miércoles, 14 de febrero de 2024

'Tachirenses', 'tachirensidad' y 'gochos': por una reconstrucción de la identidad cultural tachirense desde sus gentilicios | The key to Unlocking Ancient Táchira: 'Tachirenses', 'Tachirensidad' and 'Gochos', Proper Adjectives and Colloquial Nicknames for Tachiran People








El Táchira: un concepto, una historia, una realidad cultural 

Los tachirenses al cuestionarnos desde lo ontológico nos hallamos ante una paradoja o contradicción: a diferencia de lo que puede ocurrir en otras partes, una sola palabra no resulta completa para definirnos.
Por el contrario, nos encontramos ante una riqueza de categorías conceptuales –cuatro gentilicios y cuatro sustantivos de cualidad- cuyas definiciones, en cada uno de sus contextos, no son excluyentes, ninguna excluye a la otra. Esto es, ubicado cada gentilicio y sustantivo de cualidad en su contexto o campo de acción semántico y tiempo histórico, todos resultan huellas maleables de algo superior- que intentan expresar lo que somos los tachirenses, por qué somos así y cómo estamos siendo ahora.
Partiendo del principio que entiende la identidad no como algo aislado del ser sino como un modo y estilo, encarnados en las personas que la viven en sus formas y acentos y así la hacen coherente, plausible, y la transmiten -como un proceso humano y no meramente informativo-, para muchos de nosotros, "seres" tachirenses, el Táchira es más que un estado o entidad federal. Es una realidad cultural singular, única, una tautología lógica desde la primigenia expresión "el Táchira", por cuanto la no separación de esos términos gramaticales significa grandeza, orgullo y y elevación de ánimo, una verdadera impronta o marca personal porque el tachirense genuino piensa, dice y escribe: "soy del Táchira", no "de Táchira".
Por ello estas palabras -cual patrimonio léxico-, aquí estudiadas, nos ofrecen la oportunidad de comprendernos en lo intelectual, emocional y físico; desde la cadencia y la sonora musicalidad del habla hasta la fuerza telúrica que nos anima. Sólo quien vive en Los Andes, o ha visto la imponente majestuosidad de Los Andes, en palabras del eximio filósofo José Manuel Briceño Guerrero compartidas en enriquecedoras tertulias, de tiempos ya idos, puede comprender y dimensionar esa fuerza telúrica, que dimana de las entrañas de la misma tierra.
Es de allí, desde donde se debe iniciar cualquier proceso de intelección sobre el ser tachirense, sobre los tachirenses, reconocidos, con acierto, desde la antropología etnográfica y por analogía como «los vascos de Venezuela», por su trascendente espíritu, indómito y libérrimo, de apego a sus milenarias montañas y dedicación al trabajo arduo; un espíritu que alcanzó a marcar los tiempos de toda una nación y el cual bien se puede contextualizar -con sus fortalezas y fragilidades, de forma metafórica- en las palabras que coloca Goethe en Fausto, en una conversación con su alumno y fámulo Wagner, «Was ihr den Geist der Zeiten heisst, Das ist im Grund der Herren eigner Geist, In dem die Zeiten sich bespiegeln/Lo que llamas el espíritu de los tiempos es, en el fondo, el espíritu de la gente en quienes los tiempos se reflejan» [KAUFMANN, Walter Arnold, Goethe’s Faust, Bilingual edition, Anchor Books, New York, 1963, p. 143].

Al estar viviendo tiempos nublados para la transmisión generacional de la conciencia de lo que significa el ser y la identidad tachirense, que se solapan o relegan, en un mundo globalizado y en un país destartalado, los anteriores planteamientos quedaron expuestos en la conferencia «El ser ante la diversidad. La diversidad en las categorías conceptuales que definen el Ego sum tachirense. Análisis etimológico-histórico», dictada por el Prof. Samir A. Sánchez (Universidad Católica del Táchira), en el II Festival Filosófico, organizado por el Instituto Universitario Eclesiástico «Santo Tomás de Aquino», en Palmira, los días 13 y 14 de marzo de 2015, en el contexto del tema del festival «Identidad: en búsqueda de las raíces propias».

