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domingo, 10 de diciembre de 2023

Del cielo de Barcelona al horizonte de San Cristóbal: La magnificencia olvidada de la Iglesia de San José (San Cristóbal, Estado Táchira) | From Barcelona's Skies to San Cristóbal's Horizon: The Forgotten Magnificence of San José Church (Táchira State)





Hoy, al contemplar la imponente bendición de la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia en Barcelona, ese prodigio donde la piedra desafía la gravedad para tocar las alturas, mi mente y mi recuerdo viajaron instantáneamente de vuelta a casa, a la tierra tachirense. Recordé que en el corazón de San Cristóbal se alza un gigante neogótico que comparte esa misma audacia constructiva y ese mismo espíritu de elevación, pero que espera ser plenamente redescubierto por sus ciudadanos: la Iglesia de San José.


Nuestra hermosa joya tachirense no tiene nada que envidiarle en aspiración a los grandes referentes europeos. Diseñada por el gran maestro Don Jesús Manrique, nuestro "alarife mayor", quien materializó la idea que le plantearon los frailes agustinos recoletos, a quienes sr debe la imponente obra, calculada estructuralmente por el ingeniero italiano Giacomo Moro, la Iglesia de San José es el triunfo de la lógica estructural sobre el espacio. Lo que no pudo superar en longitud debido al reducido terreno del centro, ¡lo alcanzó en altura!


Un paralelismo de genialidad: Gaudí y Manrique


Mientras Antoni Gaudí revolucionaba Barcelona reinterpretando el gótico, Don Jesús Manrique llevó ese mismo lenguaje de monumentalidad y misticismo al contexto andino tachirenses, y sólo enumeramos tres de esos paralelismos.


Una aguja hacia el infinito: Con su impresionante fachada simétrica y sus torres escalonadas que trepan en una ordenada sucesión de pináculos, la aguja principal de San José alcanza los 76 metros de altura. Para que se hagan una idea: ¡el equivalente a un edificio de 25 pisos dominando nuestro paisaje urbano!


Misticismo de luz desde el cielo tachirense: Al igual que en el templo catalân, el gran rosetón occidental y los vitrales policromados del ábside (traídos de Medellín) tamizan la luz del sol, inundando las tres naves longitudinales de un místico juego de azules y verdes que invitan al recogimiento del espíritu.


Un retablo único, en su interior, resguarda un altar-retablo de alabastro dorado y policromado, esculpido en Burgos (España) por Andrés Martínez Abelenda, que es una verdadera filigrana teológica.






El gran referente urbano que merecemos

Esta edificación fue consagrada y dedicada solemnemente al Patriarca San José, según las rúbricas del Ritual Romano, por el obispo Monseñor Alejandro Fernández Feo el 19 de marzo de 1953. Su relevancia es tal que, en la década de los 80, los renombrados arquitectos Fruto Vivas y Rafael Rojas la proyectaron como el eje esencial del "Parque del Gentilicio Tachirense", un hermoso bulevar peatonal que buscaba abrir el casco central para destacar su arquitectura como el gran ícono de la ciudad. Aunque ese proyecto quedó en planos, la pretensión de perennidad del templo sigue intacta.


Hoy, la Iglesia de San José, declarada en 2005 Bien de Interés Cultural de la Nación por el Estado venezolano y designada como Santuario Eucarístico Diocesano de Adoración y Reparación por la Diócesis de San Cristóbal, según lo dispone el canon 1030 del Código de Derecho Canónico, merece dejar de ser ese paisaje cotidiano que la prisa nos impide mirar.


Debe conocerse, valorarse y convertirse en el gran referente identitario de San Cristóbal; nuestra propia "Sagrada Familia", el faro arquitectónico y cultural que anuncie al país el orgullo de nuestro genio creador.


Como decía el poeta Pedro Pablo Paredes, hay que aprender a detenerse en la distancia justa para dejarse cautivar por su hechizo. La próxima vez que pases por la plaza Bolívar, levanta la mirada. La Iglesia de San José sigue allí, desafiando los cielos y esperándonos.





