martes, 8 de noviembre de 2022

Ánimas del Cementerio de San Cristóbal: culto, milagros y tradición popular tachirense | Souls of the San Cristóbal Cemetery: Folk Worship, Miracles, and Tachiran Andes Traditions

 





El Legado de las Ánimas milagrosas en la cultura devocional popular tachirense


En el marco de este recorrido patrimonial, resulta ineludible la referencia a las singulares tumbas de las "Ánimas milagrosas" del Cementerio Municipal de San Cristóbal. Estos son difuntos a los que se les atribuyen poderes taumatúrgicos. Se trata de individuos comunes que, tras su deceso, son investidos por el fervor popular con la capacidad de interceder o dispensar favores y milagros a los vivos.


A diferencia de los santos canonizados por la Iglesia Católica, la veneración a estas ánimas se focaliza en el lugar de su sepultura (el cementerio) o en el sitio de su fallecimiento (especialmente si fue un evento trágico e inesperado), dando origen a las "ánimas de camino" o capillas de carretera. Su culto es un fenómeno de surgimiento espontáneo y anónimo entre el vulgo, ajeno a toda promoción o reconocimiento oficial por parte de la jerarquía eclesiástica. Frecuentemente, los devotos solicitan su auxilio para resolver problemas de salud, afectivos, económicos o de protección. Consecuentemente, sus tumbas o capillas se convierten en repositorios de placas de agradecimiento (análogas a los exvotos), flores, velas, objetos personales y, en ocasiones, nichos improvisados, lo cual evidencia palpablemente los favores que los creyentes asumen haber recibido.


Estas figuras emergen de las narrativas históricas y legendarias de cada localidad y suelen poseer una biografía singular que resuena en el imaginario popular, a menudo asociada a una muerte trágica, actos de violencia o injusticia, o un pasado que las cataloga como "abogadas de los desposeídos" o arquetipos de rebeldía social (como en el caso de bandoleros o guerrilleros en ciertas regiones).


Aquí destacaremos dos de esas tumbas en el Cementerio Municipal de San Cristóbal:


María Anunciación Orduz de Ochoa (1883 o 1888-1944)


Entre estas "Ánimas milagrosas" de la cultura tachirense y latinoamericana, en el Cementerio Municipal de San Cristóbal, destacan la del "Héroe criollo de los bosques de Sherwood" o el "Robin Hood" sancristobalense conocido como "Cabeza de Hacha" (Luis Alberto Méndez, fallecido en un tiroteo producto de una redada policial en 1982) o la de "El soldado" (de 1958), pero de manera preeminente la sepultura de María Anunciación Orduz de Ochoa. Su nicho no solo figura entre los más antiguos, sino que está protegido por una construcción sencilla, cuadrangular, de cubierta plana y porticada, con un cerramiento perimetral parcial de ladrillo y rejas metálicas de fabricación industrial, datando de una época reciente.


El lunes 10 de julio de 1944, la ciudad de San Cristóbal fue conmocionada por un luctuoso suceso acaecido en las inmediaciones de la Quinta Villasmil, en el sector de Barrio Obrero. La víctima, María Anunciación Orduz de Ochoa, una mujer de 56 años, hija de Petra Orduz, natural de Bucaramanga (Colombia) y de oficio tabaquera, fue brutalmente asesinada a puñaladas.


La señora Orduz de Ochoa se dirigía al Mercado de Táriba para comercializar el producto de su arduo trabajo cuando fue interceptada por su cónyuge, Luis Ochoa (hijo de Miguel Ochoa y Margarita Fajardo), quien le propinó las heridas mortales. El agresor, oriundo de Tibasosa (Boyacá, Colombia), con quien había contraído matrimonio civil y eclesiástico el 10 de marzo de 1918 en la Iglesia de Nuestra Señora de la Consolación de Táriba (siendo el enlace civil presidido por el General Alfredo Colmenares Pacheco, entonces Jefe Civil del Distrito San Cristóbal), se dio a la fuga tras perpetrar el crimen. Al momento de su trágico fallecimiento, María Anunciación Orduz de Ochoa (cuyo registro matrimonial la indicaba como de 35 años). Al momento de su muerte, sólo dejaba un hijo de su unión matrimonial mayor de edad, y de nombre Rubén Darío.


El certificado de defunción, expedido por el Dr. Francisco Ramírez Espejo, estableció como causa del deceso un "homicidio a causa de instrumento cortante, ocurrido a las 7:00 a.m. al final de la calle 8, casa 195".


A pesar de la naturaleza violenta y dolorosa de su muerte, la figura de María Anunciación Orduz de Ochoa, una mujer sencilla, caritativa y laboriosa, trascendió el ámbito meramente judicial. Se arraigó profundamente en la conciencia colectiva sancristobalense como un trágico símbolo del sufrimiento y la violencia conyugal e intrafamiliar.


Con el transcurso del tiempo, la imagen de la sacrificada se ha erigido en un ícono popular y "ánima milagrosa" de la ciudad. Su sepulcro en el cementerio se ha transformado en el depositario de los recuerdos de aquellas súplicas donde, según la creencia, se ha manifestado la intercesión del alma de María Anunciación Orduz de Ochoa. Esta conversión no constituye solo un fenómeno de religiosidad popular, sino un claro indicador del profundo respeto y la empatía que la sociedad manifestó hacia esta "mujer del pueblo" cuya vida fue truncada prematuramente. (Foto de la tumba: Laprensatachira, 2021).


La tumba de «El Soldado» Francisco Carrero: entre la fe y el olvido

La sepultura conocida popularmente como la de «El Soldado» o de Francisco Carrero (fallecido en 1958. Esta fecha sólo se conoce por una inscripción hecha en madera y escrita a mano, recientemente, que está en su tumba, pero no se ha podido corroborar la misma hasta la fecha) constituye un enclave de singular interés historiográfico y antropológico, dada la compleja evolución de su devoción y sus orígenes.

Este espacio funerario fue adquirido originalmente en 1921 para inhumar a José Cristóbal Santiago Carrero Ostos, quien expiró en el sitio de Paramillo, de donde era oriunda la familia, el 16 de julio de dicho año, a los ochenta años de edad. Sobre su lecho de descanso se erigió un túmulo de mampostería, tipo estela funeria romana, distinguido por una lápida vertical rematada en un arco de medio punto en cuyo centro se dispuso una fotografía del difunto. A pesar de las sucesivas reformas estructurales, los vestigios de esta construcción primigenia aún son perceptibles en la parte superior del conjunto actual. Este señor estaba casado con Sebastiana Vivas de Carrero, desde el 24 de agosto de 1870. Asimismo, el hermano de Cristóbal, Rafael Antonio Carrero Ostos, se encuentra en esta tumba familiar.

La génesis del culto en este lugar se remonta a un fenómeno de piedad popular: con el transcurso de las décadas, la efigie de Cristóbal Carrero comenzó a desvanecerse, dando paso a la formación paulatina de una silueta identificada como la Virgen del Carmen. Según los testimonios orales de los mayores de la comunidad, esta «aparición» —cuya imagen persiste hasta nuestros días— fue el motor inicial que atrajo a numerosos devotos, convirtiendo la tumba en un centro de peregrinación mucho antes de que se produjera el luctuoso evento que cambiaría su nombre.

