martes, 19 de mayo de 2020

Residencia Oficial de Gobernadores del Estado Táchira: una reformulación funcional en el arte y el patrimonio arquitectónico tachirense │ The Last Great House of The Old San Cristóbal City: The Official Governor's Residence











El Elíseo tachirense: Arquitectura, Memoria y Patrimonio

Las sedes de los poderes públicos en el Estado Táchira, erigidas durante la primera mitad del siglo XX, conservan en su mayoría una admirable síntesis entre solidez estructural y la pátina del tiempo. En ellas se manifiesta la evolución de las formas arquitectónicas según la estética de cada época, situándonos ante un complejo horizonte donde convergen la continuidad histórica y la renovación de los valores espaciales.

Entre estas edificaciones de carácter institucional sobresale la Residencia Oficial de Gobernadores, en San Cristóbal. El inmueble representa para la identidad regional lo que el Palacio de la Moncloa, el Elíseo o la Casa Blanca significan para sus respectivas naciones: el epítome del despacho ejecutivo y la morada de aquel ciudadano que, por mandato soberano y mediante el sufragio, ejerce la alta magistratura de la administración estadal.

Orígenes y tipología arquitectónica

La edificación original, articulada sobre una planta modular en un eje constructivo oeste-este, se adscribe a las variantes europeas de la “Farm yard antique garden-architecture”. Constituye el último vestigio de las antiguas quintas o estancias de campo que destacaron en la serranía oriental de San Cristóbal a finales del siglo XIX, tales como las hoy desaparecidas Quinta Baclini y Quinta Wolfram.

Inaugurada formalmente el 2 de diciembre de 1956 por el Dr. Antonio María Pérez Vivas, la residencia se erigió sobre la antigua Quinta Úrsula, propiedad de comerciantes cafetaleros alemanes. No obstante, su integración paisajística y la frondosidad de sus jardines han provocado que, pese a su incuestionable valor artístico, permanezca como una estructura escasamente conocida por el gran público.

El renacimiento patrimonial y la mayor pinacoteca regional

Tras un período de decadencia que amenazaba con la ruina, entre 2009 y 2011, bajo la gestión del Dr. César Alejandro Pérez Vivas, se acometieron rigurosos trabajos de restauración técnica. El objetivo fue devolverle la dignidad institucional y el simbolismo perdido, logrando un equilibrio entre la elegancia formal y la funcionalidad contemporánea.

La arquitectura resultante destaca por un eclecticismo transicional entre el estilo neocolonial y el neoclásico. Esta intervención, dirigida por los ingenieros Rómulo Colmenares y Leonardo Chávez, constituye un caso de estudio excepcional, al igual que su pinacoteca: el acervo artístico más vasto del estado, que custodia obras únicas de maestros regionales, nacionales e internacionales.

La innovación de la "Inserción" arquitectónica

En este proceso de revitalización, resalta la solución arquitectónica denominada “inserción”, una técnica que interviene el espacio histórico con eficacia funcional y rigor estético. Emplazada sobre el patio central, esta estructura consiste en un pabellón columnado bajo una cubierta de acero y paneles de cristal, segmentada en tres módulos de pirámides tetraédricas.

El pavimento, de granito pulido con franjas de mármol travertino, establece una transición visual armónica con el antiguo mosaico hidráulico de los corredores porticados. Esta obra de materiales modernos se acopla perfectamente a la visual histórica sin generar conflicto estético. Se trata de una solución análoga a la Pyramide de verre de Ieoh Ming Pei en el Museo del Louvre; en el caso tachirense, el diseño corresponde al arquitecto Pablo Vivas, materializado por el ingeniero y mecenas del arte y la cultura tachirense Fernando Moreno Arias.

Preservación del horizonte cognitivo

Con el propósito de salvaguardar nuestra memoria institucional, el Proyecto Experiencia Arte divulga la versión digital de la publicación original que la Secretaría del Despacho del Gobernador editó en 2012, bajo la asesoría del desaparecido académico Lcdo. José Ernesto Becerra Golindano.

Al concluir este recorrido, emerge una interrogante ineludible que palpita en la conciencia colectiva del pueblo tachirense:


¿Ha iniciado el inmueble un proceso de ostracismo y deterioro estructural, o se preservan acaso —en la actualidad— la integridad y el decoro de sus espacios? Resulta imperativo conocer si las áreas públicas, estancias privadas, salones protocolarios, la pinacoteca y los despachos de la Residencia Oficial conservan la dignidad patrimonial y la suntuosidad que —a la altura de las más insignes sedes oficiales del orbe— quedaron de manifiesto en el testimonio documental de su restauración en 2011.

Agradecimientos

Nuestras palabras de memoria agradecida al Lcdo. Manuel Acosta, director de la edición de la revistas y fallecido en 2013. De gratitud al Lcdo. Yosel Molina, autor de las extraordinarias fotografías de la revista, quien, desde su trabajo profesional fotográfico en Argentina, nos hizo llegar los originales del trabajo editorial de 2012, y al Lcdo. y académico José Ernesto Becerra Golindano, asesor histórico de la revista.