Que no se pierda su nombre

Respecto a la nueva denominación que está recibiendo la iglesia de San José en la prensa y las redes sociales, es nuestra consideración que se trata únicamente de un título o designación que no altera su nombre original, el cual le fue otorgado en su consagración por un acto jurídico y religioso en 1953.


En otras palabras, según el derecho canónico y la praxis litúrgica de la Iglesia Católica, una iglesia parroquial no se puede consagrar (dedicar) dos veces si la primera consagración fue válida y no ha mediado ninguna causa legal o física que la haya anulado o hecho perder


Así, para la legislación eclesiástica, un templo se consagra una sola vez, de manera análoga al sacramento del bautismo. Dicha consagración solo se pierde en casos específicos de destrucción, profanación o cuando el edificio se destina permanentemente a usos profanos (no religiosos); escenarios que, en absoluto, se corresponden con la realidad de nuestra tradicional iglesia de San José, la cual, según la lógica explicada, se titula: Iglesia de San José Santuario Diocesano de Adoración y Reparación.

Un testimonio fehaciente de esta praxis histórica y canónica lo constituye en el Táchira la Iglesia parroquial-Basílica Menor del Espíritu Santo de La Grita o la Iglesia parroquial-Basílica Menor y Santuario Mariano Diocesano de Nuestra Señora de la Consolación de Táriba, o fuera del Táchira, la Santa Capilla de Caracas. Si bien este célebre templo es universalmente reconocido como un santuario dedicado a la adoración perpetua del Santísimo Sacramento, jurídicamente continúa siendo la primigenia Iglesia de San Mauricio, consagrada en el siglo XVII; una preeminencia original que aún hoy testifica de forma imperecedera la imagen del santo que preside su fachada.


Fotografías: (1) Prof. Jack de la Parra; (2) Arq. Jonny Rojas y (3) Santiago X. Sánchez


miércoles, 1 de diciembre de 2021

Capilla votiva de Santa Leocadia (Lobatera, Estado Táchira, Venezuela): un elocuente símbolo de lo que hemos perdido | St. Leocadia Chapel (Lobatera, Táchira State, Venezuela): The chapel that God forgot


Imagen de cómo debió lucir la Capilla de Santa Leocadia el día de su bendición solemne, el 27 de septiembre de 1916. Restaurada con IA a partir de la única foto que se conserva de la referida capilla (IA-Gemini 3. Prompt: Santiago X. Sánchez, 2026).



Única foto que se mconserva, hasta la fecha, de la Capilla de Santa Leocadia, en Lobatera y data de 1916 (Foto: W. Rey Lozada, 2022. La misma perteneció y fue conservada por Doña María Lozada de Mora 1892-1993).



In Memoriam
Dra. Gracia Josefina Vivas Terán (1933-2020)


Desvelando magnificencias sobre espacios sencillos

En la pupila de las personas más ancianas de Lobatera siempre se reflejaba la imagen de quien se adentraba en la vieja iglesia, en la búsqueda de aquellos rincones más recónditos donde el alma, en silente oración, podía encontrarse con su Creador. 

Uno de estos rincones que nos permite escrutar ese pasado era la Capilla votiva y funeraria de Santa Leocadia. Había sido mandada a construir por el Dr. Ezequiel Vivas Sánchez (Lobatera, 1864 - París, 1919), personaje destacado en la política venezolana de inicios del siglo XX, y la misma era una verdadera joya arquitectónica religiosa tachirense de principios del siglo XX. 

Un recopilatorio de la arquitectura y de las artes decorativas que llegó a contener dentro de sí las mejores expresiones de las artes mayores y menores: noble arquitectura, armoniosa pintura y escultura de cuidados acabados así como trabajos en bronce y en madera torneada.


