jueves, 21 de septiembre de 2023

Vaguada de 1943 y el Puente Libertador (San Cristóbal-Táriba, Estado Táchira): anatomía de una socavación fluvial | Anatomy of a Failure: River Scour and the 1943 Libertador Bridge Collapse (Venezuela)

 










Serie fotográfica del Puente Libertador de 1930, y de la tarde del 3 de junio de 1943 cuando colapso el puente al perder sustentación los pilares base del extremo sur: Dr. Luis Hernández Contreras. Cronista oficial de la ciudad de San Cristóbal (2022)



Vista del Puente Libertador, luego del colapso, desde las barrancas de Táriba. La torre norte permaneció en pie. Al fondo se pueden apreciar los extensos sembradíos de caña de azúcar de la antigua Hacienda "Palermo", propiedad del señor Antonio Pabón  (1903-1964) y familia. Foto: Familia Sandoval Zambrano, Lobatera, 1943. Restaurada con IA por Santiago X. Sánchez (2026).




Arte e ingeniería…

Observar la fotografía de la caída del puente colgante Libertador, que une a San Cristóbal con Táriba y el norte tachirense, provocada por la devastadora vaguada del 3 de junio de 1943, acrecienta la admiración por la solidez intrínseca de aquella obra original. El puente, reconstruido en su totalidad entre 1944 y 1946 por la misma empresa que poseía la patente del diseño y de las partes estructurales en hierro del original de 1930, permanece en pie hasta el presente. 



Esa estructura original estaba conformada por piezas de hierro pudelado (hierro forjado industrial, material insignia de la ingeniería decimonónica), calculadas, perforadas y prefabricadas en los talleres de Gaston Leinekugel le Cocq et Fils, en Larche (Corrèze, Francia). Se trataba de un conjunto estructural concebido en 1925, finalizado y entregado al Gobierno de los Estados Unidos de Venezuela en 1928 e inaugurado y puesto en servicio en 1930.



Estas piezas fueron ensambladas en suelo tachirense bajo la dirección del ingeniero Luis Ramozzi, a la par de la construcción de los sólidos pilares; se concluyó así una obra de 172,70 metros de longitud y una luz central de 112,80 metros entre apoyos.



La estructura no se doblegó ante el embate directo del río Torbes ni cedieron sus elementos metálicos portantes. Tampoco sucumbió por el empuje frontal de la corriente sobre los pilares, cuyo perfil cilíndrico resultaba idóneo desde el punto de vista hidrodinámico para reducir la resistencia al flujo, precisamente donde la velocidad alcanza sus valores máximos durante crecidas extraordinarias.



El puente sucumbió a causa del debilitamiento y la socavación extrema en la base de sustentación de los dos pilares del extremo sur, situados a una altura considerable sobre el lecho del río. Al perder apoyo, estos arrastraron consigo la mitad del puente, evidenciando el devastador poder erosivo del agua, el cual ya había dejado secuelas similares en otras zonas del Estado Táchira entre 1942 y 1943 debido a eventos hidrometeorológicos extremos.



Así, el colapso asimétrico de esta estructura ofrece una lección elocuente de patología estructural y dinámica fluvial, donde convergieron la fuerza hidráulica de una avenida torrencial y la alteración repentina del equilibrio estático propio de un puente colgante. La imagen documenta un fallo geomecánico en cadena: la pérdida del soporte e inclinación en la cimentación de una de las torres desató una violenta redistribución de cargas que precipitó el tablero al lecho y derribó la torre sur por completo, hasta reducirla a un amasijo horizontal de perfiles retorcidos.



En el origen del desastre intervino de forma determinante la socavación severa frontal. En los cauces andinos de montaña y piedemonte, la corriente concentra su energía cinética en líneas de flujo preferenciales o márgenes cóncavas. Al embestir con una violencia que superó con creces las previsiones hidrológicas de su diseño original, inaugurado la tarde del 19 de diciembre de 1930, el agua erosionó el lecho de apoyo y descalzó los cimientos de la zapata sur.



Al perder la sustentación vertical cerca de las 2:30 p. m. de aquel día, la masa de uno de los pilares comenzó a inclinarse de manera crítica, alcanzando una desviación visible de entre 15° y 18° (aproximadamente un sexto de ángulo recto) sin fracturarse en su núcleo principal. Esto dio testimonio de la formidable cohesión y calidad constructiva de su fábrica sobre depósitos que eran geológicos jóvenes. Al mismo tiempo, por la tracción transmitida desde los cables y anclajes, la torre metálica cedió y se deformó en sentido opuesto a la inclinación del pilar.



Semejante pérdida de verticalidad resultó insostenible para el equilibrio estático del conjunto. Las pilas macizas de mampostería y hormigón en masa resisten con eficacia los esfuerzos axiales de compresión, pero son sumamente vulnerables frente a solicitaciones de tracción o flexión cortante inducidas por torsión y desplome. Al inclinarse el soporte, las cargas dejaron de transmitirse verticalmente al terreno, lo que desató tensiones internas que terminaron por quebrar y colapsar la estructura.