 

Por igual a Sigrid Márquez Poleo, la mente del diseño gráfico en el equipo de Proyecto Experiencia Arte, quien realizó el trabajo de edición en PDF, para que, sin dilación,  todos puedan contemplar, admirar y valorar desde ya, y en su mayor esplendor, la obra de restauración del bien inmueble y de los bienes muebles de la Residencia Oficial de Gobernadores del Estado Táchira, como quedó en 2012, una vez finalizadas las obras.

 

Un todo edificado que se convierte en síntesis y verdadera huella creadora del ingenio arquitectónico y artístico, de la cultura y del poder creador de los tachirenses de todos los tiempos. Es el pasado que somos.



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sábado, 4 de abril de 2020

Cuentos viejos de los nonos: "Don Roso y la parihuela" │Tachiran Tales from the Past: "Don Roso and the 'Parihuela' (Spanish for stretcher)"




Bernardo Zinguer (2020)



¡Miserere Señor, miserere!


En los tiempos de los nonos había un mal de la asadura que nosotros los gochos le teníamos miedo, se llamaba “el cólico miserere” y es que viendo la pelona cerca uno se agarraba al salterio y repetía el salmo Miserere, o sea pidiendo ¡misericordia!

Eso mismito fue lo que le pasó a Don Roso Sandoval Mora.

Don Roso fue muy querido por estas tierras de Lobatera y además era hermano de aquel padre que fue Monseñor José Teodosio Sandoval Mora, cura párroco de los Ángeles en La Grita, emparentado también con las Sandoval muy recordadas en Lobatera, y de paso con Don José Trinidad Mora que era más preparado que un almuerzo de Jueves Santo.

A don Trinidad se le podía preguntar de todo que de todo sabía, y les decía a los niños:

― La fe y la ciencia son la base de la razón.

Hasta un periódico sacó en Lobatera.

Pero no es eso lo que les vengo a contar. El cuento que les quiero echar es de cuando a Don Roso le dio el cólico miserere.

Tampoco es tan viejo, déjeme echar moya pa´ ver si me acuerdo, ahhhh ¡ya! eso fue en 1953 porque ese mismo año mi mamá se despachó de mi hermano Ezequiel y ese muérgano cumplió 67 hará uno días, yo era un sute treque pero muy entendido.
Nosotros éramos vecinos de los Sandoval Mora, que vivían pa´ ese entonces en La Molina, es que me recuerdo ole como si fuera ayer.

Un día la hermana de Don Roso empiezó a dar unos gritos al cielo diciendo que se le muere el hermano, todos salimos corriendo a ver qué pasaba.

Don Roso se agarraba el estógamo y estaba tumbao, y aunque se veía jipato, doña María decía que tenía calentura. Mano Hilario, el vecino de la toma de más allá, dijo que tal vez tenía un empacho y al ensuciar se le quitaba. Eso calmó los ánimos. 

Pero mano Saturnino que era más conocedor dijo con voz juerte:

― Esa vaina es el cólico miserere.

Todo el mundo se calló. Y ahí sí que las ayes de la doña fueron pior. Cuando recuperaron el aliento, Wenceslao dijo:

― Yo si paso a creer que lo de Roso es un miserere, y si no lo sacamos va a estirar la pata antes de lo que cante un gallo porque al miserere hay que andarle rápido. Mientras hacemos La Parihuela pa´ cargarlo, háganle leer el salmo.

Corriendito la doña le trae el salterio y empieza Roso a mascullar:

“Misericordia, Señor, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.
Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.
En la sentencia tendrás razón,
en el juicio resultarás inocente.
Mira, en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre.
Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.
Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa".

Lista la parihuela, Don Anselmo grita:

― Muevan el julepe que Roso está pa´ despegarse.

Los hombres empiezan a cargarlo, Silvino comenta:

― Güenos mal que está la nueva medicatura y el médico Sierra, que todo el mundo le tiene fe porque es muy güeno, y aférrese Usté Rosito a Nuestro Señor, rece con fe el miserere que eso es milagroso pa´ ver si entre los dos lo sacan de esta.

A cada tramo un palo e´ miche blanco se pegaban los miembros de la procesión mientras van bajando al trote, camino a Lobatera con Roso a las costillas. Después de tanto caminar llegaron con el quejoso, la hermana de Roso se adelanta y le cuenta al doctor Sierra la novedad.

El doctor cuando nos ve venir con la parihuela sale corriendo pal carro de él y apela por una cámara fotográfica y le pide a la gente que esperen un tantico pa´ tomarle una foto cargando la parihuela, luego nos explicó que estaba haciendo un libro, muy letrado es ese doctor.

Como los hombres ya están pintones de tanto tomar miche claro, no se les da nada, al único que se escucha rezongar es al Abilio Morales que hablando pasito dice:

-Y que pa´ un libro que está haciendo, medio loco el doctorsito, que le va a servir esa joda pa´un libro.

Pero rapidito lo atiende y dice que tiene que operarlo es una “obstrucción”.

― ¿Y qué es esa joda doctor? Le pregunta mano Saturnino. 

― Pues eso es lo que ustedes llaman el “Cólico miserere”, respondió el doctor.