El 13 de enero de 1958 [según se lee en una improvisada placa de madera, escrita a mano, en su tumba, si bien no se ha podido verificar hasta la fecha], la historia del sepulcro dio un giro determinante con el trágico fallecimiento de un nieto [por la edad se supone, aunque no se ha podido comprobar documentalmente] del primer titular: el joven Francisco Carrero, integrante de la Guardia Nacional. Sus restos fueron depositados en la cripta familiar, la cual ya gozaba de renombre por el fenómeno mariano mencionado. No obstante, el impacto de la muerte violenta del joven soldado -sobre la cual no hemos podido precisar más información- terminó por fundirse con la devoción preexistente. Con el paso del tiempo, la memoria de la aparición de la Virgen fue cediendo terreno ante el carisma y las leyendas urbanas que comenzaron a circular en torno a la muerte trágica del recién fallecido, hasta que la piedad popular se centró definitivamente en la figura del alma de Francisco, consolidando el culto que hoy conocemos y que mantiene viva la importancia espiritual popular de este emplazamiento.





Fotos de la tumba de "El soldado": Santiago Xavier Sánchez (2025)




Lápida identificativa en la tumba de Luis Alberto Méndez (1958-1982) conocido como "Cabeza de hacha" y cuya leyenda urbana lo definió como el "Robin Hood sancristobalense". Había nacido en jurisdicción de la parroquia Catedral de San Cristóbal y en la misma recibió los oficios eclesiásticos de defunción (Foto: Yoser Linares, 2025).




Lápida identificativa en la tumba de "La maestra". Judith Jaime Contreras (Palmira, 1929 - Ureña, 1957). Maestra, y quien falleció de un infarto. Su padre. quien era igualmente maestro en Ureña,  al regresar a su ciudad natal con la familia, trasladó los restos de su hija a San Cristóbal (Foto: Yoser Linares, 2025).






jueves, 29 de septiembre de 2022

El amarillo de nuestros montes: entre el vero olvidado y el araguaney impuesto │ Don't Confuse the Vero with the Araguaney: The Truth Behind the Hills' Yellow Bloom






Foto: Árbol de vero en la Cortada de Doña Emilia, en la carretera de El Vallado, que une a San Pedro del Río con Ureña. Aldea La Victoria, Municipio Lobatera (Estado Táchira). Cortesía de Manuel Rodríguez (2026).



En las últimas semanas, al revisar desde lejanas tierras la prensa regional y las redes sociales locales, me salta a la vista un error que ya se hace recurrente: bautizar como "araguaney" a cualquier estallido amarillo que corone la geografía tachirense. Basta que una copa florezca con intensidad dorada para que el titular apresurado le adjudique la identidad del árbol nacional, borrando de un plumazo la botánica vernácula y la memoria del paisaje.


Nuestros nonos, herederos y protagonistas de aquel Táchira agrario que sabía leer la tierra sin intermediarios, jamás habrían cometido este desatino. Para ellos, la diferencia era evidente y cotidiana.


El vero (Bulnesia carrapo, familia Zygophyllaceae) es el señor de las tierras secas y quebradas del occidente tachirense. Se extiende, entre otras partes, generoso y extensivo por las laderas áridas de Lobatera, hacia la cuenca baja del río Lobaterita y de las quebradas La Parada y Los Pozos, y abraza el sur del Municipio Ayacucho y los municipios Bolívar y Pedro María Ureña. De tronco recio y madera durísima, resistente al rigor de los soles, el vero no florece al capricho: despierta con las aguas de septiembre y los primeros días de octubre, vistiendo de amarillo lomas enteras en una floración común y prolongada. En 1875, José Gregorio Villafañe, en sus estadísticas sobre el Estado Táchira, ya describe al vero (también denominado vera) como una de las mejores maderas para la construcción.


El araguaney (Handroanthus chrysanthus), en cambio, responde a otra lógica biológica y espacial. Es un árbol más alto, corpulento y solitario; prefiere erguirse aislado, señorial en medio del bosque o de la sabana llanera. Y, sobre todo, su espectáculo es fugaz: un relámpago de oro apretado que apenas dura tres días antes de tapizar el suelo y volver a su sobria corteza grisácea.


¿Por qué, entonces, insistir en llamar araguaney a lo que siempre fue vero?

La respuesta trasciende el aspecto forestal. Es el síntoma de una erosión más honda: la doble globalización que padecemos. Por un lado, la centralista: esa homogeneización que calca el léxico, los símbolos y la mirada capitalina como único canon legítimo; por el otro, la globalización mediática que aplana los saberes locales bajo etiquetas universales y simplistas. A ello se suma la ruptura en el hilo invisible de la transmisión oral: al debilitarse las sobremesas y la palabra de los mayores, los nonos, las nuevas generaciones crecen de espaldas al entorno que pisan.


Confundir el vero con el araguaney no es un desliz inocuo de redacción; es un paso más hacia la desmemoria. Nombrar mal el árbol es olvidar la tierra que lo sostiene. Recuperar su nombre exacto es un acto de justicia con la mirada certera de los nonos y una pequeña trinchera para defender la identidad que nos define como tachirenses.


martes, 5 de julio de 2022

El algodón y el cafeto: hilos de identidad histórica en el Escudo del Estado Táchira | Cotton and Coffee: Threads of Historical Identity in the Táchira State Coat of Arms



 



Es una realidad cotidiana que todos vemos el escudo oficial del Estado Táchira de forma recurrente: preside las fachadas y salones de las instituciones educativas, custodia los despachos en las oficinas de los poderes públicos del estado, y forma parte integral de la visual de monumentos, plazas y parques regionales. Sin embargo, a pesar de su constante presencia, son pocos quienes realmente conocen su profundo significado simbólico y la memoria que resguarda. En esta oportunidad, alejándonos un momento del campo central y timbre o coronamiento, hablaremos específicamente de las ramas que ornamentan el escudo propiamente, elementos que sostienen y enmarcan la identidad tachirense.


Dibujados según lo especificado en el decreto de institucionalización del escudo del estado, en 1905, los elementos heráldicos que custodian estos símbolos republicanos no son meros ornamentos artísticos; constituyen un mapa visual de la evolución económica y humana de una región. Las ramas que flanquean el escudo, tanto al lado diestro como al siniestro, adoptan la estructura geométrica de las antiguas coronas triunfales o coronas grecorromanas, las cuales tradicionalmente premiaban la victoria guerrera mediante dos ramas arqueadas, entrecruzadas y enlazadas en su base. No obstante, en el diseño tachirense, este motivo clásico se transforma para rendir homenaje a la verdadera fuerza motriz de su territorio: su herencia prehispánica y su riqueza agrícola, representadas a través de una rama de algodón y otra de cafeto.


La presencia del algodón en el blasón evoca directamente la historia originaria y aborigen del Táchira. El fundamento histórico de esta representación se encuentra documentado desde los albores de la colonización. En 1569, el cronista Fray Pedro de Aguado, en su Recopilación Historial de Venezuela, describía de forma detallada las dinámicas productivas de los aborígenes del Valle de Santiago, antes de la fundación de la Villa de San Cristóbal:


«...y en los algodonales que los ay muchos y de muy buen algodón de que se hacen mantas y otro género de linos aunque no de la naturaleza de los de España, pero después de puestos en cerros tienen gran similitud con él, de que se hace muy buen hilo y muy delgado; de todas las cuales cosas se aprovechan muy bien los vezinos de aquel pueblo» (Tomo II, p. 457).