El factor detonante del derrumbe fue la respuesta mecánica de los cables portantes. Un puente colgante opera como un sistema en tensión simétrica: los cables principales transfieren las cargas del vano central y los laterales hacia las silletas de coronación sobre las torres y, desde allí, a los anclajes de tierra. Al ceder la pila sur y descender su punto de apoyo, el equilibrio vectorial se quebró al instante. La catenaria sufrió un violento tirón descendente debido al propio peso muerto del tablero, arrastrando vigas de rigidez, péndolas y barandillas metálicas hacia una deformación plástica irreversible que desprendió la calzada sobre la ribera.



La supervivencia intacta del estribo y de la torre norte se debió a la conjunción de dos factores: la asimetría hidráulica y el alivio súbito de tensiones. Por un lado, la margen opuesta se encontraba fuera del radio de máxima socavación, cimentada sobre una cota más protegida y firme. Por el otro, al colapsar la torre sur y precipitarse el tablero al río, la sobretensión que tiraba hacia el centro del cauce se disipó de golpe, impidiendo que el efecto destructivo se propagara al otro extremo del paso.



En definitiva, el colapso del puente Libertador no obedeció a deficiencias constructivas ni a fallas mecánicas en su superestructura metálica o en la fábrica de sus pilas, cuya solidez quedó probada al resistir el desplome sin desmoronarse internamente. Su caída fue consecuencia exclusiva de la desmesurada fuerza hidráulica del río Torbes, una avenida extraordinaria que rebasó los criterios geotécnicos e hidrológicos vigentes en la época. Más que un fracaso ingenieril, la fotografía ilustra el instante en que las dinámicas naturales sobrepasan los límites teóricos del cálculo humano, dejando intacto el mérito técnico de una obra de época que solo cedió cuando el lecho sobre el que descansaba fue arrancado por la corriente.


Los dos carros


Uno de los enigmas visuales más desconcertantes que ofrecen las antiguas fotografías del colapso del puente colgante Libertador es la presencia de dos carros o automóviles situados a escasos metros de la ruina, intactos y sin un solo rasguño o deformación aparente en sus carrocerías.


A primera vista, la imagen roza lo inverosímil: una mole de miles de toneladas de mampostería e hierro se ha desplomado parcialmente en un violento descalabro geomecánico, y, sin embargo, estos vehículos permanecen inmóviles, como suspendidos al borde exacto de la frontera entre la tierra firme y el precipicio. Lejos de atribuir este hecho a un capricho del azar, si actuamos desde un punto de vista del análisis forense de la cinemática del colapso y de la tipología estructural del puente, se revela con precisión técnica las razones de esta indemnidad.


El primer elemento clave radica en la diferenciación de zonas dentro del sistema del puente. Una estructura colgante no es un cuerpo homogéneo; en ella conviven el vano suspendido, el tramo que cuelga directamente de los cables y que cayó al vacío, y la losa o terraplén de acceso montado sobre el estribo de tierra. Al parecer, los vehículos no se encontraban transitando sobre el tablero volante que se precipitó al río, sino detenidos sobre el tablero volante inmediato a la rampa de hormigón rígido de la margen sur. 


Estos dos suelos de aproximación, apoyado en parte en el terreno consolidado de la ribera, no dependía mecánicamente de la catenaria principal para sostenerse, conservando intacta su estabilidad portante aun cuando el vano central colapsó por completo.



A esta condición estática se sumó el vector direccional de las fuerzas en juego durante el derrumbe. La socavación fluvial descalzó la base de la torre, provocando una falla rotacional que inclinó la estructura hacia el lecho del torrente. En consecuencia, la formidable masa del tablero, las vigas de rigidez y la maraña de péndolas fueron arrastradas por la gravedad hacia adelante y hacia abajo, alejándose físicamente del punto donde descansaban los carros.



Al descender la torre, los cables de retenida que provenían del anclaje terrestre perdieron su punto de apoyo superior y se desplomaron hacia los costados de la calzada, enmarcando la escena como coronas metálicas caídas a izquierda y derecha, pero dejando libre una suerte de "burbuja de despeje" en el eje central de la vía.



Asimismo, la escala temporal de esta clase de siniestros descarta una ruptura súbita e instantánea. El colapso provocado por socavación hidráulica es un proceso progresivo: el río mina el terreno gradualmente hasta que la estructura acusa el fallo mediante crujidos, vibraciones anómalas en los tirantes y una visible pérdida de verticalidad del pilar, de forma progresiva y lenta.


Estos avisos previos, sumados a la crecida del caudal y a la acumulación de troncos, detritos y lodo visibles sobre el pavimento, forzaron con toda probabilidad a los conductores a aminorar la marcha, o a frenar en seco antes de atravesar el arco de la torre, y salir de los carros a tiempo.



