sábado, 30 de diciembre de 2023

Ciudad de San Cristóbal: Urbanismo en tres tiempos, Carta fundacional y Legislación de Indias │ San Cristóbal City: Urbanism, Royal Charter and Laws of the Indies

 






En palabras de su autor...


Las normas que regulan el hecho urbano, desde el diseño de la ciudad o suplanificación, su ejecución y la legalidad en lo edificado, es lo que conocemos como derecho urbanístico. Pero, ese derecho ha pasado por un proceso evolutivo de desplazamientos conceptuales que, en el caso de las ciudades iberoamericanas, partedel siglo XVI. En el presente trabajo se analizará un caso específico urbano de esa evolución y desplazamiento de dichos conceptos a partir de una panorámica del primum movens aristotélico, fundacional, de hecho y de derecho, de la ciudad de San Cristóbal,Estado Táchira, Venezuela, en 1561, y su evolución hasta el presente. Un todo teórico y documental que nos llevará a dejar formulada una pregunta que nos cuestionará siempre: ¿puede haber una nueva perspectiva para su futuro urbano?




jueves, 14 de diciembre de 2023

El Dorado de las ciénagas tachirenses: La maldición del tesoro de Vasconia | The El Dorado of the Táchira Swamps: The Curse of the Vasconia Treasure





Cuentan las crónicas de Aguado y Simón, y lo refrenda el propio Francisco Martín en sus cartas custodiadas por el Archivo General de Indias, que entre los años de 1531 y 1532, la codicia de la casa alemana de los Welser se encarnó en la figura de Ambrosio Alfinger. Tras internarse, desde Coro, en los valles de Upar y el cauce del río Cesar, el destino, siempre irónico, aguardaba al adelantado en las proximidades de la futura Pamplona de Indias. Para continuar sus correrías y antes de que una flecha emponzoñada segara su aliento atravesándole la garganta, Alfinger encomendó a veinticuatro hombres, capitaneados por Íñigo de Vasconia o Gascuña, el resguardo de un botín que no era sino la semilla de su propia aniquilación.


Aquel tesoro, valorado en más de sesenta mil pesos de oro fino, trascendía la mera riqueza material; era un inventario de deidades ultrajadas. El acta de inventario y envío levantada en el sitio de Pauxoto describe una ofrenda que parece brotada de un sueño febril: diecisiete águilas de oro de alas abiertas, deidades tunjos (cemíes u objetos sagrados con espíritu, hechos de una aleación de oro y cobre) de mirada impasible, filigranas que imitaban la espuma y estatuillas de mujeres de oro puro. Cada soldado, transmutado en mulo de su propia codicia, cargaba sobre sus hombros diez libras de un metal que brillaba con una luz antigua, funesta y pesada.


Por la senda de la perdición

Mientras la vida de Alfinger se escapaba por una herida en el valle de los chinácotas, en la provincia de los chitareros, Vasconia y su hueste salían de los valles de Cúcuta y Táchira, y se extraviaban en el laberinto que hoy llamamos geografía del norte tachirense. En un intento desesperado por burlar al tiempo y la distancia, se desviaron de la ruta a ser desandada para seguir por los valles de los ríos Cúcuta (actual Pamplonita) y Táchira, abriéndose paso por las planicies lacustres, haciendo una nueva ruta terrestre en búsqueda inmediata de las costas sureñas de la laguna de Maracaibo, convirtiéndose en los primeros europeos en pisar un paisaje que no era tierra firme, sino un umbral de lodo, olvido, sol reverberante y espejismos lacustres.


La selva, concebida como una entidad hambrienta y consciente, comenzó a devorarlos. Sin víveres ni poblados que saquear, el hambre despojó a los hombres de su humanidad. En las riberas de un río innombrado, tomaron una decisión que la leyenda aún susurra entre las sombras: ante la imposibilidad de sostener la vida y el oro simultáneamente, sepultaron el tesoro a los pies de una ceiba colosal. Marcaron su fuste con cortes profundos, cicatrices que la corteza y el tiempo se encargarían de devorar.


