jueves, 18 de agosto de 2016

La memoria en el vaivén del arrullo: rescate del patrimonio oral tachirense | Preserving Táchira's Oral Tradition: The Cultural Memory of Lullabies




Foto: Referencial, creada con IA por Bernardo Zinguer (2026) a partir de una foto del patio interno de la casa grande de las Sandoval, en Lobatera



"Aserrín, aserrán,
los maderos de San Juan,
piden queso, piden pan.
Los de Rique, alfeñique,
los de Roque, alfondoque,
¡riquirrique, riquirrán!"


Al observar hoy cómo las más recientes generaciones son entregadas al sueño a través de las pantallas frías de una tableta o un teléfono celular, bombardeadas por músicas contemporáneas que resultan estridentes para quienes comprendemos y valoramos la armonía, la melodía y el ritmo a la antigua usanza, surge de inmediato la evocación del hogar y la memoria familiar en la casa grande de Lobatera. Frente al artificio digital, renace con fuerza el recuerdo de aquellos cantos de cuna con los que antaño se arrullaba y calmaba a la infancia en el Táchira.



Durante generaciones, el compás templado y cadencioso de los versos completos que reproducimos, marcó el umbral del descanso en nuestros hogares andinos. Más que un mero juego de rimas, esta pieza, entre otras, cumplió la noble y primordial función del arrullo: la palabra viva que, suspendida entre el vaivén de los brazos de la madre o de la vieja mecedora de madera curvada (estilo Gebrüder Thonet) de los nonos, y encontraba eco en el desgastado corredor de ladrillo tablita sobre el cual se reflejaban las sombras de alargados y cuidados helechos que pendían de la viga principal, transmitía serenidad, calidez y un sentido temprano de pertenencia.



El origen de estos versos tradicionales se remonta, con alta probabilidad, al horizonte colonial hispánico. Llegó en el bagaje cultural intangible de los primeros pobladores y colonizadores peninsulares, arraigándose y aclimatándose a la sonoridad cotidiana de nuestras montañas y valles.



Términos preservados en su métrica como "alfeñique" (especie de dulce de panela o pasta de azúcar de raíz hispano-árabe) y "alfondoque" (o alfandoque, preparación tradicional de melado de caña, queso y especias) son auténticos fósiles lingüísticos. En cada línea subyace una huella de la gastronomía ancestral tachirense, las devociones del calendario festivo, como la fiesta de San Juan, y las formas de convivencia que moldearon la vida cotidiana del Táchira pretérito, cuya memoria queremos que no se diluya y pierda.



La fractura del patrimonio inmaterial frente al ruido moderno

Asistimos a un tiempo de profunda ruptura en la transmisión oral. El avance tecnológico no sólo ha impuesto dispositivos electrónicos en la cuna, sino que ha desplazado la voz humana, sustituyendo el primer vínculo poético y afectivo del niño por estímulos sintéticos y ruidos ajenos a nuestra identidad sonora. Esta pérdida de la tradición entraña graves consecuencias para la memoria colectiva:


Quiebre de la cadena intergeneracional: Desaparecen testimonios orales vivos que jamás quedaron asentados en protocolos notariales ni crónicas oficiales.


Extinción del paisaje sonoro tradicional: La cadencia pausada, la afinación natural y los giros del habla regional tachirense ceden ante sonoridades homogéneas e impersonales.


Desarraigo cultural temprano: Se priva a los niños de los primeros códigos líricos y afectivos que forjaron la sensibilidad y la templanza de sus antepasados.



El deber de la custodia y la memoria viva

Reivindicar, documentar y volver a entonar versos como los de "los maderos de San Juan", que de niño en Lobatera, al oirlos, siempre asociaba con el San Juan más inmediato que conocía: San Juan de Colón, pensando que los maderos eran de allí, no es un simple ejercicio de nostalgia; constituye un acto urgente de resistencia cultural y salvaguarda patrimonial. La memoria inmaterial de un pueblo no perdura por inercia: sobrevive únicamente si la comunidad la reconoce, la valora y la sostiene con la voz. Salvar el patrimonio inmaterial tachirense comienza en la intimidad de la casa: en el gesto consciente de apagar la pantalla estridente para devolverle al niño el sosiego, la armonía y la honda calidez humana de su propio canto de cuna.



viernes, 12 de agosto de 2016

Cuentos de camino: "El muerto agradecido" | Roadside Tales: 'El muerto agradecido' (The Grateful Dead Man)




Imagen generada con IA, con fines didácticos, por Bernardo Zinguer (2026)




El muerto agradecido



Mucho antes que el tendido eléctrico de CADAFE alumbrara la cordillera, las noches tachirenses se encendían al calor de los patios de tostar café. Allí, entre el aroma del grano, el mascar del chimú y la penumbra de las velas de sebo, los viejos tomaban la palabra. En esas tertulias, velorios y convites resonaba el eco lejano de una tradición oral ancestral que, tras viajar desde las geografías del Medio Oriente hasta la Península Ibérica, cruzó el Atlántico en la memoria de los pobladores para arraigarse en nuestras montañas.