Resulta concluyente, así, que lejos de encontrarse en un terraplén consolidado, el tramo sobre el cual reposan los dos automóviles correspondía en realidad al vano lateral suspendido del puente. El hecho que ambos vehículos resultaran indemnes revela que el colapso no fue un impacto catastrófico en caída libre, sino un descenso cinemático amortiguado.


Al bascular la torre sur hacia el cauce, los cables principales de retención, que mantuvieron intacta su formidable resistencia a la tracción sin quebrarse, actuaron como un gigantesco sistema de frenado elástico, guiando el tablero hacia abajo con lentitud progresiva. La calzada funcionó entonces como una rampa o plano inclinado que se posó suavemente sobre el lecho aluvial y los sedimentos del río, permitiendo que la plataforma descendiera con los vehículos encima sin proyectarlos al vacío ni someterlos al colapso destructivo del vano central.


Así, de traje blanco, con botas altas, junto a su automóvil y mirando a la cámara, nos contempla el ilustre médico y obstetra tachirense, el Dr. Alfredo J. González (1909-1960), testigo de excepción de la tragedia.







jueves, 14 de septiembre de 2023

Memoria de un viejo oficio: La alquimia de la panela tachirense | The Panela of Táchira: Technical Heritage and Identity Rites in the Lobatera Valley.

 






Heredera de una tradición cuyas raíces se hunden en el siglo XVI, la manufactura artesanal de la panela tachirense trasciende la faena agrícola para erigirse en un rito de identidad. Tras la zafra y la molienda, el jugo de la caña, esa savia vital y telúrica, se somete a una metamorfosis térmica que da vida a la «ambrosía tachirense», apelativo ganado por la profundidad de su dulzor y sus generosas virtudes nutricionales. El escenario primigenio de esta transformación era «la molienda», donde los vetustos trapiches, otrora dotados de mazas de piedra, extraían el néctar mientras los hornos cobraban vida mediante la combustión del bagazo, residuo fibroso que se entrega al fuego para clausurar el ciclo productivo.



Antaño, la labor despuntaba bajo el cielo estrellado de las cuatro de la madrugada, en un esfuerzo por arrebatarle horas de frescura a una geografía inclemente. La molienda se iniciaba con el paso parsimonioso de una yunta de bueyes que, en su girar cíclico y eterno, accionaba las mazas de piedra encargadas de triturar la caña. Sin embargo, el esfuerzo se tornaba superior al alcanzar el mediodía; entonces, al calor endógeno de las hornillas se sumaba la resolana del valle de Lobatera, esa reverberación lumínica que se filtra incluso bajo la ramada. Era el tiempo del «sol hereje», sentencia vernácula de horneros y atizadores que resume la naturaleza extenuante de un oficio forjado entre el sudor y la brasa.


La técnica y el legado




En el registro visual de esta tradición, hoy amenazada por el proceso erosivo del olvido, se aprecia el instante preciso del trasiego: el operario trasvasa el «guarapo» desde la paila guarapera hacia el tanque de enfriamiento. En la periferia aguarda la «tacha» o batea de madera, receptáculo destinado a recibir la miel cuando esta alcanza su punto exacto tras abandonar la paila mermadora. A la diestra, el producto final reposa en las gaveras, moldes de madera que confieren a la panela su geometría definitiva y cuyo peso, en Lobatera, tenía la singularidad de ser de 1 kilo.

No se puede soslayar, al hablar de los derivados de la caña en tierras tachirenses, del miche cachimbo o callejonero. Este destilado emblemático, nacido de la fermentación de la panela, se purifica tras su paso por el alambique, pudiendo ser aromatizado con anís o eneldo. Así nace el célebre «miche aliñado», que aún persiste como baluarte inexpugnable de la licorería tradicional andina.




Nota Histórica: Imagen capturada por el lente fotográfico de Jacqueline González (1982) en el Trapiche de los Sandoval, caserío de Pueblo Chiquito, aldea La Molina (Municipio Lobatera, Estado Táchira). En ella, el pailero lobaterense José Pastor Rosales Suárez ejecuta con maestría el trasiego de la miel, perpetuando un saber hacer que define la historia técnica y emocional del Estado Táchira.


domingo, 3 de septiembre de 2023

Simón Bolívar en San Cristóbal y Lobatera: Rescate de una joya hemerográfica de 1913 | Simón Bolívar in San Cristóbal and Lobatera: Uncovering a 1913 Hemerographic Gem




Estatua pedestre de El Libertador en la Plaza Bolívar de Lobatera. Obra del artista ítalo-estadounidense Giovanni Turini en 1893 y pedestal obra del eximio arquitecto tachirense Fruto Vivas en 1956 (Foto: Darío Hurtado, 2015).



Nos complace compartir en nuestro espacio de divulgación y reflexión en Proyecto Experiencia Arte un documento de incuestionable valor para la memoria histórica y el patrimonio documental tachirense.