Ni sistemáticos, ni históricos, el orden de los términos explicados es puramente práctico, diríamos arbitrario. Tampoco son categóricos. Sólo se busca que el lector tachirense descubra su significado y sus relaciones desde los elementos que proporciona la deconstrucción de las palabras o desde la común claridad que nos da el orden gramatical (fonético-fonológico, morfológico y sintáctico). Asimismo se ofrece un léxico y su documentación para que con ellos encuentre las llaves de una mejor intelección y apropiación de su ser y de su tierra.
Sólo así, ese tachirense, ante el vendaval que le intenta doblegar, levantará en alto los valores ontológicos señeros inmersos en sus orígenes; cualificada herencia de las generaciones que le precedieron: una cabeza en su lugar para el correcto pensar; un corazón para tener fe, dar y amar, y unas manos –callosas- para el actuar.



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La Trinidad anónima de Laguna de García: Revelación de un óleo académico del siglo XIX en el Táchira Eterno │ The Anonymous Trinity of Laguna de García: Revealing a 19th Century Academic Oil Painting in the Eternal Táchira.






Fotografía: José Ramón Chacón Duque (2025).



Tesoros ocultos del Táchira Eterno

En nuestro permanente interés, desde Proyecto Experiencia Arte (2012) y su versión en inglés, Táchira Heritage (2024), por dar a conocer la herencia cultural del Táchira, en alto riesgo de desaparecer, a menudo, en los rincones más recónditos y serenos de la geografía andina tachirense, como lo es la Casa Cural de Laguna de García en el Municipio Uribante, vemos que se ocultan tesoros de incalculable valor artístico cuya maestría y expresividad rivalizan con las piezas custodiadas en los grandes museos del mundo. Es el caso de una pintura al óleo que no es solo una imagen de fe, sino una revelación del arte académico de finales del siglo XIX, un destello de técnica y devoción que se alza como patrimonio pictórico irrepetible y orgullo del Estado Táchira.

La obra, de autor anónimo, y quien siguió los aspectos dogmáticos definidos en el credo niceo-constantinopolitano (concilios ecuménicos de Nicea y Constantinopla) de los años 325 y 381 de nuestra era, nos sumerge en una escena de profunda majestad, ejecutada con un naturalismo virtuoso que da vida a lo divino. Sobre un trono escaño con escabel de noble sencillez, se asienta la Santísima Trinidad. Dios Padre y el Hijo se revelan en formas antropomorfas, mientras que el Espíritu Santo, una paloma natural y haz de luz, corona la celestial asamblea. La composición se envuelve en una mandorla de gloria, un círculo de nubes etéreas y serafines que vibran con el fulgor de lo eterno, elevando al observador, en lo espiritual, a posicionarse ante una escena y una esfera de esplendor místico.

El marco o cañuela (como le llamaban nuestros nonos) es de madera y diseño lineal neoclásico, de perfiles sencillos redondeados y molduras de líneas rectas. De color azul pálido con borde interior en tono dorado, muestra pérdidas de material, astillas y daños producto de la antigüedad.





La iconografía se carga de una intimidad conmovedora: Padre e Hijo se encuentran unidos por la diestra del Padre, un gesto que simboliza, en la religiosidad católica, no solo su unidad de esencia sino también un pacto de amor y gobierno universal. Sus vestiduras reflejan su autoridad compartida: una estola de oro cruzada al pecho, emblema de la soberanía del Padre y del sacerdocio eterno del Hijo, quien, además, sostiene una férula ceremonial, cetro de su realeza cristológica. La calidad en el tratamiento de los ropajes y las facciones, reflejo de la técnica académica, convierte cada pliegue y cada mirada en un acto de devoción visual.