El toche de Saturnino mira a todo mundo como queriéndosela tirar de médico porque la pegó con el mal, ¡ja! pero nadie le paró bolas, ni que juera él que le va a echar cuchillo al pobre de Rosito.

No hubo tiempo de sacarlo al hospital de Colón ahí mismo en la Medicatura, el doctorcito con la ayuda de la enfermera le echó cuchillo, le quitó un pedazo de tripa picha y más de buenas el Roso, que de tanto rezar el miserere y ponerse en las manos del doctor Sierra vivió hasta los 82 años, pues había nacido aquí en Lobatera en 1905 y murió en el año 87. ¡Aquí mismo, ahí está! En el barrio donde el que entra acostado no vuelve a salir, al pasar la quebrada.

Los hombres contentos y pintones por haber salvado la vida de don Roso se regresaron hablando y riendo, pero de vez en cuando se quedaban callados, cada uno de recordaba estas palabras: "¡Miserere Señor, miserere!"


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Narración elaborada por Bernardo Zinguer, abogado, académico e investigador, a partir de una anécdota que le relató el Dr. Samir A. Sánchez, Cronista Emérito de Lobatera. Este narración fue publicada originalmente por el autor en su página del grupo de Facebook "Retazos históricos del Táchira" en abril de 2020. 




Don Roso Sandoval Mora (Lobatera, 1905 - San Cristóbal, 1987) en diciembre de 1924 luego de la ordenación sacerdotal de su hermano Mons. José Teodosio Sandoval Mora, en la Catedral de San Cristóbal (Estado Táchira). Foto que se conserva en el archivo fotográfico familiar de la familia Sandoval Zambrano.






Don Roso Sandoval Mora a su llegada a la Medicatura de Lobatera en una parihuela, un instrumento de transporte de enfermos en los Andes tachirenses desde la época colonial española hasta mediados del siglo XX. La foto la tomó el Dr. Clemente E. Acosta Sierra para ilustrar su libro "Distrito Lobatera. Estudio geográfico, económico y social de la zona", publicado en 1953 (Foto cortesía de Bernardo Zinguer, Retazos Históricos del Táchira, 2020).





Libro del Salterio, también conocido como Libro de los Salmos o Laudes. Forma parte de los libros canónicos de las Sagradas Escrituras. Un ejemplar como este, en edición de fines del siglo XIX, se encontraba en la casa de la familia Sandoval Mora en La Molina (Lobatera, Estado Táchira, Venezuela). Foto: © Google Book 2020. Edición e impresión de 1850.




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viernes, 3 de abril de 2020

Tristeza y esperanza atrapadas en una imagen: un entierro tachirenses a principios del siglo XX │A Daguerreotype with History: Traditional Tachirense Burial from the beginning of the 20th century.

 



"Una fotografía es la pausa de un instante que nunca volverá".
Henri Cartier-Bresson (1908-2004)




Foto: Exequias de la niña María Sánchez Vivas y primera posa [parada del cortejo para el canto de un réquiem] en la ruta al cementerio municipal, acompañadas por la Banda Sucre dirigida por Don Marcos Ovalles, y al toque de plegaria de difuntos, los dobles, por las campanas en la torre de la iglesia. Lobatera, 17 de noviembre de 1913. Daguerrotipo del álbum familiar de Cristian Sánchez, Lobatera 2006. Colorizada por Bernardo Zinguer, Grupo de Retazos Históricos del Táchira, 2020).



Viaje en el tiempo a través de un daguerrotipo de 1913


Tributo agradecido a la memoria del Pbro. Br. Pedro María Morales Gómez en el centenario de su fallecimiento, el 8 de noviembre de 1925. Cura párroco, educador, promotor cultural, médico, solícito con su feligresía en lo espiritual y material, y constructor de las torres y fachada de la iglesia parroquial de Lobatera en 1908.


El triste ocaso de una víspera gloriosa

El 17 de noviembre de 1913, las calles de Lobatera, vibrantes de fervor por el inminente arribo de la maquinaria y esferas del reloj público —generosa donación del Dr. Ezequiel Vivas Sánchez para la torre sur de la Iglesia parroquial—, y a solo horas de las vísperas patronales en honor a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, silenciaron su júbilo. La celebración se suspendió por un luto inesperado, cediendo el paso a un solemne recogimiento.

Al caer la tarde, un cortejo fúnebre avanzó con cadencia lenta y grave, trazando un doloroso recorrido desde la esquina suroriental de la Plaza Mayor hacia el antiguo cementerio municipal, el Cementerio del Torreón. La procesión se abría paso bajo el signo de una imponente cruz procesional, escoltada por ciriales cuyas velas encendidas luchaban contra la sombra vespertina y por el suave velo de incienso que un turiferario dispersaba. Aunque invisibles en la escena, la mente podía escuchar el toque lento y acompasado de plegaria de difuntos, los dobles de la campana mayor y mediana, que descendían con eco profundo desde la torre parroquial.

El motivo de esta interrupción del gozo era el sepelio de la niña María Sánchez Vivas, cuya urna blanca se adornaba con delicadas azucenas, símbolo inmaculado de pureza efímera y serenidad trascendente.

