judicial del Cabildo local.



En la práctica notarial del siglo XVII, este signo estaba registrado de forma única e inalterable en el título oficial de Esteban Ramírez y debía reproducirse fielmente, trazado a pluma de ave, en cada escrito que validaba. Dado que el escribano se titulaba y firmaba sobriamente bajo la fórmula "En testimonio de verdad, Esteban Ramírez, escribano público y del cabildo [...] Lo certifico", el signo cobraba un valor identificativo todavía mayor. Acompañado de los trazos ágiles de su rúbrica (visibles a un costado de la figura), este sello personal era el requisito indispensable que otorgaba validez jurídica e inalienable a los protocolos y actas de La Grita, permitiendo cotejar la autenticidad de cualquier traslado o copia emitida en todos los territorios de la Monarquía Hispánica, en los cinco continentes.


viernes, 22 de julio de 2016

La carta de 1907 al General Cipriano Castro: medicina empírica, adulación política y vida cotidiana en el Táchira de principios del s. XX | The 1907 Letter to General Cipriano Castro: Empirical Medicine, Political Flattery, and Daily Life in Early 20th-Century Táchira State




General Cipriano Castro, Presidente de los Estados Unidos de Venezuela entre 1899 y 1908. Óleo sobre lienzo pintado por Antonio Herrera Toro en 1902 (Foto: Fotos viejas del Táchira, 1998).



Releer este documento, constituye una verdadera joya documental al ofrecernos una ventana privilegiada a la intersección entre la medicina empírica, la psicología del poder político y la cultura material en el Táchira y la Venezuela de principios del siglo XX. En febrero de 1907, mientras la afección renal del General Cipriano Castro se agravaba velozmente, desde el pueblo de Capacho Viejo (Libertad), en el Estado Táchira, un ciudadano y curandero empírico llamado José Medardo Montilla decidió enviar una carta directa al Palacio de Miraflores con la firme intención de salvar al mandatario.


Este testimonio epistolar resulta fundamental para comprender cómo el saber popular andino-tachirense intentaba medirse frente a la medicina académica de la capital, rescatando el valor de los curanderos o "facultos" de pueblo y su fe ciega en la "medicina únicamente indígena", articulada aquí mediante un místico tratamiento termal a base de rocío recolectado al amanecer, compresas de cobijas o bayetas y ponches reparadores administrados a lo largo de un novenario.


Al mismo tiempo, sin obviar las posibles intenciones compasivas o de amistad manifiesta, la misiva queda enmarcada como un testimonio excepcional sobre el lenguaje de adulación y sumisión de la época hacia quienes ostentaban el poder político. En el texto, Montilla apela a formulaciones solemnes como "su alteza" y condiciona la estabilidad misma de la república a la vida del caudillo, afirmando con vehemencia que la paz del país se encuentra cimentada únicamente en su salud. Esta retórica del sometimiento voluntario, donde el ciudadano común se declara dispuesto al sacrificio personal a cambio de la gloria de "salvar la patria", refleja una dinámica de veneración al gobernante en espera de favores que ha permeado y permanece de manera ininterrumpida en la cultura política venezolana hasta el presente.


Por otra parte, y más allá de las particularidades ortográficas propias de la escolarización rural de la época, el relato posee un inestimable valor arqueológico para la historia de la vida cotidiana. La meticulosa descripción de Montilla al exigir una sábana de imité, fina tela de algodón muy cotizada en el comercio trasandino, puesta a las cinco de la mañana sobre un "pajar de guinea empesando a espigar" (colchones que tuve el privilegio de conocer en la casa grande de mis nonos en Lobatera, junto a esteras y chingaleas), evoca no solo el uso del pasto gramalote con el que se rellenaban los tradicionales colchones de paja de la época, sino también el empleo de vasijas de barro para concentrar calor y el uso de la vara cuadrada como sistema tradicional de medida. Apenas un año después de esta misiva, el deterioro irreversible de Castro lo obligaría a viajar a Europa para operarse en Berlín, desencadenando el golpe de Estado de 1908 y el cambio de régimen que definió el país que conocemos en la actualidad; sin embargo, en estas líneas nos queda preservada la voz de la intelectualidad empírica tachirense y su singular visión del mundo.


Esta es la carta:



"Libertad, Febrero 4, de 1907.



