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miércoles, 14 de febrero de 2024

'Tachirenses', 'tachirensidad' y 'gochos': por una reconstrucción de la identidad cultural tachirense desde sus gentilicios | The key to Unlocking Ancient Táchira: 'Tachirenses', 'Tachirensidad' and 'Gochos', Proper Adjectives and Colloquial Nicknames for Tachiran People








El Táchira: un concepto, una historia, una realidad cultural 

Los tachirenses al cuestionarnos desde lo ontológico nos hallamos ante una paradoja o contradicción: a diferencia de lo que puede ocurrir en otras partes, una sola palabra no resulta completa para definirnos.
Por el contrario, nos encontramos ante una riqueza de categorías conceptuales –cuatro gentilicios y cuatro sustantivos de cualidad- cuyas definiciones, en cada uno de sus contextos, no son excluyentes, ninguna excluye a la otra. Esto es, ubicado cada gentilicio y sustantivo de cualidad en su contexto o campo de acción semántico y tiempo histórico, todos resultan huellas maleables de algo superior- que intentan expresar lo que somos los tachirenses, por qué somos así y cómo estamos siendo ahora.
Partiendo del principio que entiende la identidad no como algo aislado del ser sino como un modo y estilo, encarnados en las personas que la viven en sus formas y acentos y así la hacen coherente, plausible, y la transmiten -como un proceso humano y no meramente informativo-, para muchos de nosotros, "seres" tachirenses, el Táchira es más que un estado o entidad federal. Es una realidad cultural singular, única, una tautología lógica desde la primigenia expresión "el Táchira", por cuanto la no separación de esos términos gramaticales significa grandeza, orgullo y y elevación de ánimo, una verdadera impronta o marca personal porque el tachirense genuino piensa, dice y escribe: "soy del Táchira", no "de Táchira".
Por ello estas palabras -cual patrimonio léxico-, aquí estudiadas, nos ofrecen la oportunidad de comprendernos en lo intelectual, emocional y físico; desde la cadencia y la sonora musicalidad del habla hasta la fuerza telúrica que nos anima. Sólo quien vive en Los Andes, o ha visto la imponente majestuosidad de Los Andes, en palabras del eximio filósofo José Manuel Briceño Guerrero compartidas en enriquecedoras tertulias, de tiempos ya idos, puede comprender y dimensionar esa fuerza telúrica, que dimana de las entrañas de la misma tierra.
Es de allí, desde donde se debe iniciar cualquier proceso de intelección sobre el ser tachirense, sobre los tachirenses, reconocidos, con acierto, desde la antropología etnográfica y por analogía como «los vascos de Venezuela», por su trascendente espíritu, indómito y libérrimo, de apego a sus milenarias montañas y dedicación al trabajo arduo; un espíritu que alcanzó a marcar los tiempos de toda una nación y el cual bien se puede contextualizar -con sus fortalezas y fragilidades, de forma metafórica- en las palabras que coloca Goethe en Fausto, en una conversación con su alumno y fámulo Wagner, «Was ihr den Geist der Zeiten heisst, Das ist im Grund der Herren eigner Geist, In dem die Zeiten sich bespiegeln/Lo que llamas el espíritu de los tiempos es, en el fondo, el espíritu de la gente en quienes los tiempos se reflejan» [KAUFMANN, Walter Arnold, Goethe’s Faust, Bilingual edition, Anchor Books, New York, 1963, p. 143].

Al estar viviendo tiempos nublados para la transmisión generacional de la conciencia de lo que significa el ser y la identidad tachirense, que se solapan o relegan, en un mundo globalizado y en un país destartalado, los anteriores planteamientos quedaron expuestos en la conferencia «El ser ante la diversidad. La diversidad en las categorías conceptuales que definen el Ego sum tachirense. Análisis etimológico-histórico», dictada por el Prof. Samir A. Sánchez (Universidad Católica del Táchira), en el II Festival Filosófico, organizado por el Instituto Universitario Eclesiástico «Santo Tomás de Aquino», en Palmira, los días 13 y 14 de marzo de 2015, en el contexto del tema del festival «Identidad: en búsqueda de las raíces propias».