Presentamos la transcripción e imágenes originales del artículo dedicado a la memorable visita de El Libertador Simón Bolívar a la población de San Cristóbal y Lobatera durante la Campaña Admirable de 1813. Este valioso trabajo fue escrito por la pluma del destacado intelectual Dr. Samuel Eugenio Niño y publicado en marzo de 1913 —con motivo del centenario de la gesta emancipadora— en las páginas del recordado diario Horizontes de la ciudad de San Cristóbal.


A través de este texto, el Dr. Niño nos ofrece una mirada cercana y documentada, a partir de la memoria de los ancianos de la época, sobre el paso de Bolívar por tierras tachirenses, un hito crucial que marcó el aliento patriota en los Andes venezolanos durante el heroico periplo de 1813.


Reconocimiento y agradecimiento especial:

Proyecto Experienca Arte expresa su más profundo y respetuoso agradecimiento al Dr. Luis Hernández Contreras, insigne cronista de la ciudad de San Cristóbal e investigador, quien en su incansable labor de rescate histórico halló este tesoro hemerográfico y tuvo la noble deferencia de facilitarnos cortésmente tanto las imágenes del artículo original como su rigurosa transcripción para hacer posible esta publicación como medio de divulgación del conocimiento histórico.


Los invitamos a adentrarse en la lectura de este documento que conecta el heroísmo de 1813, la mirada analítica del centenario en 1913 y nuestro compromiso contemporáneo con la historia tachirense de ayer, de hoy y de siempre.







EL DR. SAMUEL EUGENIO NIÑO EXPONE DATOS HISTÓRICOS INÉDITOS Y CORRIGE ALGUNAS IMPRECISIONES (Tomado de “Horizontes”, 15 de abril de 1913)


SOBRE HISTORIA


Caracas: 29 de marzo de 1913

Señor D. Luis Eladio Contreras

San Cristóbal.


He visto en “Horizontes” las “Rectificaciones” que usted hace sobre algunos puntos de nuestra historia regional de independencia, y como se trata de fechas cuyo centenario en estos momentos están celebrando algunos de estos pueblos, permítome significarle que la acción de armas sucedida en la Angostura de La Grita no fue una batalla sino un combate, con resultados bien es cierto de batalla, pues a ese triunfo de los patriotas se debió la total destrucción de Correa, quien con su todavía formidable ejército se acampaba en La Grita. Dicho combate, que desgraciadamente mucho envaneció al coronel Castillo, se verificó precisamente el martes 13 de abril y no el 10, como erradamente lo hace comprender el documento que inserta O'Leary en la página 191 y vuelta, del tomo XIII. Aparece allí el parte del coronel Castillo con fecha 11, cuando debe ser con fecha 14, día exacto en que aquel jefe granadino dio cuenta, tanto al Congreso de Tunja como al brigadier Bolívar, de su triunfo de la tarde anterior. Pero todo se reduce a un simple error de imprenta, esto es, al cambio de un 4 por un 1, cosa muy común en tipografía, y, sobre todo, bastante frecuente en las páginas de la extensa obra de O'Leary.

La compaginación de los documentos que tenemos a la vista, y la confrontación de los hechos, comprueban que efectivamente fue el 13 y no otro día. Además, así lo dicen José Domingo Díaz, Torrente, Restrepo, Baralt y Díaz, Montenegro Colón, José Austria, Larrazábal, Azpúrua etc; y, sobre todo, el mismo O'Leary en sus “Narraciones”, en cuyo tomo I, a la página 121, dice: “Marchó al fin (Castillo) y encontró al enemigo situado en ventajosa posición, aunque en número inferior, y lo batió el 13 de abril”.

Bolívar hizo su primera entrada en la entonces villa de San Cristóbal el viernes 16 de abril a las 4 1/2 de la tarde en punto, y a las 5 estaba dictando el oficio en que comunicó al señor Presidente Camilo Torres la acción de la Angostura, insertando el referido parte de Castillo. Según viejas tradiciones, la casa adonde llegó Bolívar en esta primera ocasión fue la que hoy pertenece al doctor Lucio Oquendo, en las históricas “Cuatro Esquinas”, casa que entonces era de dos pisos. La entrada la hizo por la subida del “Filisco”, como que era el único acceso que por el norte tenía la citada villa. Bolívar, quien salió ese mismo día a las 5 de la mañana, llevaba 300 hombres, los cuales llegaron con él, habiendo estos salido de la misma población en la tarde del día anterior.

San Cristóbal, a pesar de los desagradables sucesos que acababa de dar lugar el coronel Antonio Nicolás Briceño, le hizo a Bolívar un entusiasta recibimiento, y todo el pueblo acudió a conocer y a admirar al caraqueño, como familiarmente le llamaban en esos días. La vista de aquel glorioso ejército de héroes, triunfadores desde Cartagena hasta San Antonio del Táchira, llenó de júbilo a nuestros moradores paisanos, quienes, con Bolívar y sus soldados, se entregaron a las alegrías ocasionadas por la noticia de la derrota de la Angostura. Bolívar durmió aquella noche en San Cristóbal.