Señor Gral. Cipriano Castro

Caracas.

Mi estimado Señor y amigo:

Señor precidente contitucional de los E.E.U.U. de Venezuela i celador incansable de los destinos de nuestra patria: ante Ud. espongo y pido perdón, á su alteza por las líneas que a continuación siguen.

Como Venezolano, como partidario del orden moral y social, como amigo del autor de la felicidad de mi patria.—Gral. Cipriano Castro.

A mis oídos ha llegado la fausta noticia de su enfermedad de la cual adolese, lo que motiva un sentimiento profundo que ha estremesido mi ser, pues concidero que la paz en Venezuela está únicamente cimentada en su salud. — Yo como amigo gratuito del Gral. Cipriano Castro, deseo ser el instrumento de su salud.

— Una rafaga de temor se ha apoderado de mi mente; pero anteponiéndome á un deber patrio; si mi relación diere lugar á un sacrificio por mi osadía á tan alto personaje, con gusto la sufriré, pues me quedará la gloria que he pretendido salvar la patria. — Qué es salvar su salud. . . He aquí el cuadro que me propongo pintarle.

— Mandará á hacer una sábana de imité de 5 varas cuadradas de la tela más fina que haya, esta será puesta ó estendida a las 5 de la mañana sobre un pajar de guinea que esté empesando a espigar, ésta será empapada con el rocío, ya se tendrá una vasija de barro que haya sido usada bien caliente en donde será esprimida la tela, el líquido que la vasija haya recibido así caliente será frotado con una vayeta desde la corona hasta los pies, hecho esto, nuestro medicinado será envuelto en sábanas por espacio de seis horas, á este tiempo será obsequiado con un ponche.

Esta operación se hará por un novenario. Y puedo asegurar a Ud. que á los tres días de hecha esta operación se hallará en un cambio favorable.

— Esta medicina es únicamente indijina, por lo que creo que no tendrá cabida entre los científicos que rodean su lecho.

Pero al menos me quedará la gloria de haber pretendido ser el autor de su restablecimiento.

Espero me conteste sobre el particular y reciba Ud. el saludo más cordial de su verdadero amigo.

— José Medardo Montilla. — Envía un tratamiento para curar al General".


Al citar esta memoria, es de justicia reiterar el eterno agradecimiento a Don Luis Felipe Ramón y Rivera, y su esposa Isabel Aretz (de donde la leímos y transcribimos, en su monumental obra "Folklore tachirense" (1963), cuya paciente labor etnográfica y folklórica logró rescatar la tradición cultural tachirense. Aquel entramado social, que se mantuvo firme desde la época aborigen y española hasta mediados de la década de 1950 antes de diluirse ante el avance ineludible de la modernidad y la globalización, y que sobrevive hoy gracias al invaluable testimonio de su obra.




martes, 19 de julio de 2016

Ciudad de San Cristóbal: de ΄torre de niebla΄ fundacional a metrópoli moderna, una visión histórica-urbanística | It takes awareness to raise a city: a memoir for San Cristóbal (Táchira State - Venezuela)









Conferencia leída en el Primer Encuentro de Crónicas de San Cristóbal, organizado por el Dr. Luis Hernández Contreras, Cronista de la ciudad de San Cristóbal, el 16 de julio de 2016, en la sede del Colegio de Ingenieros del Estado Táchira.








Una ciudad ordenada, en la mentalidad medieval hispánica del siglo XV (Dibujo en plumilla de Villa Real o Ciudad Real, Castilla-La Mancha. Foto: Consejería de Turismo del Gobierno de Castilla-La Mancha, reproducción con fines didácticos, 2014)



 
«L'amour pour principe et l'ordre pour base, le progrès pour but» (Auguste Comte, 1798-1857)





San Cristóbal, la ciudad de la 'Torre de Niebla'  
 
Cuando la mirada del transeúnte profundiza -con curiosidad inquisitiva- en el conocimiento de la ciudad, desde las esquinas de las viejas casas o desde las rejas de madera de las últimas ventanas que se resisten a desaparecer, la misma se hace trascendente entre la bulliciosa realidad que lo rodea, por cuanto ahora caminará sus lineales y pendientes calles como quien recorre páginas escritas entre envejecidos documentos.
   


