Folio inicial de los autos probatorios en el jucio que entablan Francisco de Escalante y su esposa Susana Ordóñez, vecinos, contra el Escribano Público y de Cabildo de la Villa de San Cristóbal, Hernando Lorenzo Salomón el viejo, en su condición de albacea de la herencia dejada por el vecino difunto Jorge Hernández (AGN, Bogotá. Sección Colonia, Testamentarias de Santander, 1573, f. 531. Reproducción solicitada con fines didácticvos).
Al finalizar se puede observar la firma del Escribano Salomón, uno de los primeros pobladores de la Villa de San Cristóbal y quien, por la singularidad de su apellido, pudo ser un judio converso, el primero que llegó a tierras tachirenses (AGN, Bogotá. Sección Colonia, Testamentarias de Santander, 1573, f. 548. Reproducción solicitada con fines didácticvos).
Villa de Escalante (Cantabría, España), probable lugar donde nació Francisco de Escalante, de los fundadores de la ciudad del Espíritu Santo de La Grita (en 1576) y quien dio nombre al caudaloso río Escalante, límite fluvial entre los estados Táchira y Mérida, y al apellido Escalante que se extendiió por la geografía del norte tachirense, en especial en los municipios Jáuregui, Vargas y Seboruco (Foto: Wikipedia, 2023).
Gratiarum actioDejo constancia de mi especial reconocimiento a la Dirección y a todo el personal del Archivo General de la Nación, en Bogotá (Colombia) por las atenciones dispensadas, la permanente cortesía y el invaluable respaldo prestado durante las jornadas de consulta que hicieron posible este estudio. Samir A, Sánchez (Bilbao, 2026).
Presentación
Indagar en el origen de nuestros apellidos no resulta en un simple ejercicio de curiosidad genealógica; es el rescate consciente de una cartografía humana que desafió océanos y siglos antes de fijarse en la memoria. En el Táchira, donde la geografía impone su propio ritmo de aislamiento y permanencia, los nombres de familia no llegaron como meras etiquetas burocráticas, sino como semillas que echaron raíces profundas en los pliegues de sus valles y páramos, y se fusionaron con la milenaria herencia aborígen que veneró estas tierras.
Conocer de dónde venimos y cómo aquellas voces arcaicas del Viejo Mundo terminaron dando identidad a nuestras cumbres, pueblos y ríos, es reconciliarnos con el hilo invisible que sostiene la idiosincrasia montañesa: esa convicción de que cada estirpe tachirense es, en última instancia, el testimonio vivo de un territorio habitado con tenacidad.
Escalante en el viejo mundo
Las investigaciones más sólidas sobre la onomástica del norte peninsular sitúan el origen del apellido Escalante en un término toponímico prerrománico y preindoeuropeo: el protovasco. Se trata de la lengua vernácula previa a la romanización, designada indistintamente como euskera arcaico o vascónico, una de las matrices aglutinantes más antiguas de Europa occidental.
En estas lenguas arcaicas, al igual que en muchos pueblos originarios de América, los topónimos tenían una marcada función descriptiva: plasmaban la condición física más relevante del terreno. Por su remota antigüedad, no solían aludir a elementos humanos o mudables, sino a accidentes geográficos fijos e intrínsecos al paisaje natural, lo que evidencia la huella de los primeros pobladores de aquellas tierras.
Desde una perspectiva filológica y etimológica, Escalante remite con alta probabilidad a una estructura fónica que designaba un paraje de peñas calcáreas en las estribaciones orientales de Cantabria. Dicha voz original encuentra una explicación semántica y transparente en las raíces euskéricas: Aizkaloande. Esta composición reúne las raíces aiz (‘peña, piedra’), kalo (‘caliza’) y el sufijo de ubicación ande (‘lugar de’), articulando el significado de "junto a las peñas calizas" o "el lugar de las peñas calizas". Con el paso de los siglos y las sucesivas adaptaciones fonéticas romances, este compuesto evolucionó de forma natural hacia la forma castellana Escalante.