Emprendiendo un viaje en el tiempo

Como el texto del Cantar de los cantares, esta capilla bien pudo decir: "Soy hermosa y perfecta". Su contemplación resultaba en un apasionante viaje de retorno a la magnificencia del arte y de la religiosidad de otros tiempos, pero también a una muestra de exhibición del poder que ostentaba su mecenas, el Dr. Ezequiel Vivas Sánchez, Secretario privado del Presidente de los Estados Unidos de Venezuela, el General Juan Vicente Gómez.

Construida en la Iglesia parroquial de Lobatera entre el 8 de julio de 1915 y el 20 de septiembre de 1916, la misma fue bendecida y dedicada solemnemente el día 27 de setiembre de 1916. Recibió el nombre por el onomástico de la señora madre de Dr. Vivas Sánchez, Santa Leocadia (virgen y mártir cristiana toledana, martirizada en el 304 d.C).

Esta impresionante estructura fue demolida en su totalidad a fines de 1960, perdiéndose con ella parte importante del patrimonio cultural tachirense, representado por un pasado artístico de cuidadas y elaboradas realizaciones.

Su desaparición obedeció al derribo de la vieja estructura colonial y a la reconstrucción y remodelación, en un estilo uniforme neorrománico, de la actual Iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá de Lobatera (Estado Táchira - Venezuela).


¿Cómo era la antigua capilla de Santa Leocadia, en Lobatera?

Se levantaba próxima a la torre del reloj o torre sur, sobre un plano centralizado o cuadrangular y cerrada con muros de tapia pisada y cubierta de pares y nudillos, y teja. Su ornamentación seguía el estilo o gusto arquitectónico imperante en la época: el neobarroco. 

Así, toda la obra era un compendio de ese arte que supo exaltar lo divino al representar el esplendor y triunfo de la fe sobre las herejías, motivo por el cual fue retomado en las principales construcciones religiosas tachirenses de la época, hasta mediados del siglo XX.

En su muro sur se levantaba el altar principal. Era de tipo retablo acorde a la liturgia conciliar tridentina y contenía un alargado nicho central con arco de medio punto donde se encontraba la imagen de Santa Leocadia de Toledo, virgen y mártir romana. Talla en madera, naturalista, obra del escultor catalán Francisco Vila, de la Escuela española de imaginería religiosa de Olot, de fines del siglo XIX, que a la fecha aún se conserva en la iglesia de Lobatera.

El nicho estaba ornamentado por pilastras corintias ordenadas en posición de abocinamiento, todas de sección rectangular y fuste acanalado que sostenían un elaborado entablamento y sobre este un frontón rebajado (surbaissé) y partido en la sección inferior. A cada lado de la imagen, y sobre dos dados o peanas molduradas clásicas, se encontraban las imágenes de los Ángeles de la adoración perpetua (tallas en madera de la Escuela de Olot, de la acreditada casa de escultura y pintura de Francisco Vila, Plaza de Santa Ana, 7 y 26, Barcelona, España, y actualmente -repintados de forma errónea- se encuentran junto al sagrario de la iglesia de Lobatera).

La mesa del altar principal, de tipo retablo, estaba elaborada en mampostería, adosada a la pared de cierre bajo el nicho de Santa Leocadia y sostenida por cuatro marmolejos o pequeñas columnas corintias exentas y de fuste cilíndrico, dos en fila, en cada extremo del frontal de la base de la mesa del altar, todo sobre una tarima forrada en porcelana. 

El suelo de la capilla consistía a su vez en un solado de baldosas de mosaico hidráulico o de prensa, italiano, con formas geométricas de atrayentes colores por sus características.

La pared de cerramiento que contenía el nicho, hacia los lados de los ángeles, fue recubierta con relieves marmorizados de columnas y arcos neogóticos que semejaban doradas arcadas entrelazadas. 

El techo interior de la capilla presentaba un centro abovedado (cúpula) enmarcado por un ornamentado plafón sostenido en los cuatro extremos o ángulos, en el espacio que deberían ocupar las pechinas, por sólidas y ornamentadas columnas corintias de fuste exento recubiertas con pinturas que semejaban al mármol. 