Esta industria textil prehispánica no era un hecho aislado, sino el reflejo de un complejo sistema tecnológico y cultural compartido a nivel geográfico. Desde una perspectiva analítica, la producción algodonera de los primeros habitantes del Táchira presentaba idénticas características socioculturales y técnicas a la de los pueblos aborígenes de las regiones altas de los Santanderes y Boyacá en la actual Colombia. El cultivo del algodón, el hilado fino y la posterior confección de mantas evidencian la existencia de un corredor cultural andino prehispánico, donde el intercambio de saberes y la adaptación al entorno unían a estas comunidades mucho antes de la delimitación de las fronteras republicanas. Así, el algodón en el escudo recuerda un recurso botánico, además de la sofisticación técnica y la soberanía de los primeros pobladores.


Por su parte, la rama de cafeto representa la prosperidad agraria que definió al Táchira durante los períodos hispánico y republicano. La introducción de este cultivo a finales del siglo XVIII, establecida por hacendados españoles y criollos en las tierras de la actual ciudad de Rubio (Municipio Junín) y al sur de San Cristóbal (en el sitio de Vega de Aza), transformó radicalmente la geopolítica económica de la región. Durante el siglo XIX, el Táchira se consolidó como el primer estado con mayor producción de café en Venezuela. La calidad de su suelo y el rigor de sus métodos de cultivo permitieron que el grano local abasteciera el consumo nacional y conquistara los mercados internacionales bajo la prestigiosa marca de origen conocida en el comercio exterior como variedad «Táchira».


En conclusión, el sostén heráldico que enmarca el escudo del Táchira equilibra dos eras fundamentales de su devenir histórico. Mientras que el cafeto celebra el auge comercial, la proyección internacional y la riqueza del suelo en los siglos recientes, el algodón rinde un justo tributo a los primeros habitantes del territorio tachirense. Así se teje un hilo conductor que conecta el ingenio textil de las civilizaciones prehispánicas, hermanadas en su técnica, con el esfuerzo agrícola de la modernidad, ofreciendo a todo aquel que lo observa en una plaza o escuela una lección silenciosa, pero elocuente, de dignidad e identidad histórica.


Imagen del escudo del Estado Táchira: Pablo Villafañe (1983). Apuntes históricos del Táchira 1883-1983. Ediciones del Gobierno del Estado Táchira siendo Gobernador del Estado el Dr. Edgar Flórez.



viernes, 17 de junio de 2022

Finibus Terrae Tachirensis o En los confines de la tierra tachirense. Cuatro imágenes de un paso internacional de la frontera tachirense: la frontera de montaña de Mucujún | Four Images of the International Boundary between Táchira State (Venezuela) and Coombia





(1) Hito "San Pedro" en la frontera internacional entre las repúblicas de Venezuela (derecha, Este) y Colombia (izquierda, Oeste), en medio de la carretera que comunica a las aldeas y caseríos venezolanos de Los Trapiches y El Oso (Municipio Lobatera-Estado Táchira) con el caserío colombiano de Ricaurte (Corregimiento de Ricaurte-Departamento Norte de Santander), en la montaña y garganta de Mucujún, del antiguo territorio de la Gobernación de San Faustino de los Ríos.

Se corresponde con el hito A6, y está a una altura de 1.512 m. Fue fijado y construido luego de la demarcación del Laudo Arbitral Suizo, de 1923. La línea limítrofe, en este trayecto, va por el centro de la carretera, según lo indica la flecha grabada en la parte superior del hito (Foto: Darío Hurtado, 2016. Visita que hicieran las autoridades del Concejo Municipal de Lobatera y el Cronista oficial para la época, Prof. Richard Medina).




(2) Superposición sobre la imagen fotográfica de la línea fronteriza internacional, de la línea estadal tachirense y de las líneas intermunicipales que convergen en el Hito A6 o Hito San Pedro, en la montaña de Mucujún (Foto: Darío Hurtado, 2016, Visita que hicieran las autoridades del Concejo Municipal de Lobatera y el Cronista oficial para la época, Prof. Richard Medina; Trazado de superposición, Samir A. Sánchez, 2016).








(3) Superposición sobre plano cartográfico de la línea fronteriza internacional, de la línea estadal tachirense y de la línea fronteriza del Municipio Lobatera que se inicia en el Hito A1 (sur, cerca de la cumbre del cerro Don Pedro) y finaliza el el Hito A6 (norte, Hito San Pedro, en la garganta o paso de la montaña de Mucujún), en un recorrido de 1,6 km de la línea internacional. Foto: Cartografía Nacional 1:100 000, 1970, reproducción con fines didácticos, Trazado de superposición, Samir A. Sánchez, 2016.



(4) Vista aérea del área limítrofe internacional de la montaña de Mucujún (Foto: Google Earth, 2016. Línea internacional trazada por Google Earth en 3D, identificación de jurisdicciones, Samir A. Sánchez, 2016).




© Proyecto Experiencia Arte │© Egitasmoa Espedientzia Artea │© Experience Art Project 2012-2022. 
Algunos derechos reservados. Los derechos de autor de las fotografías pertenecen a cada fotógrafo, grupo.



domingo, 29 de mayo de 2022

¿Cómo se concebía y distribuía nuestro territorio hace casi tres siglos? | A Cartographic Genesis: The 1739 Survey of San Cristóbal (Táchira State)







Presentamos una auténtica joya cartográfica de 1739, resguardada en el Registro Público Principal del Estado Táchira. Este documento constituye una verdadera radiografía histórica de la tenencia de tierras entre las quebradas Machirí y Palo Gordo, al norte de la antigua Villa de San Cristóbal.


Hallazgos para mirar el territorio con otros ojos:

La transformación del “Río Rojo”: Uno de los detalles más llamativos aparece en la parte inferior del plano: el “Río de Tormes”, antiguo nombre de nuestro actual río Torbes. El paso fonético del castellano “Tormes” al regional “Torbes” conserva una huella lingüística de enorme valor histórico. Llamarlo Tormes es, en cierto modo, evocar la voz original del siglo XVI de este emblemático río.

Toponimia olvidada: En la parte superior puede leerse “Montañas agrestes de Barebare”, antigua denominación de la Sierra de La Maravilla. Una evocación de cómo los paisajes permanecen mientras sus nombres cambian con el tiempo.

La anatomía de la propiedad: El plano muestra la “División, visso y lindero de las tierras”, registrando con detalle las posesiones de antiguas familias coloniales sancristobalenses, entre ellas los Gallardín, Santander y Becerra.

Este documento es mucho más que tinta sobre papel: representa, en muchos sentidos, el “acta de nacimiento” de los territorios urbanos que hoy habitamos. Conservar su memoria es también honrar las complejas raíces de nuestra historia compartida.


Crédito de imagen: @samirsanchez1407 (1998).


