«Soy de la romana antigua»
Esta sentencia, impregnada de una sabiduría secular, habitaba con naturalidad en el léxico cotidiano de nuestra parentela mayor: los nonos. Al pronunciarla, no solo aludían a aquel instrumento de pesar con el que tasaban los frutos de la tierra; la frase entrañaba una semántica más profunda, hoy desdibujada por el tiempo. Era la proclama de un arraigo inexpugnable a sus principios y una lealtad insobornable a sus costumbres y a su fe.
En estos tiempos modernos y volubles, sometidos a la tiranía de lo efímero y al imperio de la inmediatez, nuestros ancestros nos legaron la ontología de la constancia, la prudencia, la austeridad y el tesón. Sostenían con convicción inquebrantable que tales virtudes, cinceladas en el decurso de la cotidianidad y bautizadas con el sudor de un esfuerzo de siglos, constituían el auténtico sillar o piedra angular del carácter tachirense. Ante su mirada, ninguna sofisticación técnica ni espejismo de modernidad poseía la potestad de suplantar la esencia del oficio íntegro, la dignidad del trabajo cumplido y bien hecho, ni el sentido de una existencia con propósito.
Por ello, observar esta fotografía es hacer una evocación lírica. Nos traslada a una heredad perdida, recordándonos la fortaleza y la abnegación de nuestra estirpe. Representa un tributo imperativo a aquellas manos que, entre surcos y neblinas, cimentaron el Táchira eterno; un homenaje a un espíritu que, pese al avance inexorable de la centuria plena de máquinas y tecnologías, se resiste a entregar su esencia al olvido.
Nota: La romana es un instrumento de pesa cuyos orígenes se remontan a la Antigüedad clásica, fundamentado en la ley de la palanca. A diferencia de la balanza de platillos, la romana emplea un pilón o contrapeso que se desliza sobre una regla graduada, hecha de bronce.
En la accidentada orografía del Táchira, su persistencia no supuso un mero anacronismo, sino una respuesta pragmática a las exigencias del entorno. Debido a su robustez y portabilidad, devino en el instrumento predilecto para el comercio en los campos de labranza, las unidades de producción cafetaleras y los mercados de montaña.
Mientras la modernidad introducía básculas fijas y delicadas, la romana permitía una versatilidad única: podía suspenderse de los hombros de dos labriegos, de la viga de un corredor o de la rama de un guamo en pleno cafetal.
Mantenía así una precisión que los nonos investían de un respeto casi sagrado, equiparable a la solemnidad de la palabra empeñada.
Foto: Luis Felipe Ramón y Rivera e Isabel Aretz. Paraderos pesando con romana (Aldea La Parada, Lobatera, Estado Táchira, 1955).