Panorámica, de carácter bucólico, del valle de Santiago y la vega del río Torbes (antiguo Tormes), vista hacia el norte, desde una de las prominencias  montañosas por donde cruzaba el camino nacional que conducía a Rubio. En el centro, se observa la ciudad de San Cristóbal. El momento reproduce el sorpresivo y agradable encuentro de dos alemanes por tierras tachirenses: el dibujante y viajero Anton Goering (1836-1905) y el comerciante Heinrich Joacim Thies (Bramstatdt, 1838-1888), según información aportada por la Sra. Mary Thies, tataranieta de Herr Thies. Dibujo en plumilla del viajero alemán Anton Goering. Plumilla elaborada en 1870. Publicado en Vom tropischen tieflande zum ewigen schnee. Eine malerische schilderung des schonsten tropenlandes Venezuela, Leipzig. Adalbert Fischer, 1892 (Imagen cedida por Doña Nadine Buignon de Cárdenas Becerra, reproducción con fines didácticos).



Si se tratase de resumir el amplio proceso histórico de la ciudad de San Cristóbal, desde la época preurbana aborigen hasta la consolidación del hecho urbano en el siglo XVIII, bastaría con aducir que la permanencia de la misma fue producto de la perseverancia del hombre contra la adversidad: su existencia derivó de un constante desafío frente a todas los infortunios naturales y humanos que condicionaron su crecimiento y su paisaje urbano, en los tres primeros siglos de existencia.



Su geografía, terrazas y colinas, fueron marcadas en tiempos inmemoriales por el arribo de grupos humanos aborígenes alrededor del año 3.000 a.C. Ya, en el siglo XVI, los descendientes de estos primeros pobladores se hallaban en un estadio evolutivo de tipo tribal, en una organización social más definida en relación con lo que podía significar su organización política y económica. 



En lo étnico, formaban parte del patrón poblador andino establecido a lo largo de la cordillera de los Andes, donde el espacio geográfico central tachirense, por su misma geomorfología de fosa tectónica, se convirtió en el principal nudo comunicacional que facilitó la llegada y cruce de diferentes pueblos migrantes como los chibchas y arhuacos desde las tierras altas y los caribes y jiraharas, desde las tierras bajas y el piedemonte.



Luego, cuando nuestro avezado transeúnte, convertido ya en un verdadero peregrino en el tiempo, quiere bosquejar desde el mismo centro de la plaza mayor, el origen de San Cristóbal, comprende que la urbe fue el producto de los sueños, los deseos y los temores de los conquistadores sobre las serranías que le rodean. Fue producto, en primer lugar del propio proceso de ampliar horizontes sobre la Terra Ignota o la tierra desconocida más allá de la tramontana occidental de la Gobernación de Venezuela, proceso iniciado a partir de la fundación de la ciudad de Nuestra Señora de la Limpia y Pura Concepción del Tocuyo en 1545, y de las expediciones pobladoras provenientes del Nuevo Reino de Granada quienes, con un ímpetu similar al de las ciudades-colonias de la antigua Grecia dieron origen a la cadena de ciudades cordilleranas de Santa Fe de Bogotá (1538), Tunja (1539), la Nueva Pamplona en 1549 y Santiago de los Caballeros de Mérida en 1558. 



De los enfrentamientos jurisdiccionales entre estas últimas dos nuevas ciudades americanas, surgirá la chispa creadora de la ciudad de nuestro tiempo. Si bien, San Cristóbal -como idea sobre papel- fue pensada sólo como un sitio de paso de camino o de posada, puesto de avanzada sin términos ni jurisdicción; como una villeta de cristianos, dependiente de las autoridades de la ciudad de Pamplona, en el mismo momento de su fundación se hace realidad  –por decisión personal del capitán fundador, el salmantino Juan Maldonado y Ordóñez de Villaquirán, un 31 de marzo de 1561- como una nueva urbe en el concierto de ciudades del mundo, con pleno poder municipal y con una vasta jurisdicción propia, recibiendo el protocolar nombre de Villa de San Cristóbal del Nuevo Reino de Granada de las Indias del Mar Océano. Así, traza la plaza mayor, divide en cuadras y solares el perímetro urbano, y señala sitio para la iglesia y casas de Cabildo y Cárcel, porque con la ciudad, en medio de la indómita naturaleza de las montañas tropicales, aparece un sitio donde asientan las instituciones nuevas.



