Foto: Vista de la Casa grande de las Sandoval desde el campanario de la iglesia de Lobatera. (Fotografía: Cristian Sánchez, 1973; Procesamiento cromático asistido por IA, Bernardo Zinguer, 2025).
¿Por qué hablar de la Casa grande de las Sandoval?
Habitar un espacio es mucho más que ocuparlo; es tejer una red invisible entre la materia y el espíritu. El presente texto surge como una aproximación introspectiva a la memoria habitada, un concepto donde la arquitectura deja de ser objeto para convertirse en testigo. A través de este relato, busco rescatar del olvido las vivencias que dieron vida a La Casa grande de las Sandoval, en Lobatera.
Esta reconstrucción no es solo un ejercicio de nostalgia familiar, sino una labor necesaria de salvaguardia del patrimonio inmaterial tachirense. En sus anchos muros de tapia y sus patios de luz, residió una armonía entre la vida cotidiana y el paisaje de montaña que define nuestra cosmovisión regional. Consignar estas memorias es, en última instancia, un imperativo ético: documentar los vestigios de nuestra identidad para que la esencia de nuestras raíces en Lobatera y el Táchira, permanezca como cimiento vivo para las generaciones venideras
O, como se diría aquí en el País Vasco-Euskal Herria, donde vivio y escribo estas memorias, son Etxearen oroitzak o los recuerdos de la casa. Recorrer estos espacios, ya desaparecidos, es emprender un viaje de retorno donde el pasado cobra vida. En cada paso, se revela el diálogo armonioso entre la frescura ancestral de los los muros, techo y patios, el perfume persistente de los frutales y la policromía de sus flores; una sinfonía natural enmarcada por la elegancia funcional de sus corredores y la sobriedad geométrica de sus columnas.
Colores del pasado... La nona, Doña Maximiana Sandoval Zambrano de Sánchez Bustamante (Lobatera, 1908 - San Cristóbal, 2004), de negro, teniendo en brazos a su hijo Julio Abdón Sánchez Sandoval (San Cristóbal, 1936 - San Cristóbal, 1944). A la izquierda, su hermana Ana Paula Sandoval Zambrano (Lobatera, 1905 - Lobatera, 1978), y en el centro los niños Leonisa Sánchez Chacón (San Cristóbal, 1927 - Caracas, 1979) y Luis Alfonso Sánchez Sandoval (San Cristóbal, 1934 - San Cristóbal, 2019). Foto tomada en Lobatera, el 24 de septiembre de 1938, en los jardines de la casa grande de las Sandoval (Archivo fotográfico de la familia Sandoval Zambrano). Coloreada y restaurada por Bernardo Zinguer/MyHeritage, 2020.
Cada detalle, desde el alto ventanal, de dos poyos, con barrotes en hierro forjado y madera que daba a la calle y a la plaza Bolívar, los moyones de barro (moyas grandes) en las esquinas de los patios para aparar el agua de lluvia, la textura cálida de los pisos de ladrillo tablita hasta la presencia nostálgica de los aguamaniles y pilones de piedra, da testimonio de una forma de habitar que priorizaba el arraigo, la tradición, la religiosidad, la familia y el respeto por el entorno, convirtiendo la memoria de este hogar en un patrimonio desaparecido que merece ser recordado.
Panorámica de Lobatera, para 1974 (Foto: Carlos Alviárez Sarmiento, 1974. Colorización: TSU Sigrid Márquez Poleo, 2017).
Desde la memoria
Parafraseando al insigne Antonio Machado, bien podría afirmar que mi infancia no es sino el eco de los recuerdos de un patio en Lobatera, aquel "huerto claro donde maduran el limonero" y el naranjo. Asimismo, bajo el influjo de la lírica lorquiana, evoco aquellos "castos rincones que guardan un viejo rumor de nostalgias y sueños". Por todo ello, al término de mi ciclo vital, y haciendo mios los últimos versos que Machado trazó en el exilio, hallados en un humilde pedazo de papel en el bolsillo de su gabán, desearía también susurrar: "Estos días azules y este sol de la infancia".
Hago referencia a la antigua Casa grande de las Sandoval (residencia de la estirpe Sandoval Zambrano), una edificación que se erigió con tenacidad tras las cenizas del terremoto del 18 de mayo de 1875. Su noble silueta, sin embargo, fue desdibujada por el paso del tiempo y finalmente demolida en el año 1998.
Su alma constructiva nació del matrimonio de Don Macario Sandoval Mora (1864-1944) y Doña Juana de Dios Zambrano Buitrago (1875-1945), pilares de una prole extensa que se dispersó como las ramas de un árbol genealógico: Santiago (1895-1972), Juan de Dios (1897-1980), Rufino (1899-1989), Ascensión (1900-1901), Delfina (1901-1992), Ana Paula (1905-1978), Maximiana (1908-2004), Antero (1910-1957) e Irma Yocasta (1914-2007).
Esta venerable casona, testigo silente de los tiempos, albergó en su seno el ciclo íntegro de la existencia: fue solar de alumbramientos, nupcias y tránsitos definitivos. Parte de sus vastos aposentos se transmutó en eco de cátedras cuando, en los años treinta del pasado siglo, sus muros custodiaron el saber impartido por las preceptoras de la Escuela Federal Graduada "General Macabeo Maldonado".
Asimismo, la llamada por la nona y los tíios-abuelos: "la pieza de la esquina", espacio distinguido por dos vetustas puertas que se abrían a la calle 7 o Bermúdez y se cerraban asegurándolas con un cerrojo de barra de hierro forjado [conformado este sistema por la barra, la armella, el ojal y el pasador o perno, y una tranca de madera], desempeñó funciones polifacéticas: desde almacén para los aorotes de panelas (bultos de 48 unidades envueltos en hojas de tamo, de caña dulce o plátano secas, amarrados con un bejuco de fique llamado "tiras de fiquetón") provenientes de los trapiches familiares en La Molina, hasta sede de la Prefectura y del Registro Público del Distrito Lobatera, terminando su actividad como tienda hacia finales de los años sesenta.