El silencio de lo femenino y la mirada única

La estricta costumbre social de la época dictaba una notable ausencia: las mujeres, por precepto, no concurrían a los entierros. Su duelo se circunscribía al hogar, a la visita de acompañamiento y consuelo a las mujeres de la casa enlutada. No obstante, una figura se alza como excepción impresa en el tiempo. Al fondo de la imagen, asomada discretamente junto a una de las puertas del negocio de Don Zenón Pacheco, una silueta de amplia falda delata la presencia solitaria de la única mujer que osa contemplar el paso del cortejo.

La figura central que presidía este trance de dolor era el Padre Pedro María Morales, cuya presencia irradiaba una fe inconmovible, ofreciendo un bálsamo de consuelo y esperanza a los padres afligidos, Tácito Sánchez y María del Carmen Vivas. A su lado, la Banda Sucre, bajo la dirección de Don Marcos Ovalles, envolvía la marcha con una música de profundo respeto y lamento contenido. En un gesto de maestría singular, Don Marcos tañía en esta ocasión una flauta vertical o Böhm, imprimiendo al ambiente una nota de melancolía y delicadeza artística.

El adiós en primavera: palabras preservadas

La Srta. Ofelia Mora Márquez, maestra de la Escuela de Niñas de Lobatera, preparó un discurso de despedida cuya elocuencia fue honrada por su alumna más aventajada, la Srta. Delfina Sandoval (1901-1992). Estas palabras, que Delfina —futura maestra— conservaría en su memoria y por escrito, se alzaron como un canto de recuerdo:

«Parece un sueño, ¿cómo es posible?, que nuestra amiga y condiscípula María nos haya abandonado. Ayer no más, compartía con nosotras, en los bancos escolares, las sabias enseñanzas de nuestra buena maestra; y nos hacía dulce y agradable las horas que pasábamos a su lado.

Tan magnánimo era su corazón, tan nobles los sentimientos de su alma, y hoy, en la primavera de su vida, cuando todo le sonreía, lo abandona todo; las dulces caricias de su madre, las afecciones sinceras de nuestros corazones y la bondad de la amistad. ¡Vuela a la mansión de los santos!

Adiós, cara compañera y amiga, recibe esta guirnalda cuyas flores van humedecidas por el llanto que vierten nuestros ojos.

Nuestras plegarias suben de nuestros corazones por tu eterno descanso. ¡Adiós!».

Post scriptum: el escenario del recuerdo

Desde una perspectiva analítica, además de ser un daguerrotipo, que exigía que todos los "retratados" permanecieran inmóviles por minutos hasta que la imagen se grabara en la placa, la imagen misma se erige en valioso testimonio etnográfico tachirense, permitiéndonos descifrar las rigurosas costumbres sociales de la época en relación con la participación femenina en los actos fúnebres públicos. Mientras las parientes guardaban un luto doméstico y las conocidas se limitaban a los oficios religiosos en el templo, la única dama visible en la escena, de pie cerca de una puerta en el plano de fondo derecho, encapsula y proyecta las restricciones y el respetuoso recato imperantes.

Es de interés notar que la edificación testigo de este momento, conocida entonces como la "Bodega Miranda" y propiedad de Don Zenón Pacheco, sufriría una transformación artística. En 1919, Don Zenón la reformaría para su matrimonio con Flor de María Rosales, encomendando al talentoso artista marabino Ciro Romero la decoración interna con exquisitas pinturas de paisajes y bodegones. Hoy, las ruinas y los restos pictóricos de aquella fastuosa morada, mudas depositarias de la historia local y ejemplo de la indiferencia y desmemoria de los actuales tiempos, son reconocidas en Lobatera como la "Casa de la Sucesión Rojas".





Foto: Acta de defunción de María Sánchez Vivas. Archivo eclesiástico de la Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá de Lobatera, Libro de Defunciones año 1913 (Digitalizado por la Sociedad Genealógica de Utah, 1993. Cortesía de Bernardo Zinguer, Retazos Históricos del Táchira, 2020).


 

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miércoles, 1 de abril de 2020

Un mural en estilo figurativo o el arte en el Hospital Central de San Cristóbal │ A large and colourful mural in figurative style for the San Cristóbal’s Main Hospital














Un mural irrepetible... La finalización de la construcción y ornamentación de la edificación del Hospital Central de San Cristóbal, en 1957, coincide con el período final del gobierno del General Marcos Pérez Jiménez, y con el fin de una época donde no se hacía distinción entre hacer arquitectura y hacer arte. Desde el mural ornamental, encomendado a una escultora y artista plástica con reconocimiento internacional, nacida en tierras magiares, Hungría y nacionalizada venezolana, Eva Lote de Brinzey, hasta la policromía del interior y exterior del Hospital Central -denominado originalmente Hospital General de San Cristóbal- y encargada a Mateo Manaure, resultaron en un todo, tan brillante, que colocaba y mantenía al Estado Táchira y a la República de Venezuela a la par con la vanguardia artística mundial, de originalidad única, singular e irrepetible de ese tiempo.