La tragedia alcanzó cimas dantescas cuando la inanición los empujó a la antropofagia. Sin ninguna orientación posible en esas inmensas planicies, caminaron erráticos y casi en círculo, descubrieron que, luego de tanto andar, se encontraban inmediatos al donde estaba la ceiba con el tesoro enterrado. Tras consumir a sus propios guías indígenas para saciar el hambre, y en un último espasmo de avaricia, desenterraron el metal sólo para volverlo a entregar a la tierra leguas más adelante. El oro, descubrieron con horror, es un dios que no se puede comer. El tesoro quedó finalmente confinado junto a una quebrada o arroyo, bajo una barranca de tierra rojiza, custodiado por el secreto inviolable de la espesura.


La expedición se deshizo como sal en el agua. Unos se pudrieron en vida; otros fueron engullidos por los pantanos, animales y ciénagas. Solo el español Francisco Martín emergió de aquel infierno verde. Su salvación no fue fruto del acero, sino de la rendición: asido a un madero, se dejó arrastrar por la corriente de un río caudaloso hasta ser rescatado por los mismos pueblos que sus compañeros habían diezmado.


Como testigo del mito, Martín no regresó como conquistador, sino como una sombra del pasado. Durante años habitó entre los naturales, adoptando su lengua y sus misterios. El antiguo soldado se convirtió en mohán, un hechicero que interpretaba el lenguaje del viento y las raíces, y engendró una estirpe con la hija de un cacique. Solo mucho después, al ser hallado por los suyos, relató la ubicación de aquel "El Dorado" enterrado bajo la ceiba y luego en la barranca de tierra colorada.


Hoy, la leyenda de Vasconia sobrevive apenas en el susurro de los libros viejos y en el aire denso que flota sobre las ciénagas de Orope Grande y Morotuto, ahora secas, del norte del Táchira. El oro de los Welser, con sus águilas y sus ídolos, descansa bajo siglos de sedimento, recordándonos que la ambición humana es apenas un breve suspiro ante la eternidad de la tierra. Este suceso revela una lógica implacable: la supervivencia es la única variable que no admite negociación. La desaparición del tesoro no fue una estrategia, sino una capitulación ante la entropía de una selva que aún guarda el oro como su más temible y amargo secreto.


Reflexión y pista

Este relato, digno de ser llevado a la cinematografía, nos invita a una reflexión profunda sobre la naturaleza del valor en los seres humanos sometidos al extremo. Al observar los hechos con rigor, es evidente que el "valor" del oro se redujo a cero frente a la necesidad biológica de la vida. Como diría mi siempre referente Holmes, la lógica de la supervivencia es la más elemental de las verdades.


Asimismo, para aquellos aventureros modernos o cazatesoros, solo podemos identificarles una pista: la mención de una barranca de tierra colorada. Es un marcador litológico fundamental. En la zona de las tierras bajas que circundan el sur del Lago de Maracaibo (específicamente en las áreas de transición entre el Táchira y el Zulia), predominan sedimentos cuaternarios; pero existen formaciones o afloramientos ricos en óxidos de hierro, como las tierras de La Blanca en San Juan de Colón, La Machirí, Angarabeca o El Zumbador, propios de la formación La Quinta (del Jurásico) que afloran en los cortes de los ríos que bajan de las montañas tachirenses. Localizar estos afloramientos de greda rojiza reduciría drásticamente el área de búsqueda de la segunda sepultura del oro.


Bibliografía y documentos que sustenta la historia:

Archivo General de Indias de Sevilla. Sección Justicia. Legajo 14. Traslado notarial de las actas sobre envío de oro, de fecha 3 de enero de 1532.


Archivo General de Indias de Sevilla. Sección Justicia. Legajo 1003. Relato del único sobreviviente de la expedición, el soldado Francisco Martín, en información testimonial que hacía el 28 de julio de 1533.

Archivo General de Indias de Sevilla. Sección Real Audiencia de Santo Domingo. Legajo 206. Carta de los Oficiales Reales de la Provincia de Venezuela, de fechal 6 de octubre de 1533.

