Puerto de Encontrados, en la ribera derecha (aguas abajo) del río Catatumbo. Estación de inicio del Gran Ferrocarril del Táchira, desde 1895. Imagen del puerto fluvial para 1892 tomada del libro "Au Vénézuela". Souvenirs de Madame Leontine Perignon de Roncayolo (1876-1892). Imprimerie Paul Duponts (París-Clichy, 1895, p. 167). Madame Roncayolo era la esposa del Jean-Batiste Roncayolo (quien castellanizó su nombre como Juan Bautista Roncayolo), ingeniero de ferrocarriles del Gobierno de Venezuela en la presidencia del General Joaquín Crespo, quien estaba haciendo los estudios y trabajos del trazado final del Gran Ferrocarril del Táchira.
Túmulo funerario memorativo levantado en la Iglesia parroquia de Lobatera en el último día del novenario por las víctimas del naufragio del vapor "Sucre". Marzo de 1925 (Foto: Carlos Alviárez Sarmiento, Lobatera, 2020).
Contexto
El vapor Sucre, unidad motonave de la Compañía Anónima Venezolana de Navegación, constituía un eslabón fundamental en la infraestructura de transporte lacustre del occidente venezolano. Su itinerario, de carácter regular y estratégico, articulaba los puertos de la desembocadura del Catatumbo con el embarcadero de Encontrados y terminal del Gran Ferrocarril del Táchira, de Santa Bárbara del Zulia y la capital marabina. Se considera que su incorporación a la flota fue posterior a 1889, dada su ausencia en los registros de la publicación «El Zulia Ilustrado» de aquel año.
La tragedia del 12 de marzo de 1925
La fatalidad sobrevino la noche del 12 de marzo de 1925 en el extremo sur del Lago de Maracaibo. El siniestro segó la vida de catorce tachirenses, todas ellas naturales de Lobatera, Michelena y San Juan de Colón, vinculadas por estrechos lazos de consanguinidad y afinidad.
Las investigaciones y testimonios de la época apuntan a una praxis negligente como causa: una severa sobrecarga de café que comprometió la línea de flotación de la nave. Si bien el tránsito fluvial por el Catatumbo no presentó contratiempos, la entrada a las aguas abiertas del lago coincidió con un fenómeno meteorológico adverso, una fuerte tormenta que sacudió las tranquilas aguas del lago. Esa noche, el impacto de una primera ola por la banda de babor provocó el desplazamiento instintivo de los pasajeros hacia estribor; este desequilibrio de masas, sumado a la violencia de dos embates ulteriores y al exceso de lastre, derivó en el volcamiento de la embarcación. Únicamente lograron salvar la vida cinco individuos, cuatro tripulantes y un pasajero, cuya pericia en la natación les permitió asirse a una toldilla flotante hasta ser auxiliados por un pescador al alba.
Repercusión social y liturgia del duelo en Lobatera
El impacto emocional en la comunidad de Lobatera fue profundo. El duelo se manifestó, como lo disponían las rúbricas tridentinas de la época, a través de una rigurosa liturgia sonora: el toque de plegaria, un repique pausado y complejo ejecutado desde el campanario parroquial, alternando la «campanilla» con dobles de las campanas mayor y mediana, simbolizando el lamento colectivo.
El 21 de marzo de 1925, al concluir el novenario, la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá de Lobatera erigió un túmulo conmemorativo compuesto por una barca simbólica y catorce cruces de madera. Estas piezas, que portaban las iniciales de los fallecidos, como el Coronel Román Vivas Pérez o Doña Agustina Colmenares de Sánchez, fueron posteriormente entregadas por el presbítero Pedro María Morales a los deudos, transformándose en reliquias del dolor local.
Registro documental y el «hado» de la nave
La historiografía del evento encuentra su fuente más detallada en la obra Naufragio misterioso (1927) de Juan Apolinar Uzcátegui. Gracias a este registro y a la memoria oral rescatada en 1985 de Doña Maximiana Sandoval y la Srta. Rosario Borrero, es posible reconstruir la identidad de las víctimas: una comitiva de funcionarios, comerciantes y familias que habían iniciado su periplo en la Estación Táchira con la esperanza de alcanzar los Andes merideños.
Resulta notable que la cronometría de la tragedia quedó fijada en el tiempo por el reloj de pulsera del Coronel Vivas Pérez, detenido a las 10:02 p. m. al momento de su inmersión.
Tras el rescate de la nave a cuatro metros de profundidad, el Sucre fue reintegrado al servicio luego de un proceso de reconstrucción. No obstante, el infortunio pareció signar su destino final: el 1 de febrero de 1927, un incendio devastador en el compartimento de máquinas terminó por consumir la estructura mientras navegaba hacia la boca del río Escalante, sellando así la historia de una embarcación que, de manera casi mitológica, pareció arrastrar consigo el peso de su propia tragedia.
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Fuentes:
Sra. Maximiana Sandoval vda. de Sánchez (1908-2004)
Srta. Rosario Borrero (1927-2006)
"El Zulia Ilustrado" (Maracaibo, 30 de abril de 1889, tomo I, Nº 5)
Apolinar Uzcátegui, Juan. Naufragio Misterioso, Imprenta El Propio Esfuerzo, Maracaibo, 1927, pp. 9-26.
Este libro fue facilitado por el Abogado Wilmer Antonio Rey Lozada, sobrino nieto de Doña María Lozada de Mora (Borotá, 1892 – Lobatera, 1993) el cual había pertenecido a su esposo el Coronel Juan Antonio Mora, quien se desempeñaba como Jefe de talleres y patios del Gran Ferrocarril del Táchira para la época y, encontrándose en Santa Bárbara del Zulia fue una de las primeras personas que llegó al sitio de la tragedia, por cuando se impacientó al ver que el barco con sus familiares no llegaban a la hora pautada por el itinerario de la empresa de vapores del Lago.
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