sábado, 17 de julio de 2021

Ruta del Santo Niño de la Cuchilla: Del Museo a las Cumbres Andinas │Santo Niño de la Cuchilla: From a Quiet Museum to the Andean Peaks








Visitar el Museo de Valladolid (España) y contemplar una de sus delicadas piezas de oratorio me transportó, de inmediato, a los paisajes de mi infancia en San Cristóbal. El encuentro con la efigie de un Niño Jesús dormido sobre una calavera (alabastro, del siglo XVI) despertó el recuerdo de nuestro estimado vecino Jesús Mora Moret, afectuosamente conocido como "Chucho", propietario de la célebre Reencauchadora El Cauchito, un negocio que nació en el Pasaje Acueducto y que luego se estableció de forma definitiva en la carrera 22 de Barrio Obrero. Evoco, si la memoria no me traiciona, que don Chucho era oriundo de Bailadores, en el Estado Mérida.







En uno de aquellos generosos paseos familiares a los que nos invitó junto a mi entrañable nona, mis padres y mis tíos, nos condujo hasta el Santuario del Santo Niño de la Cuchilla. Aquella colina de Zea, población merideña limítrofe con nuestro Estado Táchira, fue el escenario donde mis ojos infantiles descubrieron por primera vez la misma asombrosa escultura que hoy nos convoca.


La contemplación de esta pequeña pieza del siglo XVI, resguardada en el Museo de Valladolid, y su reflejo devocional en el Santo Niño de la Cuchilla, probablemente del siglo XVIII, me situó ante un maravilloso fenómeno de transculturación y persistencia artística.


Ambas tallas, separadas por la inmensidad del océano y los avatares del tiempo, comparten un mismo molde físico y espiritual. Lo que en la vieja Europa nació como una delicada obra destinada a la contemplación privada o al silencio de las celdas monacales, encontró en la cordillera de los Andes venezolanos un eco vibrante que transformó el mármol y el alabastro en el epicentro de una de las tradiciones colectivas más apasionadas de nuestra región.


La antigüedad de esta representación se hunde en el crepúsculo del Renacimiento y los albores de la Contrarreforma, durante el siglo XVI. En este período, los talleres de escultura europeos, particularmente los españoles e italianos, comenzaron a producir con notable frecuencia estas pequeñas figuras exentas.


Mientras que la pieza custodiada en Valladolid es una joya anónima de aquella centuria, la imagen merideña del Santo Niño de la Cuchilla es heredera directa de esa misma tradición manufacturera. Según la memoria oral de los pobladores de Zea, la pequeña efigie andina llegó a sus montañas a mediados del siglo XIX, específicamente entre 1845 y 1874, portada por hermanas clarisas que la trajeron desde Roma, tendiendo así un puente cronológico e histórico de trescientos años entre ambas tallas.


El material de estas obras es clave para comprender su delicada belleza y su misticismo. Aunque las cartelas museísticas a menudo clasifican estas representaciones bajo la etiqueta general de "mármol", la crítica de arte y los registros históricos coinciden en que la materia prima predilecta para estas efigies es el alabastro. Este mineral, caracterizado por su suavidad, ductilidad y una sutil translucidez, resulta idóneo para plasmar la morbidez de la piel infantil y la finura de los rizos del cabello. Tanto el Niño de Valladolid como el de Zea aprovechan las cualidades casi orgánicas del alabastro para otorgar a la figura del recién nacido una apariencia de extrema fragilidad, contrastando la calidez de la infancia con la fría rigidez de la piedra sobre la que reposa.


El simbolismo de la imagen es de una riqueza teológica abrumadora, estrechamente ligada al concepto barroco del Memento Mori ("recuerda que vas a morir") y las alegorías de la Vanitas, la vanidad de vanidades que nos recordara el rey Salomón en el Eclesiastés.


Al representar al Niño Jesús dormido plácidamente usando una calavera como almohada, el artista no buscaba generar horror, sino proponer una profunda meditación sobre la Redención. El mensaje es directo: el Salvador nace conociendo ya su final, y su tierno sueño infantil prefigura el sueño de la muerte en la Cruz. Esta paradoja visual une el alfa y el omega de la existencia cristiana, recordando al creyente la brevedad de la vida terrenal y la victoria final sobre la muerte a través del sacrificio mesiánico.