Aguado, Fray Pedro de: Recopilación Historial de Venezuela. Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia. Tomo I, Caracas.

Fray Pedro Simón. Noticias Historiales de Venezuela. Academia Nacional de la Historia. Tomo I, Caracas 1963.

Universidad Central de Venezuela. Schubert, C- 1997. Léxico geológico. Formación La Quinta: ["Extensión geográfica: La Formación La Quinta. Aflora extensamente en la parte suroeste de los Andes venezolanos (estados Táchira, Mérida y Barinas), en áreas aisladas en la parte noreste (Estado Trujillo), y en el flanco este de la sierra de Perijá. Asimismo, ha sido identificada en perforaciones petroleras, en la parte occidental de la cuenca del lago de Maracaibo (Pumpin, en Schubert, 1986). Aguasuelos (1990, en Kiser, 1997)..."].

Foto: Imagen referencial con fines didácticos creada con IA por Bernardo Zinguer (2026).

viernes, 8 de diciembre de 2023

Guía del Arte Sacro en el Táchira: documentando el patrimonio escultórico perdido │ The Lost Sacred Statues of Táchira State: Documenting Heritage





Foto: Darío Hurtado (2023)


Texto: Samir Sánchez (2023)


Nos encontramos ante una de las obras cumbres e irrepetibles del arte sacro español del siglo XIX en tierras tachirenses: la talla en madera policromada de la Inmaculada Concepción, venerada en la Iglesia Parroquial de Lobatera.


Esta magnífica pieza -que sigue en tamaño natural el patrón iconográfico para las Inmaculadas, creado por el célebre pintor español Francisco Esteban Murillo en 1665- es obra del renombrado escultor catalán Francisco Vila y Roqué. Fue adquirida en Plaza de Santa Ana, 7 y 26, Barcelona, España, en 1917 por el insigne Padre Pedro María Morales, y representa uno de los mejores ejemplos del arte sacro escultórico realizado en madera policromada, siguiendo los rigurosos patrones académicos de la imaginería sacra de la época.

El taller de escultura y pintura religiosa de Francisco Vila y Roqué fue fundado en Barcelona en 1886 y al fallecer este, se mantuvo bajo la dirección de su esposa, y así era identificado en los catálogos comerciales de la época [Cfr. Revista Ibérica, volúmenes 25 y 26, 1926, p. 320 (esta revista científica de la Compañía de Jesús estuvo activa entre 1914 y 2004)].  


Su valor es incalculable, pues esta obra no solo atestigua una forma de manufactura ya extinta y puramente artesanal, sino que es un patrimonio tachirense de obligada preservación dado que es irrepetible.


El acabado perdido

Un aspecto crucial de su manufactura original (al igual que en otras tallas que se presentan en una especie de catálogo visual al finalizar el artículo) radica en las encarnaciones cromáticas. Inicialmente, estas estaban realizadas con el antiguo y refinado acabado a pulimento (o "a espejo"). Esta técnica era una de las formas más antiguas y refinadas de realizar las encarnaciones (la representación del color de la piel) en la talla o escultura de madera policromada. Se caracterizaba por lograr una superficie de aspecto claro, liso y muy brillante, casi vítreo o esmaltado, de ahí su nombre "a espejo".


La encarnación a pulimento estuvo muy en boga durante el siglo XVI y principios del XVII, retornando a finales del siglo XIX. A menudo se la criticaba por ser menos naturalista que la técnica en mate, ya que su brillo recordaba más a la porcelana o el esmalte. Sin embargo, su dureza y su acabado lujoso eran muy apreciados por la sensación de nobleza y divinidad que conferían a las figuras religiosas. 


No obstante, este acabado desapareció durante las restauraciones subsiguientes debido al desconocimiento de esta técnica antigua por parte de los restauradores modernos que intervineron la imagen, resultando en la pérdida total de la sutil calidad sacra superficial que la pieza presentaba al salir del taller de Vila, tanto en las encarnaciones como en las vestiduras.