Un llamado a la custodia del legado

El valor artístico de este óleo trasciende lo estético o plástico. Es la memoria histórica y la expresión de fe de una comunidad que atribuyó, su origen, por tradición,a un presente de Monseñor Jesús Manuel Jáuregui Moreno, a la antigua capilla de Laguna de Garcia de fines del siglo XIX. Por ello, su conservación no es una opción, sino un imperativo cultural. Cualquier intervención en esta obra, sea para limpieza o restauración, debe ser confiada exclusivamente a manos de personal especializado. La delicadeza del soporte, la antigüedad de los pigmentos y la especificidad de la técnica del siglo XIX requieren un conocimiento experto, pues una acción no cualificada podría dañar irreversiblemente esta joya. Proteger y restaurar este lienzo, además de conocerlo y valorarlo, es salvaguardar una porción del alma cultural del Táchira.




lunes, 12 de febrero de 2024

Muros de piedra y fe: análisis artístico-arquitectónico de la Iglesia de Lobatera (Estado Táchira-Venezuela) | Stone Walls and Faith: art and architecture in Lobatera's Parish Church (Táchira State-Venezuela)

 









Je suis Notre-Dame de Lobatera...  

Un icono de la arquitectura religiosa tachirense


Samir A. Sánchez (2020)


A los pies de esta construcción y con una mirada enfocada desde el punto de vista arquitectónico, la iglesia de Lobatera (Estado Táchira - Venezuela) puede calificarse como un logro particular de la arquitectura religiosa tachirense, difícilmente repetible en nuestros tiempos.

Asimismo es un ejemplo del antiguo paradigma de esfuerzo, tenacidad y emprendimiendo de los lobaterenses a lo largo de los dieciocho años que duró su reconstrucción (1949-1967) y del ora et labora de su párroco promotor Mons. Manuel García Guerrero (1908-1986).

El presente trabajo data de 1997 y fue un primer producto para propuestas de investigación en la Universidad Católica del Táchira, cuando se desarrollaba el área o departamento de Investigación. Con el tiempo se actualizó con datos históricos más precisos que el investigador o lector avezado  puede consultar en el siguiente enlace: "The restauration of Our Lady of the Rosary of Chiquinquirá de Lobatera (2016)". 

No obstante los principios históricos del arte de esta edificación, descritos en este trabajo, publicado por la Universidad Católica del Táchira en 2000, permanecen en esencia.


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viernes, 9 de febrero de 2024

Leyenda de la voz de los espíritus de las campanas de Lobatera (Mitos y leyendas del Táchira del siglo XIX) | The Voice of the Bronze Spirits in the Bells of Lobatera (Old Tachiran Tale from XIXth Century)








«Si en este pueblo no suena la campana mayor/La Chiquinquirá se pondrá triste porque le falta lo mejor».

Versos tradicionales del siglo XIX, compilados por la maestra Srta. Delfina Sandoval (1901-1992) y referidos por ancianos en las tertulias que se daban bajo el viejo y ya desaparecido samán, en la plaza mayor (actual plaza Bolívar de Lobatera) en 1921.






Al trazar la historia de las antiguas campanas de Lobatera, los senderos del mito y del trabajo con rigor científico, convergen por vez primera en un juego de luces y de sombras sobre las más recónditas reminiscencias de nuestra memoria.


Viene el recuerdo, evocador de tiempos pasados y con él los últimos matices del atardecer en un espacio que, si bien está ahora contenido en el vacío, fue una vez la casona grande de mis abuelos. Y con ese recuerdo, vienen por igual las palabras del inmortal Lorca, para describir ese entrañable lugar: "... castos rincones que guardan un viejo rumor de nostalgias y sueños".


Allí, sobre ese espacio, reedifico una vez más mis juegos infantiles en torno al zaguán, patio, jardines, columnas y corredores que se levantaron sobre gastados enlosados de ladrillos viejos.


El aire, que pasa sin obstáculos por las ventanas y se adentra en la casa, trae el sosegado tono de la voz de la nona, quien en la espaciosa sala conversa con Don Florentino, sobre ya olvidadas faenas de la zafra y la molienda.