Adosado al muro oriental se ubicaba el monumento memorativo a Doña Leocadia Sánchez de Vivas, con el grupo escultórico en mármol de Carrara de “La oración de Jesús en el huerto” (en la actualidad en el Cementerio Municipal de Lobatera y presentado graves signos de destrucción), obra del artista italiano Emilio Garibildi (esculpida en su taller de Caracas en 1916). La inscripción en el lado frontal del pedestal, describía toda la magnitud de la obra: «DR. EZEQUIEL A. VIVAS / A LA MADRE ADORABLE / SANTIFICADA EN EL DOLOR».

En el muro occidental se colocó la imagen de la Sagrada Familia (obra de la Escuela de Olot que en la actualidad se encuentra -igualmente repintada de forma errónea- en la capilla del Bautisterio). Este grupo escultórico tallado en madera se colocó sobre sobre un moldurado pedestal clásico.

Con una doble cubierta, el intradós de la bóveda de la cúpula, en semiesfera sin tambor ni linterna, estaba pintado al fresco con escenas de las sagradas Escrituras. A través de una cadena, desde el centro de cierre de la cúpula, pendía una artística lámpara de varios brazos o tipo araña para colocar velas, con briseras de vidrio y cristales, que daba iluminación artificial al espacio. En el exterior, la bóveda o cúpula de la capilla estaba recubierta por un techo sostenido a su vez en una armadura de madera de pares y nudillos, a cuatro aguas.

El muro norte contenía el amplio vano de entrada o acceso a la capilla. dos pilastras toscanas y artísticamente biseladas en sus ángulos servían de sostén y arranque de un arco de medio punto, moldurado, con figuras ornamentales pintadas al óleo en su intradós y con la inscripción, en letras latinas capitales: CAPILLA DE SANTA LEOCADIA, en su extradós. Una baranda tallada en madera cerraba el acceso al interior de la capilla y la formaban marmolejos barrocos torneados que cumplían la función de columnillas que a su vez sostenían una arcada entrelazada (creada a partir de una sucesión de arcos apuntados intercalados), figuras estas que reproducían a su vez los relieves de los espacios vacíos de los cuatro muros de cierre de la capilla, si bien los arcos de las paredes eran de medio punto.

La ejecución de los trabajos de arte y ornamentación  de la capilla fue obra de los artesanos, enviados por el Dr. Ezequiel Vivas Sánchez desde Caracas, de nombre Eduardo Gámez y Jacobo Capriles M.

Por igual, el 7 de marzo de 1920 el suelo central de la capilla acogió el féretro con el cuerpo de su benefactor, el Dr. Ezequiel Vivas Sánchez (fallecido en París en diciembre de 1919), hasta 1960 cuando es exhumado y trasladado al Panteón de la familia Vivas Sánchez en el Cementerio del Torreón (Cementerio Municipal de Lobatera).

La única foto que se conserva, a la fecha, de lo que fue la Capilla de Santa Leocadia en la Parroquial de Lobatera fue cortesía del Abogado Wilmer Antonio Rey Lozada (2020) quien ha conservado, ordenado y clasificado el archivo personal de su tía-abuela Doña María de los Remedios Lozada Bustamante de Mora (Borotá, 1892 - Lobatera, 1993).


La lepra: enfermedad, estigma y un hijo agradecido

Doña Leocadia Sánchez de Vivas (1845-1882) pertenecía a una de las más destacadas familias lobaterenses del siglo XIX y estaba casada con Don Abdón Vivas Casanova. Esta matrona había fallecido a consecuencia de haberse contagiado de la enfermedad de la lepra, que padeció con paciencia y resignación, al igual que el estigma, hasta sus últimos días. Momentos de dolor que quedaron en la memoria agradecida y compungida de uno de sus hijos, quien le erigió una capilla poema adosada al suelo santificado de su tierra natal.



