Foto: Referencial, creada con IA por Bernardo Zinguer (2026) a partir de una foto del patio interno de la casa grande de las Sandoval, en Lobatera
"Aserrín, aserrán,
los maderos de San Juan,
piden queso, piden pan.
Los de Rique, alfeñique,
los de Roque, alfondoque,
¡riquirrique, riquirrán!"
Al observar hoy cómo las más recientes generaciones son entregadas al sueño a través de las pantallas frías de una tableta o un teléfono celular, bombardeadas por músicas contemporáneas que resultan estridentes para quienes comprendemos y valoramos la armonía, la melodía y el ritmo a la antigua usanza, surge de inmediato la evocación del hogar y la memoria familiar en la casa grande de Lobatera. Frente al artificio digital, renace con fuerza el recuerdo de aquellos cantos de cuna con los que antaño se arrullaba y calmaba a la infancia en el Táchira.
Durante generaciones, el compás templado y cadencioso de los versos completos que reproducimos, marcó el umbral del descanso en nuestros hogares andinos. Más que un mero juego de rimas, esta pieza, entre otras, cumplió la noble y primordial función del arrullo: la palabra viva que, suspendida entre el vaivén de los brazos de la madre o de la vieja mecedora de madera curvada (estilo Gebrüder Thonet) de los nonos, y encontraba eco en el desgastado corredor de ladrillo tablita sobre el cual se reflejaban las sombras de alargados y cuidados helechos que pendían de la viga principal, transmitía serenidad, calidez y un sentido temprano de pertenencia.
El origen de estos versos tradicionales se remonta, con alta probabilidad, al horizonte colonial hispánico. Llegó en el bagaje cultural intangible de los primeros pobladores y colonizadores peninsulares, arraigándose y aclimatándose a la sonoridad cotidiana de nuestras montañas y valles.
Términos preservados en su métrica como "alfeñique" (especie de dulce de panela o pasta de azúcar de raíz hispano-árabe) y "alfondoque" (o alfandoque, preparación tradicional de melado de caña, queso y especias) son auténticos fósiles lingüísticos. En cada línea subyace una huella de la gastronomía ancestral tachirense, las devociones del calendario festivo, como la fiesta de San Juan, y las formas de convivencia que moldearon la vida cotidiana del Táchira pretérito, cuya memoria queremos que no se diluya y pierda.
La fractura del patrimonio inmaterial frente al ruido moderno
Asistimos a un tiempo de profunda ruptura en la transmisión oral. El avance tecnológico no sólo ha impuesto dispositivos electrónicos en la cuna, sino que ha desplazado la voz humana, sustituyendo el primer vínculo poético y afectivo del niño por estímulos sintéticos y ruidos ajenos a nuestra identidad sonora. Esta pérdida de la tradición entraña graves consecuencias para la memoria colectiva:
Quiebre de la cadena intergeneracional: Desaparecen testimonios orales vivos que jamás quedaron asentados en protocolos notariales ni crónicas oficiales.
Extinción del paisaje sonoro tradicional: La cadencia pausada, la afinación natural y los giros del habla regional tachirense ceden ante sonoridades homogéneas e impersonales.
Desarraigo cultural temprano: Se priva a los niños de los primeros códigos líricos y afectivos que forjaron la sensibilidad y la templanza de sus antepasados.
El deber de la custodia y la memoria viva
Reivindicar, documentar y volver a entonar versos como los de "los maderos de San Juan", que de niño en Lobatera, al oirlos, siempre asociaba con el San Juan más inmediato que conocía: San Juan de Colón, pensando que los maderos eran de allí, no es un simple ejercicio de nostalgia; constituye un acto urgente de resistencia cultural y salvaguarda patrimonial. La memoria inmaterial de un pueblo no perdura por inercia: sobrevive únicamente si la comunidad la reconoce, la valora y la sostiene con la voz. Salvar el patrimonio inmaterial tachirense comienza en la intimidad de la casa: en el gesto consciente de apagar la pantalla estridente para devolverle al niño el sosiego, la armonía y la honda calidez humana de su propio canto de cuna.