Ni sistemáticos, ni históricos, el orden de los términos explicados es puramente práctico, diríamos arbitrario. Tampoco son categóricos. Sólo se busca que el lector tachirense descubra su significado y sus relaciones desde los elementos que proporciona la deconstrucción de las palabras o desde la común claridad que nos da el orden gramatical (fonético-fonológico, morfológico y sintáctico). Asimismo se ofrece un léxico y su documentación para que con ellos encuentre las llaves de una mejor intelección y apropiación de su ser y de su tierra.
Sólo así, ese tachirense, ante el vendaval que le intenta doblegar, levantará en alto los valores ontológicos señeros inmersos en sus orígenes; cualificada herencia de las generaciones que le precedieron: una cabeza en su lugar para el correcto pensar; un corazón para tener fe, dar y amar, y unas manos –callosas- para el actuar.



La versión completa del trabajo, en archivo PDF, se puede descargar accionando en la pantalla el pequeño recuadro con flecha de salida [Pop out content] que se encuentra en el extremo superior derecho:






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domingo, 21 de enero de 2024

Escalante: del enclave calizo cantábrico al linaje fundacional tachirense. Historia del apellido en tierras del Táchira │ Escalante: From the Cantabrian Limestone Enclave to a Founding Táchira Lineage: The History of the Surname in the Táchira Region


Folio inicial de los autos probatorios en el juicio que entablan Francisco de Escalante y su esposa Susana Ordóñez, vecinos, contra el Escribano Público y de Cabildo de la Villa de San Cristóbal, Hernando Lorenzo Salomón, en su condición de albacea de la herencia dejada por el vecino difunto Jorge Hernández (AGN, Bogotá. Sección Colonia, Testamentarias de Santander, 1573, f. 547. Reproducción solicitada con fines didácticos).




Al finalizar se puede observar la firma del Escribano Salomón, uno de los primeros pobladores de la Villa de San Cristóbal y quien, por la singularidad de su apellido, pudo ser un judío sefardí converso, el primero que llegó a tierras tachirenses (AGN, Bogotá. Sección Colonia, Testamentarias de Santander, 1573, f. 548. Reproducción solicitada con fines didácticos).




Al inicio del expediente, concretamente en el auto de interrogatorio al testigo Francisco Duarte, destaca la denominación institucional que recibía la actual ciudad de San Cristóbal (capital del Estado Táchira):

"En la Villa de San Cristóbal del Nuevo Reino de Granada de las Indias, a veintiún días del mes de julio del año del Señor de mil y quinientos y setenta y dos […], ante el Muy Magnífico Señor Pedro de Anguieta Alcalde ordinario por Su Majestad en la dicha villa y sus términos […]".

Conviene subrayar que, en dicho período histórico, la jurisdicción de la villa, fundada el 31 de marzo de 1561, abarcaba la totalidad del actual territorio tachirense, la franja meridional del hoy Estado Zulia (desde el río Catatumbo hacia el sur) y parte de los valles de Cúcuta hasta el curso del río Pamplonita. En este contexto, Pedro de Anguieta y su hermano Gabriel, junto con Francisco de Escalante, partieron de la Villa de San Cristóbal en 1576 bajo el mando del capitán Francisco de Cáceres para participar en la fundación de la ciudad del Espíritu Santo de La Grita. Mientras que Gabriel y Francisco fijaron allí su residencia definitiva, Pedro retornó al poco tiempo a San Cristóbal (AGN, Bogotá, Sección Colonia, Testamentarias de Santander, 1573, f. 549).




Villa de Escalante (Cantabria, España), único origen toponímico del apellido castellano Escalante. Probable lugar donde nació Francisco de Escalante, conquistador, de los fundadores de la ciudad del Espíritu Santo de La Grita (en 1576) y quien dio nombre al caudaloso río Escalante, límite fluvial entre los estados Táchira y Mérida, y al apellido Escalante que se extendió por la geografía del norte tachirense, en especial en los municipios Jáuregui, Vargas y Seboruco. La panorámica de la Villa de Escalante está tomada desde el Alto del Portillo (83 m) y en el plano de fondo se observan las marismas de Roniego y ría de Escalante, y la acampanada y oscura forma del la colina de Montehano (187 m de altura). Foto: Wikipedia, 2023.