Santa Leocadia. Talla en madera del escultor español Francisco Vila, de la acreditada casa de escultura y pintura religiosa del mismo nombre (Barcelona, Plaza de Santa Ana, Nº 7 y 26. Fines del s. XIX). Presidió la antigua capilla de Santa Leocadia (desde 1916 hasta 1960) y la actual (desde 1967). Fue repintada en 2006 perdiendo el acabado original. Iglesia parroquial de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá de Lobatera. Foto: Samir Sánchez, 2006.




Imagen de Santa Leocadia con su policromía original, para 1916, y acabado a pulimento en la zona de la piel o encarnado, según la antigua técnica de los imagineros del s. XIX, así como el elaborado esgrafiado y estofado en pan de oro de los ribetes de la túnica y manto. Todo ya desaparecido o sustituido por formas menos elaboradas. Estado de la imagen luego del acto vandálico del 17 de agosto de 2006 cuando un perturbado mental derribó de su peana varias imágenes de la Iglesia parroquial de Lobatera (Foto: Samir A. Sánchez, 2006).




Reconstrucción de la talla de Santa Leocadia, a partir de la imagen anterior, de como debió lucir al llegar a Lobatera en 1916 (Reconstrucción con IA-Gemini 3. Prompt: Santiago X. Sánchez, 2026).



Panorámica del centro histórico de la población de Lobatera (Estado Táchira - Venezuela). Junto a la torre del reloj (izquierda del observador) se aprecia los muros exteriores y el techo a cuatro aguas de la antigua  capilla votiva de Santa Leocadia (Foto: Marco Aurelio Vila, 1947).







Por esta nota aclaratoria, publicada en el períodico "Horizontes" de la ciudad de San Cristóbal en su edición del 6 de marzo de 1916, se conoce que la imagen de Santa Leocadia llegó a Lobatera en una fecha posterior a la referida nota de prensa (Foto: Coetesía del Dr. Bernardo Zinguer, 2023).



Estado del grupo escultórico "La oración de Jesús en el huerto", de 1916, en el Cementerio Municipal de Lobatera (Foto: Samir A. Sánchez, 2010).




© Proyecto Experiencia Arte / Experience Art Project 2012-2021. Algunos derechos reservados. Los derechos de autor de las fotografías pertenecen a cada fotógrafo, grupo o institución mencionada.


domingo, 27 de agosto de 2017

Historia de la Casa Cural de Lobatera: Testimonio de fe y patrimonio histórico | Lobatera's Parish House: A Historic Symbol of Faith and Civil Heritage





Fachada principal de la Casa Cural de Lobatera, para 1945. Se puede apreciar las columnas toscanas y el arcos escarzano de la puerta de entrada, que se conservó intacto en las reformas y reedificación de la casa en 1972-1974. Resulta interesante observar, sobre el tejado, la veleta metálica que instaló en la casa el Padre Morales, c. de 1913 (Foto: Edgar Contreras/Darío Hurtado, 2016. Coloreado digital. Adobe Photoshop).




Fotografía original (Propiedad de Edgar Contreras)


La veleta del Padre Morales

Antes que la palabra escrita o las pantallas de celulares y computadoras monopolizaran el saber, existió un tiempo en que la memoria de los pueblos tachirenses se forjaba al calor del relato hablado: la antigua tradición oral. Aquel cauce vivo, hoy extinto ante el vértigo y saturación contemporánea de información, no era sólo un entretenimiento rústico, era el núcleo formativo donde cada familia y comunidad desvelaba sus principios éticos, el valor del trabajo, la templanza, la solidaridad y el respeto a la palabra empeñada para entregarlos intactos de una generación a otra.