Como el señor coronel Castillo decía en su parte que sabía que el brigadier Correa se encontraba muy fortificado en la ciudad de La Grita y que de allí sería bien difícil desalojarlo, Bolívar se apresuró a continuar la marcha en las primeras horas de la mañana del día sábado 17, pero al llegar a Las Vegas de Táriba recibió la noticia de que Correa, sin esperar a los republicanos, vergonzosamente había huido de La Grita. Entonces Bolívar, sospechando que aquella retirada fuera una estrategia de Correa para volver por Seboruco o los Llanos de San Juan, u otra vía, sobre los valles de Cúcuta, que tal vez los creía desamparados – y, en efecto, lo estaban, lo que con razón preocupaba a Bolívar-, sesgó hacia la izquierda su dirección, trepó el cerro de “Los Letreros” y bajó a la villa de Lobatera, adonde llegó a eso de las 5 de la tarde. Al presentarse Bolívar en Lobatera tan inesperadamente, los vecinos se apresuraron a hacerle una recepción digna de sus méritos. Entre los que ocurrieron se recuerda al cura del lugar, presbítero doctor Pedro José Casanova, uno de los más caracterizados de los pocos patriotas que había en aquella parroquia.

En la casa de este buen sacerdote fue alojado el ilustre huésped, junto con algunos oficiales de su séquito, y allí se vieron todos colmados de solícitas atenciones. Muchos supervivientes hasta el año 75 y aún hasta el 80, contaban haber conocido a Bolívar el año 13 en Lobatera. Don Custodio Niño, de entre ellos, hasta los últimos años de su larga vida, refería con orgullo patriótico que él había estrechado la mano de su Libertador Bolívar en el atrio del templo, en el momento en que el héroe entraba en Lobatera. Allí pasó éste la noche, y muy temprano del siguiente día salió hacia La Grita, trepando la empinada y extensa cuchilla de “Los Hornos”, que domina a derecha e izquierda todo un vasto panorama.

De manera que Bolívar hizo su entrada en Lobatera el sábado 17 de abril, a las 5 de la tarde, y el domingo siguió su ruta.

Sabido en el tránsito que Correa había huido hacia Bailadores, vía Mérida, aceleró entonces su marcha directamente sobre La Grita, adonde llegó el lunes 19 en la tarde, ya cuando Castillo se había ido para Cúcuta con parte de las tropas. Esto explica por qué Bolívar y Castillo no se encontraron en el camino.

A su regreso de La Grita, Bolívar volvió a pernoctar en San Cristóbal el sábado 24, y el domingo siguió a Cúcuta, adonde llegó el mismo día en la tarde y donde lo esperaban importantes asuntos que ventilar.

En un opúsculo que preparo, referente a la Campaña Admirable, desarrollo más ampliamente estos sucesos, en su mayor parte callados por los historiadores, pero que a nosotros toca sacarlos a la luz.

En otra carta referiré los demás hechos de armas sucedidos en ese Estado Táchira el mismo año 13, después que Bolívar se vino para el Centro.

En mi anhelo de que usted y yo concordemos en estos y otros puntos relacionados con la historia, aún inédita, de esa nuestra querida región natal, me permito dirigirle la presente, que espero merezca su benevolencia, si de ella la cree digna.

Aplaudo su labor y en ella trato de secundarlo.

Su amigo affmo.

Samuel E. Niño


viernes, 1 de septiembre de 2023

Guerra de Independencia en el Táchira 1811-1821: Crónicas e Historia (Separata) | Chronicles of the Independence War in Tachira 1811-1821 (Offprint)











La exigencia del rigor en la reconstrucción del pretérito

La publicación de la presente separata está tomada de nuestra obra Memoria de Lobatera (2011), y la misma no responde a un prurito de acumulación de efemérides ni a la complacencia de la anécdota local. Al contrario, este esfuerzo se origina en una profunda preocupación por el estado actual de la ciencia histórica en nuestros entornos académicos y de divulgación. En una época signada por la ligereza hermenéutica, la inmediatez del consumo cultural, y la tergiversación o errónea información sobre la historia tachirense en las redes sociales, sumado al preocupante repliegue de la razón crítica frente a la pulsión de la emotividad instrumentalizada, el examen del pasado exige un retorno perentorio a las fuentes primarias y al frío tamiz del método heurístico.

El volumen de documentos que hoy presentamos bajo el título Crónicas de la Guerra de Independencia en el Táchira 1811-1821 (Separata).pdf es el resultado de una pesquisa minuciosa, sistemática y obstinada en los repositorios que han logrado sortear las injurias del tiempo, el clima cambiante de nuestras montañas andinas y las turbulencias de nuestras guerras civiles. La metodología que ha guiado esta labor no es otra que la búsqueda implacable de la evidencia documentada y cronológica; una arqueología del dato que persigue reconstruir, allí donde la riqueza de las fuentes lo permite, el discurrir cotidiano, el latido diario y la microhistoria de un decenio (1811-1821) que redefinió de raíz la estructura geopolítica, social y mental del Táchira.

