El muerto agradecido
Mucho antes que el tendido eléctrico de CADAFE alumbrara la cordillera, las noches tachirenses se encendían al calor de los patios de tostar café. Allí, entre el aroma del grano, el mascar del chimú y la penumbra de las velas de sebo, los viejos tomaban la palabra. En esas tertulias, velorios y convites resonaba el eco lejano de una tradición oral ancestral que, tras viajar desde las geografías del Medio Oriente hasta la Península Ibérica, cruzó el Atlántico en la memoria de los pobladores para arraigarse en nuestras montañas.
Convertidas en relatos aleccionadores de fe, caridad, honor y justicia divina, aquellas fábulas andantes, de reminiscencias bíblicas, mudaron sus ropajes del Cercano Oriente e hispanos para vestirse con el habla campesina, la geografía escabrosa del Táchira y las devociones de su gente.
De esa memoria colectiva se rescatan hoy, de entre olvidados apuntes de la nona, las siguientes líneas:
"Cuentan los viejos arrieros por los caminos de recua que allá por el siglo XIX, cuando el Táchira olía a café y a neblina espesa, vivía un hombre de bien mentado Mano Octaviano. Era don Octaviano caballero de alma limpia y bolsillo abierto; tanto que, de puro generoso, fue perdiendo la fortuna en arriendos, convites y auxilios a medio pueblo, hasta quedarse apenas con el caballo y la muda puesta.
Iba una tarde cabalgando de Lobatera hacia Colón, entre barrancos y tunos de Castilla junto al río Lobaterita, cuando la bestia se le espantó al pie de una capillita de bahareque. Al asomarse, halló el cuerpo tieso y velado a medias de un difunto. Resulta que el todopoderoso Jefe Civil de Colón, hombre de entrañas duras y ley tuerta, tenía ordenado dejar el cadáver insepulto hasta que alguien liquidara las deudas contraídas por el extinto. Dolido de ver semejante mengua y deshonra, Mano Octaviano metió la mano a la chácara, aquella gruesa correa de fajín con chatones de plata que usaban los hacendados, y sacó sus últimos dieciséis fuertes. Hasta el último cobre que le quedaba para el fiado se lo pagó al juzgado, mandando a dar al muerto cristiana sepultura con cura, responso mayor cantado, siete posas (paradas o estaciones que hacía el cortejo fúnebre desde la iglesia al cementerio y donde se cantaba un responso) y tierra bendita.
Sin un cuartillo (medio) en el bolsillo, arruinado y a pie por el escabroso tramo de Cara de Perro hacia las calurosas y sofocantes selvas de Uracá y Guaramito, se le emparejó un desconocido. Venía el mentado sujeto a caballo y vestido con un flux blanco impecable, sin una sola mota de barro a pesar del barrial del camino. Con habla refinada y trato compasivo, el hombre le ofreció un trato: acompañarlo en la travesía y aconsejarlo, a cambio de que al final de los días repartieran todo peso y provecho por mitad. Sellaron el pacto a ley de palabra de honor, como los antiguos tachirenses que todo lo empeñaban bajo la sentencia: "Que su palabra vaya por delante".
Guiado por la astucia del caballero de blanco, la suerte le dio un vuelco a Mano Octaviano. Ganó a lo grande en las peleas de gallos, acomodó valiosas tierras de trapiche y ganadería, y terminó desposando a una distinguida dama de las familias pudientes de San Faustino. Pasaron los años y la abundancia reinaba en el hogar, hasta que una noche de ventarrón, tras el relincho seco de un bravo caballo, volvió a tocar a la puerta el fino socio reclamando la liquidación de la promesa.
—Mano Octaviano, venimos a partir por mitad: los reales, la hacienda, y también la señora y el muchachito recién nacido —sentenció con voz de tumba.
Sudando frío y con el alma partida, Mano Octaviano no echó un paso atrás. Temblando de horror, desenfundó el machete dispuesto a cumplir el tremendo sacrificio antes que faltar a su palabra. Pero justo cuando levantaba el filo contra su propia sangre, el caballero de blanco le atajó el brazo y, desvaneciéndose en una luz clara como la niebla andina, le confesó la verdad: era el ánima bendita del desconocido a quien él había enterrado en Colón, que solo bajó del purgatorio para agradecer su caridad y probar que la lealtad y el honor de un tachirense se mantienen y podían valer más que la propia vida".
Tomado de: Cuentos de los nonos, en SÁNCHEZ, S. (2011. "Memoria de Lobatera".