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jueves, 12 de marzo de 2020

El «Titanic» tachirense: Crónica del naufragio del vapor Sucre en el Lago de Maracaibo│The Sinking of the Vapor 'Sucre': A Painful Tachiran Memory

 




Puerto de Encontrados, en la ribera derecha (aguas abajo) del río Catatumbo. Estación de inicio del Gran Ferrocarril del Táchira, desde 1895. Imagen del puerto fluvial para 1892 tomada del libro "Au Vénézuela". Souvenirs de Madame Leontine Perignon de Roncayolo (1876-1892). Imprimerie Paul Duponts (París-Clichy, 1895, p. 167). Madame Roncayolo era la esposa del Jean-Batiste Roncayolo (quien castellanizó su nombre como Juan Bautista Roncayolo), ingeniero de ferrocarriles del  Gobierno de Venezuela en la presidencia del General Joaquín Crespo, quien estaba haciendo los estudios y trabajos del trazado final del Gran Ferrocarril del Táchira.



Túmulo funerario memorativo levantado en la Iglesia parroquia de Lobatera en el último día del novenario por las víctimas del naufragio del vapor "Sucre". Marzo de 1925 (Foto: Carlos Alviárez Sarmiento, Lobatera, 2020).




Contexto 

El vapor Sucre, unidad motonave de la Compañía Anónima Venezolana de Navegación, constituía un eslabón fundamental en la infraestructura de transporte lacustre del occidente venezolano. Su itinerario, de carácter regular y estratégico, articulaba los puertos de la desembocadura del Catatumbo con el embarcadero de Encontrados y terminal del Gran Ferrocarril del Táchira, de Santa Bárbara del Zulia y la capital marabina. Se considera que su incorporación a la flota fue posterior a 1889, dada su ausencia en los registros de la publicación «El Zulia Ilustrado» de aquel año.


La tragedia del 12 de marzo de 1925

La fatalidad sobrevino la noche del 12 de marzo de 1925 en el extremo sur del Lago de Maracaibo. El siniestro segó la vida de catorce tachirenses, todas ellas naturales de Lobatera, Michelena y San Juan de Colón, vinculadas por estrechos lazos de consanguinidad y afinidad.

Las investigaciones y testimonios de la época apuntan a una praxis negligente como causa: una severa sobrecarga de café que comprometió la línea de flotación de la nave. Si bien el tránsito fluvial por el Catatumbo no presentó contratiempos, la entrada a las aguas abiertas del lago coincidió con un fenómeno meteorológico adverso, una fuerte tormenta que sacudió las tranquilas aguas del lago. Esa noche, el impacto de una primera ola por la banda de babor provocó el desplazamiento instintivo de los pasajeros hacia estribor; este desequilibrio de masas, sumado a la violencia de dos embates ulteriores y al exceso de lastre, derivó en el volcamiento de la embarcación. Únicamente lograron salvar la vida cinco individuos, cuatro tripulantes y un pasajero, cuya pericia en la natación les permitió asirse a una toldilla flotante hasta ser auxiliados por un pescador al alba.

Repercusión social y liturgia del duelo en Lobatera

El impacto emocional en la comunidad de Lobatera fue profundo. El duelo se manifestó, como lo disponían las rúbricas tridentinas de la época, a través de una rigurosa liturgia sonora: el toque de plegaria, un repique pausado y complejo ejecutado desde el campanario parroquial, alternando la «campanilla» con dobles de las campanas mayor y mediana, simbolizando el lamento colectivo.

El 21 de marzo de 1925, al concluir el novenario, la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá de Lobatera erigió un túmulo conmemorativo compuesto por una barca simbólica y catorce cruces de madera. Estas piezas, que portaban las iniciales de los fallecidos, como el Coronel Román Vivas Pérez o Doña Agustina Colmenares de Sánchez, fueron posteriormente entregadas por el presbítero Pedro María Morales a los deudos, transformándose en reliquias del dolor local.

Registro documental y el «hado» de la nave

La historiografía del evento encuentra su fuente más detallada en la obra Naufragio misterioso (1927) de Juan Apolinar Uzcátegui. Gracias a este registro y a la memoria oral rescatada en 1985 de Doña Maximiana Sandoval y la Srta. Rosario Borrero, es posible reconstruir la identidad de las víctimas: una comitiva de funcionarios, comerciantes y familias que habían iniciado su periplo en la Estación Táchira con la esperanza de alcanzar los Andes merideños.

Resulta notable que la cronometría de la tragedia quedó fijada en el tiempo por el reloj de pulsera del Coronel Vivas Pérez, detenido a las 10:02 p. m. al momento de su inmersión.

Tras el rescate de la nave a cuatro metros de profundidad, el Sucre fue reintegrado al servicio luego de un proceso de reconstrucción. No obstante, el infortunio pareció signar su destino final: el 1 de febrero de 1927, un incendio devastador en el compartimento de máquinas terminó por consumir la estructura mientras navegaba hacia la boca del río Escalante, sellando así la historia de una embarcación que, de manera casi mitológica, pareció arrastrar consigo el peso de su propia tragedia.

