jueves, 14 de diciembre de 2023

El Dorado de las ciénagas tachirenses: La maldición del tesoro de Vasconia | The El Dorado of the Táchira Swamps: The Curse of the Vasconia Treasure





Cuentan las crónicas de Aguado y Simón, y lo refrenda el propio Francisco Martín en sus cartas custodiadas por el Archivo General de Indias, que entre los años de 1531 y 1532, la codicia de la casa alemana de los Welser se encarnó en la figura de Ambrosio Alfinger. Tras internarse, desde Coro, en los valles de Upar y el cauce del río Cesar, el destino, siempre irónico, aguardaba al adelantado en las proximidades de la futura Pamplona de Indias. Para continuar sus correrías y antes de que una flecha emponzoñada segara su aliento atravesándole la garganta, Alfinger encomendó a veinticuatro hombres, capitaneados por Íñigo de Vasconia o Gascuña, el resguardo de un botín que no era sino la semilla de su propia aniquilación.


Aquel tesoro, valorado en más de sesenta mil pesos de oro fino, trascendía la mera riqueza material; era un inventario de deidades ultrajadas. El acta de inventario y envío levantada en el sitio de Pauxoto describe una ofrenda que parece brotada de un sueño febril: diecisiete águilas de oro de alas abiertas, deidades tunjos (cemíes u objetos sagrados con espíritu, hechos de una aleación de oro y cobre) de mirada impasible, filigranas que imitaban la espuma y estatuillas de mujeres de oro puro. Cada soldado, transmutado en mulo de su propia codicia, cargaba sobre sus hombros diez libras de un metal que brillaba con una luz antigua, funesta y pesada.


Por la senda de la perdición

Mientras la vida de Alfinger se escapaba por una herida en el valle de los chinácotas, Vasconia y su hueste salían de los valles de Cúcuta y Táchira, y se extraviaban en el laberinto que hoy llamamos geografía del norte tachirense. En un intento desesperado por burlar al tiempo y la distancia, se desviaron de la ruta a ser desandada para seguir por los valles de los ríos Cúcuta (actual Pamplonita) y Táchira, abriéndose paso por las planicies lacustres, haciendo una nueva ruta terrestre en búsqueda inmediata de las costas sureñas de la laguna de Maracaibo, convirtiéndose en los primeros europeos en pisar un paisaje que no era tierra firme, sino un umbral de lodo, olvido, sol reverberante y espejismos lacustres.


La selva, concebida como una entidad hambrienta y consciente, comenzó a devorarlos. Sin víveres ni poblados que saquear, el hambre despojó a los hombres de su humanidad. En las riberas de un río innombrado, tomaron una decisión que la leyenda aún susurra entre las sombras: ante la imposibilidad de sostener la vida y el oro simultáneamente, sepultaron el tesoro a los pies de una ceiba colosal. Marcaron su fuste con cortes profundos, cicatrices que la corteza y el tiempo se encargarían de devorar.


La tragedia alcanzó cimas dantescas cuando la inanición los empujó a la antropofagia. Tras consumir a sus propios guías indígenas, y en un último espasmo de avaricia, desenterraron el metal solo para volverlo a entregar a la tierra leguas más adelante. El oro, descubrieron con horror, es un dios que no se puede comer. El tesoro quedó finalmente confinado junto a una quebrada o arroyo, bajo una barranca de tierra rojiza, custodiado por el secreto inviolable de la espesura.


La expedición se deshizo como sal en el agua. Unos se pudrieron en vida; otros fueron engullidos por los pantanos, animales y ciénagas. Solo el español Francisco Martín emergió de aquel infierno verde. Su salvación no fue fruto del acero, sino de la rendición: asido a un madero, se dejó arrastrar por la corriente de un río caudaloso hasta ser rescatado por los mismos pueblos que sus compañeros habían diezmado.


Como testigo del mito, Martín no regresó como conquistador, sino como una sombra del pasado. Durante años habitó entre los naturales, adoptando su lengua y sus misterios. El antiguo soldado se convirtió en mohán, un hechicero que interpretaba el lenguaje del viento y las raíces, y engendró una estirpe con la hija de un cacique. Solo mucho después, al ser hallado por los suyos, relató la ubicación de aquel "El Dorado" enterrado bajo la ceiba y luego en la barranca de tierra colorada.


Hoy, la leyenda de Vasconia sobrevive apenas en el susurro de los libros viejos y en el aire denso que flota sobre las ciénagas de Orope Grande y Morotuto, ahora secas, del norte del Táchira. El oro de los Welser, con sus águilas y sus ídolos, descansa bajo siglos de sedimento, recordándonos que la ambición humana es apenas un breve suspiro ante la eternidad de la tierra. Este suceso revela una lógica implacable: la supervivencia es la única variable que no admite negociación. La desaparición del tesoro no fue una estrategia, sino una capitulación ante la entropía de una selva que aún guarda el oro como su más temible y amargo secreto.


Reflexión y pista

Este relato, digno de ser llevado a la cinematografía, nos invita a una reflexión profunda sobre la naturaleza del valor en los seres humanos sometidos al extremo. Al observar los hechos con rigor, es evidente que el "valor" del oro se redujo a cero frente a la necesidad biológica de la vida. Como diría mi siempre referente Holmes, la lógica de la supervivencia es la más elemental de las verdades.


Asimismo, para aquellos aventureros modernos o cazatesoros, solo podemos identificarles una pista: la mención de una barranca de tierra colorada. Es un marcador litológico fundamental. En la zona de las tierras bajas que circundan el sur del Lago de Maracaibo (específicamente en las áreas de transición entre el Táchira y el Zulia), predominan sedimentos cuaternarios; pero existen formaciones o afloramientos ricos en óxidos de hierro, como las tierras de La Blanca en San Juan de Colón, La Machirí, Angarabeca o El Zumbador, propios de la formación La Quinta (del Jurásico) que afloran en los cortes de los ríos que bajan de las montañas tachirenses. Localizar estos afloramientos de greda rojiza reduciría drásticamente el área de búsqueda de la segunda sepultura del oro.


Bibliografía y documentos que sustenta la historia:

Archivo General de Indias de Sevilla. Sección Justicia. Legajo 14. Traslado notarial de las actas sobre envío de oro, de fecha 3 de enero de 1532.


Archivo General de Indias de Sevilla. Sección Justicia. Legajo 1003. Relato del único sobreviviente de la expedición, el soldado Francisco Martín, en información testimonial que hacía el 28 de julio de 1533.

Archivo General de Indias de Sevilla. Sección Real Audiencia de Santo Domingo. Legajo 206. Carta de los Oficiales Reales de la Provincia de Venezuela, de fechal 6 de octubre de 1533.

Aguado, Fray Pedro de: Recopilación Historial de Venezuela. Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia. Tomo I, Caracas.

Fray Pedro Simón. Noticias Historiales de Venezuela. Academia Nacional de la Historia. Tomo I, Caracas 1963.

Universidad Central de Venezuela. Schubert, C- 1997. Léxico geológico. Formación La Quinta: ["Extensión geográfica: La Formación La Quinta. Aflora extensamente en la parte suroeste de los Andes venezolanos (estados Táchira, Mérida y Barinas), en áreas aisladas en la parte noreste (Estado Trujillo), y en el flanco este de la sierra de Perijá. Asimismo, ha sido identificada en perforaciones petroleras, en la parte occidental de la cuenca del lago de Maracaibo (Pumpin, en Schubert, 1986). Aguasuelos (1990, en Kiser, 1997)..."].

Foto: Imagen referencial con fines didácticos creada con IA por Bernardo Zinguer (2026).