Bajo esta premisa, conviene advertir al lector que el presente corpus ha sido concebido primariamente como una obra de referencia y consulta casuística, una estructura de andamiaje documental dispuesta para el escrutinio puntual antes que para la asimilación lineal de una trama novelada, y sujeta a la crítica epistemológica tanto en sus fortalezas como en sus debilidades. No obstante, aquel investigador o lector que decida aventurarse en una lectura continua de sus crónicas descubrirá que la secuencia no carece de tensión dramática; al contrario, se erige en un sugerente viaje en el tiempo a través de las horas más aciagas de la emancipación en el Táchira. Esta lectura ininterrumpida revela el latido de una sociedad en vilo, permitiendo al lector transitar de manera vivencial por las vicisitudes de un decenio marcado por sacrificios, violencia y transformaciones políticas y sociales.

La metáfora del rompecabezas: el documento y sus relaciones circunstanciales

Para todo historiador riguroso, el pasado no se presenta como un discurso cohesionado, unívoco o de fácil lectura; antes bien, se manifiesta como una dispersión caótica de vestigios mudos. Reconstruir la andadura del Táchira en el contexto de la emancipación tachirense y venezolana equivale a enfrentarse a un inmenso y complejo rompecabezas cuyas piezas han sido arrojadas a los cuatro vientos. Muchas de ellas yacen perdidas para siempre; otras permanecen ocultas bajo el polvo de archivos parroquiales, protocolos civiles y expedientes de infidencia custodiados con desigual suerte.

Nuestra labor ha consistido en ensamblar pacientemente estas teselas dispersas. Este puzzle historiográfico no se resuelve mediante la mera yuxtaposición de papeles antiguos, sino a través del análisis de lo que denominamos las relaciones circunstanciales de los documentos. Cada partida de defunción asentada por el párroco bajo el fragor de la guerra (como aquella célebre nota marginal del Libro de Entierros que registra la ocupación realista de la Villa el 5 de junio de 1812), cada bando militar leído a son de cajas de guerra en la Plaza Mayor, y cada inventario de bienes confiscados debe ser interrogado en su contexto preciso.

Es en el cruce de estas variables, el parentesco de los implicados, sus intereses hacendísticos, la urgencia de las campañas climáticas, e incluso las rutas topográficas detalladas por los oficiales de ambos bandos, donde emerge una comprensión más cercana, veraz y descarnada de la realidad de los hechos. No pretendemos ofrecer una verdad absoluta e inmutable, aporía inalcanzable para la condición humana, pero sí una aproximación honesta y fundamentada que devuelva la palabra a quienes de verdad habitaron aquella época de transiciones traumáticas.

Contra la crónica superficial: superación del maniqueísmo de "héroes y villanos"

Uno de los mayores escollos que ha lastrado la historiografía patria tachirense y nacional ha sido su propensión al providencialismo y al relato moralizante. Se ha instrumentalizado el proceso de independencia para erigir un panteón de semidioses inmaculados frente a una hueste de tiranos desalmados. Esta división binaria y simplista entre "héroes y villanos" no solo despoja a la historia de su complejidad intrínseca, sino que deshumaniza a sus protagonistas, convirtiéndolos en rígidas estatuas de bronce desprovistas de contradicciones, miedos y ambiciones terrenales.

Las páginas de Crónicas de la Guerra de Independencia en el Táchira 1811-1821 (Separata).pdf proponen una ruptura radical con este reduccionismo superficial. Al adentrarse en el día a día de la guerra de Independencia en el Táchira, el lector descubrirá que las lealtades eran fluidas y a menudo dictadas por la pura necesidad de supervivencia. Hombres que juraban fidelidad a la Confederación de Venezuela en diciembre de 1811 bajo el influjo tricolor, se veían forzados a aclamar al soberano Fernando VII en junio de 1812 ante las bayonetas del Coronel Ramón Correa.

Verá también las sombras de la guerra: la dureza de un Libertador Simón Bolívar que, acosado por las intrigas de Manuel del Castillo y las reticencias de Francisco de Paula Santander, exigía pertrechos bajo amenaza de saqueo a los cabildos locales; o el drama anónimo de aquel anciano realista, el "Tío Cruz", fusilado en los corrales de La Teura por negarse a empuñar las armas republicanas. No hay aquí personajes planos. Al examinar el conflicto a ras de suelo, revelando los desmanes de tropas patriotas como el Batallón Rifles en Lobatera o los espionajes monárquicos de la familia Pérez a través de las trochas del Picacho de Angaraveca, la crónica recupera su textura humana, su trágica escala de grises y su profunda verdad existencial.

La trinchera de la razón en tiempos de superficialidad emocional

Vivimos en un tiempo donde el debate público y el análisis de la memoria colectiva parecen haber capitulado ante la tiranía de la emoción inmediata de un like. Se prefiere el mito reconfortante al rigor del archivo; se escoge la indignación o la apología simplista antes que el esfuerzo paciente del intelecto. Frente a esta deriva contemporánea, la investigación histórica rigurosa debe erigirse como una trinchera de la razón.

