Cada 31 de octubre, pantallas y comercios se inundan de la estética del Halloween anglosajón o de la colorida iconografía del Día de Muertos mexicano. Aunque son expresiones respetables y de gran calado cultural en sus países de origen, la fascinación por lo foráneo y el peso mediático de la globalización suelen opacar, hasta la desaparición, el acervo inmaterial que moldeó la psique y la cotidianidad de nuestra tierra, de nuestros propios antepasados.
En los pueblos y aldeas del Táchira de nuestros nonos, el miedo, la muerte y el misterio no se consumían como un espectáculo de temporada, sino que formaban parte de una compleja cosmovisión rural que nos hablaba del respeto a lo sagrado, el procesamiento del duelo y el orden moral de las comunidades.
Gracias al exhaustivo trabajo de campo publicado en 1963 por el insigne folclorista y músico Luis Felipe Ramón y Rivera, hoy es posible traer del silencio del libro los testimonios grabados de ancianos como don Cornelio Zambrano, don Eladio Omaña, la señorita Digna Benedetti y tantos otros tachirenses que dieron fe de un mundo que la urbanización y la luz eléctrica terminaron por extinguir.
¿Cómo dialogaba el Táchira de antaño con lo invisible? Estas fueron, entre muchas, las respuestas que encontramos:
El "Desande": La última pisada del alma
Era, quizá, la más arraigada en la creencia de nuestros antepasados, y así la recuerdo de los cuentos de la nona, en amenas conversaciones de mayores, en el corredor de la casa grande de Lobatera. Lejos del susto efectista, el campesino tachirense entendía el desande como la manifestación tangible de la agonía o la antesala de la muerte. Se creía que, antes de partir, el espíritu del agonizante desandaba los caminos y estancias recorridos en vida. Los pasos resonando en el corredor, ruidos en una pieza, el abrir y cerrar de cajones, el rechinar de una puerta o el crujido en la pared no evocaban un terror vano, sino la certeza de que un ser querido se despedía o retornaba para pedir perdón.
Criaturas de la penumbra tachirense
Nuestra geografía montañosa y el trazado urbano de sus poblados históricos albergaban manifestaciones anímicas de profundo contenido simbólico y ético:
El Jinete del Diablo: En la Noche de Ánimas, este espectro de negra apariencia irrumpía en la Calle Real de Lobatera, desde la puerta del cementerio hasta el Humilladero; el chasquido atronador de los casquillos sobre el empedrado y el piafar demoníaco del caballo rompían la quietud de la noche como un recordatorio del límite entre lo humano y lo maligno.
El Silbaperros o Chiflaperros: Espíritu errante y en pena de quien en vida se salió en el momento sagrado de la consagración y elevación en la misa para irse tras una cacería; condenado a responder, como quien llama a su perro de caza, a quien silbara a solas en la montaña a medianoche.
La Madre de la Noche: Gigantesca aparición blanca en la soledad y oscuridad de las encrucijadas de los caminos reales cuyo movimiento producía un crujido similar al de las hojas de zinc o papeles al viento.
La Copita y las Botijas: Luces místicas que brincaban en la oscuridad revelando tesoros enterrados (botijas). En Queniquea o San Pedro del Río, La Copita no sólo señalaba entierros, sino que actuaba como una presencia tutelar que custodiaba al caminante de buen corazón.
La Dientona y Las Diablas: Apariciones de damas elegantes en los caminos a Rubio y Ureña que desorientaban a los hombres de vida licenciosa, dejándolos "espinados y arrepentidos".
Luz moderna y penumbra olvidada
La llegada de CADAFE y la expansión de la escuela rural no solo vencieron a la oscuridad física, apagaron también el escenario donde habitaba la tradición oral, esos cuentos de camino que avivaban la imaginación y el miedo. Sin embargo, antes de apresurarnos a adoptar tradiciones ajenas motivadas por el mercado, conviene preguntarnos qué espacio le estamos dejando en la memoria colectiva a la voz de nuestros nonos.
Conocer y reivindicar la herencia inmaterial del Táchira no debe ser un ejercicio de simple nostalgia, es un acto de dignidad historiográfica. Valorar lo propio es comprender que, en los silencios y en las sombras de nuestros campos, también se escribió la historia de nuestra identidad.
Fotografía: Recreación en IA del espanto "El Jinete del Diablo" en la calle real de Lobatera (Prompt por Santiago X. Sánchez, 2026).
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