Escudo de Armas de la Villa de Escalante y su municipalidad (Comarca de Trasmiera, Cantabria, España). Blasón: Medio punto, de gules, el león rampante de oro y, en punta, ondas de plata y azur. Corona: corona real cerrada (Foto: Wikipedia, 2022).






Recreación iconográfica e hipotética de Francisco de Escalante (siglo XVI).

La ilustración presenta una interpretación referencial de Francisco de Escalante, conquistador cántabro y figura clave en el poblamiento temprano de la región andina tachirense durante la segunda mitad del siglo XVI. A partir de los registros históricos y documentales, la figura es representada con la indumentaria bélica y civil propia de un regidor y conquistador español de la época: coraza de acero, morrión, espada al cinto y sosteniendo un bastón de mando junto a los títulos y documentos que acreditan su estatus institucional y la concesión de encomiendas. Su presencia solitaria en primer plano enfatiza el rol protagónico que desempeñó en las jornadas fundacionales de poblados como San Cristóbal y La Grita.

El entorno paisajístico contextualiza el arraigo geográfico de su linaje en la provincia montañosa del Táchira. Al fondo se observa el relieve abrupto de las cumbres andinas y la vegetación nativa de páramo, junto al cauce fluvial del "río de Escalante" que tiene sus cabeceras en el el "Montecillo de Escalante" (entre los páramos de San Telmo y de La Negra), toponimia nacida de las mercedes de tierras concedidas a partir de 1576. Esta composición visual sintetiza simbólicamente el proceso de transculturación y fijación del apellido: la proyección de una identidad originada en las peñas calizas de la Trasmiera cántabra que echa raíces y transforma la cartografía física y social del territorio tachirense (Imagen generado con IA, Gemini 3).


Gratiarum actio

Dejo constancia de mi especial reconocimiento a la Dirección y a todo el personal del Archivo General de la Nación, en Bogotá (Colombia) por las atenciones dispensadas, la permanente cortesía y el invaluable respaldo prestado durante las jornadas de consulta que hicieron posible este estudio. Samir A, Sánchez (Bilbao, 2026).




Presentación


Indagar en el origen de nuestros apellidos no resulta en un simple ejercicio de curiosidad genealógica; es el rescate consciente de una cartografía humana que desafió océanos y siglos antes de fijarse en la memoria. En el Táchira, donde la geografía impone su propio ritmo de aislamiento y permanencia, los nombres de familia no llegaron como meras etiquetas burocráticas, sino como semillas que echaron raíces profundas en los pliegues de sus valles y páramos, y se fusionaron con la milenaria herencia aborigen que veneró estas tierras.


Conocer de dónde venimos y cómo aquellas voces arcaicas del Viejo Mundo terminaron dando identidad a nuestras cumbres, pueblos y ríos, es reconciliarnos con el hilo invisible que sostiene la idiosincrasia montañesa: esa convicción de que cada estirpe tachirense es, en última instancia, el testimonio vivo de un territorio habitado con tenacidad.


Escalante en el viejo mundo

El origen toponímico del apellido Escalante es de carácter unívoco e inequívoco, toda vez que procede de una única entidad de población en España: la villa y municipio de Escalante, situada en la comarca de Trasmiera (Cantabria). A diferencia de otros patronímicos o toponímicos genéricos, carece de ambigüedad geográfica en su raíz. Por tanto, todo linaje original de este apellido remite, de forma directa y sin lugar a dudas, a esta única cuna geográfica.


Las investigaciones más sólidas sobre la onomástica del norte peninsular sitúan el origen del apellido Escalante en un término toponímico prerrománico y preindoeuropeo: el protovasco. Se trata de la lengua vernácula previa a la romanización, designada indistintamente como euskera arcaico o vascónico, una de las matrices aglutinantes más antiguas de Europa occidental.


En estas lenguas arcaicas, al igual que en muchos pueblos originarios de América, los topónimos tenían una marcada función descriptiva: plasmaban la condición física más relevante del terreno. Por su remota antigüedad, no solían aludir a elementos humanos o mudables, sino a accidentes geográficos fijos e intrínsecos al paisaje natural, lo que evidencia la huella de los primeros pobladores de aquellas tierras.