De repente, un doble de campanas silencia la conversa. Le sigue el constante repicar de una campanilla de plegaria que languidece.

– «Requiem aeternam dona eis, Domine», rezó la nona.

- «Et lux perpetua luceat eis», contestó Don Florentino.


Luego, como repitiendo las palabras de Hemingway, preguntó ella:


- «Por quién doblan las campanas».

- «Puede ser por Severiana la mujer de José Labrador, me contaron que se puso mala después de la dieta», respondió Don Florentino.


Y así, en un ir y venir de nombres y detalles, la conversación se encausó hacia las viejas campanas.

- «¡Qué sonoras y vibrantes son las campanas de Lobatera!», manifestó la nona.


De inmediato Don Florentino, de pie, algo encorvado por los años pero pleno de aquella sabiduría que da la experiencia, y luego de sumirse en una silensiosa reflexión, mirando hacia la torre por entre los herrajes de la alargada ventana que daba a la plaza, le contestó:

- «¡En el corazón de bronce de esas campanas, vive perenne el espíritu de nuestra tierra!».


La nona, si bien quedó un poco intrigada por tan enigmática respuesta, dejó que Don Florentino hablara:

-«Recordaban los nonos, en aquellas noches a la luz de la luna llena, que contaba la leyenda y las viejas del lugar que, las campanas de Lobatera, fueron hechas en una fragua próxima al camino del cementerio. Cada vez que encendían la misma para vaciar el bronce, poderosos vientos que bajaban de Monte Grande y Potrero de las Casas apagaban el fuego. Una y otra vez lo intentaron, una y otra vez se apagaba.


Un anciano arriero que a diario transitaba por el camino entre La Cabrera y el pueblo, se detuvo y les dijo: ‘¡Conjuro y exorcismo! ¡Conjuro y exorcismo con eso!’. Asombrados quienes fundían, por tan raras palabras, se acercaron y le preguntaron qué significaban.


Él les contestó: ‘El espíritu de las montañas que ha vivido y susurrado aquí por siempre, no descansará tranquilo hasta que su voz se funda y se libere en metal sonoro’. Luego, les explicó qué debían hacer: triturar una hoja de díctamo real sobre el cobre derretido, lo conjurará; la plegaria de un sacerdote anciano sobre el bronce ya batido, lo exorcizará’.


Así lo hicieron y los carbones avivaron la llama templando el bronce de tal manera que, al martillar el metal caliente sobre la piedra, repicaron con fuerza en prolongado, sonoro y susurrante sonido que cubrió todos los valles, quebradas, montes, ríos y peñascos de Lobatera».


Versión libre del mito o la leyenda de 'Los espiritus de la campana de Lobatera', reconstruida sobre la tradición oral transmitida por: Doña Maximiana Sandoval vda. de Sánchez, Lobatera (21 de febrero de 1908 - 6 de octubre de 2004) y Don Luis Florentino Zambrano Suárez, aldea Volador (11 de octubre de 1902 - 21 de julio de 1994).

Vocabulario

Ponerse malo: antigua expresión del lenguaje coloquial 
tachirense, empleada en siglo XIX y primera mitad del siglo XX, que significaba: enfermarse, caer enfermo.

Dieta: servía para identificar el puerperio.

Díctamo real: antigua yerba fragante que crecía al abrigo de los peñascos en las alturas de los páramos andinos tachirenses. Sus hojas y flores secas eran utilizadas por  aborígenes y criollos con propósitos mágicos o curativos.

Nonos: En el Táchira servía para identificar a los abuelos. Se desconoce su origen o probable vinculación con el término italiano nonno o nonna o el judío sefardí nono o nona (abuelo o abuela).