El trabajo volcado en esta separata es, por tanto, un acto de resistencia cultural. Es una invitación a la profundidad en una era de preocupantes superficialidades. Al rescatar los nombres de los aquellos actores, sus vidas y sus hechos, no hacemos otra cosa que reivindicar el imperio de la prueba empírica y del análisis paleográfico sobre la fantasía ideológica o la desmemoria interesada.

Que estas crónicas sirvan al lector de hoy, no como un combustible para avivar viejos rencores o mitologías estériles, sino como un mapa de navegación intelectual, el cual aspiramos sea continuado y enriquecido por los hallazgos de las nuevas generaciones. Un instrumento para comprender cómo la tierra tachirense vivió con valentía, dolor y asombrosa dignidad el nacimiento de la modernidad republicana.


Puede descarcar el trabajo en formato PDF, aquí:


El Táchira en dos tiempos históricos: espacio, mano de obra y memoria viva en la obra de la Dra. Inés Ferrero Kellerhoff │ Táchira in Two Historical Eras: Space, Labor, and Living Memory in the Work of Dr. Inés Ferrero Kellerhoff






Por Samir A. Sánchez (2026)



El magisterio historiográfico y la estirpe de los Ferrero Tamayo

Investigar y publicar con rigor metodológico en contextos de crisis constituye un logro excepcional. A través del académico José Antonio Pulido, tuve acceso a una de las novedades editoriales de la Academia de Historia del Táchira: El Táchira en dos tiempos históricos (2026), que leí «de la cruz a la firma», como rezaba la vieja fórmula. Tras una lectura exhaustiva, esta obra destaca por ofrecer una de las aproximaciones más rigurosas y esclarecedoras para entender la configuración histórica, fundacional y estructural del occidente venezolano.


Este volumen, fruto de la madurez investigativa de la Dra. Inés Cecilia Ferrero Kellerhoff, Doctora en Historia y destacada docente de la Universidad de Los Andes (ULA-Táchira), no solo llena un profundo vacío documental sobre el pasado colonial andino tachirense, sino que se inscribe en una tradición intelectual de primer orden. Es un texto que entusiasma a quienes nos especializamos en ese período de nuestra historia, tantas veces relegado de los estudios contemporáneos por una visión sesgada y dicotómica entre lo virtuoso (los períodos aborigen y republicano) y lo negativo (el período hispánico), olvidando que el proceso vital tachirense conforma una unidad indisociable: nuestro ADN cultural no admite fragmentaciones.


Conozco de cerca la obra, el pensamiento y la trayectoria de la Dra. Ferrero Kellerhoff; fue mi profesora universitaria. Es, además, heredera y continuadora del legado de la familia Ferrero Tamayo, estirpe civil que marcó de forma indeleble el siglo XX regional a través de la ingeniería, las letras y la investigación histórica. Dedicado con filial afecto a su padre, el Dr. Aurelio Ferrero Tamayo, figura cumbre de la historiografía regional, por igual nuestro maestro y defensor apasionado de los orígenes de San Cristóbal, el texto conjuga la disciplina metodológica que la caracteriza con el apego entrañable a la tierra tachirense. Nutrido por la influencia teórica de maestros como Ramón A. Tovar en el enfoque geohistórico y Federico Brito Figueroa en la historia social y económica, el libro trasciende la mera relación cronológica para interrogar al territorio como un producto social, dinámico y dialéctico.



Primer Tiempo: la articulación geohistórica y la conquista del espacio

El primer núcleo analítico de la obra examina el período comprendido entre 1550 y 1620, caracterizado como el proceso de «hacerse un lugar». La autora desmonta el mito del aislamiento regional al demostrar cómo el espacio colonial del suroeste venezolano estuvo orgánicamente integrado, como eslabón geográfico y humano, a la cuenca del Lago de Maracaibo y a las rutas del Nuevo Reino de Granada (Santa Fe de Bogotá, Tunja y Pamplona).


En este primer tiempo destacan tres hitos vertebrales:

La búsqueda de salidas fluviales y lacustres: Frente a las dificultades del transporte por el río Magdalena, la cuenca del Lago de Maracaibo y la arteria fluvial del río Zulia se erigieron en los ejes naturales del comercio neogranadino y tachirense. Los conquistadores no trazaron estos caminos desde la nada, sino que reutilizaron las ancestrales redes de comunicación aborigen.


La defensa de la autonomía fundacional: Se subraya el papel del capitán Juan Maldonado al fundar la Villa de San Cristóbal en 1561 y la subsiguiente disputa jurídica con Pamplona para consolidar sus términos propios y su libertad jurisdiccional. Paralelamente, se analiza la figura de Francisco de Cáceres y la efímera Gobernación del Espíritu Santo de La Grita (1576), concebida bajo un espíritu señorial y de avanzada territorial.