Imagen y memoria de la Casa grande
Desde el ventanal norte del campanario de la Iglesia parroquial de Lobatera, se despliega esta panorámica de la Casa grande de las Sandoval. En primer plano, la pequeña campana de plegaria parece aún vibrar con el eco del "clamoreo" o "toque de ánimas": aquel repique pausado e intermitente que, cada tarde de Difuntos, se entrelazaba con el doblar de las campanas grandes mientras el párroco, Mons. Manuel García Guerrero, entonaba salves y requiems en el cementerio. Al fondo, el camino se dibuja hacia el cementerio municipal, custodiado por el cerro de la Cruz y el Degredo, en cuyas laderas, como recostada por el cansancio del paso del tiempo, sobresalían las blancas paredes y techo de la vaquera de tío Juan de Dios Sandoval.
A la izquierda de la casa se alza, imponente, el árbol de jaboncillo (Sapindus saponaria), cuya sombra cobijaba el antiguo corral y el lavadero. De sus frutos, la nona extraía el jabón natural, pero el árbol guarda un tesoro aún mayor: la memoria viva de los amaneceres y atardeceres del pueblo.
Era el refugio predilecto de tordos y cucarachitos —esos pequeños pájaros que la nona tanto quería— que anidaban invisibles entre las ramas. Al alba y al caer la tarde, un solo pajarito iniciaba el canto, incitando a los demás hasta crear una algarabía masiva y poco armónica, pero profundamente acogedora. Aquel estrépito natural marcaba el ritmo de la vida junto a las campanas de Lobatera, tañidas por Don José Zambrano, el último sacristán de los de antes: el toque del alba a las cinco de la mañana y el de la Oración a las seis de la tarde, anunciando el descanso en la Casa grande, y el fin de la jornada en el pueblo. Fotografía original de Samir A. Sánchez, 1985 (papel Kodak), restaurada mediante IA en 2025 para recuperar su esencia original.
Más de medio siglo de existencia estuvo insuflando vida en sus corredores, aquella algarabía infantil que resonaba con la dulzura de diciembre. Allí, la niñez de Lobatera fraguaba, en ensayos vespertinos, la liturgia del Paseo de los Pastores y el Día de Reyes, preparando sus voces para la aurora.
Estos cánticos sublimes, crisol del espíritu navideño, eran la ofrenda que dignificaba las madrugadas de las Misas de Aguinaldo, bajo la guía férrea y el pulso sensible de la promotora cultural, dirigente político, concejal, Síndico Procurador Municipal, priosta de otroras solemnidades religiosas de la Inmaculada y del Sagrado Conrazón de Jesús y maestra eterna en las escuelas de los campos, de labores y de comercio, la señorita Delfina Sandoval Zambrano.
Los muros de la casona asistieron, inmutables, al fervor del vivir político democrático de la nación y a la gestación de ideales por la igualdad de derechos políticos de la mujer en la geografía tachirense. Fue en su estancia principal donde, apoyada en una sobria mesa de maderas talladas de finales del decimonono, se estampó la rúbrica del acta fundacional del antiguo Partido Socialcristiano Copei del Distrito Lobatera, sellando su compromiso el 21 de abril de 1946.
Recordando al insigne Quevedo, se podría decir: "Miré los muros de la casa mío, si en un tiempo fuertes, ya desmoronados. Por la carrera de la edad cansados, por quien caduca ya su valentías". Hoy, la imagen de esa casona, sólo queda como un crisol de silencio y de una memoria que se difumina.
Aquel espacio donde los muros recubiertos de cal resumaban vida y alegría al recibir los rayos del sol, la madera y los ladrillos del piso susurraban al paso, la luz tramaba narrativas, y, desde el tiesto [expresión tachirense que designaba a un budare de barro] con las grandes arepas de maíz amarillo, el incienso matutino del fogón de mesa de la cocina, confundido con los primeros rayos de sol, se elevaba al cielo, buscando su salida natural por vestecha [o lucernario de humo, que era una sección cuadrangular del techo de tejas de la cocina que sobresalía o se elevaba -en paralelo- un poco sobre el resto] ya no existen. Sus cimientos resuenan ahora con un nuevo y noble cometido: ser sede de la Biblioteca Pública de Lobatera, "Prof. Carlota Sánchez de Ramírez".
Vista de la sala y parte del antiguo jardín (patio desde 1983) y la nona (Doña Maximiana Sandoval vda. de Sánchez, 1908-2004I) en amena conversación. Esos muebles, en caoba pulida, habían sido adquiridos hacia 1939 en la ciudad de San Cristóbal, en una ebanistería llamada "Mueblería del Pueblo", de Ángel M. Zambrano G. Foto: Samir A. Sánchez (1995).
Foto: Antonio Guerrero (2025)
Por igual, los chorrerones del agua de lluvia que descendían sobre las vigas de los limatones del techo y caían en las esquinas de los patios, con fuerza, sobre moyones de barro para almacenar el "agua del cielo" para tiempos de sequía o regar las plantas en la noche; el fogón de mesa y el horno, antaño centro vital, todos, fueron reducidos a escombros.
Las maderas de vigas y pilares claudicaron, quebrando su esencia ante el inexorable derribo. Incluso el jardín de la nona, un vergel de rosas níveas (rosas de la Nieve o del Papa), hortensias, grandes uña de danta (Philodendron), helechos y pensamientos, que florecían a la sombra protectora de naranjos agrios y dulces cuyas hojas le servían a la nona y a las tías-abuelas para colocar y servir las porciones del dulce de cocada (conserva de coco en almíbar claro), de granados, lechozos, aguacates, chirimoyos, y cidras blancas de donde hacía el dulce de cabello de ángel, ha quedado relegado a la evocación.