Sin embargo, al cruzar el Atlántico, este profundo e intelectualizado símbolo europeo sufrió una asombrosa metamorfosis cultural en los Andes venezolanos. En el cerro de La Cuchilla, un paraje que conectaba la tradición cultural de los estados Táchira, Mérida y Zulia, la rigurosa alegoría de la muerte se impregnó de la calidez y el fervor de la piedad popular andina. La imagen ya no fue vista como un recordatorio severo de la mortalidad, sino como un protector cercano de los caminantes, los arrieros y las familias campesinas que desafiaban la rigurosidad de la geografía montañosa. El "Niño de la calavera" pasó a ser, simplemente, el "Santo Niño de la Cuchilla", un vecino más de las cumbres.


El valor cultural de la imagen en la tradición andina se manifiesta en su capacidad para aglutinar la identidad colectiva de la región. Cada diciembre y enero, la solitaria capilla construida originalmente a mediados del siglo XIX con técnicas tradicionales de tierra pisada se convierte en el destino de una multitudinaria peregrinación. Miles de devotos suben a pie por las empinadas laderas de Zea para pagar promesas, cantar parrandas y ofrendar velas al Niño Jesús. Esta manifestación no solo es un acto de fe, sino un espacio donde se reactualizan la música, la gastronomía, la tradición oral y los lazos de solidaridad comunitaria que definen el ser andino.


La devoción al Santo Niño de la Cuchilla ha adquirido incluso matices únicos dentro del sincretismo local, llegando a ser integrado en las creencias populares como parte de las entidades espirituales protectoras de la salud, a quienes los campesinos atribuyen curaciones milagrosas y favores espirituales. Esta dimensión curativa y protectora contrasta con la frialdad de la calavera que le sirve de soporte, demostrando cómo el pueblo andino ha sabido reescribir un símbolo de muerte para convertirlo en una fuente inagotable de salud, vida y esperanza para los más desfavorecidos.


Así, el Niño del Museo de Valladolid y el Santo Niño de la Cuchilla de Zea representan las dos caras de una misma moneda artística y espiritual. Mientras el primero descansa bajo la atmósfera controlada y la mirada intelectual de los visitantes de un museo europeo, donde se respira la más pura esencia de los valores del alma castellana, el segundo palpita en el pecho de un pueblo que lo ha hecho suyo a través del afecto y la oración constante. Ambas imágenes nos recuerdan que el verdadero valor del patrimonio cultural no reside únicamente en la antigüedad de su talla o en la nobleza de su alabastro, sino en su asombrosa capacidad para seguir dialogando con el alma humana, ya sea en el silencio de una vitrina en Castilla o en el viento frío de las cumbres de Mérida.


Fotos: "
Niño Jesús con calavera", Museo de Valladolid, Samir A. Sánchez (2026) y Santo Niño de la Cuchilla, Postalven (2012).

miércoles, 3 de febrero de 2021

Terremoto de San Cristóbal de 1598: Orígenes registrados de la actividad sísmica en el Táchira│The 1598 San Cristóbal Earthquake: Origins of Seismic Activity in Táchira

 



Solicitud del Procurador en Corte Capitán Alonso de Ribas. Con nota marginal hecha por los revisores y autoridades del Real y Supremo Consejo de Indias en Madrid, en 1611, donde se especifica que una parte de las informaciones y peticiones de la Villa de San Cristóbal fueron dadas por el Alcalde de la Villa en 1609 (Foto: Cortesía del investigador Dr. Bernardo Zinguer, 2025).



El rastreo minucioso de las fuentes documentales de la época, por parte de los especialistas, permite fijar un hito fundamental en la historia sísmica del Táchira: el primer terremoto de gran magnitud registrado en la Villa de San Cristóbal ocurrido en el año 1598 y en los sucesivos años temblores de tierra. Este temprano fenómeno natural dejó una profunda huella en las estructuras de la naciente localidad, marcando el inicio de una larga crónica de eventos telúricos que han condicionado el devenir urbano y social de toda la geografía tachirense