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Fotos: Darío Hurtado (2015). Óleo sobre lienzo de la Virgen de Chiquinquirá de Lobatera que se venera en el pueblo desde 1621. Campana mayor o "Chiquinquirá III" (de 1894) y antiguas campanas de 1839 (La central "Chiquinquirá II) que, con probabilidad, tal vez fueron las que sirvieron de urdimbre a la leyenda. Estas tres fueron robadas por los mercenarios del comercio ilícito del bronce en la madrugada del 13 de noviembre de 2018, y con ellas desapareció parte importante de la memoria y del patrimonio tachirense, cercenado en estos tiempos de oscurantismo.



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sábado, 3 de febrero de 2024

El misterio de Enriqueta la Muca: ¿Qué oculta el cerro de la Laguna del Buitrón? | The Arid Enigma of the Cerro de la Laguna del Buitrón & Enriqueta "la Muca" (The Witch)





Versión idealizada de Enriqueta la Muca y la leyenda, según la IA (Flash 2.5 Gemini, 2025).







La versión en formato PDF de este trabajo, puede ser descargada aquí:





Por: Samir A. Sánchez (2004) 

¿Qué sucede cuando la geografía se seca y solo queda la leyenda?

Frente al histórico pueblo de Lobatera (Estado Táchira) se alza majestuoso el cerro de la Laguna del Buitrón. Su nombre evoca una historia de agua y misterio, pues allí, en su cumbre, existió una laguna, hoy estacional o completamente seca, que ha sido el epicentro de los cuentos más difusos en la memoria de los nonos.


La geografía del misterio

Esta formación no es solo un accidente geográfico; es un punto de encuentro entre la realidad y el mito. El Buitrón, con su laguna intermitente, ha sido testigo silencioso de siglos de leyendas. La orografía del lugar, con sus áridas cumbres y rocas que sirven de escondite natural, creó el escenario perfecto para las diversas historias que han perdurado desde el siglo XVII.


El secreto de las brujas

Según los relatos ancestrales, esta laguna* desolada era el punto de reunión de las brujas de la región. En las noches de luna llena, cuando la neblina envolvía la cumbre, se dice que subían para celebrar sus aquelarres: rituales, danzas y pactos bajo la luz plateada del plenilunio.

Los despistados caminantes, más valientes —o más curiosos— se atrevían a subir la montaña, buscando un escondite entre las grandes piedras para ser testigos de este espectáculo prohibido. ¿Qué vieron realmente? ¿Una danza de sombras proyectadas por la luna, o algo mucho más oscuro y ancestral?

En el arcano de la memoria de los nonos perduró, entre otras, el recuerdo de una de esas brujas o hechiceras: Enriqueta la Muca.



Créditos de imagen referencial: Ch'aska (Acrílico sobre lienzo, 20 x 25 cm. Exposición pictórica itinerante en la Universidad de Deusto, Bilbao, 16 de octubre de 2023)


Al parecer, entre el coro de sombras danzantes y el murmullo de conjuros en la cumbre, junto a la laguna y bajo el plenilunio, ninguna silueta era tan imponente ni su influjo tan temido como el de Enriqueta la Muca. Ella no era una simple oficiante, sino la sacerdotisa, la jerarca de la laguna seca. Su apodo, "La Muca" —quizás por un silencio autoimpuesto o por el mutismo que infundía—, era un emblema de su poder sobre lo inexpresable, sobre los secretos que no deben ser pronunciados con voz humana.





La Hechicera

Se dice que Enriqueta poseía el don —o la maldición— de comprender el lenguaje de las rocas y los huesos secos del monte, de atemorizar a las cascabeles del camino. Su figura, envuelta en paños oscuros, entre viejos y raídos romantones, parecía absorber la escasa luz de la cumbre, en todos los aquelarres.

No lamentaba la ausencia del agua en la laguna, sino que la celebraba. Para Enriqueta, el lecho seco era un lienzo de barro donde el mundo material se había retirado, dejando el espacio perfecto para la geometría de la magia. Sus hechizos más poderosos requerían la arcilla agrietada y el polvo mineral, pues creía que lo que estaba "muerto" a los ojos del mundo era la puerta más franca hacia el reino de lo "no nacido".