@tachiraheritage en Instagram, cápsulas históricas del Táchira en Inglés: por Samir Sánchez, Síguelo

domingo, 22 de mayo de 2022

Prosperidad y olvido: La calle de las mil puertas | Prosperity and Oblivion: The Street of a Thousand Doors









Calle Real, o Calle de Bolívar, o Carrera 4 de la población de Lobatera, para 1912. Tras las montañas se encontraba la ciudad de San Cristóbal, capital del Estado Táchira. La foto refleja la descripción del Dr. Juvenal Anzola quien pasó por allí en 1912. El número de puertas, en contraste con la ausencia de ventanales, indica la elevada actividad comercial que tenía la población de Lobatera para la época, por encontrarsae en pleno camino real entre Uracá o Estación Táchira y San Cristóbal, tal y como lo describe el Dr. Juvenal Anzola para 1912: "Percibí en este lugar aliento de generosa vida y movimiento mercantil: además del majestuoso y sólido templo en construcción, conté siete tiendas mixtas, diez bodegas, ocho pulperías, un billar, una botica y dos hoteles. Corrieron con demasiada rapidez las gratas horas que pasamos en compañía de los amables lobatereños" (Foto: Museo del Táchira, Sala de la República, Santiago X. Sánchez, 2016. Restauración con IA: Santiago X. Sánchez, 2026).



Lobatera, 1912: como la describiera el Dr. Juvenal Anzola, en su viaje de Caracas a San Cristóbal.

Una era de esplendor y efervescencia comercial que hoy se siente como un ensueño lejano. Esta fotografía, meticulosamente restaurada por Táchira Heritage y que forma parte de los archivos del Museo del Táchira, nos transporta a la legendaria Calle Real, conocida hoy como Carrera 4 o de Bolívar, en el cénit de su gloria.


Observen el singular carácter arquitectónico de esta vía pública que tiene por plano de fondo El Humilladero, antiguo lugar de entrada al pueblo desde el camino real de Mochileros, que iba o venía de San Cristóbal. Una sucesión ininterrumpida de umbrales, enteramente desprovista de ventanas donde cada puerta era una entrada al comercio. Cada puerta representaba a una familia en ascenso. Cada puerta se erigía como un testigo silencioso de la vitalidad económica de un pueblo acunado en el corazón de la ruta comercial más vital de la región.


Lobatera sirvió como un epicentro principal, junto a San Juan de Colón, para el intercambio de mercancías entre San Cristóbal y la estación del Gran Ferrocarril del Táchira en Uracá y luego en Estación Táchira (San Félix). Café, cacao, textiles finos y maquinaria pesada: todo atravesaba estos caminos empedrados, catalizando el crecimiento y la riqueza no sólo de Lobatera, sino de todo el Estado Táchira.


Esta imagen trasciende su estatus de simple registro histórico; es un recordatorio conmovedor de nuestro espíritu emprendedor innato y de la profunda importancia de la conectividad para el desarrollo. Es un llamado de atención para reflexionar sobre nuestro presente y trabajar colectivamente para reclamar el vigor que una vez nos definió.

Sé partícipe

Pryecto Experiencia Arte y Táchira Heritage hacen una invitación a compartir fotografías antiguas del Tàchira y ser partícipe y protagonista en este viaje a través del tiempo. Es una forma de honrar y dar a conocer las narrativas que forjaron la identidad del Táchira de todos los tiempos.


jueves, 21 de abril de 2022

El Táchira sepultado: dos crónicas y una reflexión sobre el olvido | Táchira Buried: Two Chronicles and a Reflection on Oblivion








"Ce n’est pas le culte des cendres, mais la transmission du feu" (Jaurès, J. 2014. Œuvres de Jean Jaurès de Jean Jaurès, Tome 13 : Voici le siècle nouveau 1907-1910. Librairie Arthème Fayard, Paris).



Recientemente, el historiador y académico Dr. Bernardo Zinguer me hizo llegar un documento hemerográfico que constituye, en esencia, una cápsula del tiempo: la portada del diario Vanguardia de San Cristóbal, fechada en abril de 1955. En sus páginas, un recuadro rescataba un acontecimiento que hoy reviste matices de realismo mágico: durante la demolición de una casona en la Carrera 9 del centro histórico, un grupo de operarios halló una «cara grabada en una antigua piedra». La nota de prensa, con una rigurosidad institucional hoy infrecuente y casi quijotesca, exhortaba a las autoridades a preservar la pieza por considerarla un «testimonio de un pretérito interesante». No obstante, el encuentro con esta noticia reactivó en mi memoria un episodio transmitido por la tradición oral académica en el seno de antiguas y fructíferas tertulias.


Hacia 1997, tuve el privilegio de departir con el Profesor Félix María Rivera, individuo de número de la Academia de Historia del Táchira. En aquel sosiego intelectual que caracterizaba a las tertulias posteriores a cada reunión mensual de la institución, el profesor evocó la anécdota de «El Botijo», suscitada durante la construcción del Edificio Nacional en la década de los cuarenta. Un operario, instigado por la atávica «fiebre del oro» asociada a las botijas (esos entierros de valores tan socorridos durante las conflagraciones del siglo XIX), descubrió un vestigio singular al demoler la estructura del antiguo Cuartel Nacional y Cárcel de San Cristóbal. 


Como cimiento pétreo de una vieja columna, yacía una piedra fracturada y labrada con las figuras de «una fiera y una torre», descripción literal con la que el asombrado «descubridor» rescataba el hallazgo del polvo de los años. Persuadido de que se trataba de la señal de un tesoro oculto, el obrero excavó con denuedo, obteniendo como único rédito el escarnio de sus colegas, quienes lo bautizaron para la posteridad con el mote que da nombre a esta historia.


La verdadera tragedia no residió en la ausencia de metales preciosos, sino en la ceguera histórica ante la magnitud del hallazgo. Frustrado y hastiado de la mofa colectiva, el trabajador arrojó la pieza al denso relleno de mampostería y concreto que se vertía, en aquel preciso instante, para consolidar un muro de contención diseñado para la nivelación topográfica del Edificio Nacional. Según el análisis derivado del relato del Profesor Rivera, aquello que fue descartado como simple escombro fue, con toda certeza, una piedra armera del siglo XVIII portadora de la heráldica de los reinos de Castilla y León.


Este blasón no era un elemento meramente ornamental; era la marca o huella material y esoecifica de un tiempo histórico de la historia tachirense, era el verbo del Imperio hecho piedra. Como símbolo del poder soberano, presidía las antiguas Casas de Cabildo levantadas en ese mismo emplazamiento siglos atrás, configurando junto a la Iglesia Parroquial de San Cristóbal mártir de Licia, y la Plaza Mayor la tríada de la autoridad y el orden colonial. Su ubicación original, en el epicentro de la Villa, recordaba al ciudadano la omnipresencia del Estado y la Fe: mientras el templo regía la dimensión trascendental, la piedra armera en el Cabildo validaba la autoridad civil y la justicia terrenal. Aquella «fiera y torre» eran la firma pétrea de unas leyes de Indias y una administración que organizaba el espacio público para dar rostro a la San Cristóbal de antaño.

Reflexión: el mnemocidio como patología

La contraposición entre el vestigio hallado en 1955 y la pieza malograda en el Edificio Nacional revela una patología social profunda que hemos de llamar mnemocidio. Este concepto trasciende la omisión involuntaria para describir el «asesinato deliberado de la memoria». Se manifiesta cuando una sociedad asume que la innovación es inherentemente superior a la tradición, permitiendo que el patrimonio sea triturado por una modernidad mal comprendida. Al desestimar los fragmentos que subyacen en nuestro estrato histórico, desde el período aborigen hasta los albores republicanos, terminamos pavimentando sobre nuestra propia ontología. Transformamos así la historia del Táchira en un solar baldío: un espacio que, aunque habitado, permanece trágicamente despojado de fisonomía, de sacralidad y de raíces.