Por ello, la ciudad no solo fue lugar de paso o de consolidación de la conquista, la ciudad fue algo más. Se hizo una nueva realidad para la cultura, la humanidad y el derecho universal. Ante el hecho irreversible de la autonomía municipal y pese al contencioso jurisdiccional iniciado con la ciudad madre de la cual acababan de ser separados –pleito que se prolonga hasta principios del siglo XVII–, las familias fundadoras de San Cristóbal, desde su concepción humano-occidental, greco-latina e hispánica, afrontaron con coraje y decisión la enorme tarea de afianzar el pequeño núcleo urbano, pacificar, colonizar y labrar sus entornos así como comenzar a ejercer dominio sobre los primigenios moradores, sobre los ejidos y vastos términos o el hacer respetar la jurisdicción política y judicial asignada. 



San Cristóbal, en sus orígenes, no sólo fue ciudad, fue toda una región. Aun cuando nunca superó su condición de villa, como hecho poblador representó el origen, fundamento y punto generatriz del actual Estado Táchira. Los límites municipales que le asignó el Capitán Juan Maldonado, se extendieron por el norte hasta el río Catatumbo; por el sur hasta las tierras llanas de la provincia de Venezuela; por el este hasta el paso de Pueblo Hondo, frontero con Mérida y por el oeste con el río de los valles de Cúcuta, frontero con Pamplona. Esos límites -con las reducciones del tiempo, son los límites de la región tachirense. 



Así, a todo lo largo del período hispánico, y no sin superar dificultades naturales (consecutivos terremotos) y humanas (ausencia de incentivos pobladores por la escasa mano de obra aborigen, ausencia de explotación de minas de metales preciosos o tierras llanas para el desarrollo de grandes haciendas cacaoteras), la fijación y consolidación de la exigua población en torno a la plaza mayor, respondió a un proceso dinámico de acomodamiento donde contribuyeron factores tanto de orden económico-administrativo como civil y religioso que encuentran su máxima expresión en la segunda mitad del siglo XVIII cuando se define y consolida el carácter propiamente urbano de la Villa. 



Por igual, el proceso urbanizador también fue extendido por las autoridades españolas a la organización de la población nativa en pueblos medulares o pueblos principales (resguardos de Guásimos y Capacho). Esa organización se fue modelando en un proceso de agrupación y redistribución de la población aborigen en torno a centros de adoctrinamiento; expresión por igual de un urbanismo regional que se desencadena con la fundación de la Villa de San Cristóbal y que replantea una nueva visión del paisaje rural del primigenio espacio tachirense con sus respectivas consecuencias sociales y económicas. De esta época de pueblos de doctrina, sólo nos queda un testimonio urbano, el caserío de Toituna.



Capitán, Adelantado y Maestre de Campo, Juan Maldonado y Ordóñez de Villaquirán (El Barco de Ávila, antigua provincia de Salamanca, 1525 - Pamplona, Nuevo Reino de Granada, 1572). Fundador de la ciudad de San Cristóbal (Estado Táchira - Venezuela), el 31 de marzo de 1561. Óleo de uno de los más reconocidos maestros españoles del retrato, el pintor Antonio Solis Ávila (Madroñera, Cáceres, 1899 - Madrid, 1968), fue realizado por encargo de la Junta del Cuatricentenario, en especial por uno de sus miembros, el Dr. Aurelio Ferrero Tamayo, con la colaboración del historiador Dr. Ramón Maldonado y Cocat, en 1960, para ser entregado al Concejo Municipal de San Cristóbal, en las celebraciones del Cuatricentenario de la ciudad, en 1961. Esta obra fue restaurada por iniciativa del Cronista de la ciudad Dr. Luis Hernández Contreras con la colaboración de la Municipalidad y de dos mecenas del arte tachirense, el Dr. Arturo Branger y el Ing. Fernando Moreno, en enero de 2016. El trabajo de restauración fue realizado por el especialista tachirense Homero Parra (Foto: Dr. Luis Hernández Contreras, 2016)




Ahora bien, si revisamos la cantidad y calidad de las creaciones que moldearon el urbanismo durante los siglos XVI, XVII y XVIII, se tiene que –aun cuando la traza de San Cristóbal se inscribe en el modelo ortogonal renacentista español implantado en América, donde la línea recta representa el elemento básico del trazado generador para los espacios abiertos, plazas, y calles–, los objetos arquitectónicos erigidos sobre ese trazado y cargados de significación para la comunidad (la iglesia mayor con su única torre alta, la ΄torre de niebla΄ de las glosas del Dr. Aurelio Ferrero Tamayo, el convento agustiniano, las casas de cabildo y cárcel y las casas de morada y sus solares) resultaron obras en extremo modestas. 