Resiliencia y restauración

Cabe destacar su resiliencia. La imagen fue tallada en madera de nogal, material que le permitió resistir los graves destrozos iconoclastas perpetrados en agosto de 2006. Gracias a ello, pudo ser restaurada a su forma original, si bien perdió algunas de sus partes simbólicas como lo es la cabeza de la serpiente con la manzana, elemento clásico de su iconografía.


Algo de historia

La Parroquial de Lobatera fue erigida canónicamente el 1 de junio de 1773 por el Arzobispo de Santa Fe de Bogotá. Su primer cura párroco llegó al pueblo el 20 de marzo de 1774, el día 22 creaba la cofradía de la patrona y tuitular Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. El día 3 de abril, su párroco, el Pbro. Dr. Manuel Antonio de Nava crea la Cofradía de Nuestra Señora de la Pura y Limpia Concepción y se registra la firma del primer alcalde de Lobatera, Don Antonio Tomás Rosales


La artística talla en madera policromada que se conserva a la fecha en la Iglesia de Lobatera fue bendecida solemnemente, según los antiguos rituales y rúbricas, en la misa de Tercia (9:00 am), la mañana del 22 de septiembre de 1917 en Visita Pastoral que hiciera el Obispo de Mérida Mons. Dr. Antonio Ramón Silva.



¿Cómo era este antiguo rito?


La bendición de imágenes sacras para las iglesias, en el antiguo Rito Tridentino (vigente hasta las reformas del Concilio Vaticano II), se realizaba con un acto solemne y específico, enfocado en invocar la gracia divina para que la imagen, una vez bendecida, sirviera como medio para la veneración y la elevación espiritual de los fieles.


Si bien, la fórmula exacta podía variar ligeramente según el objeto (Cristo, la Santísima Virgen, o un Santo), el esquema general del rito de la misa de bendición solía incluir:


Ritos iniciales: con el sacerdote revestido con los ornamentos prescritos (generalmente con el color apropiado al personaje de la imagen o blanco), se iniciaba con las oraciones introductorias habituales, como el Adjutorium (Nuestro auxilio está en el nombre del Señor) y el Señor, ten piedad, Cristo, ten piedad, entre otros.


Lecturas y salmos: se recitaban o cantaban salmos e himnos pertinentes al día litúrgico y a la imagen que se iba a bendecir.


Oración propia de bendición (La fórmula central): esta era la parte esencial. El sacerdote extendía las manos sobre la imagen y recitaba la oración de bendición propiamente dicha. Esta oración pedía a Dios que santificara la imagen para que al mirarla, los fieles recordaran e imitaran las virtudes del representado, y que por sus méritos e intercesión, obtuvieran la gracia y la gloria eterna.


Aspersión con agua bendita: El ministro procedía a rociar la imagen con agua bendita (a menudo bendecida previamente en el mismo rito o antes, con una fórmula solemne que incluía sal exorcizada).


Inciensación: En las bendiciones más solemnes, la imagen se incensaba mientras el coro entonaba un cántico de alabanza.


Ritos conclusivos: Terminaba con una oración final y la bendición al pueblo.

El propósito principal del ritual era consagrar el objeto al culto divino, distinguiéndolo de un mero objeto artístico, para que sirviera como signo visible y ayuda a la piedad.


Las rúbricas y las oraciones (fórmulas) para la bendición solemne de imágenes de iglesias se encontraban en el Rituale Romanum o Ritual Romano


Este era un libro litúrgico promulgado por el Papa Pablo V en 1614 (y revisado a lo largo del tiempo, pero manteniendo su esencia tridentina) que contenía todos los ritos y bendiciones no reservadas al obispo (la cuales estaban en el Pontificale Romanum). Dentro del Rituale Romanum, se dedicaba un título o capítulo específico a la bendición de imágenes que se exponían a la pública veneración de los fieles en los lugares sagrados.


Memoria agradecida 

Es deber de gratitud evocar la memoria de una de sus antiguas priostas, la distinguida Srta. Delfina Sandoval Zambrano, quien con notable dedicación organizó las celebraciones de la solemnidad de la Inmaculada Concepción desde el año 1929 hasta 1984.