Rescatar estas voces del pasado y fijarlas ante la mirada de las nuevas generaciones, desconectadas ya de esa pedagogía ancestral del valor, el asombro y la rectitud, no es un ejercicio de nostalgia, sino una urgencia cultural para reencontrar la brújula moral colectiva, tan necesaria en los actuales tiempos de expectativas defraudadas, desánimo y escepticismo Ejemplo elocuente de este legado pedagógico y espiritual del pasado es el relato que sigue:


“La veleta del Padre Morales” [Tradición oral transmitida por los ancianos de Lobatera y El Tablón en junio de 1985; compilada y llevada a versión libre por Samir Sánchez].

En el tejado de la casa cural de Lobatera, recortada contra la neblina andina, una veleta de hierro marcaba el rumbo del aire. Para la mayoría era solo un adorno o un curioso aparato pero, para el Padre Pedro María Morales, párroco entre 1905 y 1925, era una herramienta de lectura del mundo. Hombre de sotana y ciencia, versado con igual rigor en la patrística, la medicina y las leyes físicas, el Padre Morales entendía que la fe no reñía con la observación atenta de la naturaleza.


Cuentan los viejos del pueblo que corría un año difícil para los caseríos de La Teura y El Tablón, allá en la lejana aldea de La Trampa. La temporada de siembra amenazaba con perderse y la sequía quebraba la tierra en los campos. Angustiados, los campesinos hicieron una colecta comunitaria, reuniendo una suma considerable de dinero para la época, y enviaron al corregidor, Don Higinio, a caballo hasta la capital del distrito (hoy municipio). El encargo era preciso: solicitar al párroco una misa cantada a San Isidro Labrador y un sufragio por las benditas Ánimas del Purgatorio para implorar el agua del cielo.


Don Higinio llegó al despacho parroquial con el polvo del camino y la bolsa de monedas en la mano. El Padre Morales lo escuchó con serenidad patriarcal, tomó únicamente lo estipulado por el arancel eclesiástico y le ordenó guardar el resto:

—Llévese este dinero y devuélvalo a los feligreses —le dijo—. Bien, Don Higinio, vamos a cantar y a ver la veleta.

El dicho del cura no era metáfora. Durante tres días seguidos, el sacerdote consultó con meticulosidad la veleta del tejado y su higrómetro, escrutando la humedad relativa del aire y el giro de los vientos de tramontana que cruzaban los montes rumbo a La Trampa. Sabía leer los signos de la atmósfera tanto como las sagradas escrituras.

—Vuelva a sus tierras —añadió el padre—. Si San Isidro y las Ánimas nos ayudan a pedirle al Señor, yo mismo iré en mayo a cantarles la misa.

A los pocos días, el viento cambió de rumbo, las nubes coronaron las cumbres de La Teura y la lluvia descargó sobre los surcos. Hubo siembra y hubo cosecha abundante. En el mes de mayo, fiel a su palabra y a la ciencia que confirmaba sus oraciones, el Padre Morales remontó los caminos de herradura hasta la capilla de El Tablón para cantar la misa prometida a una feligresía que aprendió, en un solo gesto, el valor de la caridad sacerdotal y el prodigio de saber mirar al cielo con ojos de fe y de razón.


Casa Cural de Lobatera, luego de la reedificación de 1972-1974 (Foto: Darío Gurtado, 2017).






Entrada principal a la Casa Cural de Lobatera, zaguán y anteportón (Foto: Darío Hurtado, 2017).



Pbro. Br. Pedro María Morales Gómez, curá párroco que adquirió al casa cural. De un retrato que se encuentra en la sala principal de la Casa Cural de Lobatera (Foto: Darío Hurtado, 2017).





Ilustrísimo Monseñor Manuel García Guerrero, cura párroco que reedificó la Casa Cural de Lobatera (Foto: Concejo Municipal del Distrito Lobatera, 1965/Darío Hurtado, 2017).




Una casa y una historia

En la configuración urbana e histórica de las poblaciones andinas tachirenses, las edificaciones que rodean el espacio fundacional de la plaza mayor constituyen mucho más que hitos arquitectónicos: son testigos de la memoria colectiva, donde convergen el orden civil, la vida comunitaria y la dimensión trascendente de la fe. 