Fotos: Diario Vanguardia (Dr. Bernardo Zinguer, 2022) y Escudo cuartelado (piedra superior) con las armas de los reinos de Castilla y León que se encuentra sobre el dintel de la puerta de acceso principal al castillo de Santa Rosa de la Eminencia (finalizado en 1682), en la ciudad de La Asunción, Estado Nueva Esparta (Venezuela). Una probable piedra armera, como la observada en la imagen, debió encontrarse sobre el dintel de entrada de las Casas de Cabildo y Cárcel de la Villa de San Cristóbal para fines del siglo XVIII. Foto: Instituto del Patrimonio Cultural, Catálogo, 2011.


lunes, 14 de marzo de 2022

El artículo que nos hizo libres: ¿Por qué decimos "El Táchira"? │ The article that set us free: Why we say 'El Táchira'







Este trabajo puede ser descargado en formato PDF aquí:




Presentación

Como un ejercicio fascinante de ontología regional, este trabajo resulta en un homenaje de Proyecto Experiencia Arte al Táchira, al conmemorarse los 166 años de su autonomía con la creación de la provincia en 1856.

En la cartografía del lenguaje existen partículas que poseen el peso de una cordillera: para nosotros, el artículo definido «El» antepuesto al nombre de nuestro estado no es un accidente del habla ni un rústico arcaísmo; es un marcador ontológico de soberanía. Decir «Soy del Táchira» es un acto de afirmación política y cultural que se resiste a ser borrado en un mundo globalizado que tiende a diluir todo lo local. No hablamos de una simple coordenada geográfica, sino de un sujeto histórico indomable que decidió bautizarse a sí mismo para no ser más un satélite de voluntades externas. 

Por ello, este esfuerzo investigativo busca rescatar la identidad regional tachirense y el sentido de pertenencia que con tanta firmeza habitaba en nuestros nonos (abuelos), devolviendo el pulso a una esencia que se niega a desaparecer.


La gestación de una identidad (1561-1830)

Luego de la independencia de España, nuestra esencia se forjó en el "Finisterre" occidental de la Provincia de Mérida. No obstante, desde la fundación de San Cristóbal en 1561 y la Gobernación del Espíritu Santo de La Grita en 1576, ya se habían trazado los primeros ensayos de nuestra conformación territorial e independencia administrativa. En ese finisterre, extremo remoto y escarpado de la Provincia de Mérida, sucedía que, mientras los mapas oficiales nos etiquetaban bajo esa jurisdicción, en el corazón de esta tierra se gestaba una identidad diferenciada y una fuerza social que se negaba a aceptar etiquetas impuestas por la distancia administrativa. 



Mapa de la Provincia de Mérida para 1841, con sus cuatro cantones occidentales y cuatro orientales. Fuente: CODAZZI, A. Resumen de la Geografía de Venezuela. Imprenta de H. Forunier, París, 1841. p. 647. Google Book, 2020.

La imprenta del Táchira (1845)

Los primeros atisbos o señales de esa protoidentidad tachirense, no oficial, pero subyacente, se puede rastrear, hasta la fecha, con la llegada de la primera imprenta que existiío en los que ahora es el Estado Táchira, piedra angular del periodismo tachirense independiente que se instaló un 15 de agosto de 1845  en San Cristóbal, y provenía de Estados Unidos. 

Como un inciso, es de destracar que este significativo avance fue liderado por el culto Don Domingo Guzmán Escandón (1790 - finales del siglo XIX), en San Cristóbal, quien acertadamente la bautizó como "Imprenta del Táchira": una prensa de hierro de cama plana, testimonio del legado de Gutenberg, con su platina y tímpano manuales, y un costo monetario superior a los 1000 pesos de la época. 


Cada página era un trabajo de dedicación y mecánica: la plancha se entintaba meticulosamente a mano y los tipos se ordenaban con esmero para crear impresiones a dos columnas por pliego. Pero esta imprenta fue más que una simple máquina; se convirtió en la fuente del pensamiento independiente y el discurso público en el Táchira.


Con la adquisición de esa primera imprenta, que funcionaría en el extremo occidental de la provincia de Mérida, en lo que hoy conocemos como el Estado Táchira, resulta revelante como, pese a la configuración político territorial y administrativa de la época, e instalarse en el Cantón de San Cristóbal, Guzmán decidiera bautizarla dándole el significativo nombre de "Imprenta del Táchira". 


Más allá del dato fáctico, este gesto puede interpretarse como una temprana manifestación de la conciencia de diferenciación territorial. Para Guzmán, el nombre no constituiría una mera etiqueta nominal, sino la formalización política de una región, la de los cuatro cantones occidentales, que ya operaba, desde 1830, bajo la denominación informal de "cantones del Táchira".


Este apelativo político-territorial hundía sus raíces en la Constitución provincial merideña de 1811, la cual delimitaba geográficamente la jurisdicción al establecer que la provincia se extendía "de Oriente a Poniente desde la Raya de Timotes hasta el río Táchira" [SALAZAR, Temístocles, Las Constituciones del Estado Táchira, en Revista Táchira Siglo XXI, Universidad Católica del Táchira, N° 21, San Cristóbal, 2002, Preámbulo de la Constitución Provisional de la Provincia de Mérida de la Confederación Venezolana, 31 de julio de 1811, p. 11]. Bajo esta premisa, es posible afirmar que Guzmán Escandó vislumbró en 1845 una identidad subyacente en la zona, anticipando así su futura autonomía. Como bien señala el profesor Temístocles Salazar en un análisis que hace sobre este período, existía una dualidad, que podemos definir como administrativa y ontológica: si bien la región pertenecía jurisdiccionalmente a Mérida, ya poseía una fisonomía territorial propia y, en lo fundamental, una "conciencia de ser tachirenses" [SALAZAR, Temístocles, „Las Constituciones del Estado Táchira‟, en Revista Táchira Siglo XXI, Universidad Católica del Táchira, N° 21, San Cristóbal, 2002, Introducción, p. 8].


Por igual, es notorio y de resaltar que "La Imprenta del Táchira" fue la cuna de los primeros periódicos de la región: “El Eco del Torbes” en 1845 con agentes autorizados para la circulación y venta fuera de San Cristóbal en Lobatera, La Grita, Bailadores y Mérida, y “El 14 de marzo” en 1856. 


Estas publicaciones sirvieron de plataforma para las voces locales, fomentando un sentido de comunidad y un compromiso crítico con los problemas de la época. Además, esta misma imprenta fue fundamental para moldear el panorama político de la región, ya que se utilizó para imprimir la primera Constitución del Estado Táchira en 1864. Esto marcó un paso crucial en el autogobierno y el desarrollo de la región. La “Imprenta del Táchira” se erige como un poderoso símbolo de progreso, educación y el floreciente espíritu del periodismo independiente en el Táchira. Sentó las bases para el libre intercambio de ideas y desempeñó un papel indispensable en la configuración de la identidad cultural y política de la región.