La función primordial de estos priostes y priostas radicaba en la preparación y el adorno de la imagen para la celebración litúrgica, la contratación de los músicos y adquisición de la pólvora que darían realce a las vísperas y a la misa y a la procesión, la adquisición de las flores destinadas a la imagen y al altar, así como la búsqueda del orador sagrado de la festividad, cargo que, por muchos años, recayó en Mons. Dr. Carlos Sánchez Espejo.


Todo lo anterior era sufragado mediante las limosnas generosas y voluntarias que ella recogía de los habitantes del pueblo y de las trece aldeas que constituían la parroquia eclesiástica de Lobatera, a saber: La Molina, El Molino, La Montaña, Las Minas, Llano Grande, Potrero de las Casas, Volador, Los Trapiches, La Parada, El Oso, La Victoria, La Trampa y La Cabrera.


Otras imágenes sacras talladas por Francisco Vila, que se encuentran en la Parroquial de Lobatera



Santa Leocadia. Talla adquirida en 1916 por el Dr. Ezequiel Vivas Sánchez para presidir la capilla votiva que él construyó a esta santa en la Iglesia parroquial de Lobatera. Estado de la imagen luego de la restauración de 2006 (Foto: Samir Sánchez, 2015).





Santa Leocadia. Estado de la imagen luego del vandalismo iconoclasta que sufrió en agostoi de 2006 y antes de su restauración. Se puede apreciar la pintura original y el acabado a pulimento en las encarnaciones de la imagen así como la dureza de la madera, que resistió al golpe de la caída desde la peana donde se encontraba (Foto: Samir Sánchez, 2006).





Reconstrucción de la talla de Santa Leocadia, a partir de la imagen anterior, de como debió lucir al llegar a Lobatera en 1916 (Reconstrucción con IA-Gemini 3. Prompt: Santiago X. Sánchez, 2026).




Catálogo de la Casa Vila, fábrica de imaginería religiosa de Fracisco Vila, para 1920 (Foto: Historia de Barcelona en la web, 2015).









Santo Niño de la Eucaristía. Talla de la Casa Vila, adquirida en 1920 por el Padre Pedro María Morales para la  Iglesia parroquial de Lobatera. No sufrió daños vandálicos en 2006 pero fue repintada luego, perdiendo su policromía original (Foto: Samit Sánchez, 2015).






La Sagrada Familia. Talla de la Casa Vila, del grupo escultórico de la Casa Vila, adquirida en 1916 por el Dr. Ezequiel Vivas Sánchez para uno de los laterales de la capilla votiva que él construyó a Santa Leocadia en la Iglesia parroquial de Lobatera. Estado de la imagen luego del primer repinte de 1991. Las hojas de la palma eran las originales de 1916, sólo que fueron erróneamente colocadas de forma invertida (Foto: Samir Sánchez, 1997).




La Sagrada Familia. Talla de la Casa Vila, del grupo escultórico de la Casa Vila, adquirida en 1916 por el Dr. Ezequiel Vivas Sánchez para uno de los laterales de la capilla votiva que él construyó a Santa Leocadia en la Iglesia parroquial de Lobatera. Estado de la imagen luego de la restauración y repinte de 2006. Las hojas originales de la palma fueron reemplazadas (Foto: Samir Sánchez, 2015).




El Patriarca San José. Talla de la Casa Vila adquirida en 1922 por el Padre Pedro María Morales para la  Iglesia parroquial de Lobatera. Sufrió daños en el acto vandálico de 2006 y fue restaurada, si bien perdió su policromía original (Foto: Samit Sánchez, 2015).






Sagrado Corazón de Jesús. Talla de la Casa Vila adquirida en 1922 por el Padre Pedro María Morales para la  Iglesia parroquial de Lobatera. Presenta el primer repinte de 1991 que afectó la policromía original y borró el acabado a pulimento de las encarnaciones y el detalle de los ornamentos y miniaturas originales de los símbolos de la pasión, que fueron borrados y sustituidos por hojarascas en hojilla de oro común, al no poder reproducirlos o testar capacitados en procesos de restauración  (Foto: Darío Hurtado, 2020).