Queda la satisfacción que el antiguo lar, no obstante, se ha metamorfoseado en la 'Casa que vence las sombras', en el 'Hogar del conocimiento', y en el amplio y florido bulevar Teresa Cárdenas "La Negra".
La maestra Srta. Delfina Sandoval (1901-1992), su hermano Sr. Rufino Sandoval (1899-1989) y la Srta. Doris Villamizar, en el corredor que daba a la cocina principal y alacena de la casa, y sobre el cual se reflejaba la sombra que daban los árboles de granado (Foto: Ing. Robertyo Emilio Sánchez Sandoval [1943-2018], 1979).
¿Dónde quedaba?
La síntesis de esta narrativa de evocación y reconstrucción estaba localizada en la confluencia y cruce de caminos y memorias: en la intersección de la carrera 4 (conocida históricamente como Calle Real y, actualmente, como de Bolívar) con la calle 6 (identificada como Calle del Camino del Páramo, hoy de Bermúdez), en el centro histórico urbano de Lobatera, en el Estado Táchira.
Una declaración final...
Bajo el sol de Lobatera, en mi mente, y solo en mi mente, el tiempo parece haberse detenido en los umbrales de aquella casa, cuyos corredores y pasillos reconstruyo hoy con la arquitectura frágil de la memoria.
Cada baldosa de ladrillo tablita desgastada y cada esquina y rincón en penumbra guardan el eco de pasos que ya no están, pero que resuenan con una nitidez asombrosa en mi evocación. Aquellos muros no solo sostuvieron el techo de mi infancia, sino que fueron el arcón, como el que tenía el bisabuelo para guardar el grano, donde se resguardó la esencia misma de un linaje que hoy habita únicamente en mi recuerdo.
Al compartir el pan y la palabra con mis nonos, fui depositario silencioso de un tesoro inmaterial: sus vivencias, la rigurosa nobleza de sus reglas familiares y el aroma de tradiciones que definieron una época.
Me reconozco como el último eslabón, el testigo final de una generación que volcó en mis oídos sus recuerdos, vivencias y saberes. Dejar por escrito estas líneas no es solo un ejercicio de nostalgia, sino un acto de justicia y salvaguarda, para que el olvido no borre las huellas de quienes me precedieron.
Fue allí, sobre el suelo sagrado de esa casona tachirense, donde se sembró en mi pecho el orgullo de pertenencia y la pasión por nuestra tierra. El aire de sus montañas y la hidalguía de su gente se filtraron en mi espíritu desde la niñez, forjando una identidad que no conoce fisuras. Por ello, para mi, sus puertas nunca se cerraron, siguen abiertas de par en par en los adentros del corazón.
Así, con la convicción de quien sabe de dónde viene, cierro estas páginas reafirmando que mi lealtad y mi afecto nacen y mueren en estas cumbres; para mí, el Táchira es primero. es la flor de esa raíz; es la declaración política y emocional que trasciende la vieja casa grande y se convierte en mi filosofía de vida.
Fragmentos de la memoria en irrepetibles imágenes fotográficas
Familiares conociendo su lugar de origen, la casa de la parentela mayor: Vista del corredor este, en sentido norte-sur, y cancel de dos abras en madera tallada que separaba el zagúan y puerta principal de acceso a la calle, de la casa. En primer plano, el pariente, natural de Belmonte de Cuenca (España), Don Cayo Villegas Jiménez (1934-2025); en el plano intermedio la niña Daniela Andreina Moreno Noguera, bisnieta de Irma Yocasta Sandoval de Noguera, jugando con el viejo pilón de piedra; en el plano de fondo, de izquierda a derecha, Germán Iván Medina Sandoval (1944-2018), nieto de Santiago Sandoval, le sigue el futuro Doctor en Medicina y especializado en Urología, Juan Carlos Luigi Sandoval y su padre el también médico, Doctor Efraín Lugi (1935-2019), esposo de Olfa Sandoval Montañez de Luigi (1939-2024), nieta de Santiago Sandoval. Ambos residenbtes en Carúpano, Estado Sucre (Foto: Roberto Emilio Sánchez Sandoval, Lobatera [1943-2018], 1995).
Vista del corredor este, en sentido sur-norte, y puertas de acceso a la cocina secundaria, alacenas y solar. El escaño perteneció a los esposos Macario Sandoval Mora y Juana de Dios Zambrano de Sandoval, siendo utilizado por ellos para asistir a misa. Los varones de la casa eran los encargados de llevar y traer el escaño familiar (Foto: Beatriz Ceballos García, Lobatera, 1992).
Vista del corredor este, en sentido sur-norte, y antiguo jardín convertido en patio en 1983. Se observa entre dos columnas en el plano de fondo la piedra de pilar maíz o pilón, hecho por un anciano picapedrero del pueblo, con una piedra de la quebrada La Molina, en 1913. Para la fecha y ya no habitada, la sección de la cocina principal, alacena y demás dependencia del tramo occidental de la casa habían cedido al paso del tiempo y desaparecido (Foto: Beatriz Ceballos García, Lobatera, 1992).
Vista del corredor este, en sentido norte-sur (Foto: Beatriz Ceballos García, Lobatera, 1992).
Última mirada de la estirpe: El adiós a la casona patrimonial
Vigas de carga y de amarre, columnas de madera y mampostería con formas clásicas, tirantes, pisos de ladrillo tablita, puntales, guardacantones en madera, y sólidos muros de tapia pisada con mortero o revoque en cal, marcaron la silueta de la vieja casa por más de un siglo. Al finalizar, de esa construcción tradicional, sólo quedó esta imagen de miradas de despedida y legado en un instante irrepetible: la última toma fotográfica de la venerada casona familiar, pocos momentos antes de la rúbrica de su venta y traspaso al acervo del Concejo Municipal del Municipio Lobatera, bajo la gestión del señor alcalde, Don Miguel Parra.