Desde una perspectiva filológica y etimológica, Escalante remite con alta probabilidad a una estructura fonética que designaba un paraje de peñas calcáreas en las estribaciones orientales de Cantabria. Dicha voz original encuentra una explicación semántica y transparente en las raíces euskéricas: Aizkaloande. Esta composición reúne las raíces aiz (‘peña, piedra’), kalo (‘caliza’) y el sufijo de ubicación ande (‘lugar de’), articulando el significado de "junto a las peñas calizas" o "el lugar de las peñas calizas" [Mateo Sanz, 2019, p. 92]. La toponimia vasca contemporánea aún preserva estas arcaicas raíces líticas, como se aprecia en Aizkorri (‘peña roja o pelada’).


Al irse diluyendo o desapareciendo el protohistórico sustrato vascónico o proteuskérico con el paso de los siglos, y desde el punto de vista de la fonética histórica y la evolución de las lenguas en el territorio, se ha sugerido una transformación en el étimo Aizkaloande, el cual habría mutado a través de síncopas y adaptaciones vocálicas orales altomedievales romances hasta estructurarse en el topónimo castellano Escalante, de donde derivó en apellido.


En lo geográfico, el pareje del topónimo se corresponde con la actual villa y municipio de Escalante, asentada en las inmediaciones del macizo calizo de Montehano (o Montejanu), en la histórica Merindad de Trasmiera (Cantabria, España). Asimismo, como testimonio del sustrato toponímico protoeuskérico en el área, la elevación más inmediata al núcleo urbano de Escalante se denomina Losorrio-La Pica (198 m).


Desde una perspectiva morfológica y semántica, el orónimo Losorrio articula una base arcaica con una desinencia característica: su elemento inicial remitiría a la raíz paleovasca lots- / loz- (‘frío’, ‘sombrío’ o ‘expuesto a la intemperie’), sugiriendo el significado de "monte o cima fría"; mientras que su terminación -orrio reproduce un patrón fonético propio del ámbito vasco occidental o vizcaíno. Dicha pauta morfológica se constata en fitónimos como Elorrio, formado sobre elorri (‘espino’) con sufijo nominal -o, o en orónimos como Totorrio / Totorriaga, microtopónimo y caserío del entorno de Markina y Lea-Artibai vinculado a la voz totorr- / tontor (‘cima’, ‘cresta’ o ‘elevación del terreno’.


Esos sustratos toponímicos antiguos se originaron durante los movimientos expansivos de los siglos VI y VII, cuando contingentes procedentes de la Llanada alavesa alcanzaron el occidente vizcaíno y el oriente cántabro, nombrando en su propia lengua a la cantera situada junto a las marismas de la bahía de Santoña. Tras la repoblación de Trasmiera en el siglo VIII y la erección, anterior al año 863, del monasterio benedictino de Santa María de Puerto (en Santoña, a unos 6 ó 7 km de la Villa de Escalante, bordeando la marisma y bahía) por disposición y mandato de los duques de Cantabria, toda la comarca devino en una tierra de frontera disputada política y territorialmente entre Asturias, Castilla, Álava y Navarra.


Bajo la órbita de Pamplona y Navarra entre los siglos VIII y X, y plenamente integrada en la Corona de Castilla hacia mediados del siglo XI, la población ya figuraba lexicalizada en los manuscritos medievales. En un latín temprano con notorios rasgos romances, las fuentes consignan la Villa de Scalante junto a la iglesia de Santa Cruz de Scalante, reconocida con término concejil propio y jurisdicción sobre su entorno [Abad Barrasús, 1985, pp. 37-67].


Esta explicación orográfica resulta mucho más coherente que aquellas hipótesis que atribuyen el apellido, por simple homofonía, al participio activo antiguo del verbo escalar ("el que escala"), conjetura débil que ignora la génesis toponímica del asentamiento (villa que, además, nunca contó con murallas defensivas que justificasen tal alusión militar o de asedio).


Gracias a la riqueza de su piedra caliza, la jurisdicción de Escalante formó a renombrados maestros de cantería cuyos talleres intervinieron en obras monumentales como el Real Monasterio de El Escorial o la Catedral de Santiago de Compostela. Asimismo, sus sillares fueron transportados a centros urbanos como Burgos y Bilbao.


