Foto: Árbol de vero en la Cortada de Doña Emilia, en la carretera de El Vallado, que une a San Pedro del Río con Ureña. Aldea La Victoria, Municipio Lobatera (Estado Táchira). Cortesía de Manuel Rodríguez (2026).
En las últimas semanas, al revisar desde lejanas tierras la prensa regional y las redes sociales locales, me salta a la vista un error que ya se hace recurrente: bautizar como "araguaney" a cualquier estallido amarillo que corone la geografía tachirense. Basta que una copa florezca con intensidad dorada para que el titular apresurado le adjudique la identidad del árbol nacional, borrando de un plumazo la botánica vernácula y la memoria del paisaje.
Nuestros nonos, herederos y protagonistas de aquel Táchira agrario que sabía leer la tierra sin intermediarios, jamás habrían cometido este desatino. Para ellos, la diferencia era evidente y cotidiana.
El vero (Bulnesia carrapo, familia Zygophyllaceae) es el señor de las tierras secas y quebradas del occidente tachirense. Se extiende, entre otras partes, generoso y extensivo por las laderas áridas de Lobatera, hacia la cuenca baja del río Lobaterita y de las quebradas La Parada y Los Pozos, y abraza el sur del Municipio Ayacucho y los municipios Bolívar y Pedro María Ureña. De tronco recio y madera durísima, resistente al rigor de los soles, el vero no florece al capricho: despierta con las aguas de septiembre y los primeros días de octubre, vistiendo de amarillo lomas enteras en una floración común y prolongada. En 1875, José Gregorio Villafañe, en sus estadísticas sobre el Estado Táchira, ya describe al vero (también denominado vera) como una de las mejores maderas para la construcción.
El araguaney (Handroanthus chrysanthus), en cambio, responde a otra lógica biológica y espacial. Es un árbol más alto, corpulento y solitario; prefiere erguirse aislado, señorial en medio del bosque o de la sabana llanera. Y, sobre todo, su espectáculo es fugaz: un relámpago de oro apretado que apenas dura tres días antes de tapizar el suelo y volver a su sobria corteza grisácea.
¿Por qué, entonces, insistir en llamar araguaney a lo que siempre fue vero?
La respuesta trasciende el aspecto forestal. Es el síntoma de una erosión más honda: la doble globalización que padecemos. Por un lado, la centralista: esa homogeneización que calca el léxico, los símbolos y la mirada capitalina como único canon legítimo; por el otro, la globalización mediática que aplana los saberes locales bajo etiquetas universales y simplistas. A ello se suma la ruptura en el hilo invisible de la transmisión oral: al debilitarse las sobremesas y la palabra de los mayores, los nonos, las nuevas generaciones crecen de espaldas al entorno que pisan.
Confundir el vero con el araguaney no es un desliz inocuo de redacción; es un paso más hacia la desmemoria. Nombrar mal el árbol es olvidar la tierra que lo sostiene. Recuperar su nombre exacto es un acto de justicia con la mirada certera de los nonos y una pequeña trinchera para defender la identidad que nos define como tachirenses.