De las supervivientes de la estirpe Sandoval Zambrano para la fecha, dos figuras emergen en este adiós, desde el escaño que utilizaban sus padres para asistir a misa. Hacia el lente fotográfico se dirige, serena y firme, la mirada de la Preceptora Irma Yocasta Sandoval de Noguera, depositaria de la memoria. A su lado, con el semblante velado por la difusa bruma entre el recuerdo pretérito y la inminente tristeza del despojo, se encuentra la nona, Doña Maximiana Sandoval vda. de Sánchez. Ellas, guardianas silenciosas de un pasado que se clausura, ofrecen aquí su tributo final (Foto: Roberto Sánchez Sandoval, Lobatera [1943-2018], 1996).
Del "patio de abajo", como solía llamarlo, no quedaba ya ni la mínima sombra de su antiguo esplendor. En la vieja Casa grande, todo era ruina frente al tiempo; las manos que antaño lo habitaban y sostenían su pulso se habían ido, y parecía que ya estaban en el olvido. En el corazón de aquel vacío, solo el murmullo huérfano del moyón de agua en el centro y las siluetas persistentes de un lechoso, un granado y un naranjo daban fe de la vida que allí palpitó. Al fondo, trepando por las faldas del cerro de la Cruz, se divisaba la vaquera de tío Juan de Dios Sandoval, hoy también desaparecida y convertida en un eco de lo que fue (Foto: Beatriz Ceballos, 1992).
Los espacios del amplio comedor, ya descupado, el pilón de piedra entre las columnas, una vara apuntalando un alero para que no cediera, y las viejas "sillas de paleta" para descansar en los corredores, agrupadas, marcaban la soledad de la Casa grande, y su pronta desparición (Foto: Beatriz Ceballos, 1992).
La Casa Grande de las Sandoval (Plano de planta)
Plano de planta de la Casa grande de las Sandoval, dibujado por el Ing. Roberto Sánchez Sandoval [1943-2018], en 1995.
Fragmentos de una vida centenaria custodiados con amor. En las páginas del álbum de Doña Maximiana Sandoval vda. de Sánchez (1908-2004), el tiempo se detiene en Lobatera: desde la fachada de la vieja iglesia de 1908 hasta el resplandor del ya desaparecidoi altar donde ella pronunció su "sí" aquel 9 de mayo de 1932. Junto a ellos, la invitación que en abril de 1944 anunció las Bodas de Oro de sus padres, cerrando un círculo de devoción y raíces que la abuela protegió durante sus 96 años de existencia (Foto: Archivo de la Familia Sandoval Zambrano, 2025).
Única foto que se conserva del grupo familiar de los Hermanos Sandoval Zambrano en el jardín de la Casa grande de Lobatera, a la sombra de viejos granados. La reunión se dio con ocasión del bautizo de Nelson Anterio Sandoval Durán, hijo de Antero Sandoval Zambrano, el 16 de julio de 1957. De pie, y de izquierda a derecha: Juan de Dios Sandoval Zambrao (1897-1980); Santiago Sandoval Zambrano (1894-1972); Rufino Sandoval Zambrano (1899-1989); Antero Sandoval Zambrano (1910-1957). Sentadas de izquierda a derecha: Delfina Sandoval Zambrano (1901-1992); Ana Paula Sandoval Zambrano (1905-1978); Maximiana Sandoval Zambrano (1908-2004); Irma Yocasta Sandoval Zambrano (1914-2007).
Una fiesta familiar en el recibo de la Casa grande de las Sandoval. Celebración de la ordenación sacerdotal del R. P. Elio Nereo Sandoval Sandoval, ORSA (Lobatera, 13 de mayo de 1917 - Lobatera, 13 de diciembre de 1985), el 3 de junio de 1944 (en Marcilla, Navarra, España) y primera misa canta en la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, en Lobatera, el 26 de julio de 1944. El Padre Elio Sandoval, luego de la misa, junto a su madrina de ordenación, su prima hermana Irma Yocasta Sandoval de Noguera (1914-2007), entre los presentes se encuentra Monseñor José Teodosio Sandoval Mora (1897-1985), primo hermano del nuevo sacerdote y Don Jesús María Ramírez, Presidente del Concejo Municipal del Distrito Lobatera, para la fecha. Lugar: recibo de la casa grande de las Sandoval (actual sede de la Biblioteca Pública de Lobatera). Foto conservada por la Sra. Tulia Elena Sandoval de Chacón (1922-2012).
De izquierda a derecha, se distinguen: la maestra Srta. Delfina Sandoval Zambrano (1901-1992); mi nona, la Sra. Maximiana Sandoval vda. de Sánchez (1908-2004); mi progenitor, el Sr. Simeón Alner Sánchez Sandoval (1939-2023) y, en sus brazos, el autor de estas líneas, Samir A. Sánchez. En un ángulo de la estancia, sobre un taburete o silleta y rodeado de niños, se aprecia el cántaro metálico del programa «La Gota de Leche». Esta iniciativa benéfica para la distribución gratuita de leche vacuna y reducir los índices de la alta mortalidad infantil en la época, fue instituida en 1911, en Caracas, a principios del mandato del General Juan Vicente Gómez por el médico trujillano Dr. Juan de Dios Villegas Ruiz (1868-1928), miembro de número de la Academia de Medicina. Ex-profesor de la Clínica de la Academia de la Universidad Central de Vebezuela y Ex-Director del Hospital Vargas de Caracas. Debido a su ubicación privilegiada, la emblemática «Casa Grande» de las Sandoval, en Lobatera, sirvió como sede de distribución para el centro urbano de la población, desde 1930 hasta aproximadamente 1970. Fotografía original del Ing. Roberto E. Sánchez Sandoval (papel Kodak). Restaurada mediante inteligencia artificial (Gemini 3) en 2025.