La toponimia vasca contemporánea aún preserva estas arcaicas raíces líticas, como se aprecia en Aizkorri (‘peña roja o pelada’) [Mateo Sanz, 2019, p. 92]. En el plano geográfico, este paraje se corresponde con la actual villa y municipio de Escalante, asentada al pie de los macizos calizos del Montehano (o Montejanu), en la histórica Merindad de Trasmiera (Cantabria, España).
Durante los movimientos expansivos de los siglos VI y VII, contingentes procedentes de la Llanada alavesa alcanzaron el occidente vizcaíno y el oriente cántabro, nombrando en su propia lengua a la cantera situada junto a las marismas de la bahía de Santoña. Tras la repoblación de Trasmiera en el siglo VIII y la erección, anterior al año 863, del monasterio benedictino de Santa María de Puerto (Santoña) por mandato de los duques de Cantabria, la comarca devino en una frontera disputada política y territorialmente entre Asturias, Castilla, Álava y Navarra.
Bajo la órbita de Pamplona y Navarra entre los siglos VIII y X, y plenamente integrada en la Corona de Castilla hacia mediados del siglo XI, la población ya figuraba lexicalizada en los manuscritos medievales. En un latín temprano con notorios rasgos romances, las fuentes consignan la Villa de Scalante junto a la iglesia de Santa Cruz de Escalante, reconocida con término concejil propio y jurisdicción sobre su entorno [Abad Barrasús, 1985, pp. 37-67].
Esta explicación orográfica resulta mucho más coherente que aquellas hipótesis que atribuyen el apellido, por simple homofonía, al participio activo antiguo del verbo escalar ("el que escala"), conjetura débil que ignora la génesis toponímica del asentamiento (villa que, además, nunca contó con murallas defensivas que justificasen tal alusión militar o de asedio).
Gracias a la riqueza de su piedra caliza, la jurisdicción de Escalante formó a renombrados maestros de cantería cuyos talleres intervinieron en obras monumentales como el Real Monasterio de El Escorial o la Catedral de Santiago de Compostela. Asimismo, sus sillares fueron transportados a centros urbanos como Burgos y Bilbao; hoy en día, solo las canteras del monte Conocido permanecen en explotación.
El registro documental más antiguo del topónimo convertido en apellido data del 3 de abril de 1086, en una causa judicial donde el merino de Trasmiera, Martín Citiz, suscribe como "Martín Citiz de Escalante".
Con el correr de los siglos, muchos naturales de la villa emprendieron camino hacia las Indias, adoptando el nombre de su solar nativo como apellido distintivo para preservar la memoria de su cuna trasmerana. Así lo atestigua, por ejemplo, el cantero Francisco de Castañedo, hijo de Antón de Castañedo y María Sarmiento, registrado en el catálogo de Pasajeros a Indias en septiembre de 1593 con destino a San Juan de Puerto Rico, en el séquito del gobernador Pedro Suárez Coronel. En el ámbito de la exploración continental destaca asimismo fray Silvestre Vélez de Escalante, misionero franciscano que en el siglo XVIII recorrió y cartografió los territorios de Utah, Colorado, Nuevo México y Arizona, legando dicho topónimo a la geografía norteamericana.
Escalante en la América tachirense
En los Andes tachirenses, el pionero del linaje fue el soldado Francisco de Escalante, originario muy probablemente de esta villa cántabra. Trasladado a América en la segunda mitad del siglo XVI, formó parte de la hueste expedicionaria del capitán general y gobernador Francisco de Cáceres que fundó la ciudad del Espíritu Santo de La Grita en abril de 1576.
Un expediente judicial que reposa en el Archivo General de la Nación en Bogotá (Colombia) permite constatar que este Francisco de Escalante era ya hacia 1573 un vecino connotado de la Villa de San Cristóbal. Se hallaba casado con Susana Ordóñez, viuda de Jorge Hernández, con quien había procreado un hijo llamado Diego.