En la villa de Lobatera, la Casa Cural representa uno de los testimonios más elocuentes de esta continuidad patrimonial, articulando en su devenir secular los afanes de preclaros munícipes decimonónicos, el celo pastoral de sus párrocos y el empeño persistente por preservar las formas constructivas tradicionales frente al paso del tiempo.



El solar sobre el cual se asienta el inmueble posee profundas raíces en el tejido cívico local. Hacia la segunda mitad del siglo XIX, la casona formaba parte del patrimonio de don Pedro María Reina, insigne servidor público de relevante trayectoria municipal en Lobatera, cuyo deceso en 1859 mereció el reposo de sus restos en la Capilla del Humilladero, sagrado camposanto consagrado a los hijos ilustres de la villa. El prestigio y la vocación pública vinculados a la familia pervivieron a través de su hija y heredera, doña Octavia Reina vda. de Vivas, quien a comienzos de la centuria siguiente mantenía la titularidad de este solar privilegiado frente a la Plaza Bolívar.



Un momento decisivo para el destino del inmueble ocurrió el 4 de octubre de 1905, fecha en la que el presbítero bachiller Pedro María Morales (El Cobre, 1875 - Lobatera, 1925) formalizó la compra de la casa y su terreno a doña Octavia Reina. Aquella transacción trascendió el carácter de una operación particular: el padre Morales actuó con la convicción de dotar a la Iglesia y al propio pueblo lobaterense de una sede digna y permanente. Habiendo arribado en marzo de ese año en calidad de cura encargado, el párroco recibió en esa misma fecha el beneficio parroquial en propiedad, trasladando de inmediato la residencia cural y el invaluable archivo eclesiástico, cuyo libro más antiguo que se conserva data de 1767, a la nueva propiedad, donde ejerció un abnegado ministerio hasta su fallecimiento el 8 de noviembre de 1925.



Con el transcurso de las décadas y ante el inevitable deterioro de las estructuras tradicionales, el inmueble experimentó una profunda metamorfosis. En 1972 la edificación primitiva fue derribada en su totalidad; no obstante, bajo el riguroso empeño reconstructor del ilustrísimo monseñor Manuel García Guerrero (Laguna de García, Pregonero, 1908 - San Cristóbal, 1986), cura párroco de la localidad, la obra se concibió bajo una premisa de estricta fidelidad tipológica. La nueva fábrica se erigió respetando la planta espacial originaria y el canon estilístico neocolonial, logrando además rescatar y conservar como vestigio original el noble arco y las columnas del portal de la entrada principal orientada hacia la plaza.



Esta empresa de restauración y memoria culminó solemnemente en septiembre de 1974, cuando monseñor Alejandro Fernández Feo, tercer obispo de la Diócesis de San Cristóbal, bendijo formalmente la reedificada Casa Cural. De este modo, la casona no solo perpetuó su función eclesiástica y administrativa, sino que se consolidó como un monumento vivo donde el legado cívico de don Pedro María Reina, la visión institucional del padre Pedro María Morales y el celo patrimonial de monseñor García Guerrero se entrelazan de manera indisoluble en el corazón de Lobatera.


Estos dos ilustres levitas tachirenses, lobaterenses por el arraigo y la devoción pastoral a la tierra donde ejercieron su ministerio, fueron insignes exponentes de una época de magnas realizaciones. Lejos de concebir el sacerdocio como una profesión burocrática o un oficio técnico, asumieron su vocación desde la entrega absoluta del pastor: figuras de vanguardia consagradas a edificar comunidades vivas, donde la siembra de la fe era inseparable del florecimiento cultural y cívico.


Moldeados en la rigurosa disciplina del clero tridentino y herederos directos de la impronta civilizadora de Monseñor Jesús Manuel Jáuregui Morenom el primero como su discípulo inmediato y el segundo a través de la estela magisterial de su escuela, hicieron propio el principio agustiniano A materialibus ad immaterialia («de lo material a lo inmaterial»). Comprendían con lucidez que para elevar el alma del pueblo hacia las verdades eternas no bastaba la palabra abstracta; era indispensable dignificar el entorno humano.