Los detalles de este suceso y sus devastadoras consecuencias se desprenden directamente de un conjunto de solicitudes enviadas a la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá, organismo que actuaba en América como un verdadero alter ego del Rey de España. Dichas peticiones fueron reunidas, canalizadas y presentadas de manera unificada ante la Corte por el procurador Don Alonso de Ribas, quien transmitió en 1610 las apremiantes demandas surgidas de los cabildos, justicias, regimientos y alcaldes de las ciudades que integraban el Corregimiento de Mérida del Espíritu Santo de La Grita (creado formalmente mediante una Real Provisión de 9 de mayo de 1607, subordinado a la Real Audiencia de Santa Fe del Nuevo Reino de Granada), entre las cuales figuraban explícitamente Mérida, la Villa de San Cristóbal, Espíritu Santo de La Grita, Altamira de Cáceres, y Nuestra Señora de Pedraza.




Solicitud del Procurador en Corte Capitán Alonso de Ribas, con notas marginales hechas por los revisores y autoridades del Real y Supremo Consejo de Indias en Madrid, en 1611, donde se transcriben las informaciones y peticiones de la Villa de San Cristóbal, en las cuales se informaba a la Corona, por igual, sobre los terremotos y temblores que han asolado la Villa desde hace doce años. Informaciones dadas por el Alcalde de la Villa en 1609 (Foto: Cortesía del investigador Dr. Bernardo Zinguer, 2025).


Al examinar este histórico expediente de 1611, resalta un valioso dato cronológico consignado por el revisor de la Corona. En una precisa nota marginal al inicio del documento, se especificaba que, si bien el sismo aconteció a finales del siglo XVI, las peticiones particulares y los informes de daños correspondientes a la Villa de San Cristóbal fueron formalmente redactadas y presentadas por el Cabildo entre los años de 1609 y 1610. En una de estas peticiones,  referían: 

"Otra dice que de 12 años a esta parte han sucedido en esta Villa grandes terremotos y temblores de tierra que ha sido causa de ruina [...]". 

La fórmula "terremotos y temblores de tierra" que, en conjunto sumaron para la ruina de la Villa, empleada en la redacción, demuestra como, aún sin un marco teórico formal, los escribanos de Cabildo operaban bajo un criterio metodológico sistemático: diferenciar el fenómeno catastrófico singular (terremoto) de la actividad sísmica recurrente y de menor intensidad (temblores o enjambres sísmicos), adelantándose empíricamente a las normativas técnicas actuales.


El texto especificado en la solicitud general  transcribía literalmente el escrito original del Cabildo de la Villa de San Cristóbal que formaba parte de los anexos del expediente, en el f. 24 del mismo. Esta solicitud original estaba identificada como  "Nº 10" del expediente presentado en la Real Audiencia por el Procurador Ribas y está fechada en la Villa de San Cristóbal el 6 de marzo de 1610, poco después del violento terrenoto de San Blas del 3 de febrero de 1610 (que destuyó a la villa y a La Grita). Firmaron la misma los alcaldes de primera y segunda elección Diego Martínez y Domingo de Urrego, el Alferez Real Pedro Dionisio Velasco y regidores Martín de Cárdenas Cristóbal Melero, Hernando Lorenzo Salomón y Miguel de Buenaño. Escribano Público y de Cabildo Cristóbal Vivas. Por igual, en las notas marginales del documento enviado a España, se habla de otra solicitud realizada por el Alcalde de San Cristóbal, en 1609.


El anterior documento de incalculable valor historiográfico se encuentra, como expediente, resguardado en el Archivo General de Indias en Sevilla, bajo la sección Real Audiencia de Santa Fe, legajo 67, N.º 25, y fechado en Madrid, a 18 de febrero de 1611.


Este antiquísimo testimonio no hace sino confirmar una realidad insoslayable: la ciudad de San Cristóbal y, por extensión, el Estado Táchira constituyen una zona geológica de francturas y bloques de alto riesgo sísmico debido a la compleja dinámica de los sistemas de fallas geológicas que atraviesan la región andina tachirense. A lo largo de los siglos, la recurrencia de estos fenómenos ha demostrado que el territorio está expuesto de forma permanente a la fuerza de la naturaleza, convirtiendo la amenaza sísmica en una constante estructural de su historia pero que, con el pasar del tiempo, se va borrando peligrosamente de la memoria de sus habitantes, retomándose su recuerdo sólo después de cada desastre telúrico.