Convertidas en relatos aleccionadores de fe, caridad, honor y justicia divina, aquellas fábulas andantes, de reminiscencias bíblicas, mudaron sus ropajes del Cercano Oriente e hispanos para vestirse con el habla campesina, la geografía escabrosa del Táchira y las devociones de su gente.



De esa memoria colectiva se rescatan hoy, de entre olvidados apuntes de la nona, las siguientes líneas:



"Cuentan los viejos arrieros por los caminos de recua que allá por el siglo XIX, cuando el Táchira olía a café y a neblina espesa, vivía un hombre de bien mentado Mano Octaviano. Era don Octaviano caballero de alma limpia y bolsillo abierto; tanto que, de puro generoso, fue perdiendo la fortuna en arriendos, convites y auxilios a medio pueblo, hasta quedarse apenas con el caballo y la muda puesta.



Iba una tarde cabalgando de Lobatera hacia Colón, entre barrancos y tunos de Castilla junto al río Lobaterita, cuando la bestia se le espantó al pie de una capillita de bahareque. Al asomarse, halló el cuerpo tieso y velado a medias de un difunto. Resulta que el todopoderoso Jefe Civil de Colón, hombre de entrañas duras y ley tuerta, tenía ordenado dejar el cadáver insepulto hasta que alguien liquidara las deudas contraídas por el extinto. Dolido de ver semejante mengua y deshonra, Mano Octaviano metió la mano a la chácara, aquella gruesa correa de fajín con chatones de plata que usaban los hacendados, y sacó sus últimos dieciséis fuertes. Hasta el último cobre que le quedaba para el fiado se lo pagó al juzgado, mandando a dar al muerto cristiana sepultura con cura, responso mayor cantado, siete posas (paradas o estaciones que hacía el cortejo fúnebre desde la iglesia al cementerio y donde se cantaba un responso) y tierra bendita.



Sin un cuartillo (medio) en el bolsillo, arruinado y a pie por el escabroso tramo de Cara de Perro hacia las calurosas y sofocantes selvas de Uracá y Guaramito, se le emparejó un desconocido. Venía el mentado sujeto a caballo y vestido con un flux blanco impecable, sin una sola mota de barro a pesar del barrial del camino. Con habla refinada y trato compasivo, el hombre le ofreció un trato: acompañarlo en la travesía y aconsejarlo, a cambio de que al final de los días repartieran todo peso y provecho por mitad. Sellaron el pacto a ley de palabra de honor, como los antiguos tachirenses que todo lo empeñaban bajo la sentencia: "Que su palabra vaya por delante".



Guiado por la astucia del caballero de blanco, la suerte le dio un vuelco a Mano Octaviano. Ganó a lo grande en las peleas de gallos, acomodó valiosas tierras de trapiche y ganadería, y terminó desposando a una distinguida dama de las familias pudientes de San Faustino. Pasaron los años y la abundancia reinaba en el hogar, hasta que una noche de ventarrón, tras el relincho seco de un bravo caballo, volvió a tocar a la puerta el fino socio reclamando la liquidación de la promesa.



Mano Octaviano, venimos a partir por mitad: los reales, la hacienda, y también la señora y el muchachito recién nacido —sentenció con voz de tumba.


Sudando frío y con el alma partida, Mano Octaviano no echó un paso atrás. Temblando de horror, desenfundó el machete dispuesto a cumplir el tremendo sacrificio antes que faltar a su palabra. Pero justo cuando levantaba el filo contra su propia sangre, el caballero de blanco le atajó el brazo y, desvaneciéndose en una luz clara como la niebla andina, le confesó la verdad: era el ánima bendita del desconocido a quien él había enterrado en Colón, que solo bajó del purgatorio para agradecer su caridad y probar que la lealtad y el honor de un tachirense se mantienen y podían valer más que la propia vida".