En las celebraciones, mientras otras brujas reían a carcajada suelta o entonaban cánticos guturales, Enriqueta se movía en un silencio absoluto. Su danza era un movimiento exacto y terrible: sus manos tejían figuras complejas en el aire frío, y sus pies marcaban un ritmo interno que solo la luna y los espíritus invocados podían escuchar. El que la observaba desde las piedras no oía nada, pero sentía un frío helado en el pecho, la sensación de que su propia voz le había sido arrebatada.

Enriqueta no pedía favores, sino que dictaba voluntades. Con un gesto de su mano, podía convocar el viento que desciende de los páramos al valle de Lobatera o, como le llamaba ella, el "hálito de la montaña", utilizándolo para llevar maleficios a distancia o, paradójicamente, para limpiar el alma de los pecados mediante una abrasión eólica que dejaba al sujeto tan seco y libre como el lecho del Buitrón.




Contaban los nonos que, en lugar de un espejo de agua, usaba una esquirla pulida de cuarzo, del Eoceno tardío, encontrada en la cima, la cuidaba, envuelta en trapos, y llamaba “El Ojo del Tiempo”. Este era su oráculo. Si un caminante demasiado curioso se atrevía a mirarla a los ojos mientras ella miraba la piedra, La Muca le revelaba su muerte futura, no con palabras, sino imprimiéndole la escena final en la retina como un fuego fatuo.

No se sabe cuándo ni cómo murió Enriqueta la Muca. En noches de tormenta, en el claroscuro de la distancia, dicen que desde Lobatera ven su figura fantasmal, junto el eco de sus carcajadas, ascender lentamente por el camino hasta la cumbre, hasta su laguna.

Así, ella permanece en el recuerdo de los más ancianos, no solo como una bruja, sino como la personificación del propio cerro de la Laguna del Buitrón: árido, silente, majestuoso, guardián de Lobatera y de los misterios más profundos y peligrosos que flotan sobre las cumbres borrascosas del Táchira eterno.

Aun cuando ya no se cuentan ni transmiten de nonos a nietos cuentos, ni mitos, ni leyendas, Proyecto Experiencia Arte, Táchira Heritage y Retazos históricos del Táchira te invitan, siempre, a mirar el Cerro del Buitrón no solo como un cerro, sino como un cofre de mitos, como una geografía sagrada. La laguna ya no tiene agua, pero la leyenda de las brujas aún flota en el aire frío de la cumbre y en el pueblo se mantiene la interrogante: ¿Representa Enriqueta una resistencia cultural o una advertencia moral de una época?


Por igual, mientras el observador común ve en el cerro del Buitrón de Lobatera un paraje desolado, el investigador metódico encuentra una disyuntiva fascinante. ¿Eran los rituales de Enriqueta con su silencio y los "huesos" una forma temprana de interpretación paleontológica? La ciencia confirmó en 2025 lo que la leyenda susurraba desde siglos: ese suelo árido y todos sus alrededores fue una vez un lecho marino habitado por gigantes. Al igual que un investigador avesado deduce el oficio de un hombre por los callos de sus manos, nosotros deducimos el probable origen del mito por la geología del terreno.


Nota: Esta leyenda o mito es una reconstrucción libre de los cuentos de los nonos, oídos en la casa grande de Lobatera. Por igual distinguidas escritoras como la Antropóloga Doctora Reina Durán Lara y Lolita Robles de Mora, transcribieron y publicaron otras versiones de esta leyenda, dictadas por José Hermes García Molina, el último cuentacuentos que tuvo Lobatera, recientemente fallecido (30 de enero de 2019). Con él se fue la memoria de otros tiempos, de otras gentes, y de otros siglos.







Fotos de la Laguna del Buitrón y Lobatera: cortesía de Johnn Benítez Colmenares (2025). Nombre del perro que aparece en las imágenes y compañero de excursión: Magano.