Sagrado Corazón de Jesús. Talla de la Casa Vila adquirida en 1922 por el Padre Pedro María Morales para la  Iglesia parroquial de Lobatera. Sufrió daños en el acto vandálico de 2006 y fue restaurada, si bien perdió su policromía original (Foto: Darío Hurtado, 2020).




Nuestra Señora del Carmen. Talla de la Casa Vila adquirida en 1917 por el Padre Pedro María Morales para la  Iglesia parroquial de Lobatera. Sufrió daños en el acto vandálico de 2006 y fue restaurada, si bien perdió su policromía original (Foto: Darío Hurtado, 2020).


Otras antiguas y artísticas imágenes de autor desconocido



San Rafael Arcángel. Es la imagen más antigua, por documentos, que se conserva en la Iglesia de Lobatera. Adquirida por el Padre Pedro María Morales, fue bendecida solemnemente por Mons. Antonio Ramón Silva en Visita pastoral que hiciera el 26 de febrero de 1908. Luego de la remodelación del templo y a partir de 1967 permaneció en los depósitos de sacristía hasta 2006 cuando es manda a repintar, sin necesitarlo, perdiendo el acabado, los detalles y los colores originales, así como su valor histórico. El ángel que está al lado, de fines del siglo XIX, pertenecía al grupo escultórico de San Isidro Labrador; era quien llevaba los bueyes. Ese grupo desapareció. El ángel y los bueyes fueron desechados y la imagen de San Isidro repintada con otros colores. Por igual le fue sustituida la cabeza por otra con proprciones no acordes al cuerpo de la imagen original (Foto: Samir Sánchez, 1997).   






San Francisco de Asis. Por el inventario de la Iglesia de Lobatera, de 1926, se conoce que poseía altar y nicho propio en el muro norte. Luego de la remodelación del templo y a partir de 1967 permaneció en los depósitos de sacristía hasta 2006 cuando es mandada a repintar, sin necesitarlo, perdiendo el acabado, los detalles y los colores originales, así como su valor histórico. (Foto: Samir Sánchez, 1997)-




San Miguel Arcángel. Esta imagen fue un presente a la nueva iglesia de Lobatera, finalizada y consagrada en 1967, de Mons. José Teodosio Sandoval Mora (Lobatera, 1897 - La Grita, 1985) quien para el momento era cura párroco de la Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles de La Grita. Luego de los actos vandálicos de 2006, la imatgen fue reconstruida pero perdió la orientación de la cabeza del arcángel y los colores originales (Foto: Cristian Sánchez, 1990).








El Cristo del Calvario de Lobatera, obra escultórica cuya datación probable se remonta a finales del siglo XIX, fue un eco materializado de la estética cristiana tradicional. Trabajado en escayola o yeso y concebido a tamaño natural, representaba el Christus dolens —el Cristo sufriente o exánime— con un naturalismo que rompía el velo de lo meramente simbólico.

Su iconografía se nutría de una profunda expresión del dolor: la anatomía realista, la postura arqueada o de contorsión del cuerpo, testimonio mudo de una larga agonía, y la paleta cromática de la piel —cetrina, surcada por hematomas amarillo verdoso—, evocaban la revolucionaria sensibilidad de los crucifijos de Cimabue. Aquel pintor florentino del siglo XIII, precursor que abandonó el hieratismo bizantino, inauguró los trazos de los incipientes movimientos del período gótico, confiriendo a la figura divina una humanidad desgarradora.

Esta efigie adornó el altar de la Iglesia parroquial de Lobatera (San Cristóbal - Estado Táchira - Venezuela) desde 1922, el año de su bendición, hasta 2006. Su existencia se truncó el 17 de agosto de 2006 en el infausto evento de un ataque vandálico e iconoclasta que arremetió contra las antiguas imágenes religiosas del templo. El Christus dolens resultó totalmente irreparable, su cuerpo de escayola condenado a la aniquilación, sin opción de resurrección por la mano del restaurador.