Reunión familiar en el comedor de la Casa grande de las Sandoval y bajo el cuadro de la Sagrada Familia. Celebración de las nupcias de Blanca Sandoval Chacón y José Edmundo Acuña Gutiérrez, en 1965. Blanca Sandoval era hija de Santiago Sandoval y Anselma Chacón Cárdenas de Sandoval- Bendijo la unión Monseñor Manuel García Guerrero (1907-1986), cura párroco de Lobatera (Foto: Irma Yocasta Sandoval de Noguera, 2001),
La Sagrada Familia de Nazaret («Santa Famiglia di Gesù, Maria e Giuseppe»). Artística litografía sobre cartón piedra (cromolitografía de 1,50 cm x 0,50 cm) sobre papel avitelado, anterior a 1944. Copia de una pintura (firmada en su extremo inferior izquierdo, del observador, por Giovanni) la cual pertenece a la escuela del romanticismo italiano -o el arte del sentimiento, como fue definido por varios historiadores de arte, de fines del siglo XIX. Este cuadro es un regalo del Presidente del Concejo Municipal del Distrito Lobatera, Don Jesús María Ramírez, a los esposos Don Macario Sandoval Mora y Doña Juana de Dios Zambrano de Sandoval, en sus bodas de oro matrimoniales (Lobatera, 18 de abril de 1894 - Lobatera, 18 de abril de 1944). Presidío el salón del comedor de la Casa grande de las Sandoval. Foto: Familia Sandoval Zambrano, Lobatera, Estado Táchira, 2017. Restauración cromática: José Antonio Pulido Zambrano (2025).
Ecos del solar: evocando aquellos diciembres en la Casa grande de las Sandoval
Bajo el reverberante sol de Lobatera y a ña sombra que daban los viejos granados, latía una tradición muy tachirense que marcaba el pulso del tiempo: la crianza del cochino en el sosiego de los solares de las casas del pueblo y de los campos. Durante un año entero, el animal crecía entre sombras de árboles y mimos de maíz, aguardando diciembre para transformarse en el alma de la mesa: el aroma del pernil que emanaba del horno de leña, el sazón de las hallacas de antaño y el rito compartido de la hechura de morcillas y chorizos caseros.
En esta estampa de diciembre de 1970, el tiempo parece haberse detenido en el patio de la Casa Grande de las Sandoval. Frente al umbral de la cocina principal, la memoria convoca a quienes hoy son ausencia y luz:
Doña Maximiana Sandoval vda. de Sánchez (1908-2004), la nona, imponente y austera, cuya presencia presidía la estirpe.
Las tías abuelas, Srta. Delfina Sandoval (1901-1992) y Srta. Ana Paula Sandoval (1905-1978), una, maestra de las de antes, recordada por generaciones y la otra, estricta y guardiana de la hoguera doméstica de la Casa grande. Sus ojos se nublaron de años y brasas, pues de tanto mirar el alma de la leña, terminó viendo solo con las manos y el corazón.
El Sr. Basilio Buitrago (1925-1993), fiel y jovial compañero de las faenas del campo y de las moliendas de caña de azúcar en vetustos trapiches de mazas de piedra movidos por bueyes.
El tío abuelo Sr. Rufino Sandoval (1899-1989), bondadoso, trabajador y viejo roble de la familia.
Y el niño, último guardián de este recuerdo y autor de estas líneas: Samir A. Sánchez.
Al fondo, vigilando la escena desde la puerta de la cocina, y amarrado de la viga solera por una fuerte cabuya, cuelga el "garabato" de madera de sinare. Aquel anzuelo rústico, suspendido en el aire, no solo oreaba las carnes lejos del alcance de los gatos, sino que cierra la imagen, y parece sostener, intacto, el peso de toda nuestra historia como familia arraigada por generaciones y siglos en la noble tierra tachirense.
Foto: Álbum de la Familia Sandoval Zambrano. Lobatera, 15 de diciembre de 1970.
Reconstrucción ilustrativa de lo que fue el viejo fogón de mesa y piedra de la Casa grande de las Sandoval, que funcionó por más de cien años (desde 1875) y poco antes de ser desmantelado totalmente en 1989. Imagen reconstruida con IA Gemini 3) a partir de una foto de un antiguo fogón tachirense (sin poder identificar su autor ni su fecha para efectos de otorgarle los créditos). Se aprecian los garabatos y el travesaño de madera superior que servían para ahumar carnes, chorizos, y demás alimentos. Promt de Santiago X. Sánchez Moncada (2025).
Las piedras del viejo trapiche... una memoria artesanal olvidada
Es necesario traer al presente y darle un valor, uno que implica justicia, a los arduos trabajos por los cuales pasaron nuestros nonos.
Este es el caso de las piedras de molino en los trapiches de caña de azúcar y/o en los de moler el trigo (molturación), pilones para el maíz y abrevaderos para el ganado y animales domésticos. La técnica de la talla de la piedra que empleaban los pedreros, picapedreros o artesanos del tallado de la piedra, desde tiempos inmemoriales y algunos hasta la década de los años cincuenta del pasado siglo, según ancianos pedreros de Lobatera entrevistados, era la siguiente:
Con la señal de la cruz hecha sobre la piedra y la expresión: "Con la ayuda de San Celestino [a quien consideraban como el santo patrono de quienes labraban piedras] que a esta piedra le demos con tino", como rito inicial, se daba principio a la obra. De seguida, se iba marcando o punteando un patrón circular sobre una roca desprendida (esto es, de río o roca rodada como se le identificaba) o a veces, cuando se buscaban piedras con mayor densidad o más duras, sobre una roca de pared granítica en las montañas de los páramos de La Grita. A partir del patrón marcado, se hacía un canal circular a martillo y puntero o cincel que se iba devastando y profundizando en dicha roca.
