Versión idealizada de Enriqueta la Muca y la leyenda, según la IA (Flash 2.5 Gemini, 2025).
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Por: Samir A. Sánchez (2004)
¿Qué sucede cuando la geografía se seca y solo queda la leyenda?
Frente al histórico pueblo de Lobatera (Estado Táchira) se alza majestuoso el cerro de la Laguna del Buitrón. Su nombre evoca una historia de agua y misterio, pues allí, en su cumbre, existió una laguna, hoy estacional o completamente seca, que ha sido el epicentro de los cuentos más difusos en la memoria de los nonos.
La geografía del misterio
Esta formación no es solo un accidente geográfico; es un punto de encuentro entre la realidad y el mito. El Buitrón, con su laguna intermitente, ha sido testigo silencioso de siglos de leyendas. La orografía del lugar, con sus áridas cumbres y rocas que sirven de escondite natural, creó el escenario perfecto para las diversas historias que han perdurado desde el siglo XVII.
El secreto de las brujas
Según los relatos ancestrales, esta laguna* desolada era el punto de reunión de las brujas de la región. En las noches de luna llena, cuando la neblina envolvía la cumbre, se dice que subían para celebrar sus aquelarres: rituales, danzas y pactos bajo la luz plateada del plenilunio.
Los despistados caminantes, más valientes —o más curiosos— se atrevían a subir la montaña, buscando un escondite entre las grandes piedras para ser testigos de este espectáculo prohibido. ¿Qué vieron realmente? ¿Una danza de sombras proyectadas por la luna, o algo mucho más oscuro y ancestral?
En el arcano de la memoria de los nonos perduró, entre otras, el recuerdo de una de esas brujas o hechiceras: Enriqueta la Muca.
Créditos de imagen referencial: Ch'aska (Acrílico sobre lienzo, 20 x 25 cm. Exposición pictórica itinerante en la Universidad de Deusto, Bilbao, 16 de octubre de 2023)
Al parecer, entre el coro de sombras danzantes y el murmullo de conjuros en la cumbre, junto a la laguna y bajo el plenilunio, ninguna silueta era tan imponente ni su influjo tan temido como el de Enriqueta la Muca. Ella no era una simple oficiante, sino la sacerdotisa, la jerarca de la laguna seca. Su apodo, "La Muca" —quizás por un silencio autoimpuesto o por el mutismo que infundía—, era un emblema de su poder sobre lo inexpresable, sobre los secretos que no deben ser pronunciados con voz humana.
La Hechicera
Se dice que Enriqueta poseía el don —o la maldición— de comprender el lenguaje de las rocas y los huesos secos del monte, de atemorizar a las cascabeles del camino. Su figura, envuelta en paños oscuros, entre viejos y raídos romantones, parecía absorber la escasa luz de la cumbre, en todos los aquelarres.
No lamentaba la ausencia del agua en la laguna, sino que la celebraba. Para Enriqueta, el lecho seco era un lienzo de barro donde el mundo material se había retirado, dejando el espacio perfecto para la geometría de la magia. Sus hechizos más poderosos requerían la arcilla agrietada y el polvo mineral, pues creía que lo que estaba "muerto" a los ojos del mundo era la puerta más franca hacia el reino de lo "no nacido".
En las celebraciones, mientras otras brujas reían a carcajada suelta o entonaban cánticos guturales, Enriqueta se movía en un silencio absoluto. Su danza era un movimiento exacto y terrible: sus manos tejían figuras complejas en el aire frío, y sus pies marcaban un ritmo interno que solo la luna y los espíritus invocados podían escuchar. El que la observaba desde las piedras no oía nada, pero sentía un frío helado en el pecho, la sensación de que su propia voz le había sido arrebatada.
Enriqueta no pedía favores, sino que dictaba voluntades. Con un gesto de su mano, podía convocar el viento que desciende de los páramos al valle de Lobatera o, como le llamaba ella, el "hálito de la montaña", utilizándolo para llevar maleficios a distancia o, paradójicamente, para limpiar el alma de los pecados mediante una abrasión eólica que dejaba al sujeto tan seco y libre como el lecho del Buitrón.
Contaban los nonos que, en lugar de un espejo de agua, usaba una esquirla pulida de cuarzo, del Eoceno tardío, encontrada en la cima, la cuidaba, envuelta en trapos, y llamaba “El Ojo del Tiempo”. Este era su oráculo. Si un caminante demasiado curioso se atrevía a mirarla a los ojos mientras ella miraba la piedra, La Muca le revelaba su muerte futura, no con palabras, sino imprimiéndole la escena final en la retina como un fuego fatuo.
No se sabe cuándo ni cómo murió Enriqueta la Muca. En noches de tormenta, en el claroscuro de la distancia, dicen que desde Lobatera ven su figura fantasmal, junto el eco de sus carcajadas, ascender lentamente por el camino hasta la cumbre, hasta su laguna.
Así, ella permanece en el recuerdo de los más ancianos, no solo como una bruja, sino como la personificación del propio cerro de la Laguna del Buitrón: árido, silente, majestuoso, guardián de Lobatera y de los misterios más profundos y peligrosos que flotan sobre las cumbres borrascosas del Táchira eterno.
Aun cuando ya no se cuentan ni transmiten de nonos a nietos cuentos, ni mitos, ni leyendas, Proyecto Experiencia Arte, Táchira Heritage y Retazos históricos del Táchira te invitan, siempre, a mirar el Cerro del Buitrón no solo como un cerro, sino como un cofre de mitos. La laguna ya no tiene agua, pero la leyenda de las brujas aún flota en el aire frío de la cumbre.
Nota: Esta leyenda o mito es una reconstrucción libre de los cuentos de los nonos, oídos en la casa grande de Lobatera. Por igual distinguidas escritoras como la Antropóloga Doctora Reina Durán Lara y Lolita Robles de Mora, transcribieron y publicaron otras versiones de esta leyenda, dictadas por José Hermes García Molina, el último cuentacuentos que tuvo Lobatera, recientemente fallecido (30 de enero de 2019). Con él se fue la memoria de otros tiempos, de otras gentes, y de otros siglos.
Fotos de la Laguna del Buitrón y Lobatera: cortesía de Johnn Benítez Colmenares (2025). Nombre del perro que aparece en las imágenes y compañero de excursión: Magano.
(*) La laguna está a 1.210 m de altitud, y a 1.230 m la cumbre del cerro del Buitrón, en el bolsón semi-árido o desierto de altura de Lobatera.
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