Lo anteriormente descrito es uno de los más nítidos ejemplos de cómo se forjaba la educación familiar tachirense en valores antes de la llegada de la industrialización, la globalización y la era digital. Se trataba del mismo método pedagógico empleado en el Oriente milenario, la antigua Grecia, Roma y la España tradicional: la transmisión oral mediante fábulas didácticas, diseñadas con un alto impacto simbólico para fijarse indelebles en la memoria colectiva.




La clave se encontraba en crear eslabones a través de hechos inverosímiles y alegorías extremas para transmitir verdades verosímiles y perdurables. Así, nuestros nonos y antepasados inculcaban principios universales propios de la condición humana y por ello profundos y permanentes, sobre la ética, el honor, la caridad y, por encima de todo, el deber ser. En otras palabras, esa era la función pedagógica y antropológica del mito, la fábula y la tradición oral: utilizar la hipérbole y la ficción extrema como vehículo para fijar verdades morales y existenciales universales. Para nuestros nonos y nonas, la fantasía no buscaba engañar, sino servir de anclaje indeleble para la ética y el deber ser.



Eran otros tiempos cuya esencia formadora difícilmente puede ser igualada hoy; paradójicamente, en medio de la mayor revolución tecnológica y de hiperconectividad que conoce la historia, hemos sufrido una profunda deshumanización en el arte esencial de comunicarnos y mirarnos a los ojos.

Tomado de: Cuentos de los nonos, en SÁNCHEZ, S. (2011. "Memoria de Lobatera".


martes, 9 de agosto de 2016

El Señor de Limoncito «Guardián de la ciudad» de San Cristóbal. El Cristo de la Villa: serenidad atemporal en una talla escultórica devocional, entre el arte del Gótico tardío y el Barroco │ ‘El Señor de Limoncito’/The Christ of Little Lemon Tree, a Rayonnant Gothic and Baroque Wood Polychromed Sculpture in San Cristóbal City











Este estudio, elaborado por Samir A. Sánchez dentro del Proyecto Experiencia Arte Nº20, documenta y analiza con rigor histórico, artístico y patrimonial la talla del Señor de Limoncito, imagen sacra venerada en la Catedral de San Cristóbal (Estado Táchira, Venezuela). La obra ofrece un recorrido por su origen en los pueblos de misión de los franciscanos capuchinos de Navarra y Cantabria, a lo largo del río Zulia y planicies aluviales del sur del Lago de Maracaibo, en el siglo XVIII; por su simbología religiosa, características artísticas, evolución devocional y estado de conservación, subrayando su importancia como pieza del arte colonial tachirense y como patrimonio cultural de la nación venezolana. A través de una aproximación interdisciplinaria que conjuga historia, arte sacro y antropología, el autor reivindica el valor espiritual y estético de esta imagen, proponiendo su urgente restauración y resaltando su rol como ícono de identidad local (Dr. Bernardo Zinguer, Academia, 2025).

Himno del Señor de Limoncito, Guardián de la Ciudad



Música: Marco Antonio Rivera Useche y Letra: Tulio Chiossone



El trabajo completo sobre la histórica imagen del Señor de Limoncito, en formato PDF, puede ser descargado aquí: 





© Proyecto Experiencia Arte / Experience Art Project 2012-2016. Algunos derechos reservados. Los derechos de autor de los textos y fotografías pertenecen a cada fotógrafo, grupo o institución mencionada.








lunes, 1 de agosto de 2016

El Archivo Histórico de La Grita (1622): Pedro de Torres Vera, albacea e hijo del fundador de Lobatera | The 1622 La Grita Document: Pedro de Torres Vera as Executor and Son of Lobatera’s Founder

 



Foto: Última parte del testamento y firmas de Benito Ruiz de Migolla, Francisco Ortiz de Parada, Francisco Chacón y Pedro de Torres Vera (Registro Público Principal del Estado Táchira, San Cristóbal)