(*) La laguna está a 1.210 m de altitud, y a 1.230 m la cumbre del cerro del Buitrón, en el bolsón semi-árido o desierto de altura de Lobatera.
 



viernes, 2 de febrero de 2024

Mors Memoriæ o la Extinción de la Memoria, arte y arquitectura en el espíritu de una época │ Mors Memoriæ or Memory and Extinction: Art and Funerary Architecture












Editorial: Fondo Editorial Simón Rodríguez, Gobierno del Estado Táchira (2011).
Impreso en: Litho Arte c.a. San Cristóbal (2011).
Portada, diseño y diagramación: T.S.U. Sigrid Márquez Poleo (2011).



● La versión completa del libro «Mors Memoriae o la Extinción de la Memoria, el espíritu de una época», en formato PDF, se puede descargar accionando en la pantalla el pequeño recuadro con flecha de salida [Pop out content] que se encuentra en el extremo superior derecho:










«La Fundación Fondo Editorial “Simón Rodríguez” con el auspicio de La Lotería del Táchira, está haciendo, desde hace veinte meses, una loable actividad editorial que suma cuarenta y una obras. Como parte de esa labor, el 7 de octubre de 2011, han presentado una docena de títulos de diversa características.


Deseo destacar aquí en primer lugar una serie de libros de carácter históricos que están relacionadas con el Táchira y los Andes, como por ejemplo: Los Jesuitas en Venezuela (tomos I y II) de quien fuera por años rector de la Universidad Católica del Táchira, José del Rey Fajardo; Orígenes Fundacionales de la Villa de San Cristóbal y el antiguo Corregimiento de Tunja de Javier Ocampo López; El Nuevo Reino de Granada y la Región Tachirense (1549-2011) de Libia Suárez de Peñaloza; Mors Memoriæ. La extinción de la Memoria de Samir Sánchez. Este último un interesante tema sobre la arquitectura funeraria de Lobatera, población del Estado Táchira».


—Humberto Ruiz Calderón, profesor titular de la Universidad de Los Andes (Mérida - Venezuela), Octubre, 2011


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«Quiero agradecerle su atención y felicitarle por el magnífico trabajo realizado ya que siempre es una gran satisfacción conocer las investigaciones de los antiguos alumnos de esta Universidad».


—Nieves Taranco, Directora de la Biblioteca de la Universidad de Deusto (Bilbao, País Vasco│Euskadi, España). Octubre, 2011


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«¿Quién en su vida no le ha guardado respeto a los cementerios? ¿Cuántas historias macabras tienen como escenario un camposanto? ¿Cuántas ciudades han forjado su historia junto al lugar de enterramiento? ¿Cuánto temor arraigado por lo solemne de su significado?... Desde las pirámides egipcias hasta un cementerio de algún pueblito olvidado por la humanidad, todos conocemos lo que son, pero poco sabemos de la riqueza cultural que guardan estos lugares.


El doctor Samir Sánchez, nos introduce en el mundo de la Arquitectura Funeraria, apoyándose en anécdotas, relatos, documentos e imágenes que recolectó durante su investigación y que juntas le permiten explicarnos a cabalidad y con un lenguaje académico, pero de muy fácil comprensión, parte de la historia del Estado Táchira y específicamente del Municipio Lobatera, pues es su pequeña necrópolis el punto de referencia y figura principal de su estudio.


Al ser un observador dedicado, desglosa cada uno de sus monumentos funerarios antiguos más emblemáticos, de esta manera explica cómo este cementerio posee un gran valor artístico y cultural, ya que en los dieciocho sepulcros estudiados hay vestigios de opulencia y pobreza, adoración y abandono. Siendo esto tan importante, pues en la historia de la humanidad siempre la muerte ha tenido un sentido de final, de conclusión y muchas personas han deseado que su última morada no pase desapercibida y aunque sea una cruz tallada sobre una lápida, un ángel orante, un angelito, una cupa o un baldaquín, será lo que al final marque la diferencia de su sepulcro al de los demás.