El terremoto de 1610 y la valorización minera: El sismo de San Blas, acaecido el 3 de febrero de 1610 y que asoló La Grita, dejó al descubierto ricos yacimientos de cobre y metales en el valle de San Bartolomé (germen de las actuales poblaciones de San Bartolomé de El Cobre y Seboruco). Este fenómeno natural transformó la economía de la comarca tachirense, impulsó solicitudes de mano de obra esclava a la Corona y estimuló la apertura de caminos hacia el puerto de Gibraltar y el río Zulia.



Segundo Tiempo: mano de obra, resistencia aborigen y resguardos indígenas

La segunda mitad del libro aborda las tensiones entre la Corona, del antiguo régimen de los Austrias menores, el clero doctrinero y las élites locales de encomenderos (los primeros criollos) por el control de la fuerza de trabajo indígena. Ante las visitas de oidores y corregidores de la Real Audiencia de Santa Fe (como Vásquez de Cisneros en 1620, Fernando de Saavedra en 1627 y Diego de Baños en 1657), los hacendados locales recurrieron a la resistencia pasiva: dilataron el cumplimiento de las ordenanzas, alegaron el alto costo del mantenimiento de los visitadores y prolongaron de facto el servicio personal frente a las tasaciones de tributo en especie o metálico.


Asimismo, la Dra. Ferrero Kellerhoff rescata el protagonismo de las comunidades originarias: Lejos de toda pasividad, etnias como los chinatos (trasladados forzosamente desde el sur de la Villa de San Cristóbal hacia las planicies lacustres del norte tachirense) y motilones mantuvieron una lucha secular por su espacio vital. Esta confrontación forzó fundaciones de carácter defensivo, como San Faustino de los Ríos (1662), erigida por Antonio de los Ríos Ximeno en términos jurisdiccionales de la Villa de San Cristóbal, hasta su posterior inserción activa en la economía cacaotera y en el oficio de bogas por el río Zulia.


El paradigma del Resguardo de Capacho: Mediante un exhaustivo seguimiento documental, la autora reconstruye la evolución del Resguardo Indígena de Capacho (actual Libertad-Capacho Viejo e Independencia-Capacho Nuevo). Desde su traza urbana y asignación formal entre 1602 y 1627 (bajo la norma de «una legua a los cuatro vientos») hasta las mensuras de 1808 y los títulos comunitarios salvaguardados por figuras como Ángel María Jaime en 1881, el estudio evidencia cómo la propiedad comunal indígena contuvo el avance latifundista. Al examinar los protocolos notariales de 1914, la obra prueba que la estructura agraria de Capacho devino en un minifundismo de pequeña propiedad y alfarería familiar, forjando la matriz cultural que evitó el despoblamiento y arraigó a la comunidad a sus laderas.



Importancia de la obra para el Táchira contemporáneo

La publicación de El Táchira en dos tiempos históricos posee una trascendencia indiscutible para la comprensión de nuestro presente:

Reafirmación de la identidad geohistórica y fronteriza: En una época marcada por el aislamiento y la incertidumbre en los pasos limítrofes, el libro recuerda que la vocación histórica del Táchira no es la clausura y el aislamiento contemporáneo impuesto por el centralismo, sino su condición de encrucijada natural y vital integradora entre los Andes venezolanos, el Norte de Santander y la cuenca del Lago de Maracaibo.


Reivindicación de las raíces originarias y campesinas: La investigación desmitifica las narrativas tradicionales que difuminaban la presencia indígena tras la conquista. Demuestra con solvencia interdisciplinaria (arqueológica, archivística y demográfica) que el campesinado tachirense desciende directamente de los colectivos que defendieron y cultivaron sus resguardos durante siglos, cuya impronta permanece viva en su identidad biológica y cultural, en sintonía con las investigaciones del Dr. Bernardo Zinguer (2023-2024).


Lección de autonomía y perseverancia civil: El análisis de los litigios sostenidos por los cabildos locales frente a los centros virreinales arroja luz sobre la génesis del carácter cívico, laborioso y celoso de su autonomía que define al gentilicio regional.


Metodología y rigor para las nuevas generaciones: La obra constituye un modelo insoslayable de investigación documental directa en repositorios de Sevilla, Bogotá y el Táchira, demostrando cómo articular metodológicamente la microhistoria con las dinámicas geopolíticas del continente americano.


Ad summam, ut Cicero aiebat

El Táchira en dos tiempos históricos no solo es una pieza historiográfica de primer orden, que invita a ser leída con la curiosidad de quien abre una ventana hacia sus propios orígenes, sino un homenaje vivo al magisterio y a la tradición intelectual de los Ferrero Tamayo. La Dra. Inés Ferrero Kellerhoff entrega a su tierra un instrumento de autoconocimiento indispensable: una obra que demuestra que el Táchira actual, con sus retos y fortalezas, es el resultado palpable de una prolongada lucha humana por domesticar la geografía, defender el derecho al suelo comunal y preservar la dignidad a través de los siglos.


Esta reseña fue publicada originalmente en la página web de digulgación histórica en Facebook, Retazos Históricos del Táchira, del Dr. Bernardo Zinguer, el 1 de septiembre de 2026.