La voz de la historia en cuatro testimonios

Retomando el tema que tratamos en el presente artículo, le cedemos la palabra a los siguientes documentos:

1. El testimonio de un Obispo (1848): Indomables, levantiscos e independientes siempre ante cualquier sujeción impuesta contra su voluntad, que proviniera desde la capital de la provincia, la ciudad de Mérida, los tachirenses, demostrando su propio peso, sin tener la condición político-administrativa de autónomos, venían haciendo un uso informal pero político, desde 1830 aproximadamente, del adjetivo y sustantivo: "tachireño" como réplica inmediata, contundente y diferenciada del resto del gentilicio oficial que era el propiode toda la provincia: "merideño".

 

Así, en 1848, se tiene que luego de los acontecimientos en el Congreso Nacional en Caracas, del 24 de enero de 1848 y de las situaciones posteriores que se dieron en la provincia de Mérida, y una vez controlada la situación de insurgencia, el presidente José Tadeo Monagas envió a la ciudad de Mérida un ejército expedicionario para someter desde allí a la provincia rebelde la cual, el 18 de febrero de 1848, en respuesta al asalto al Congreso Nacional, había proclamado el desconocimiento de la autoridad de Monagas creando una junta de gobierno que asumió la soberanía y autonomía provincial, como en 1811.

 

Uno de los actores más decididos en esta insubordinación, fue el Obispo de Mérida de Maracaibo, Monseñor Juan Hilario Bosset. El 4 de marzo de 1848, el mitrado emeritense, enviaba una carta urgente a los curas tachirenses reconociendo el término y que éramos un bloque diferenciado: "[...] yo empeño mucho a usted a fin de que con su influjo haga que todo calme y se unan los tachireños a nosotros (los merideños)" [en SILVA OLIVARES, Héctor, “Autonomía territorial, liberalismo y rebelión en la Provincia de Mérida, Venezuela” en Proceso Histórico, revista semestral de historia, arte y ciencias sociales, Universidad de Los Andes, Mérida, Nº 9, enero de 2006, p. 15. “Sumario contra el Reverendo Obispo de esta Diócesis. Dr. Juan Hilario Bosset, por conspiración”. f. 107. Archivo General del Estado Mérida, 1848]. Para el Obispo, ya no éramos simplemente "habitantes del occidente", éramos los “tachireños”, un cuerpo social distinto.

2. La definición del Padre Piñeiro (1849): En el sumario seguido al Padre Ciríaco Piñeiro, acusado de participar por igual en el alzamiento contra Monagas en Mérida, se encuentra una justificación de fecha 21 de marzo de 1849, donde el Padre Piñeiro ofrece una explicación directa sobre el significado político del término "del Táchira": "Desde antaño había en esta provincia dos partidos eleccionarios, uno de los cantones de Oriente de ella o ‘de Mérida’ y el otro del Occidente o ‘del Táchira’, partidos puramente provinciales y nada más, siendo el último siempre el triunfante […] una vez perdiendo los electores del Táchira, ocupáronse estos en vengarse de los de Mérida, llamándose asimismo liberales y a los otros oligarcas, enemigos desafectos" [CHALBAUD CARDONA, Eloy, Historia de la Universidad de Los Andes, ediciones de la Universidad de Los Andes, Mérida, 1987, tomo 8, pp. 502-504: Documento 11, “Justificación del Presbítero Doctor Ciríaco Piñeiro, 21 de marzo de 1849 ante el Ministro de Interior y Justicia. Comunicación 56 del Provisor del Obispado de Mérida”. Aquí el artículo "del" (de + el) ya marcaba una propiedad territorial y política absoluta.

3. El informe de Castelli (1855): La necesidad de nuestra autonomía era evidente incluso para los diplomáticos. Carlos Luis Castelli, Legado extraordinario ante la Nueva Granada, en un informe crítico, advertía al Ministro del Interior sobre los bandos descritos por el Padre Piñeiro, el "espíritu de oposición" de nuestra gente y la necesidad imperativa de dividir la Provincia de Mérida en dos:

“De aquí se deriva forzosamente lo que en realidad está sucediendo respecto de los intereses locales y diversidad de opiniones en los habitantes: los cuatro cantones occidentales se quejan de que las autoridades provinciales desconocen o no están jamás dispuestas a atender bien las exigencias de su localidad especial: los Orientales, por su parte, viven inquietos por el espíritu de oposición y discordia en que ven uniformarse cada día con más vehemencia a sus comprovincianos de Occidente, las opiniones políticas tienden a formar siempre, dos opuestos bandos, cuyo verdadero objeto es dominarse en absoluto con la ocupación del poder provincial, tomando una sección, por antagonismo con la otra, la bandera contraria de las que alzan los grandes partidos nacionales: por lo mismo, las elecciones son verdaderos combates en que se recurre a todo género de intrigas para sojuzgar a un enemigo aborrecido; y el ejercicio de la autoridad, impotente en semejante estado para propender al bien, no es sino la continuación de una lucha que no tiene término, y que mantiene las pasiones en exaltación constante” [en GONZÁLEZ VALBUENA, R. El Táchira Histórico. Tipografía La Nación, Caracas, 1948, p. 75. Documento copiado del Archivo General de la Nación, documentos de correspondencia del Departamento de Interior y Justicia, mayo de 1855].


4. El proceso de autonomía provincial (1855-1856): La génesis de la Provincia del Táchira como entidad autónoma no fue un acto de improvisación, sino el resultado de un complejo proceso civil y legislativo que se desarrolló entre 1855 y 1856. La secuencia de estos acontecimientos fue la siguiente:

 

Solicitudes de los cantones occidentales de la provincia de Mérida: el impulso inicial (febrero de 1855)

El movimiento autonomista inició sus trámites según la legislación de la época el 7 de febrero de 1855  [en GONZÁLEZ VALBUENA, R. El Táchira Histórico. Tipografía La Nación, Caracas, 1948, p. 75. Documento copiado del Archivo del Congreso Nacional, Cámara de Representantes, 1855, tomo II, p. 150]. En ese momento, el Concejo Municipal de San Cristóbal, contando con el respaldo de los cantones de Lobatera, La Grita y San Antonio del Táchira, formalizó la solicitud para la creación de una nueva unidad territorial político-administrativa. El proyecto original, elevado ante la Diputación Provincial de Mérida, contemplaba la denominación original de "Provincia Torbes".
 
El 15 de feberero de 1855 Los representantes del Concejo Municipal del Cantón Táchira, enviaba una comunicación al Ministro de Interior y Justicia en la cual solicitaban la creación de una nueva provincia, sin especificar nombre, compuesta por los cantones occidentales de la provincia de Mérida, de Lobatera, La Grita, San Cristóbal y San Antonio del Táchira [CONTRERAS SERRANO, J. N. Centenario de la Provincia del Táchira. San Cristóbal, 1956, p. 21-25.  Documento copiado del Archivo General de la Nación, documentos de correspondencia del Departamento de Interior y Justicia, mayo de 1855].