 

Torre de Niebla, obra de historia en glosa del Dr. Aurelio Ferrero Tamayo, en la cual se presentan los primeros documentos sobre la construcción de la Iglesia parroquial de la Villa de San Cristóbal y su torre en mamposteria, en el siglo XVI. Fue publicada con ocasión del cuatricentenario de la ciudad de San Cristóbal (1561-1961) e impresa en los talleres editoriales «Vanguardia». El dibujo de la portada, en plumilla, fue realizado por el eximio artísta tachirense Manuel Osorio Velasco (Foto: Samir Sánchez, 2016).



Construcciones de techo pajizo, horcones, paredes de bahareque y tierra pisada –mestizaje cultural de técnicas constructivas aborígenes y españolas- predominaron hasta inicios del siglo XVIII, sobre las escasas de techo de teja, paredes en tapia pisada o en sillería, columnas y patios a lo andaluz; todo ello reflejo del medio natural -tierras de aluvión- y de las condiciones económicas de los moradores de la Villa.



En lo productivo y social, el entorno urbano y rural de la Villa de San Cristóbal en la etapa hispánica, mantiene todos los ingredientes propios de las provincias periféricas o menos productivas económicamente de los dominios españoles americanos. Encontramos una dedicación agropecuaria sin exclusividad señalada, una autarquía que buscaba la subsistencia y la propiedad inicialmente distribuida en varias manos pero que, con el proceso de colonización– se va reduciendo a pocas manos generando a su vez una distribución social piramidal, dada la existencia de un mayor número de labradores-jornaleros y ausencia de una burguesía urbana, o clase de comerciantes y mercaderes, emprendedora. 



Los reducidos propietarios –los vecinos principales o encomenderos, especie de terratenientes quienes ejercen el poder político y dominan los medios económicos– conservan una preferencia por residir e invertir en sus hatos, estancias y haciendas del medio rural en detrimento de la consolidación como ciudad de la Villa, hecho que sólo se alcanza a fines del siglo XVIII.

 

Plano urbano de la ciudad de San Cristóbal, para 1883. Archivo Histórico de la Municipalidad de San Cristóbal (Foto: Luis Hernández Contreras, 2016).



Este proceso se logró pasada la crisis urbana del seiscientos, causada tanto por los sucesivos terremotos como por los constantes ataques de grupos aborígenes no pacificados. En este momento, la estructura socioeconómica encuentra el medio adecuado para desarrollarse sin tropiezos, hasta alcanzar, en los últimos años del siglo XVIII, un posicionamiento como el segundo centro más poblado de la provincia de Maracaibo, en la Capitanía General de Venezuela.



Así, el orden y unidad urbanística mantenida entre el siglo XVI y el XVIII, se caracterizó por definir el paisaje urbano de la ciudad de San Cristóbal como un pueblo aislado y de monótona arquitectura –donde los materiales de construcción, simples, adquirieron una singular adaptabilidad en moradas, iglesias y caserones–, como un villorrio esparcido sobre la rígida cuadrícula fundacional rodeada a su vez por un espacio ruralizado y con preeminencia de las labores agropecuarias por sobre la actividad comercial. Actividad que sólo a fines del siglo XVIII, cuando se reconoce su favorable posición geográfica como nudo comunicacional con los llanos de Venezuela y con el Lago de Maracaibo, presenta un incipiente desarrollo al posicionar el excedente de sus productos –ganado, tabaco, café y cacao- en los mercados portuarios de Maracaibo y Cartagena de Indias. 
 

Plano urbano de la ciudad de San Cristóbal, para 1903. Archivo Histórico de la Municipalidad de San Cristóbal (Foto: Luis Hernández Contreras, 2016). 




