General Cipriano Castro, Presidente de los Estados Unidos de Venezuela entre 1899 y 1908. Óleo sobre lienzo pintado por Antonio Herrera Toro en 1902 (Foto: Fotos viejas del Táchira, 1998).
Releer este documento, constituye una verdadera joya documental al ofrecernos una ventana privilegiada a la intersección entre la medicina empírica, la psicología del poder político y la cultura material en el Táchira y la Venezuela de principios del siglo XX. En febrero de 1907, mientras la afección renal del General Cipriano Castro se agravaba velozmente, desde el pueblo de Capacho Viejo (Libertad), en el Estado Táchira, un ciudadano y curandero empírico llamado José Medardo Montilla decidió enviar una carta directa al Palacio de Miraflores con la firme intención de salvar al mandatario. Este testimonio epistolar resulta fundamental para comprender cómo el saber popular andino-tachirense intentaba medirse frente a la medicina académica de la capital, rescatando el valor de los curanderos o "facultos" de pueblo y su fe ciega en la "medicina únicamente indígena", articulada aquí mediante un místico tratamiento termal a base de rocío recolectado al amanecer, compresas de cobijas o bayetas y ponches reparadores administrados a lo largo de un novenario.
Al mismo tiempo, la misiva funciona como un testimonio excepcional sobre el lenguaje de adulación y sumisión hacia quienes ostentaban el poder político. En el texto, Montilla apela a formulaciones solemnes como "su alteza" y condiciona la estabilidad misma de la república a la vida del caudillo, afirmando con vehemencia que la paz del país se encuentra cimentada únicamente en su salud. Esta retórica del sometimiento voluntario, donde el ciudadano común se declara dispuesto al sacrificio personal a cambio de la gloria de "salvar la patria", refleja una dinámica de veneración al gobernante en espera de favores que ha permeado y permanece de manera ininterrumpida en la cultura política venezolana hasta el presente.
Por otra parte, y más allá de las particularidades ortográficas propias de la escolarización rural de la época, el relato posee un inestimable valor arqueológico para la historia de la vida cotidiana. La meticulosa descripción de Montilla al exigir una sábana de imité, fina tela de algodón muy cotizada en el comercio trasandino, puesta a las cinco de la mañana sobre un "pajar de guinea empesando a espigar" (colchones que tuve el privilegio de conocer en la casa grande de mis nonos en Lobatera, junto a esteras y chingaleas), evoca no solo el uso del pasto gramalote con el que se rellenaban los tradicionales colchones de paja de la época, sino también el empleo de vasijas de barro para concentrar calor y el uso de la vara cuadrada como sistema tradicional de medida. Apenas un año después de esta misiva, el deterioro irreversible de Castro lo obligaría a viajar a Europa para operarse en Berlín, desencadenando el golpe de Estado de 1908 y el cambio de régimen que definió el país que conocemos en la actualidad; sin embargo, en estas líneas nos queda preservada la voz de la intelectualidad empírica tachirense y su singular visión del mundo.
Esta es la carta:
"Libertad, Febrero 4, de 1907.Señor Gral. Cipriano CastroCaracas.Mi estimado Señor y amigo:Señor precidente contitucional de los E.E.U.U. de Venezuela i celador incansable de los destinos de nuestra patria: ante Ud. espongo y pido perdón, á su alteza por las líneas que a continuación siguen.Como Venezolano, como partidario del orden moral y social, como amigo del autor de la felicidad de mi patria.—Gral. Cipriano Castro.A mis oídos ha llegado la fausta noticia de su enfermedad de la cual adolese, lo que motiva un sentimiento profundo que ha estremesido mi ser, pues concidero que la paz en Venezuela está únicamente cimentada en su salud. — Yo como amigo gratuito del Gral. Cipriano Castro, deseo ser el instrumento de su salud.— Una rafaga de temor se ha apoderado de mi mente; pero anteponiéndome á un deber patrio; si mi relación diere lugar á un sacrificio por mi osadía á tan alto personaje, con gusto la sufriré, pues me quedará la gloria que he pretendido salvar la patria. — Qué es salvar su salud. . . He aquí el cuadro que me propongo pintarle.— Mandará á hacer una sábana de imité de 5 varas cuadradas de la tela más fina que haya, esta será puesta ó estendida a las 5 de la mañana sobre un pajar de guinea que esté empesando a espigar, ésta será empapada con el rocío, ya se tendrá una vasija de barro que haya sido usada bien caliente en donde será esprimida la tela, el líquido que la vasija haya recibido así caliente será frotado con una vayeta desde la corona hasta los pies, hecho esto, nuestro medicinado será envuelto en sábanas por espacio de seis horas, á este tiempo será obsequiado con un ponche.Esta operación se hará por un novenario. Y puedo asegurar a Ud. que á los tres días de hecha esta operación se hallará en un cambio favorable.— Esta medicina es únicamente indijina, por lo que creo que no tendrá cabida entre los científicos que rodean su lecho.Pero al menos me quedará la gloria de haber pretendido ser el autor de su restablecimiento.Espero me conteste sobre el particular y reciba Ud. el saludo más cordial de su verdadero amigo.— José Medardo Montilla. — Envía un tratamiento para curar al General".
Al citar esta memoria, es de justicia reiterar el eterno agradecimiento a Don Luis Felipe Ramón y Rivera, y su esposa Isabel Aretz (de donde la leímos y transcribimos, en su monumental obra "Folklore tachirense" (1963), cuya paciente labor etnográfica y folklórica logró rescatar la tradición cultural tachirense. Aquel entramado social, que se mantuvo firme desde la época aborigen y española hasta mediados de la década de 1950 antes de diluirse ante el avance ineludible de la modernidad y la globalización, y que sobrevive hoy gracias al invaluable testimonio de su obra.