Por ello, desde el primer instante en que asumían una parroquia, impulsaron la construcción de templos y capillas monumentales dignos de la grandeza bíblica, fundaron colegios para instruir a la juventud y dinamizaron sociedades religiosas, artísticas y culturales, convirtiendo el espacio parroquial en el corazón palpitante del progreso moral y material de Lobatera.  



En PDF. Transcripción de los registros notariales de la adquisición de la Casa Cural de Lobatera, en 1905. Copia autorizada por el párroco Mons. Erasmo de la Cruz Chacón Salcedo (2011). Imágenes: Darío Hurtado, 2011. II Libro de Gobierno de la Parroquia eclesiástica de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá de Lobatera (Estado Táchira). Archivo parroquial eclesiástico.





jueves, 10 de agosto de 2017

La memoria del Santo Crisma: La cruz de consagración de 1908 en la Iglesia de Lobatera │The Holy Chrism Memory: The 1908 Consecration Cross of Lobatera Parish Church











 
Fotografías: Darío Hurtado, 2017.


Esta pequeña placa de mármol, que exhibe una sencilla cruz latina incisa, se erige como un perdurable testimonio físico de la dedicación litúrgica del templo en 1908. Encastrada con pulcritud en la mampostería blanca, a lado y lado de la puerta mayor de la iglesia, la placa de mármol gris no actúa como un mero motivo decorativo, sino como un registro permanente de la acción sagrada que transformó la estructura material de nuestro templo en un espacio consagrado. Su presencia a la altura de los ojos, junto a la portada, marca el límite preciso donde termina el mundo profano y comienza la solemnidad del santuario.



En la tradición católica de la arquitectura y la teología, estas cruces de consagración (cruces consecrationis) poseen un profundo significado simbólico. En estricta conformidad con las prescripciones del Pontificale Romanum para la dedicación de la Iglesia de Lobatera, funcionan como el sello indeleble de la consagración del edificio, atestiguando que la estructura ha sido destinada de manera permanente al culto divino. Al incrustar la cruz en mármol en lugar de simplemente pintar sobre el friso, los constructores garantizaron que la memoria de este rito sagrado resistiera el paso del tiempo, las alteraciones estructurales y el deterioro ambiental, permaneciendo como un inquebrantable documento físico de la identidad consagrada del templo.



La presencia de la placa está directamente vinculada al solemne rito solemnizado en 1908 según el Pontifical Romano. Durante este antiguo ritual, el oficiante, el obispo de Mérida, Monseñor Antonio Ramón Silva, asperjó en primer lugar las paredes exteriores e interiores con agua bendita para purificar el edificio. Tras las oraciones lustrales, el prelado procedió a los puntos estructurales clave, especialmente los accesos y las columnas principales, para trazar la señal de la cruz con el Santo Crisma. Para marcar los lugares exactos donde el aceite sagrado tocó la piedra, se fijaron de forma permanente placas como esta cruz de mármol.



Posteriormente, cuando se realizó la nueva consagración del reconstruido templo, en 1967 se siguió el modelo antiguo y se colocaron idénticas doce cruces (símbolo de los apóstoles como columnas espirituales de la Iglesia) en sus muros internos, acompañadas por un ornamentado soporte metálico mural para una vela que debía encenderse en la fiesta anual de la dedicación, cada 18 de noviembre, soportes que, lamentablemente, fueron retirados y nunca repuestos. Así, la ceremonia de 1908, presidida por el prelado emeritense e impulsada por el joven, activo e ilustrado párroco, médico, edificador y educador, el Pbro. Pedro María Morales, unió la fe de la comunidad a la mismísima edificación del templo, evocando la solidez de las antiguas piedras del templo de Salomón.