San Cristóbal, la Metrópoli

Ya, en nuestro tiempo, el transeúnte que nos ha guiado en este recorrido y quien guarda en su mente el recuerdo todo ese orden constructivo urbano, detiene su mirar, absorto, ante la segunda mitad del siglo XX. En ese momento, la bucólica ciudad quedó abrumada por las urgencias del desarrollo y por las presiones de un crecimiento acelerado no previsible, escasamente planificado y supervisado. Ese crecimiento introdujo masivos cambios y transformaciones indiscriminadas, aun cuando algunos de los proyectos fueron acertados y representaron en su momento obras punteras del urbanismo moderno, como fue el caso de la Unidad Vecinal.



El crecimiento de San Cristóbal llegó a desbordar todos los cálculos posibles y su marco geográfico, el valle de Santiago, se convirtió en la morada de no menos de quinientos mil habitantes que, si bien –en lo superficial- parece haber transformado la otrora villa en una metrópoli moderna, ha precipitado a su vez una crisis urbana producto de la alteración de la milenaria relación hombre-ambiente, lo cual se refleja en el agotamiento del modelo de ciudad funcional ordenada y su sustitución por una metrópoli anárquica, fragmentada y cada día menos humanizada. 



La destrucción de las viejas y planificadas estructuras, reconocida como el precio inevitable de la modernidad, devino en nuevas, caracterizadas por la separación entre arquitectura y construcción o lo que es lo mismo entre el arte y la edificación, dando origen a la utilitaria «colcha de retazos» urbanos de la ciudad que conocemos. 



Una de las consecuencias más negativas de esta crisis urbana la encuentra nuestro atisbador transeúnte, en el casco o zona histórica de San Cristóbal. El solar nativo de la ciudad sucumbió ante la pérdida de la capacidad natural para continuar siendo el centro físico de encuentro de sus habitantes y celebración de grandes acontecimientos, el lugar de asiento de los poderes públicos y el espacio para las actividades culturales. 


Un viejo pueblo dentro de una ciudad moderna


En la actualidad, la zona histórica -desde lo humano- semeja más el barullo de una ΄estación de metro neoyorkina΄ de día y una guarida victorhuguiana de la ΄cour des miracles΄ o ΄corte de los milagros parisina΄, de noche. Su aspecto -desde lo construido- devino en una especie de daguerrotipo arquitectónico deteriorado, desarticulado y anárquico, representando la fractura más visible de la continuidad de la raíz histórico-cultural que unía al habitante de San Cristóbal con su hábitat urbano, a lo largo de más de cuatrocientos cincuenta años.



Frente a esta situación de extinción de la memoria y del orden urbano, nuestro transeúnte vuelve su mirada a la historia y se cuestiona ¿qué no hicimos bien? Vuelve a la retrospección de la ciudad y al propio conocimiento de sus raíces, de su identidad y de su legado, y utiliza ese valioso instrumento memorial como herramienta esencial, al momento de plantear soluciones factibles contra esta crisis que afecta a la urdimbre de la ciudad de San Cristóbal. 



Esta vez -definiendo una visión de futuro- dirige su mirada hacia el horizonte para plantearse un gran reto. Reflexiona, y luego se difumina –calle arriba, alejándose de la plaza mayor- entre una multitud que transita ensimismada. No obstante, el eco de su reflexión final nos interroga a nosotros: aquella ciudad hospitalaria de la torre de niebla, la de alegre cielo y apacible temple que subyace tras la vetustez y la colcha de retazos, reclama desde su ruinas -para toda la urbe- una nueva planificación, urgente y ambiciosa, una Renovatio Urbis. Una planificación que, sustentada en su densidad humana y económica, la transforme en la Splendorem Civitatis sin igual del occidente venezolano, en la gran metrópoli, internacional, moderna, funcional, donde hombre y naturaleza convivan en perfecto equilibrio; en una metrópoli de amplios espacios cívicos y de una extraordinaria cartelera cultural, en una metrópoli de ciudadanos comprometidos y guiados por valores humanos y sociales compartidos, en una metrópoli movilizadora de sueños y proyectos. San Cristóbal, nuestra ciudad eterna, se lo merece. Gracias.



Samir A. Sánchez

Colegio de Ingenieros del Estado Táchira, San Cristóbal, 16 de julio de 2016.




Afiche promocional del Primer Encuentro de Crónicas de San Cristóbal 2016. Diseño y diagramación T.S.U. Sigrid Márquez Poleo, 2016.


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