Los golpes del cincel y puntero se daban siguiendo otra vieja técnica que era la de identificar la “vena de la piedra”. Esto era algo intuitivo y se aprendía por experiencia. Consistía en ubicar la mejor dirección por donde comenzar a golpearla y así facilitar su corte. Luego de identificar la vena, comenzaban propiamente el marcar o puntear sobre la roca un patrón circular a martillo y puntero o cincel e ir devastando y profundizando ese círculo hasta crear un canal. Una vez obtenido el grosor requerido, en la sección o cara inferior se le hacían muescas a la roca por donde se introducían, a modo de palancas, cuñas de madera o metal para ir levantando y separando el bloque o la rueda resultante.
Cuando la roca resultaba muy resistente se le prendía fuego y luego se echaba agua inmediatamente para fracturarla con golpes secos. Esto tenía el inconveniente de dañar toda la pieza si el pedrero era un aprendiz descuidado en su trabajo. La principal virtud del viejo artesano tachirense de la piedra era la paciencia, atención y el cuidado en lo que hacía. Luego, se agujereaba su centro, por lo general en forma rectangular, para colocar allí el madero que serviría de eje de rotación de las piedras y ruedas.
Finalizado el anterior proceso, con la misma yunta de bueyes de arar la tierra, la piedra de molino era trasladada desde el río o la montaña al lugar de trabajo o casa del pedrero donde la roca era alisada o pulida con agua y arena para su acabado final.
Esta laboriosa obra se hacía en minucioso y lento tallado a mano de la roca de granito fresco [no erosionado, por ser de mayor dureza] u otra piedra de río de similar dureza. Una buena piedra, decían, "si el tiempo ayuda, se termina en poco menos de dos meses". El proceso resultaba similar para obtener ruedas de molino de trigo, por lo general más pequeñas.
Identificación fotográfica: las mazas de imágenes se hicieron en la aldea Venegará (La Grita, en 1887) y fueron adquiridas en 1895, junto a otras dos, para el trapiche de los Sandoval, en la aldea La Molina (Municipio Lobatera), el cual funcionó hasta 1992. Fotos: Samir A. Sánchez, El Remanso de Santiago, San Cristóbal, 2008. Fuente: Documento privado de pago y transporte a Lobatera de tres piedras de moler ya usadas, acordado en 100 pesos o 400 bolívares, de fecha 21 de febrero de 1895, entre Bruno Inocencio Méndez y Macario Sandoval Mora. Consultado en: Archivo de la familia Sandoval Zambrano, Lobatera, 1995.
Reconstrucción mediante Inteligencia Artificial del horno de leña de tipología moruna, erigido originalmente sobre un planchón de laja de piedra de La Parada, elemento arquitectónico que existió en la Casa Grande de las Sandoval. Para su generación digital, se empleó como prompt la minuciosa descripción hallada en un recetario manuscrito de la nona. Dicha estructura se destinaba primordialmente a la cocción de pan, tortas y diversos bizcochos y bizcochuelos, así como el horneado de carnes. De sus entrañas surgían los célebres "Suspiros de las Mercedes", dulce tradicional lobaterense de textura crujiente y suma ligereza, elaborado a base de claras de huevo batidas a punto de nieve y azúcar. Los suspiros se horneaban a baja temperatura durante un tiempo prolongado, hasta quedar completamente secos, firmes y quebradizos. Esta delicadeza se ofrecía como obsequio tradicional a familiares, allegados y visitantes cada 24 de septiembre, en la festividad de Nuestra Señora de las Mercedes, patrona de las ferias y fiestas de Lobatera. El horno se emplazaba en una estancia menor en la crujía posterior de la casa, colindante con el solar y próxima a una puerta de servicio que comunicaba con la calle Real (actualmente calle 4 o de Bolívar). En el entorno doméstico, este espacio era designado bajo la denominación de «la cocina pequeña» (Gemini 3, 2025).
Dos temporadas al año permitían que toda la familia se reuniera en la Casa grande de Lobatera: Navidades y Año Nuevo, y en septiembre, en las ferias y fiestas de Lobatera. Nadie faltó a esa cita de encuentro fraternal. En las fotografías, parte de la familia frente a las viejas puertas de entrada a la Casa grande, disfrutando de las ferias y fiestas del pueblo para 1972, acompañados por la egregia figura de Monseñor Manuel García Guerrero, gran amigo de la casa desde su llegada a Lobatera en noviembre de 1943 hasta su deceso en diciembre de 1986 (Foto: Álbum de la familia Sandoval Zambrano, 1973).
En esta desleida imagen de la Navidad de 1960, el tiempo parece detenerse mientras la nona (Doña Maximiana Sandoval vda. de Sánchez, 1908-2004), con paciencia infinita, junto a uno de sus nietos (Luis Gerardo Guerrero Sánchez, 1956-1976) va colocando las figuras del pesebre y fijándolas con almidón. Es un retrato de una época donde la felicidad no se medía en lujos, sino en esa sencillez compartida en la casa grande de los nonos, el refugio donde toda la familia se reunía bajo el calor de la unión verdadera. Aquellos eran días de profunda y verdadera religiosidad, sanas costumbres y diálogo ininterrumpido, donde la ausencia de celulares y pantallas permitía que el único sonido fuera el de las anécdotas y las risas, mezclados con los villancicos y aguinaldos que se oían desde la torre del reloj de la iglesia de Lobatera, recordándonos una familiaridad y una paz que, en el ajetreo del mundo moderno, parecen haberse desvanecido (Foto: Ing. Roberto Sánchez Sandoval, diapositiva, 1960).
