miércoles, 3 de febrero de 2021

El Decálogo de la Montaña: 7 hábitos para entender y convivir con los tachirenses │ The Decalogue of the Heights: 7 Habits to Understand and Flourish Among the Tachiran People (Táchira State)





Laguna de García (Municipio Uribante)




Adaptarse al Táchira el algo que trasciende más allá del desplazamiento geográfico; es una inmersión en un compás existencial donde la cordialidad es ley y la geografía de montaña dicta los ritmos de la voluntad. Para transitar de la estancia a la pertenencia, es preciso abrazar, entre otros, estos siete preceptos esenciales:

1. El saludo

En el Táchira, la palabra es el primer puente. La cortesía tachirense no es un formalismo vacío, sino un contrato social inquebrantable. El hábito de bendecir el encuentro con un "buenos días" o un "hasta luego" —desde el umbral del vecino hasta el mostrador de la bodeguita de la esquina o del abasto— es la llave que franquea la confianza. Un trato tosco no es solo una falta; es una disonancia en la armonía de un pueblo que ha hecho de la educación su estandarte.

2. La pizca como ritual del desayuno

El despertar tachirense se consagra en la mesa. Es imperativo integrar el hábito de la pizca: esa sopa reconfortante que destila la esencia del campo. Desayunar con este caldo nutritivo no es solo un acto alimentario, es una comunión con el vigor necesario para enfrentar la jornada. En esta tierra, la mañana no comienza sólo con café, sino con el aroma de la tradición humeante.

3. La previsión ante el tiempo

Aunque el sol de mediodía pueda resultar abrasador, la montaña posee un temperamento voluble. El hábito de portar siempre una prenda de abrigo es la respuesta técnica a la neblina traicionera. En el Táchira, la chaqueta no es un accesorio estético, sino un resguardo ante el frío que desciende, impasible, cuando la luz se retira.

4. La institución del "puntal"

La cultura del trigo alcanza en estas cumbres una dignidad envidiable. El habitante debe adoptar el ritual del puntal: ese interludio vespertino, de las 4:00 pm,  donde el pan aliñado, la acema o el trenzado se encuentran con el café, el chocolate caliente  o la aguamiel. Es el espacio de la tertulia y la socialización por excelencia, un hábito que detiene el tiempo para celebrar el oficio de los panaderos locales.


5. La geometría de la pendiente

La verticalidad del paisaje exige una reconfiguración de la movilidad. El Táchira desconoce la línea recta; vivir aquí implica desarrollar la pericia técnica frente al relieve:

A pie: Una preparación física que asume el ascenso y la cuesta como un ejercicio cotidiano de resistencia.


Al volante: El hábito de la vigilancia mecánica —especialmente de los frenos— y la paciencia ante las pendientes pronunciadas que desafían la inercia.

6. La distancia respetuosa del "usted"

En el Táchira, el lenguaje constituye el reflejo fidedigno de una rigurosa jerarquía emocional. La práctica de la escucha activa revela que el tuteo no es sino una excepción en un mar de formalidad y respeto. Dominar el el uso del "usted" equivale a desentrañar la idiosincrasia local, del mismo modo que descifrar la compleja polisemia del vocablo "toche". Al respecto, la prudencia es imperativa: su empleo representa un arte de sutiles matices que oscila entre la afrenta y la complicidad; solo el tiempo y la cercanía otorgan el derecho de proferirlo.

Por igual, en estas tierras la moderación rige el temperamento: no se alza la voz ni se incurre en el grito. Somos un pueblo de hablar parco, que prefiere la precisión de lo necesario frente al ruido y la estridencia


7. La conciencia de ser tierra de frontera

Habitar esta región es convivir con la dualidad fronteriza. Se requiere el hábito del dominio de ambas cultural, de la vigilancia económica y política que va desde conocer las rutas del trasegar de nuestra gente y el flujo constante entre pesos, bolívares y divisas, hasta saber el estado de los puentes internacionales. La frontera no es solo un límite, sino un organismo vivo que condiciona el comercio, los trámites y la cotidianidad del tachirense.


Comprenderás, al fin, que la existencia en estas tierras posee una mística que las palabras apenas logran rozar. Es un rincón de América y del mundo donde el tiempo parece demorarse en las cumbres, envolviendo con su manto los valles, mientras en el corazón de su gente late un ímpetu laborioso que no conoce el desmayo ni la derrota. En el Táchira, la quietud del aire y el vigor del brazo se funden en un abrazo sagrado: un contraste donde el sosiego del alma potencia la voluntad inquebrantable de quienenes tienen altas miras y la fuerza telúrica de la cordillera.




Vistas del Táchira (Poliderpotivo de Pueblo Nuevo e Iglesia de San Juan Bautista de la Ermita, San Cristñóbal, Lobertía del Táchira, 2011).