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Fuentes:

Sra. Maximiana Sandoval vda. de Sánchez (1908-2004)

Srta. Rosario Borrero (1927-2006)

"El Zulia Ilustrado" (Maracaibo, 30 de abril de 1889, tomo I, Nº 5) 

Apolinar Uzcátegui, Juan. Naufragio Misterioso, Imprenta El Propio Esfuerzo, Maracaibo, 1927, pp. 9-26.

Este libro fue facilitado por el Abogado Wilmer Antonio Rey Lozada, sobrino nieto de Doña María Lozada de Mora (Borotá, 1892 – Lobatera, 1993) el cual había pertenecido a su esposo el Coronel Juan Antonio Mora, quien se desempeñaba como Jefe de talleres y patios del Gran Ferrocarril del Táchira para la época y, encontrándose en Santa Bárbara del Zulia fue una de las primeras personas que llegó al sitio de la tragedia, por cuando se impacientó al ver que el barco con sus familiares no llegaban a la hora pautada por el itinerario de la empresa de vapores del Lago.





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miércoles, 5 de febrero de 2020

San Cristóbal, Urbs quadrata. El hecho histórico urbano de una villa venezolana en el período hispánico │ San Cristóbal, Urbs quadrata: Early Hispanic Colonial Urbanism and process of morphogenesis in San Cristóbal (Táchira State – Venezuela)












Obra publicada por el Fondo Editorial Universitario UCAT (2003), resulta en un instrumento de referencia y consulta para académicos, arquitectos, urbanistas, estudiantes, investigadores e interesados en profundizar en la historia del urbanismo en América, durante la época española. La misma procura cubrir parte del vacío que significa la carencia de estudios referentes sobre la ciudad de San Cristóbal (Estado Táchira – Venezuela), desde el siglo XVI al XIX, considerada desde su urbanismo (arquitectura, demografía, mentalidades y relaciones sociales tanto en sus espacios abiertos como privados).

Al mismo tiempo y desde una visión holística e interdisciplinar, la obra va más allá e intenta indagar y profundizar en otro vacío como lo es el estudio de su singularísima historia preurbana, por medio de la intelección de la etnohistoria y de la etnolingüística de las primeras colectividades humanas originarias que se proyectaron sobre esta porción del territorio americano, representando a su vez el primer estudio metódico y sistemático que se estructura sobre este campo del conocimiento en la bibliografía tachirense.



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martes, 19 de noviembre de 2019

“El nono i la nona tienen la oultima palabra…” Una palabra con sabor a hogar tachirense │'Nono' and 'Nona': A typically Tachiran Homelike Words and their Meaning

 







Regreso de la boda. Óleo y acrílico, 39 x 44 cm. Manuel Osorio Velasco (1983). Pintor costumbrista tachirense. Colección privada de la familia Hurtado Rubio, San Cristóbal, Estado Táchira (Fotografía, cortesía de la Lcda. Bibiana Rubio Maldonado de Hurtado, 2019).




Presencia y etimología de los vocablos nono y nona en el ámbito familiar del Táchira


Por Samir A. Sánchez (2019)

[El presente texto se ha organizado a partir de la actualización y los extractos de una conferencia impartida en el Colegio de Ingenieros del Estado Táchira, en el marco de las Jornadas de Identidad Tachirense: El poder y la tachirensidad, organizadas por estudiantes de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Católica del Táchira, en marzo de 2007].



Presentación

Si bien toda lengua se compone de un vasto inventario léxico, existen términos que adquieren una preeminencia particular, especialmente aquellos circunscritos al ámbito de los afectos y los vínculos familiares. Al indagar en el glosario de la identidad cultural tachirense, y en búsqueda de los vocablos con mayor arraigo (mainstream), los términos nono y nona se sitúan, indudablemente, entre los prioritarios.

Aunque constituyeron voces vernáculas empleadas por los habitantes del Táchira desde tiempos inmemoriales, han experimentado o están sufriendo un proceso de declive en la memoria colectiva y, consecuentemente, en el léxico particular del hogar tachirense. Este fenómeno se atribuye a los efectos de la globalización y al desarrollo exponencial de las plataformas de comunicación social, las cuales, como ya señalaba Ortega y Gasset en el distante 1926, tienden a disolver las particularidades en un tiempo caracterizado por la masificación y una homogeneidad inquietante.

Al hacer referencia a la designación utilizada por las generaciones precedentes para nombrar a los abuelos —nono (abuelo) y nona (abuela)—, o a sus diminutivos nonito o nonita, se advierte un vocablo de sonoridad agradable, aunque de origen incierto en el contexto regional tachirense. Su estudio se ve dificultado precisamente porque su uso ha estado restringido al ámbito familiar, sin haber quedado registrado en documentos del siglo XIX ni en épocas anteriores. Su pervivencia hasta el presente se debe únicamente a la transmisión oral inmediata, recibida de padres y abuelos.