La imagen original fue sustituida en 2007 por una de molde de producción industrial: una figura repetitiva de Cristo crucificado, desprovista de arte singular y marcada por acabados y proporciones ajenas a la pieza desaparecida.

De aquel hecho sólo pudo conservarse la sólida cruz de madera, guardiana del recuerdo. Su diseño es singular: ostenta roleos, formas vegetales y remates en forma de flor de loto —símbolo iconográfico de la plenitud espiritual y del paso de la oscuridad a la luz— en los extremos de cada madero. Estas ornamentaciones se repiten en los aletones o aletas decorativas que abrazan los ángulos rectos formados por el stipes (madero vertical) y el patibulum (madero horizontal).

La escultura original, encargada a Estados Unidos por el P. Pedro María Morales en 1921 junto con una imagen de San Juan Evangelista, fue bendecida según el ritual romano el 27 de diciembre de 1922 por Monseñor Acacio de la Trinidad Chacón Guerra, Provisor y Vicario General de la recién creada Diócesis de San Cristóbal. Se le destinó una capilla propia, corazón de la devoción del P. Morales, quien fue sepultado en ella tras su fallecimiento en 1925.

En la misma ocasión, se bendijeron los medallones en altorrelieve que representan las catorce estaciones del Vía Crucis, también encargados a Estados Unidos, y la imagen de San Juan Evangelista, igualmente de escayola o yeso. Mientras la totalidad del cuerpo de San Juan pudo ser restaurada tras el ataque de 2006, su cabeza y rostro se perdieron, siendo reemplazados por una pieza de diferente calidad y proporciones.

Hoy, los medallones del Vía Crucis, restaurados de los destrozos parciales, se encuentran en las enjutas superiores o de los arcos formeros de la nave central de la Iglesia, emulando la tradición ornamental de las basílicas romanas renacentistas. (Foto: Cristian Sánchez, 1993).




jueves, 7 de diciembre de 2023

Pensamiento y fuerza: Una meditación sobre los leones de Capacho y la tachirensidad│Thought and Strength: A Meditation on the Signs of the Tachiranness







Foto por Samir A. Sánchez (2010)




Foto por Samir A. Sánchez (2010)


«Leo, fortissimus bestiarum, ad nullius pavebit occursum». Liber Proverbiorum 30:30 - «El león, el más fuerte entre los animales, que no retrocede ante nada». Libro de los Proverbios 30:30.



En el s. XVIII el grupo escultórico que representaba a dos leones, uno en reposo y otro activo o al ataque, tenían el objetivo de simbolizar y manifestar los dos lados del poder del monarca o del Estado: el ejercicio de la autoridad en paz (en reposo) y el uso de la fuerza y control (de pie o activo).

Este fue el caso de los dos leones, ornamentales y a su vez simbólicos del poder, que ordenó Carlos III de Borbón colocar en el tramo final de la escalera principal interior del Palacio Real de Madrid. Estas esculturas fueron realizadas por los artistas Felipe de Castro y Robert Michel.

En el caso que exponemos aquí, por igual, no descartamos la probabilidad que el funcionario que ordenó adquirir estas esculturas ornamentales francesas decimonónicas o hierro fundido patinado en negro, por orden del Presidente de los Estados Unidos de Venezuela, Gral. Cipriano Castro, partiendo de querer simbolizar el poder del nuevo Estado y gobierno presidido por los tachirenses, por primera vez en la historia de la nación venezolana, se inclinara también por una representación más cercana a sus afectos y más cercana a su tierra natal: simbolizar a la historia de los dos Capachos, luego de la división del poblado original en 1875. Un león dirige su mirada hacia Capacho Nuevo, el otro mira hacia Capacho Viejo.

El nuevo representado con la fuerza, vigor e ímpetu de la juventud, en el león que, de pie, se muestra desafiante. El viejo, sentado, representado en la paciencia y serena tranquilidad que da la seguridad de la experiencia, aquella a la que sólo se llega con el pasar de los años.