En nuestras investigaciones documentales, cuando elaborabamos el libro: "Lobatera. Tiempos históricos de una tierra de pioneros" (Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, Nº 108, Caracas, 1993) y reeconstruíamos el árbol genealógico de la familia fundadora de los Chacón de Torres, en su mayorazgo en Lobatera desde el siglo XVI hasta el siglo XVIII, nos hallamos ante los presentes documentos, conservados en el Archivo Histórico de La Grita (ubicado en el Registro Público Principal del Estado Táchira, San Cristóbal, Venezuela) bajo la signatura Tomo XXVIII (año 1786), Legajo 5 (folios 8 al 197, y documentos sueltos o dispersos del siglo XVII), los cuales constituyen una pieza documental de inestimable valor para la historia del período colonial español tachirense, cuando estuvo bajo la jurisdicción del Nuevo Reino de Granada y de la Gobernación del Espíritu Santo de La Grita de Mérida (nombre oficial, pues su territorio respondía a la agregación de jurisdicciones de la gobernación y capitanía general de La Grita (1576) y de la ciudad de Mérida (1622). Al agregarse la provincia de Maracaibo (1678) a fines del siglo XVII, se denoninó de forma oficial: Provincia del Espíritu Santo de La Grita de Mérida de Maracaibo. La ciudad capital iba cambiando en la medida que se agregaban nuevas jurisdicciones, siendo la última Maracaibo). 


El documento en referencia fue redactado en la ciudad del Espíritu Santo de La Grita por el Escribano Público y de Cabildo Don Esteban Ramírez, el expediente cerró sus trámites de registro el 5 de enero de 1622.


Aun cuando el primer folio del manuscrito no se conserva, lo que impide leer la fórmula introductoria donde se asentaba el nombre de pila del otorgante, la lectura paleográfica de sus cláusulas revela que perteneció a un rico e influyente encomendero y terrateniente de la élite gritense.


El testador estaba estrechamente vinculado a las redes de poder andinas: era tío directo de don Francisco de Escalante (destacado encomendero e hijo uno de los fundadores de La Grita, el Capitán Francisco de Escalante), así como de doña María de Avellaneda [emparentada con Andrés del Basto Avellaneda, de Pamplona y con Ana Pérez del Basto, de La Grita, hija de uno de los fundadores de La Grita, el capitán Adrián Pérez y eesposa del fundador de Lobatera, Pedro de Torres Vera].


Su posición social se ve revalidada por el perfil de sus albaceas y testigos testamentarios, todos ellos encomenderos de San Cristóbal y La Grita. Dichos personajes figuran y firman en el siguiente orden: Benito Ruiz de Migolla, Francisco Ortiz de Parada*, Francisco Chacón y Pedro de Torres Vera. Estos dos últimos, vinculados por parentesco de afinidad al ser cuñados, eran yerno e hijo menor, respectivamente, de Don Pedro de Torres Vera (fundador de Lobatera, fallecido en 1610 y casado con doña Ana Pérez del Basto, difunta en 1621); en el caso de Chacón, este se hallaba desposado con Felipa de Torres Vera, la hija mayor del fundador.


Por otro documento conservado en el mismo expediente se conoce que para este momento Pedro de Torres Vera h. en la práctica era mayor de edad pero legalmente permanecía bajo la tutela de su cuñado, Francisco Chacón. Se le reconocería la mayoría de edad y la entrega plena de los bienes heredados de sus padres por sentencia del alcalde de La Grita Pedro Álvarez de Castrellón, especificando en la solicitud el referido Francisco Chacón que: "se justifica que desde hace un tiempo el dicho Pedro de Torres Vera administra de forma independiente sus bienes y hacienda, habiendo trabajado por su cuenta y rendido debidamente la cuenta de la tutela y demás asuntos señalados en la solicitud". La petición fue presentada ante el Alcalde el día 12 de noviembre de 1622. Al reverso de la misma consta la providencia o auto emitido por el alcalde don Pedro Álvarez de Castrellón, mediante el cual decreta y declara emancipado a Pedro de Torres Vera, ordenando que se le haga entrega formal de sus bienes para que los administre como mejor le convenga, otorgándole plena capacidad legal para comparecer en juicio y realizar los actos jurídicos contenidos en el expediente.  


A lo largo del cuerpo del testamento estudiado, escrito en una letra procesal encadenada del castellano del siglo XVII, caracterizada por ligaduras abigarradas y abundantes abreviaturas, el testador detalla un vasto patrimonio agrario, ganadero y servil (esclavos). Entre sus mandas dispone legados religiosos (misas y capellanías entre otras), el pago de deudas y cuotas a  hermandades, así como una importante renta destinada a un futuro mantenimiento de un hospital y de la iglesia parroquial de La Grita, para la atención de enfermos. 