El registro documental más antiguo del topónimo convertido en apellido data del 3 de abril de 1086, en una causa judicial donde el merino de Trasmiera, Martín Citiz, suscribe como "Martín Citiz de Escalante".



Con el correr de los siglos, muchos naturales de la villa emprendieron camino hacia las Indias, adoptando el nombre de su solar nativo como apellido distintivo para preservar la memoria de su cuna trasmerana. Así lo atestigua, por ejemplo, el cantero Francisco de Castañedo, hijo de Antón de Castañedo y María Sarmiento, registrado en el catálogo de Pasajeros a Indias en septiembre de 1593 con destino a San Juan de Puerto Rico, en el séquito del gobernador Pedro Suárez Coronel. En el ámbito de la exploración continental destaca asimismo fray Silvestre Vélez de Escalante, misionero franciscano que en el siglo XVIII recorrió y cartografió los territorios de Utah, Colorado, Nuevo México y Arizona, legando dicho topónimo a la geografía norteamericana.


Escalante en la América tachirense


En los Andes tachirenses, el pionero del linaje fue el conquistador Francisco de Escalante, originario muy probablemente de esta villa cántabra. Trasladado a América en la segunda mitad del siglo XVI, formó parte de la hueste expedicionaria del capitán general y gobernador Francisco de Cáceres que fundó la ciudad del Espíritu Santo de La Grita en abril de 1576.



Un expediente judicial que reposa en el Archivo General de la Nación en Bogotá (Colombia) permite constatar que este Francisco de Escalante era ya hacia 1573 un vecino connotado de la Villa de San Cristóbal (fundada el 31 de marzo de 1561), población cuyo título para la época y según el encabezado de los autos del expediente era: Villa de San Cristóbal del Nuevo Reino de Granada de las Indias [con el siguiente agregado en algunos: del Mar Océano]. Francisco de Escalante se hallaba casado con Susana Ordóñez, viuda de Jorge Hernández, y con quien ésta había procreado un hijo legítimo llamado Domingo.



Ambos cónyuges incoaron un pleito civil reclamando la mitad de los derechos hereditarios del menor sobre los bienes de la mortuoria paterna, alegando ser parte de la dote que dio Susana para el matrimonio, y que era retenidos por el albacea y depositario de bienes, el escribano público y de cabildo Hernando Lorenzo Salomón. A partir de estas actuaciones se colige que Francisco de Escalante integró el contingente de vecinos de San Cristóbal que, como recogen las crónicas coetáneas, secundó a Cáceres en la jornada fundadora de La Grita en abril de 1576 para asentarse definitivamente en ella con su familia.



En el catálogo documental del Archivo General de la Nación, dicho expediente figura bajo la siguiente sumaria:


"Autos sobre el pleito seguido en Santafé por Juan de Escalante casado en segundas nupcias con Susana Ordóñez, vecinos de San Cristóbal, Venezuela, con Hernando Lorenzo Salomón, de la misma villa, albacea y depositario de bienes de Jorge Hernández, primer marido de la viuda, reclamando derechos hereditarios que a ésta y a un hijo menor les pertenecen en la mortuoria. Año de 1573" (AGN, Sección Colonia, Testamentarias de Santander, 1573, ff. 517-585).


No obstante, del cotejo paleográfico directo, que hicimos del manuscrito, se evidencia un yerro en la catalogación archivística. En nuestro criterio sobre la caligrafía procesal de la época, la grafía del nombre no corresponde al nombre abreviado de "Juan", sino a la abreviatura de "Francisco", por la siguiente razón: tenemos una letra mayúscula F + la letra r + las letras unidas an, rematadas estas últimas por la abreviatura de co muy estilizada, una forma característica que se repite a lo largo del expediente para referirse a la c + o. Por lo tanto, el litigante en cuestión es Francisco de Escalante. Pudiéndose observar en la palabra que une la descripción de las partes litigantes y que está aislada: con.