Un 1 de marzo, pero de1932, la Casa grande de las Sandoval en Lobatera fue testigo de un momento inolvidable. Ese día, mi nono Don Rafael Sánchez Bustamante hizo la petición formal de mano de mi nona ante los bisabuelos, un paso lleno de tradición tachirense y amor, que ella siempre recordaba con especial cariño. Pocos meses después, el 9 de mayo de 1932, sellaron su unión en la vieja iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá de Lobatera. Con esta foto, traemos el recuerdo de esas costumbres de antaño, de su memoria y el legado familiar que nos dejaron. Sus historias son parte de nuestra esencia y nos inspiran cada día (Foto: Archivo Familia Sandoval Zambrano, 21 de febrero de 1988).
La nona, Doña Maximiana Sandoval vda. de Sánchez (1908-2004) junto a la tumba de sus padres y hermanos en el viejo Cementerio del Torreón, Cementerio Municipal de Lobatera. Tumba que, junto a otras, visitaba todos los lunes pues, ella decía: "Es el día dedicado a las almas benditas del purgatorio, almas santas y almas pacientes, y hay que pedir por ellas" (Foto: Samir A. Sánchez, 1997).
Parte de la antigua procesión del Viernes Santo en Lobatera, con las imágenes de la Magdalena y las Tres Marías, pasando frente a la Casa grande de las Sandoval, en la tarde del 4 de abril de 1958. Estas imágenes, y otras, impactaron en la sensibilidad artística de la poetisa y ensayista Jean Aristeguieta (nacida en Guasipati, Estado Bolívar en 1921 y fallecida en Caracas en 2016) quien visitó a Lobatera en la Semana Santa del referiudo año, describiéndolas en su libro Viaje maravilloso. Andes venezolanos, ediciones Lírica Hispánica, Caracas,1958 (Foto: Eduardo Morales, 1958, digitalizada por Darío Hurtado, 2025).
Imagen superior: Doña María Lozada vda. de Mora (1892-1993), gran matrona lobaterense y Don Santiago Sandoval Zambrano (1894-1972), el hermano mayor de la estirpe de los Sandoval Zambrano. Foto inferior: La nona Doña Maximiana Sandoval vda. de Sánchez (1908-2004). Ambas tomadas el día de la bendición de la remodelada Capilla del Humilladero de Lobatera en 1965 (Foto: Darío Hurtado, 2021).
Imagen que captura la tarde del 25 de diciembre de 1985 en la celebración del cumpleaños de la tía-abuela Srta. Delfina Sandoval Zambrano (1901-1992), maestra de generaciones y digno ejemplo de la mujer tachirense. Se aprecia el mesón de madera de caoba del comedor de los bisabuelos, cubierto por un mantel de lino, bordado en punto de cruz por ella misma (Foto: Roberto E. Sánchez Sandoval, 1985).
Quien esto escribe, Samir A, Sánchez, dando sus primeros pasos en la Casona grande de las Sandoval, en 1968 (Foto: Roberto E. Sánchez Sandoval, 1968. Restaurada y coloreada de una foto en papel Kodak en blanco y negro, con IA [Gemini 3], 2025).
Don Remigio Chacón Mora (1901-1992), pariente del bisabuelo Macario Sandoval Mora. Fue el último guardián de la Casa grande de las Sandoval en Lobatera. Cuando la casa quedó deshabitada, el siguió cuidando los jardines y y patios, y sembrando en el solar, dándole los últimos respiros de vida y trabajo a aquella casa que pronto desaparecería (Foto: Don Remigio Chacón Mora con su bestia de carga y angarillas para traer caña y leña, dirigiéndose a los trapiches de caña de azúcar de Zaragoza, desde Lobatera. Tomada por Cristian Sánchez, 1974).
Memoria de un oficio olvidado: Don Francisco Contreras y el arte de encalar en el Táchira
Bajo el reverberante cielo de Lobatera, donde el tiempo parece detenerse en los aleros, vivió un hombre que no solo cubría muros, sino que restauraba la luz: Don Francisco Contreras, el último encalador.
Quien escribe, lo recuerda como un artífice de esa blancura inmaculada que convertía la casa grande de los nonos en un lugar de pulcritud y paz.
Guardián del calendario y de la estética, su llegada anunciaba la llegada de las mejores épocas para el pueblo.
De enhiesta figura, hoy solo en el recuerdo ya desdibujado por los años, procedía a elevarse sobre escaleras de guadua que desafiaban la gravedad, mientras sus manos guiaban una brocha de fique con la delicadeza de quien acaricia un lienzo sagrado.
No era simple pintura; era un especie de rito de purificación. En septiembre, vestía la fachada de la casa de gala, preparando el escenario para las fiestas del pueblo. En diciembre, su retorno era ineludible. Con su cal y su esmero, pasaba "una mano de cal", como decían los nonos, retocando cada rincón y, en un gesto de humilde maestría, pintaba también la tela que, cubierta de lama y musgo, serviría de montañas al pesebre, logrando que la Navidad irradiara una luz propia y ancestral.
Bajo su mando experto, el rigor del tiempo se desvanecía. La casa renacía, luciendo paredes de un blanco vibrante. El contraste entre la cal luminosa y la firmeza de los zócalos verdes era el sello de una identidad tachirense que Don Francisco —junto a otros lobaterenses de la época como Don Melquíades Vivas Suárez— supo preservar.
El encalado, una técnica desaparecida
La técnica del encalado no era solo un oficio del Táchira del ayer, sino una alquimia popular que transformaba la piedra y el adobe en lienzos de luz.
En el Táchira de Don Francisco Contreras y de mis nonos, este proceso unía la sabiduría química con la resistencia de los materiales andinos.
Para lograr ese blanco que emulaba la neblina de los páramos como algodón suspendido en la montaña, el ritual comenzaba mucho antes que la brocha tocara el tapial.