Aproximación etimológica

Ante la incertidumbre planteada, se hace necesario recurrir a la etimología para obtener una mayor claridad sobre el origen de la palabra y su empleo en el territorio tachirense. Resulta notable que el término proviene de una raíz latina que pudo haber llegado al Táchira por dos vías lingüísticas distintas, ambas lenguas romances o derivadas del latín: en primer lugar, el ladino o judeoespañol (sefardí) y, en segundo lugar, el italiano. No obstante, hasta la fecha, no es posible precisar por cuál de ellas los vocablos nono y nona se integraron de manera tan profunda a la cultura local, equiparables a elementos identitarios como el río Uribante, el pan aliñado, la ciudad de Rubio o el café.

Considerando este origen y sus vías de propagación, se puede afirmar que cada vez que se emplea la palabra nono o nona, se establece una conexión, a menudo imperceptible, con el legado histórico y los valores de las generaciones familiares predecesoras. La preservación de estos términos contribuye a la continuidad de la identidad tachirense, actuando como una marca de origen y un signo distintivo ineludible en un entorno globalizado.

La profundización en las dos vertientes lingüísticas que señalan el posible origen del vocablo arroja los siguientes hallazgos:


La vía del ladino o judeoespañol (sefardí)

Por esta ruta, nono y nona se clasificarían como palabras relictas, es decir, aquellas que perduran en el tiempo, pero cuyo origen radica en un sustrato lingüístico ya extinguido en el entorno. Este primer sustrato pudo ser el ladino, una variedad dialectal del castellano (considerada, por ende, lengua romance) hablada por los descendientes de los judíos expulsados de la Península Ibérica en el siglo XV, y que llegó a América y al Táchira en el siglo XVI con los conversos o criptojudíos. Se trata de grupos humanos, expulsados de España y Portugal, que continuaron practicando sus costumbres culturales semíticas y su tradición judía milenaria, mientras exteriorizan, por motivos de supervivencia en la diáspora, la adopción de costumbres occidentales y creencias cristianas. Estos grupos se afianzaron con admirable tenacidad en sociedades hispanoamericanas que a menudo les eran hostiles, ya fuera por ignorancia o fanatismo.

En este contexto de la lengua ladina o sefardí, y para quienes deseen ahondar en el conocimiento de este legado cultural en el Táchira —más allá de las voces nono y nona—, se sugiere la lectura de la obra pionera: Moreshet, el legado de los judíos en el Táchira (San Cristóbal, 2019), del abogado y académico Bernardo Zinguer.

La obra citada recuerda, entre otros aspectos, la presencia de un judío sefardí converso, Hernando Lorenzo Salomón, en los antiguos folios de los archivos históricos coloniales de la antigua Santa Fe de Bogotá, sede civil y eclesiástica metropolitana del Nuevo Reino y, posteriormente, Virreinato de la Nueva Granada. Salomón fue funcionario electo por los cabildantes y confirmado por el presidente de la Real Audiencia de Santa Fe como Escribano Público, de Cabildo y Regimiento de la Villa de San Cristóbal en 1577. Su esposa, Isabel de Borrero, fue identificada como experta en medicina y curaciones.

Como ejemplo de esta lengua ladina o sefardí, todavía hablada por reducidas comunidades judías sefardíes en Israel y Turquía, y con el uso de los vocablos nono y nona, se transcribe el siguiente verso:

"Salonique se troko de kouando se tsamoucko. Respectar el padre i la madre quedo. El nono i la nona tienen la oultima palabra, I el ermano grande se entremete a la desizion. Bevamos a la saloud de Julia Sion" [1].

Un dato de interés, que asocia circunstancialmente el empleo de la palabra nono con una primitiva comunidad judía tachirense, se halla en la novela Ventisca (1938, reeditada en 1953 y traducida al inglés en 1961), del escritor y militar tachirense Luis Felipe Prato (San Cristóbal, 22 de julio de 1909).

En la novela, Prato evoca experiencias de su juventud y de su familia en el Táchira a finales del siglo XIX y principios del siglo XX:


«El abuelo de mi nono era un judío más hereje que todos los lagartijos [liberales]... ¿Eres godo [conservador], Toñín? ¡Y a mucha honra niña ama! Soy azul de los de pinta en la raíz del pelo [...]» [2].

Es pertinente destacar que en esta novela se registra por primera vez, y hasta la fecha, la palabra "Gocho" circunscrita al ámbito tachirense, aunque solo con el valor de gentilicio despectivo, aplicado a los habitantes de Lobatera y su jurisdicción a finales del siglo XIX [por su afiliación política conservadora, según el contexto de la novela].


La vía de la lengua italiana

En su obra clásica La Democracia en América, Alexis de Tocqueville sentenció: “Los felices y los poderosos no se exilian”. En este sentido, durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX, el Táchira recibió importantes oleadas de inmigrantes italianos que huían de la miseria, el conflicto, la falta de expectativas y las desigualdades sociales de su Italia natal. Precedidos por su reputación de eficientes trabajadores y artesanos, contribuyeron significativamente al desarrollo del comercio y las instituciones de la entonces joven provincia, y luego Estado Táchira [desde 1856], desempeñándose como escultores, ebanistas, carpinteros o comerciantes.