Asimismo, otro expediente judicial de este mismo año de 1573 nos ratifica la presencia de Francisco de Escalante como vecino de la Villa de San Cristóbal. Se trataba de un testimonio compulsado por el escribano de la villa, Alonso Vélez de Cepeda, tras una solicitud presentada ante el alcalde Alonso Álvarez de Zamora. En aquella ocasión, el alcalde dispuso la citación de los vecinos Pedro de Anguieta y Gabriel Román en calidad de apoderados de Dionisio Velasco, quien se hallaba ausente, para que presenciaran la extracción y cotejo de dicho testimonio. Sin embargo, Anguieta manifestó no poseer tal poder y Román se rehusó a ejercitarlo; debido a esto, el escribano terminó expidiéndolo ante la presencia de Cristóbal Manzano y del propio Francisco de Escalante, cuya nombre y vecindad en la Villa para ese año de 1573 quedan así confirmados [Castillo Lara, 1987, p. 400].


La descendencia y su arraigo en las altas montañas de la noble tierra tachirense


Este primer Francisco de Escalante ejerció el cargo de regidor en La Grita para 1587 y fue encomendero de los pueblos aborígenes del sitio y comarcas de Bailadores, de los Yegüines (actual San Simón, Municipio Simón Rodríguez) y de los Iriguacas (en las montañas del actual páramo de Viriguaca, Municipio Jáuregui y Uribante); hacia 1595 ya había fallecido. Le sucedió su hijo homónimo (el segundo), quien administró las encomiendas familiares y casó con Nicolasa Sánchez de Castañeda (hija del capitán Luis Sánchez, tronco del apellido homónimo en el Táchira).



A través de una probanza de méritos para mantener la posesión de las encomiendas familiares, presentada el 5 de mayo de 1657 por su descendiente, Francisco de Escalante (el IV), ante el visitador de la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá, Don Juan Modesto de Meller, y luego de la muerte de su padre, Francisco de Escalante (el III), eran ratificadas las gestiones y méritos del mayorazgo o dinastía familiar.


En dicho expediente se constata que Francisco de Escalante (el I) fue un conquistador y explorador que participó en el descubrimiento y poblamiento temprano de ciudades como Santiago de León de Caracas y Nuestra Señora de Pedraza. Su trayectoria de exploración y milicia culminó al sumarse a la expedición de Francisco de Cáceres para la fundación de La Grita en 1576, urbe donde se estableció definitivamente como uno de sus primeros pobladores, obteniendo tierras y solar urbano en su traza. Participó activamente en su defensa ante los incesantes ataques de los aborígenes así como proveyendo a la ciudad de carnes y productos agrícolas para su sustento. Asimismo, el documento precisa que estuvo casado con Susana Ordóñez y que su fallecimiento ocurrió antes de 1595 [Ramírez Méndez, 2022, p. 353].


Sobre Francisco de Escalante (el II) se conoce que mantuvo las encomiendas familiares en el sitio y valle de los Bailadores, en los términos y jurisdicción de la ciudad, gobernación y provincia del Espíritu Santo de La Grita (en la actualidad la población de Bailadores, Municipio Rivas Dávila, Estado Mérida), heredadas de su padre y reconocidas el 3 de noviembre de 1595 [Parra-Picón, tomo III, p. 503]. Fue el primero de los encomenderos principales fundadores del pueblo de indios, el cual recibió el nombre de "pueblo de la Vera cruz del valle de los Bailadores" establecido el 12 de septiembre de 1601 [Sánchez, 2003, p. 587], por órdenes del juez y visitador real Pedro de Sande. Tras el deceso de Francisco de Escalante (el II) hacia 1621, el patrimonio familiar recayó en su primogénito, Francisco de Escalante (el III), desposado con Mariana de las Angustias Zambrano, y quien falleció el 10 de octubre de 1655 [Parra-Picón, tomo III, p. 538 y 572].



La línea sucesoria continuó en un cuarto Francisco de Escalante, casado con María Zambrano (fallecida en La Grita el 8 de enero de 1722), titular de las encomiendas familiares de los iriguacas de Las Lagunillas en La Grita y de los barbudos en Bailadores. Tras su muerte el 2 de noviembre de 1723, el apellido continuó en su hijo homónimo, Francisco de Escalante (el V), quien contrajo nupcias con Juana María de Ontiveros, consolidando formalmente el tronco de la estirpe Escalante en tierras tachirenses.