 

El 19 de febrero de 1855, el Concejo Municipal del Cantón de La Grita remitió una misiva a la Diputación Provincial de Mérida con el fin de elevar al Congreso Nacional la petición de crear la provincia de «Táchira» o «Torbes», la cual quedaría integrada por los cantones de San Cristóbal, erigida como capital, La Grita, Lobatera y Táchira. La relevancia de este documento radica en que constituye el primer registro hallado, hasta el presente, en el proceso de reconstrucción histórica donde se emplea el topónimo «Táchira» para designar a la nueva entidad; un hito documental de especial valor, si bien aún no se ha localizado la solicitud original emanada del Cantón de Lobatera, para conocer la fecha y términos de la misma [MÁRQUEZ, W. (Compilador). Documentos Históricos referidos a la erección de la Provincia del Táchira. 1855-1856. San Cristóbal, 2026, p. 9. Documento copiado del Archivo del Congreso Nacional, Cámara de Representantes, 1855, tomo II, f. 146r y 146 vto. ].
 

 

Obstáculo regional y la vía nacional (marzo de 1855)

Ante la negativa de la Diputación de Mérida de dar curso a un planteamiento de división territorial, limitándose apenas a acusar recibo de la solicitud, los representantes de San Cristóbal optaron por acudir directamente al Poder Legislativo nacional. El 2 de marzo de 1855, introdujeron el proyecto de la "Provincia Torbes" [en GONZÁLEZ VALBUENA, R. El Táchira Histórico. Tipografía La Nación, Caracas, 1948, p. 68. Documento copiado del Archivo del Congreso Nacional, Cámara de Representantes, 1855, tomo II] de forma directa ante el Congreso Nacional en Caracas, logrando que se recibiera y entrara a discusión, aún cuando no tenían el informe de la Diputación provincial de Mérida.

 

Mutación del nombre y la presión institucional (abril de 1855)

Es en este punto donde emerge la fuerza identitaria del nombre actual. El 20 de marzo de 1855, varios diputados dan a conocer el proyecto de decreto en el Congreso Nacional para su primera discusión, pero ya aparece en los documentos a discutir bajo la denominación de "Provincia del Táchira", ya no "Torbes". No obstante desconocemos los motivos del cambio, pero creemos que fue posible a que tuvo mucho peso en la mente de los lesgisladores la existencia y uso de los viejos nombres distintivos, el de los bandos rivales políticos de antaño en la provincia de Mérida: los tachireños (o bando del Táchira, de los cantones occidentales) y los merideños (o bando de Mérida, de los cantones orientales). 

Posteriormente, el 27 de abril de 1855 [en GONZÁLEZ VALBUENA, R. El Táchira Histórico. Tipografía La Nación, Caracas, 1948, p. 75. Documento copiado del Archivo del Congreso Nacional, Cámara de Representantes, 1855, tomo II, p. 150], las autoridades del Cabildo de San Cristóbal se dirigieron al Presidente de la República para denunciar la obstrucción de la Diputación de Mérida, que persistía en no emitir el informe de ley preceptivo. En dicha misiva, se instó al Ejecutivo a exigir el cumplimiento de este requisito constitucional para que el proyecto de creación de la "Provincia del Táchira" (manteniendo el nombre de "Táchira" y no "Torbes" como ellos lo habían propuesto inicialmente) pudiera ser sometido a debate en las sesiones ordinarias del año siguiente.

 

Recordaba por igual el Presidente del Concejo Municipal del Cantón de San Cristóbal, Antonio María Gatell, en su misiva al Presidente Monagas que las gestiones para la creación de la nueva provincia del Táchira ya se habían  iniciado en 1853, pero que la Diputación Provincial de Mérida no había dado respuesta alguna ni auspiciado la iniciativa  [en GONZÁLEZ VALBUENA, R. El Táchira Histórico. Tipografía La Nación, Caracas, 1948, p. 73. Documento copiado del Archivo General de la Nación,  Correspondencia del Ministerio de Interior y Justicia, paquete de mayo de 1855, tomo II, acuse de recibo en el despacho presidencial de fecha 1 de mayo de 1855, p. 73].

 


Mapa de la Provincia del Táchira para 1856, con sus cuatro cantones fundadores: San Cristóbal, La Grita, Lobatera y San Antonio del Táchira. Diseño y elaboración: TSU Sigrid Márquez Poleo (2012) a partir del mapa de la provincia de Mérida en CODAZZI, A. Resumen de la Geografía de Venezuela. Imprenta de H. Forunier, París, 1841. p. 647. Google Book, 2020.


La consolidación jurídica (marzo de 1856)

Finalmente, tras superarse los escollos administrativos, el Congreso Nacional aprobó la creación de la nueva provincia el 11 de marzo de 1856. Tres días después, el 14 de marzo de 1856 [Biblioteca de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales, Serie República de Venezuela, nº 3, edición facsimilar de la “Recopilación de Leyes y Decretos de Venezuela reimpresa por orden del Gobierno Nacional, tomo III, segunda edición oficial, Caracas, Casa editorial de la Opinión Nacional 1890”, Caracas, 1982, p. 335: “Decreto 992 / Decreto del 14 de marzo de 1856 erigiendo una nueva provincia con el nombre del Táchira”], se produjo el ejecútese presidencial, naciendo oficialmente la Provincia del Táchira con San Cristóbal como capital y por territorio jurisdiccional el los antiguos cantones occidentales.

 

Así, resulta evidente que la fuerza política y la raigambre histórica del término "Táchira" se impusieron sobre la propuesta inicial de "Torbes". En la mente de los diputados que introdujero la solicitud en el Congreso, se reconoció que este nombre poseía una potencia simbólica y una identidad territorial que ninguna otra denominación podía igualar.


Una región que se pertenece a sí misma

El orgullo regional alcanzó su cenit en 1896, cuando el Dr. Santiago Briceño y la Sociedad Patriótica de Táriba propusieron que los tachirenses donaran un buque de guerra para defender el Esequibo del imperio británico, bautizándolo —y no podía ser de otra forma— como “El Táchira” [BRICEÑO, Santiago, Cuestión Guayana, Boletín Nº 2, Táriba, 5 de enero de 1896, hojas sueltas, en Archivo de Don Tulio Febres Cordero, Biblioteca Pública Central del Estado Mérida, Mérida, 1994].


Por ello, el llamado a quien sienta esta tierra en sus raíces es absoluto: rechacemos la idea de referirnos al Táchira como una simple división administrativa, sólo por copiar o repetir una forma de hablar que no es nuestra. 


Lo expuesto constituye un ejercicio de supervivencia cultural. Para el habitante de la geografía tachirense, la preservación de su identidad no se dirime únicamente en los manuales de historiografía oficial, frecuentemente ajenos a nuestra realidad, sino en la gramática de la cotidianidad y en las plataformas digitales. Estas últimas se manifiestan como un vórtice de contenidos heterogéneos, una suerte de fusión digital donde el rigor científico y el yerro sistemático convergen de manera casi imperceptible. Bajo esta premisa, el empleo del artículo en la denominación «El Táchira» trasciende el mero capricho lingüístico o la redundancia baladí, pues se erige como un acto de resistencia, una impronta grabada en el habla popular con la vigencia de casi dos siglos.


Al decir con orgullo “Soy del Táchira”, y no “de Táchira” no solo invocamos una identidad única y una geografía, sino que reivindicamos el legado de aquellos ancestros indomables que jamás entregaron su autonomía. Somos una región que, por derecho histórico y voluntad propia, se pertenece a sí misma y tiene su lugar entre los pueblos del mundo, y se ha ganado con sus hazañas y su esfuerzo propio el respeto.