Es así como el doctor Sánchez, nos presenta su obra donde demuestra que en nuestros pueblos y ciudades, los lugares de enterramiento no son solo para las leyendas de ultratumba, si no, que son parte fundamental del patrimonio cultural y de la idiosincrasia que nos hace quienes somos, pues allí yacen nuestros antepasados y con ellos nuestro origen y razón de ser.


Quien en su vida se haya permitido la labor de visitar con regularidad un cementerio, después de leer esta excelente obra, verá con otros ojos cada sepulcro, y podrá reconocer su estructura arquitectónica a simple vista.


NON OMNIS MORIAR MULTAQUE PARS MEI VITABIT LIBITINAM (No moriré del todo, una parte de mí evitará el olvido) Horacio».


—Sigrid Márquez Poleo, Diseñadora Gráfica, Noviembre de 2011.


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«La crítica nace de una deuda de amor hacia un libro. Así considera el teórico francés George Steiner el inicio del “trabajo” de hacer crítica literaria. La deuda de amor de esta reseña nace del horizonte en el cual se enmarca el trabajo de Mors Memoriæ: el pueblo de Lobatera; rasgos definitorios de su identidad como municipio del estado Táchira se encuentran inmersos en las 260 páginas que componen el texto, y que invitan a revisar monumentos del pasado como señales de las huellas que se marcan en el presente.


Ahora bien, Mors Memoriæ es un texto que da testimonio de las necrópolis del municipio Lobatera, haciendo particular énfasis en el cementerio de uso actual, para mostrar que parte de la historia del pueblo también se encuentra en los monumentos que se hallan sobre las profundas bóvedas mortuorias. De esta manera, Sánchez expone que los sitios de enterramiento no solo del municipio en cuestión, sino también de todo el estado Táchira, guardan en sí elementos de naturaleza artística que pasan muchas veces desapercibidos a los ojos de sus visitantes. Pero no solo el elemento artístico destaca de las arquitecturas funerarias; al partir de Barthes, el estudio de componentes históricos se hace presente, por cuanto cada monumento es una especie de prolongación de la memoria, un recuerdo de las vidas que terminaron su ciclo.


Al entrar en las páginas del texto parece que, en paralelo, se atraviesan las puertas del cementerio municipal de Lobatera. Las descripciones realizadas de las edificaciones fúnebres son tan precisas que juegan con la memoria del lector al buscar en sus recuerdos la ubicación exacta de cada monumento, en caso de conocer el camposanto; de no haberlo visitado, las imágenes que acompañan las descripciones sirven de soporte a la muestra textual que realiza el profesor Sánchez del contexto del cementerio municipal. Presentado como un compendio de historia y estudio de la naturaleza artística del cementerio de Lobatera, Mors Memoriæ invita a visitar cada sepulcro, con libro en mano, para comprobar por sí mismos, como lectores, que el pasado se mantiene con vida en el desgaste de las tumbas.


Pero vale destacar que esta visita comprobatoria de la naturaleza artística e histórica del cementerio municipal traspasa las fronteras de Lobatera, e invita también a observar, desde otra postura, las edificaciones mortuorias de los cementerios del estado Táchira. Mirar en ellos más allá de nuestro futuro reposo y encontrar cómo el pasado de los pueblos y el arte de los mismos parecen caminar unidos en la descripción de nuestra identidad regional. Una identidad que Mors Memoriæ demuestra no se encuentra únicamente en las tradiciones populares andinas, en la gastronomía regional o en los artistas que hacen vida en nuestros pueblos, sino también en la morada de aquellos que se fueron, que tienen tanto que contar a través de sus aposentos como los que ahora caminan en los pasillos de sus recintos.


Con un lenguaje sencillo, pero sin desprenderse de lo técnico, Samir Sánchez presenta un interesante trabajo que sirve de legado a futuros estudios sobre la identidad del estado Táchira, esta vez desde los oscuros espacios del cementerio de un pueblo cargado de historias, que ahora no solo a través de la oralidad se mantendrán con vida, sino que en el papel de Mors Memoriæ serán como un monumento más, como una prolongación de la memoria».




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