Es importante destacar como este apellido quedó unido a la tierra y a la toponimia tachirense. Aquel primer Francisco de Escalante recibió en 1576 mercedes de tierras en los páramos de Pueblo Hondo y San Telmo, descritas en el Libro Becerro de de la ciudad de La Grita bajo el topónimo de "El Montecillo de Escalante", entre los páramos de San Temo y de La Negra [Sánchez, 2018, p. 161]. En dicho relieve orográfico nacen las cabeceras del curso fluvial que, con el tiempo, fue bautizado por los pobladores como "río de Escalante". De este modo, la memoria de un enclave calizo de la Trasmiera cántabra trascendió el Atlántico para quedar fijada no solo en la toponimia andina y lacustre, sino en el tejido fundacional de La Grita y sus comarcas históricas de Seboruco, El Cobre y Pregonero.


Fuentes y bibliografía

Abad Barrasús, J. (1985). El Monasterio de Santa María de Puerto (Santoña) 863-1210. Santander: Instituto Cultural de Cantabria, Centro de Estudios Montañeses, Diputación de Cantabria.

Archivo General de la Nación (Colombia). Sección Colonia, Testamentarias de Santander, 1573, ff. 517–585.

Castillo Lara, L. G. (1987). Elementos historiales del San Cristóbal colonial: el proceso formativo. Caracas: Academia Nacional de la Historia.

González, C. (1997). Vieja gente del Táchira: crónica genealógica de los apellidos González, Cárdenas, Ramírez, Araque y de otras familias fundadoras. Caracas: Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, n.º 134.

González Echegaray, M. C. (1969). Escudos de Cantabria; Trasmiera, tomo I. Ediciones Fournier.

Lugo Marmignon, Y. (1997). El Libro Becerro de La Grita. Caracas: Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, n.º 135.

Mateo Sanz, G. (2019). Topónimos y apellidos españoles de origen ibérico o pre-latino. Monografías de Toponimia Ibérica, n.º 1. Jaca.

Parra-Picón, R. (1988). Fundadores, primeros moradores y familias coloniales de Mérida (1558-1810) (Tomos II y III). Caracas: Academia Nacional de la Historia.

Ramírez Méndez, L. A. (2022). "La estirpe de los Escalante", en La tierra prometida del sur del Lago de Maracaibo (Tomo VI, pp. 353-359). Maracaibo: Academia de Historia del Estado Zulia.

Sánchez, S. (2003). San Cristóbal Urbs quadrata: el hecho histórico urbano de una villa venezolana en el período hispano. San Cristóbal: Universidad Católica del Táchira. 

Sánchez, S. A. (2018). Diccionario de Topónimos Históricos del Estado Táchira. San Cristóbal: Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses. 

Registros sacramentales parroquiales del Táchira (siglos XVII–XX), consultados a través de FamilySearch (Sociedad Genealógica de Utah).

Estudio genético personal (ADN) genealógico complementario (MyHeritage, 2023).

sábado, 20 de enero de 2024

«Ni cobro andino, ni pago caraqueño» y «Gocho» desde una interesante clase | Decoding the cultural logic of "Ni cobro andino, ni pago caraqueño" and 'gocho'






Durante una de mis disertaciones sobre identidad latinoamericana en la Cátedra UNESCO de la Universidad de Deusto, surgió una anécdota interesante que quiero compartir. Una estudiante venezolana, oriunda de Valencia, reaccionó con una mezcla de asombro y curiosidad cuando me presenté como «ciudadano de la República del Táchira».


Aquel encuentro devino en un diálogo profundo sobre la autopercepción y los códigos del reconocimiento regional. Con notable perspicacia, la joven me interrogó sobre dos de nuestros elementos icónicos: el origen de la palabra «gocho» y la sentencia histórica: «Ni cobro andino ni pago caraqueño».


En mi condición de estudioso de la filología, le confesé que, tras años de investigación buscnado el origen y prueba plena de esa palabra, me hallo en una suerte de parálisis investigativa: un punto donde las fuentes documentales parecen agotarse en callejones sin salida al apuntar, los indicios, en direcciones diferentes. Por ello, frente a la especulación, mi método de investigación siempre se aferra a la evidencia fáctica o prueba de indicios. Siempre sigo el consejo de mi referente Sherlock Holmes quien afirmaba que es un error capital teorizar antes de tener datos que apunten en un único sentido. Insensiblemente, uno empieza a deformar los hechos para que se ajusten a las teorías (en el caso que nos ocupa serían las fábulas, cuentos de camino, anécdotas y relatos construidos sin sustento), en lugar de ajustar las teorías a los hechos. 