Asimismo, declara la posesión de encomiendas de indios y estancias de ganado mayor y menor repartidas por valles e ingenios estratégicos de La Grita, San Cristóbal y Pamplona, sumando millares de cabezas de ganado vacuno y lanar, casas de residencia y molinos de trigo. En el ámbito de la mano de obra, el manuscrito lista nombre por nombre a numerosas piezas de esclavos y sirvientes domésticos (como Francisco, Antonio, Diego, Victoria, Mateo, María, Juan Morcillo, Félix, Tomás, Ana y Pascuala), a algunos de los cuales concede la libertad e indemnizaciones en pago a sus servicios.



El escatocolo o cierre notarial del expediente, ejecutado por el escribano público y de Cabildo Don Esteban Ramírez, certifica la intervención de las autoridades judiciales y contables, con firmas autógrafas de los testigos y albaceas, dando fe pública del auto de notificación, consolidando así la validez legal de este testamento fundamental para el estudio de la prosopografía y la estructura socioeconómica tachirense en la época colonial española, a comienzos del siglo XVII.


* Francisco Ortiz de Parada era hijo de Manuel Fernández y de Francisca Ortiz de Parada, y hermano de Francisca Ortiz de Parada h. quien se había casado con Jerónimo de Colmenares, yéndose a residir en la Villa de San Cristóbal. Jerónimo de Colmenares, siendo niño (c. 1589) fue testigo presencial de la renovación portentosa del retablo de Nuestra Señora de la Consolación de Táriba, en la choza de despensa de la casa de sus padres, el encomendero Alonso Álvarez de Zamora y Leonor de Colmenares.



Don Pedro de Torres Vera (mediados del siglo XVI - 1610), fundador de Lobatera en 1593 (Lienzo con óleo y acrílico por el artista tachirense José Gregorio León Duque (2015).



Documento de emancipación legal de Pedro de Torres Vera h.

En este expediente, fechado el 12 de noviembre de 1622 y presentado por Pedro de Torres Vera h. quien manifiesta ser menor de 25 años (nacido en 1597) e hijo de Pedro de Torres Vera, solicita su emancipación legal ante el Juez receptor Don Gonzalo Palencia de Andrade quien se encontraba en La Grita haciendo la residencia a las autoridades de la ciudad.



Foto: Última parte del  expediente de emancipación con la certificación del escribano Esteban Ramírez y el ejecútese del Juez visitador  (Registro Público Principal del Estado Táchira, San Cristóba).




Signo notarial de Esteban Ramírez, Escribano Público y de Cabildo de la ciudad del Espíritu Santo de La Grita, para 1622.


Nos ha parecido de interés, analizar el dibujo presente en el documento de 1622, el cual corresponde al signo notarial de Esteban Ramírez, quien se desempeñaba como escribano público y de cabildo en la ciudad del Espíritu Santo de La Grita (para la época, bajo la jurisdicción de la Real Audiencia de Santafé en el Nuevo Reino de Granada). En la tradición jurídica de la Monarquía Hispánica durante el siglo XVII, este elemento no cumplía una función meramente ornamental, sino que constituía la "huella dactilar" gráfica y la máxima garantía de fe pública del funcionario.



Desde el punto de vista iconográfico y diplomático, la figura se articula sobre una estructura cruciforme central, rasgo indispensable en la época que simbolizaba el juramento en nombre de Dios y la autoridad del rey otorgada al escribano. 



Sobre esta base en cruz se despliega un diseño simétrico de roseta o estrella lobulada de ocho puntas, característico de la transición entre la tradición hispano-mudéjar y el estilo barroco temprano hispano colonial. Como elemento clave de seguridad, el trazo incluye puntos centrales intercalados en los espacios de los lóbulos; esta técnica buscaba complejizar la geometría del signo para dificultar cualquier intento de falsificación o alteración por mano alzada. Asimismo, los remates del eje vertical se estilizan en puntas afiladas, evocando la autoridad civil y judicial del Cabildo local.



En la práctica notarial del siglo XVII, este signo estaba registrado de forma única e inalterable en el título oficial de Esteban Ramírez y debía reproducirse fielmente, trazado a pluma de ave, en cada escrito que validaba. Dado que el escribano se titulaba y firmaba sobriamente bajo la fórmula "En testimonio de verdad, Esteban Ramírez, escribano público y del cabildo [...] Lo certifico", el signo cobraba un valor identificativo todavía mayor. Acompañado de los trazos ágiles de su rúbrica (visibles a un costado de la figura), este sello personal era el requisito indispensable que otorgaba validez jurídica e inalienable a los protocolos y actas de La Grita, permitiendo cotejar la autenticidad de cualquier traslado o copia emitida en todos los territorios de la Monarquía Hispánica, en los cinco continentes.