En 1927, otras dos figuras de leones se colocarán en el coronamiento del Palacio Municipal de la ciudad de San Cristóbal que, en 1931, pasaría a ser el Capitolio del Estado Táchira, siendo identificado como: el Palacio de los Leones.

La paciencia que da el pensamiento y la fuerza

Ya en el siglo XIX se nos puso el mote de: «la leonera» por nuestra característica libertaria y guerrera. Luego, en algo más descriptivo, el ser tachirense se asoció con pensamiento y fuerza. Así lo dejó escrito en prosa metafórica y simbólica el Dr. Vicente Dávila (Capacho, 1874 – Caracas, 1949) en el acto de sepelio del jurista y magistrado Dr. José Abdón Vivas Sánchez (Lobatera, 1863 – Barcelona/España, 1918), al insertar la figura del león en la mentalidad política e intelectual de la época como representación del tachirense, desde la gesta de los ejércitos de la Revolución Liberal Restauradora (1899-1908). Idea que sería continuada en el período político conocido como de la Causa de la Rehabilitación Nacional (1908-1935):

«Un día, las águilas del pensamiento y los leones de la fuerza, abandonando sus cumbres y cavernas andinas, llegaron al pie del Ávila no en son de conquista, sino en pos de sus hermanos para unificar en el seno de la patria la familia venezolana […] ¡Hermano y compañero en la santa religión de una Causa, descansa en paz en la tierra de tus mayores! que si no son rosas del hogar tachirense las que cubren tus despojos, son rosas avileñas, sus hermanas, las que piadosamente te ofrendan tus amigos ¡Adiós!» (Oración fúnebre pronunciada por el Dr. Vicente Dávila en el sepelio del Dr. Abdón Vivas Sánchez, Cementerio General del Sur, Caracas, 20 de diciembre de 1917) [DÁVILA, Vicente, “Abdón Vivas” en Gente del Táchira, recopilación y selección de Anselmo Amado, Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, Nº 61, tomo II, p. 242].

Será el Dr. Antonio María Pérez Vivas (Psicología tachirense y desarrollo, Editorial Arte, 1966, p. 11), uno de los referentes clásicos del estudio de nuestra idiosincrasia como pueblo, quien concrete y defina esa característica:

«Vivimos en armonía con nuestros ideales, nuestro destino a la sombra del esfuerzo propio, nos respetamos mutuamente, buscamos que los demás nos respeten y, en consecuencia, perseguimos adueñarnos de nosotros mismos. No son guerreros de oficio los tachirenses, pero saben serlo cuando lo pauta su destino».

Es por todo ello que creemos que quien ordenó las esculturas para el Mercado de Capacho, sin buscarlo, logró y legó algo más, dejar en hierro fundido el símbolo representativo de la tachirensidad, desde 1907.

Nota: A la fecha 2025, datos aportados por personas preocupadas por el patrimonio tachirense, refieren que estas esculturas, al habérsele modificado la pátina origina que las protegía, con diversos repintes industriales, la misma se está desprendiendo y dejando expuesto el hierro original el cual está atravesando un proceso de corrosión acelerado que amenaza la integridad y permanencia de las esculturas.


Samir A. Sánchez (2012)
Fotos: Samir A. Sánchez (2010. Esculturas con el color y pátina original de 1907. 2023, tomada en el Museo del Louvre).





Ejemplo de obras escultóricas sobre leones, en la antigüedad clásica.  Escultura de un león pasante con orbe (del siglo I d. C. aproximadamente y copia romana de una obra griega más antigua) que se expone en el Museo del Louvre (París). Elaborada en basanita verde (león) y mármol amarillo (orbe). Perteneció a la colección de antigüedades de Villa Albani, casa del Cardenal Alessandro Albani (1692-1779) en Roma. Formaba parte de las esculturas antiguas del cardenal que conservaba en el salón de su villa, denominado 'Del rey bárbaro conquistado' (Foto: Samir A. Sánchez, 2023). 


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