Uno de los referentes clásicos del estudio de nuestra idiosincrasia como pueblo, y quien concreta y defina esa característica, es el Dr. Antonio María Pérez Vivas. Con sus palabras cerramos: "Vivimos en armonía con nuestros ideales, nuestro destino a la sombra del esfuerzo propio, nos respetamos mutuamente, buscamos que los demás nos respeten y, en consecuencia, perseguimos adueñarnos de nosotros mismos. No son guerreros de oficio los tachirenses, pero saben serlo cuando lo pauta su destino [PÉREZ VIVAS, A. Psicología tachirense y desarrollo, Editorial Arte, Caracas, 1966, p. 11].


En resumen


"El Táchira" o la ​cristalización de la ​identidad: ​del ​sentimiento a la Provincia

I. La preexistencia del ​ser: La identidad como ​sustancia invisible mucho antes que las líneas cartográficas delimitaran un espacio administrativo, ​el ser y sentimiento de ser tachirense, la la "​t​achirensidad"​, ya ​e​xistía como una realidad ontológica latente. No nacimos de un decreto en 1856; más bien, ese decreto fue el reconocimiento de un proceso que ya había madurado en l​as montañas y valles occidentales. Durante la época de la ​provincia de Mérida, los habitantes de los cuatro cantones occidentales ya compartían una cosmovisión común, un hilo invisible de pertenencia que no necesitaba de un nombre oficial para ser una verdad vivida. Era una identidad de facto, forjada en la cotidianidad del comercio, el parentesco y la resistencia al aislamiento, que aguardaba el momento histórico para su manifestación pública.

II. La ​dialéctica ​política y el ​surgimiento de "​los tachireños": Esta esencia, hasta entonces dispersa y silenciosa, encontró su voz a través del conflicto y la alteridad política. La identidad se tornó consciente de sí misma cuando la dinámica del poder obligó a los cuatro cantones a agruparse bajo un bloque diferenciado. ​Desde 1830 y hasta 1856, ​al surgir la distinción entre "merideños" y "tachireños", el ser regional abandonó la abstracción para convertirse en una fuerza política. Fue en esa confrontación de intereses, visiones y necesidades donde el gentilicio dejó de ser una referencia geográfica interna para transformarse en un estandarte de identidad colectiva; la política no creó al tachirense, simplemente le dio un espejo donde reconocerse frente al otro.

III. El 14 de ​marzo de 1856: El ​bautismo ​geopolítico El nacimiento oficial de la Provincia del Táchira no fue una creación ex nihilo, sino la culminación de un proceso de maduración identitaria. ​Por ello, el 14 de marzo de 1856 representa el instante en que nuestra esencia ontológica recibió su nombre ante el mundo.

Al inscribirnos en el mapa, el ​actual Estado ​Táchira simplemente validó una realidad preexistente, antes de 1856: que ​los sancristobalenses, gritenses, lobaterenses y tachireños (de San Antonio del Táchira) ya éramos un cuerpo social con alma propia. A partir de ese hito, la tachir​e​nsidad dejó de ser una "frontera espiritual" intramuros para proyectarse como una entidad histórica con destino propio, transformando el antiguo sentimiento de pertenencia en una ciudadanía formal y una soberanía regional.



La otra cara de la historia: la autonomía tachirense como caballo de Troya de la reelección monaguista

La creación de la Provincia del Táchira, hito fundacional de nuestra identidad, tachirensidad e independencia regional, al igual que una moneda, esta efeméride posee un envés que exige análisis crítico y una conclusión plausible, y que por igual se debe conocer: con alta probabilidad, este hecho respondió más a intereses personalistas que a un reconocimiento genuino de la madurez de los pueblos.

En la reconstrucción de los hechos sobre la concesión de autonomías provinciales de 1856, emerge un "lado oscuro" escasamente estudiado: una distorsión política con un fin subyacente. Esta maniobra partía de la fragmentación del territorio nacional por parte del poder central para satisfacer ambiciones particulares. Por ello, se puede interpretar que dicha autonomía no surgió como un reconocimiento político natural a la evolución social y económica de la región, sino como parte de una estratagema del General José Tadeo Monagas para perpetuarse en el poder.


El ascenso y la permanencia de Monagas se basaron en una serie de "reformas en cadena" destinadas a transformar, de forma solapada, la estructura del Estado, anular a la oposición y centralizar el mando. De este modo, antes de reformar la Constitución nacional, Monagas impulsó la modificación de la Ley de División Territorial (28 de abril de 1856), concediendo autonomías y aumentando el número de provincias de 11 a 20. Esta aparente expansión administrativa tenía un fin netamente electoral: al crear nuevas entidades, cesaron los gobernadores anteriores y se abrieron vacantes para nuevos representantes al Congreso.


La táctica permitió asegurar un Congreso Nacional "a su medida", compuesto por congresistas y funcionarios totalmente afectos al régimen. Al controlar la identidad de quienes legislaban, Monagas garantizó que la posterior reforma constitucional no encontrara obstáculos. Una vez instalado este Poder Legislativo subordinado al Ejecutivo, se aprobó la Constitución de 1857. Esta nueva carta magna sustituyó a la de 1830, la cual, a pesar de tener fuertes matices presidencialistas, prohibía estrictamente la reelección inmediata para preservar la alternabilidad republicana e impedir el personalismo, siguiendo el espíritu fundacional y constitucional de los padres de la nación venezolana en 1811.


La reforma de 1857 otorgó al Congreso la facultad de elegir al Presidente, permitiendo así que Monagas fuera reelegido antes de que terminara su período legal. Asimismo, para neutralizar cualquier resistencia regional, como ocurrió con la sublevación secesionista de la provincia de Mérida en 1848, la nueva Constitución eliminó la influencia de las diputaciones provinciales. La elección de los gobernadores pasó a ser competencia exclusiva del Presidente, centralizando el control político y erosionando la autonomía que el texto de 1830 intentaba preservar.


Como compensación teórica por la pérdida de poder regional, se creó un "Poder Municipal" autónomo. No obstante, en la práctica, esto sirvió para disolver las antiguas diputaciones provinciales y sus competencias, fragmentando y debilitando cualquier contrapeso local frente al Ejecutivo. Por física política, este vacío de poder legislativo provincial será ocupado por el ejecutivo nacional.


Se consolidó así una historia de ambición y control personalista que ha proyectado su sombra sobre la evolución política venezolana desde mediados del siglo XIX hasta la actualidad.




Foto: Primer Gobernador de la Provincia del Táchira, Don Pascual Casanova Briceño (c. 1870), en una publicación francesa de la época hallada por el Dr. Bernardo Zinguer en sus investigaciones bibliográficas (2025).



Nota: Este trabajo es una ampliación y continuación investigativa del artículo titulado: «Táchira» significa «tierra de nuestra heredad». Estudio aproximativo sobre el origen y significado de la palabra «Táchira», una arqueología de voces y palabras" Procesos Históricos: Revista de Historia, Arte y Ciencias Sociales, ISSN-e 1690-4818, Nº. 34, 2018, págs. 122-142.


Foto: Bandera del Estado Táchira ondeando en las aristas y cumbres del macizo montañoso y páramo del Tamá. Imagen idealizada y generada con IA (Gemini 3). Promt de Santiago X. Sánchez (2025)..