Partía de la cal viva (óxido de calcio), que traía en bolsas de terrones pétreos. El proceso de "apagar" la cal era casi ceremonial: vertía agua sobre las piedras en moyones (grandes recipientes de barro), provocando una reacción exotérmica que hacía hervir el líquido sin necesidad de fuego. Una vez apagada, la pasta resultante (hidróxido de calcio) la dejaba reposar. Como maestro encalador que era, prefería dejarla "madurar" para que ganara plasticidad y adherencia.
De lo que aún alcanza el recuerdo, para que la cal no se desprendiera como polvo al secarse y para que resistiera las lluvias de la cordillera, le añadía elementos que la "fijaban".
Solía usar alumbre que actuaba como un aglutinante natural que impermeabilizaba la pared.
Para los pigmentos, aunque el blanco era el protagonista, el de los zócalos verdes los hacía añadiendo pigmentos minerales o tierras de color, logrando esa línea que protegía la base de la humedad y el roce.
Viene el recuerdo, por igual, de su fiel acompañante de labor: la escalera de guadua: el acero vegetal de los Andes tachirenses. Su materia prima le proporcionaba una ligereza necesaria para ser transportada al hombro por las empinadas calles de Lobatera, así como la flexibilidad para apoyarse en muros irregulares sin quebrarse.
Por último, el recuerdo de la brocha de fique. Estaba elaborada con fibras naturales, rústicas pero densas, permitiendo cargar una gran cantidad de cal, cubriendo las porosidades del tapial y el adobe con una textura orgánica que las pinturas industriales nunca pudieron replicar.
Un día, la figura de Don Francisco Contreras, recio tachirense de los de antes, dejó de recorrer las calles de Lobatera con su escalera de guadua. No lo volví a ver.
Su partida dictó, sin saberlo, el inicio del ocaso de la casa grande de los nonos. Al faltar su mano, la cal dejó de renovar aquel milagro que permitía a los muros respirar, guardando el frescor en días de sol y el abrigo frente a la neblina. Sin el blanco rito de Don Francisco ni de Don Melquíades, el otro encalador del pueblo, la casa comenzó a hacerse olvido; pues no solo se había marchado su encalador, sino también todos aquellos que, con su sola presencia, mantenían encendida la luz y el refugio de sus corredores y estancias.
Foto: La imagen de 1980, capturada por la lente del Dr. Cristian Sánchez frente a la pared que daba a la antigua Calle Real (hoy Carrera 4 o de Bolívar), en Lobatera, no es solo el registro de una labor. Es el testimonio de un hombre que, entre cal y sudor, sostuvo el escenario de nuestros recuerdos más felices, asegurando que la casa de los nonos fuera siempre el refugio impoluto de nuestra infancia.
La Banda Municipal Sucre de Lobatera, a su paso marcial frente a la entrada principal de la Casa grande de las Sandoval, un 24 de septiembre de 1952, en la festividad y procesión de Nuestra Señora de las Mercedes. en las ferias y fiestas del pueblo. Se observa el ventanal de hierro forjado y elaborados herrajes, que daba a la calle y a la plaza. Asimismo, sobre el dintel de la puerta de entrada se observa una especie de cartel o placa, que no llegué a conocer, pues desapareció en una refacciones en 1956, la cual, por la memoria de los más ancianos de la familia, que la alcanzaron a recordar, contenía la siguiente inscripción, como en arco y bajo la mismo el año: "Christus Nobiscum Stat 1887" (Foto: Darío Hurtado, 2021).
Artísticas litografías sobre cartón-piedra del Sagrado Corazón de Jesús (entronizado solemnemente en la casa, en junio de 1944 por Monseñor Manuel García Guerrero y el Pbro. Delfín Medina Sandoval) y del Corazón Inmaculado de María,. Ambas, regalo de Monseñor José Teodosio Sandoval Mora a sus primos Don Macario Sandoval Mora (1864-1944) y Doña Juana de Dios Zambrano de Sandoval (1875-1945) el 19 de abril de 1944 en la fiesta de sus bodas de oro matrimoniales. Estuvieron en la sala de la Casa grande de las Sandoval (Fotos: Sra. Deissy Sandoval de Daza, Ciudad de Panamá-Panamá, 2016 y Sra. Omaira Chacón Sandoval, Quito-Ecuador, 2024).
Pilón hecho en piedra de la quebrada Lobatera, hacia 1898, por un diestro artesano picapedrero cuyo nombre se perdió en la noche de los tiempos. Perteneció a la Casa grande de las Sandoval en Lobatera (Foto: Samir Sánchez, 2015. Se conservaba, para la fecha, ern El Rancho de Carlos [Carlos Alviárez Sarmiento], sitio de El Coconito, en las inmediaciones de Lobatera).
Diurno y Nocturno de Lobatera, desde las alturas de la calle 5, de Miranda, antigua Calle del camino real de La Grita. Dos acrílicos sobre lienzo del pintor lobaterense Jerson Trejo (1995).
Esquina de la Casa grande de las Sandoval (Lobatera). Acrílico sobre lienzo, 65 x 25 cm. Jerson Trejo (1993). Foto: Alix Deissy Sandoval de Daza, Ciudad de Panamá (Panamá), 2017.
Sección posterior (derecha de la imagen) de la Casa grande de las Sandoval y muros y bardas del solar junto a la Carrera 4, de Bolívar, antigua Calle Real de Lobatera. Óleo sobre lienzo del pintor merideño Francisco Lacruz Ruiz (1975).
Emplazamiento original de la Casa Grande de las Sandoval. La fotografía captura la transición del viejo espacio residencial a uno de uso público: el actual boulevard y la Biblioteca Pública «Prof. Carlota Sánchez de Ramírez», esta última asentada en el área del antiguo solar. El paisaje geográfico sigue inalterado, custodiado por el cerro de la Cruz (primer plano a la derecha), por los desiertos de altura de la serranía de Arenales (plano central al fondo) y el inicio de las estribaciones del cerro de la Laguna del Buitrón, en un segundo plano a la izquierda (Foto: Darío Hurtado, 2021).
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