Por igual, esto nos nos lo recuerda el juez británico Lord Pollock (s. XIX), que la prueba de indicios no es una "cadena" (donde si un eslabón se rompe, la cadena falla), sino más bien una cuerda de hilos entrelazados: "Uno puede ser débil, pero la unión de muchos hilos puede formar una cuerda de una fuerza tal que sea suficiente para sostener el peso de la convicción". Verdadera explicación, ante la ausencia de pruebas directas o plenas, de la fuerza probatoria de los indicios ante toda duda razonable.


De allí que en el caso que estudiamos nos preguntemos prieramente: ¿Qué dicen realmente los documentos?


Para el tachirense, esta palabra no es unívoca; es un laberinto semántico que transita entre la geografía, la etimología y la anécdota. Estos son los tres hitos fundamentales que, hasta ahora, he logrado sistematizar:


1. El rastro en la narrativa petrolera del Zulia

La primera aparición del vocablo como gentilicio neutro se localiza en la novela "Mene" (1936), de Ramón Díaz Sánchez. El autor sitúa la expresión en el contexto de las riberas del Lago de Maracaibo, específicamente en Cabimas, donde la migración andina hacia la industria petrolera era incesante. Allí, un personaje se refiere a un pulpero andino como «paisa» y «gocho», sin una carga peyorativa evidente. No obstante, para 1966, el historiador zuliano Rodolfo Luzardo, en su libro «Lenguaje zuliano: castellano, modismos y barbarismos» ya la clasificaba como una expresión zuliana despectiva nacida de las asperezas políticas del período gomecista.


2. La especificidad de Lobatera

Hacia el interior del Táchira, la génesis documental toma un rumbo distinto. En la obra «Ventisca» (1938), de Luis Felipe Prato, el término identifica exclusivamente a los naturales de Lobatera.

3. Incidente auricular

Desde una perspectiva técnica-etimológica, autores de la talla de Tulio Chiossone y Emilio Constantino Guerrero sostienen que, originalmente, en el Táchira, «gocho» describía una condición física: la falta de una oreja (por accidente, anotia o microtia). Esta acepción guarda una estrecha relación filológica con el vocablo «gacho» (animal de oreja caída). En este estrato histórico, la palabra carecía de vinculación con el gentilicio o el insulto; era, estrictamente, una descripción anatómica.


Del silencio documental a la generalización del gentilicio

Resulta paradigmático que los grandes cronistas de entresiglos, como el General Francisco Alvarado o José Rafael Pocaterra, ignoraran el término en su vasta obra, prefiriendo denominaciones como andino, tachirense, capachero o chácharo o chácaro.



La palabra no ingresa al canon de los boletines lingüísticos oficiales sino hasta 1948. Según Nemecio Parada (1969), fue en el centro de Venezuela donde el uso se extendió para englobar a todo el colectivo tachirense, oscilando pendularmente entre la sorna y el afecto.


La sentencia de Castro y Pocaterra

Para concluir nuestro diálogo, el cual siguió toda la clase con interés, abordamos el aforismo: «Ni cobro andino ni pago caraqueño». Le aclaré que dicha frase sólo aparece documentada en las memorias de su coterráneo, José Rafael Pocaterra. Aunque este se la atribuye al General Cipriano Castro, no existe prueba documental de que él la pronunciara. No obstante, es una construcción ben trovato (bien hilada) que describe con precisión la agudeza salomónica de Castro antes de que el poder y las camarillas cortesanas de la capital obnubilaran su sindéresis.


Para cerrar, le resumimos que ser «gocho», para un tachirense, es hoy el resultado de un complejo tejido histórico. Una palabra que, probablemente, surgió como mote en las riberas del Lago, se nutrió de la tradición oral de Lobatera y acabó convertida en un símbolo de identidad. Una identidad que, si bien analizo con distancia académica -y no comparto- respeto profundamente en quienes la asumen como bandera.


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