Ambos cónyuges incoaron un pleito civil reclamando los derechos hereditarios del menor sobre los bienes de la mortuoria paterna, retenidos por el albacea y depositario de bienes, el escribano público y de cabildo Hernando Lorenzo Salomón el Viejo. A partir de estas actuaciones se colige que Francisco de Escalante integró el contingente de vecinos de San Cristóbal que, como recogen las crónicas coetáneas, secundó a Cáceres en la jornada fundadora de La Grita en 1576 para asentarse definitivamente en ella con su familia.
En el catálogo documental del Archivo General de la Nación, dicho expediente figura bajo la siguiente sumaria:
"Autos sobre el pleito seguido en Santafé por Juan de Escalante casado en segundas nupcias con Susana Ordóñez, vecinos de San Cristobal, Venezuela, con Hernando Lorenzo Salomón, de la misma villa, albacea y depositario de bienes de Jorge Hernández, primer marido de la viuda, reclamando derechos hereditarios que a ésta y a un hijo menor les pertenecen en la mortuoria. Año de 1573" (AGN, Sección Colonia, Testamentarias de Santander, 1573, ff. 517-585).
No obstante, del cotejo paleográfico directo, que hicimos del manuscrito, se evidencia un yerro en la catalogación archivística. En nuestro criterio sobre la caligrafía procesal de la época, la grafía del nombre no corresponde al nombre abreviado de "Juan", sino a la abreviatura de "Francisco", por la siguiente razón: tenemos una letra mayúscula F + la letra r + las letras unidas an, rematadas estas últimas por la abreviatura de "co" muy estilizada, una forma muy característico que se repite a lo largo del expediente para referirse a la c + o. Por lo tanto, el litigante en cuestión es Francisco de Escalante. Pudiendose observa en la palabra que une la descripción de las partes litigantes y que está aislada: "con".
La descendencia y su arraigo en las altas montañas de la noble tierra tachirense
Este primer Francisco de Escalante ejerció el cargo de regidor en La Grita y fue encomendero de los indígenas de Bailadores; hacia 1595 ya había fallecido. Le sucedió su hijo homónimo (el segundo), quien administró las encomiendas familiares y casó con Nicolasa Sánchez de Castañeda (hija del capitán Luis Sánchez, tronco del apellido homónimo en el Táchira). Tras su deceso hacia 1621, el patrimonio recayó en su primogénito, Francisco de Escalante (el tercero), desposado con Mariana de las Angustias Zambrano, quien falleció el 10 de octubre de 1655.
La línea sucesoria continuó en un cuarto Francisco de Escalante, casado con María Zambrano (fallecida en La Grita el 8 de enero de 1722), titular de las encomiendas de los iriguacas de Las Lagunillas en La Grita y de los barbudos en Bailadores. Tras su muerte el 2 de noviembre de 1723, el apellido continuó en su hijo homónimo, Francisco de Escalante (el quinto), quien contrajo nupcias con Juana María de Ontiveros, consolidando formalmente el tronco de la estirpe Escalante en tierras tachirenses.
Aquel primer Francisco de Escalante recibió en 1576 mercedes de tierras en los páramos de Pueblo Hondo y San Telmo, descritas en el Libro Becerro de La Grita bajo el topónimo de "El Montecillo de Escalante". En dicho relieve orográfico nacen las cabeceras del curso fluvial que, con el tiempo, fue bautizado por los pobladores como "río de Escalante". De este modo, la memoria de un enclave calizo de la Trasmiera cántabra trascendió el Atlántico para quedar fijada no solo en la toponimia andina y lacustre, sino en el tejido fundacional de La Grita y sus comarcas históricas de Seboruco, El Cobre y Pregonero.
Fuentes y bibliografía
Abad Barrasús, J. (1985). El Monasterio de Santa María de Puerto (Santoña) 863-1210. Santander: Instituto Cultural de Cantabria, Centro de Estudios Montañeses, Diputación de Cantabria.
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Registros sacramentales parroquiales del Táchira (siglos XVII–XX), consultados a través de FamilySearch (Sociedad Genealógica de Utah).
Estudio genético personal (ADN) genealógico complementario (MyHeritage, 2023).