A pesar de ser una comunidad demográficamente reducida, se establecieron en toda la geografía regional. Era común escuchar en su lenguaje familiar el empleo de las voces nonno y nonna para referirse al abuelo y la abuela. Numerosos estudiosos de la etimología italiana sugieren que el término deriva del latín tardío medieval nonno (monje) y nonna (monja), utilizados originalmente para identificar al monje y/o monja de mayor edad en un monasterio. Posteriormente, su uso se extendió al lenguaje coloquial italiano para designar a las personas mayores o ancianas en un hogar y, finalmente, a los abuelos y abuelas [3].

La transferencia lingüística al vocabulario familiar tachirense

Aún se desconoce el mecanismo preciso por el cual los vocablos nono y nona transitaron de estas lenguas romances al vocabulario familiar tachirense. Solo es posible especular con ejemplos que podrían ofrecer indicios sobre cómo pudo haber ocurrido este proceso de migración lingüística.

Don José del Rosario Guerrero Briceño (1927-2005), primer cronista de Lobatera, relató que, a principios del siglo XX, en Lobatera, residía la familia Segnini Casanova. El padre, Pietro Segnini Paolini (o Pavolini), originario de la Toscana (Italia), se dedicaba a la carpintería y ebanistería. Su hijo mayor se llamaba Pedro Francisco Segnini Casanova (1891-1921). Cuando el padre lo requería para alguna tarea en su taller, y dado que el niño se encontraba jugando con sus amigos en la plaza, lo llamaba a viva voz por su nombre en italiano, Francesco, alargando la pronunciación de la penúltima sílaba. Debido a esto, sus compañeros de juego y contemporáneos comenzaron a apodarlo "Checo", sobrenombre que perduró.


A modo de cierre

Es nuestro deseo que la palabra nono y nona no desaparezca del vocabulario familiar. En el complejo contexto del mundo contemporáneo, la identidad cultural de los pueblos constituye uno de los eslabones más vulnerables. Su ruptura y consecuente desaparición conlleva la pérdida del legado cultural —una valiosa amalgama de tradiciones y saberes— y el "ser tachirense" dejaría de ser un sujeto histórico-cultural, cesando en su capacidad de reconocerse como parte de una geografía y una historia distintivas.

De esta manera, una vez silenciado, perderíamos identidad tachirense y orgullo por nuestra tierra y lo nuestro, y dejaríamos de expresar, como el dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht (1898-1956): "Dem gleich ich, der den Backstein mit sich trug Der Welt zu zeigen, wie Haus aussah" [4] (Me parezco a aquel que llevaba el ladrillo consigo para mostrar al mundo cómo era su casa).

Referencias

[1] Levine Melammed, Renée. "An Ode a Salonika, The Ladino verses of Bouena Sarfatty" (poetisa sefardí, 1916-1997), verso 178, Indiana University Press, 2013, p. 88.

[2] PRATO, Luis Felipe. Ventisca. San Cristóbal, 1938. (Fragmento adaptado).

[3] Bonomi, Francesco. "Vocabolario Etimologico della Lingua Italiana", 2008.

[4] BRECHT, Gillet, R. y Weiss-Sussex, G. "Verwisch die Spuren!": Bertolt Brecht’s Work and Legacy: A Reassessmen. Nueva York, 2008.




Imágenes: Nonos tachirenses

Don Teodoro de Jesús Roa, natural de Pregonero (Municipio Uribante)

Doña Rafaela de Ochoa, de San Antonio de Caparo (Municipio Libertador)

Año 1959

En: Luis Felipe Ramón y Rivera e Isabel Aretz, Folklore tachirense, Tomo II vol 3., Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses,1963. Digitalizadas y cortesía del Dr. Bernardo Zinguer (Retazos Históricos del Táchira, 2025). 






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sábado, 19 de octubre de 2019

Memoria de Lobatera. Las historias dentro de la historia │ A Memoir of Lobatera: An Account of Historical Events of Lobatera (Táchira State – Venezuela)









Reconstruyendo el legado... ¿Qué es Memoria de Lobatera? Es un libro de hechos y de historias, pero didáctico. Es la bitácora de uno de los pueblos más antiguos del Estado Táchira y símbolo de la tachirensidad. Es escuela de vida para conocer la configuración del Táchira actual, por lo cual se convierte en una herramienta referencial imprescindible para consultar y conocer los retos, los logros y los fracasos de las generaciones que nos precedieron, útil en estos tiempos presentes de incertidumbre que obnubilan el futuro para las nuevas.
O, trayendo al presente las palabras del pintor Juan Lovera al momento de donar sus pinturas sobre los tumultos y sucesos del 19 de abril de 1810 y el 5 de julio de 1811, al Cabildo de Caracas: El tiempo devora a los más notables acontecimientos, así es preciso consignarlos a la posteridad del modo más indeleble posible. A ella le toca mejorar y perfeccionar (1838).
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Partiendo del principio que la Historia se corrige a sí misma en función de la evidencia, los aquí datos contenidos se corrigen o actualizan, en este sitio, con frecuencia, en la medida que avanza el proceso, constante, investigativo. Para descargar el libro Memoria de Lobatera, accione, en la siguiente pantalla, el pequeño recuadro con flecha de salida que se encuentra en el extremo superior derecho:






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