La lista de los más devastadores terremotos en tierra tachirense, iniciada en 1598, continúa en 1610 (destrucción de La Grita y San Cristóbal), 1644 (San Cristóbal), 1812 (La Grita), 1849 (Lobatera), 1875 (todos los pueblos del Estado Táchira, con epicentro en el valle de Cúcuta) y 1981 (San Cristóbal). Ante esta vulnerabilidad histórica y geográfica, resulta imperativo transformar el conocimiento del pasado en una herramienta de resiliencia para el presente. Es indispensable articular esfuerzos educativos sostenidos orientados a construir una verdadera cultura de prevención ante sismos, sembrando estos hábitos desde el núcleo de las familias y consolidándolos en los espacios escolares. Sólo mediante la preparación, el diseño de infraestructuras adecuadas y la concienciación ciudadana colectiva se podrá mitigar el impacto de futuros eventos telúricos.



Nota Bene (N. B.): Para comprender la estructura de este documento, es necesario analizar cómo funcionaba la burocracia y gestión de estas solicitudes ante las autoridades del Nuevo Reino de Granada y el Consejo de Indias en España para la época de su redacción, durante el reinado de Felipe III. Las representaciones de los cabildos de las ciudades, villas y pueblos comprendidos en su jurisdicción podían enviar representantes directos o, para ahorrar costos en unión de otros cabildos, y delegaban su voz en una figura clave: el Procurador en Corte. En este útimo caso, los cabildos locales le enviaban sus solicitudes o peticiones, dentro de un lapso previsto, a su lugar de residencia, por lo general la capital de la provincia o corregimiento; allí, el Procurador reunía los casos y redactaba una carta de presentación unificada, anexando los testimonios particulares en un único expediente destinado a la Real Audiencia o al Consejo de Indias, directamente a su presidente y consejeros (oidores, letrados y fiscal). Una vez introducido en el tribunal, los escribanos transcribían el documento en un nuevo papel, dejando estratégicamente un amplio margen a la derecha (izquierda del observador) para que se asentaran las notas, comentarios y pareceres o veredictos. Posteriormente, el documento original, con las respuestas recibidas del Consejo de Indias, en España, se devolvía, a través de la Real Audiencia de Santa Fe, a la provincia con las decisiones adoptadas. Por ello, el expediente que hoy se custodia en Sevilla (España) y que se presenta en este trabajo, se corresponde con el estudio de dichas peticiones por parte del Real y Supremo Consejo de Indias, que sesionaba en Madrid para la fecha.



El Decálogo de la Montaña: 7 hábitos para entender y convivir con los tachirenses │ The Decalogue of the Heights: 7 Habits to Understand and Flourish Among the Tachiran People (Táchira State)





Laguna de García (Municipio Uribante)




Adaptarse al Táchira es algo que trasciende más allá del desplazamiento geográfico; es una inmersión en un compás existencial donde la cordialidad es ley y la geografía de montaña dicta los ritmos de la voluntad. Para transitar de la estancia a la pertenencia, es preciso abrazar, entre otros, estos siete preceptos esenciales:

1. El saludo

En el Táchira, la palabra es el primer puente. La cortesía tachirense no es un formalismo vacío, sino un contrato social inquebrantable. El hábito de bendecir el encuentro con un "buenos días" o un "hasta luego" —desde el umbral del vecino hasta el mostrador de la bodeguita de la esquina o del abasto— es la llave que franquea la confianza. Un trato tosco no es solo una falta; es una disonancia en la armonía de un pueblo que ha hecho de la educación su estandarte.

2. La pizca como ritual del desayuno

El despertar tachirense se consagra en la mesa. Es imperativo integrar el hábito de la pizca: esa sopa reconfortante que destila la esencia del campo. Desayunar con este caldo nutritivo no es solo un acto alimentario, es una comunión con el vigor necesario para enfrentar la jornada. En esta tierra, la mañana no comienza sólo con café, sino con el aroma de la tradición humeante.

3. La previsión ante el tiempo

Aunque el sol de mediodía pueda resultar abrasador, la montaña posee un temperamento voluble. El hábito de portar siempre una prenda de abrigo es la respuesta técnica a la neblina que no se puede predecir. En el Táchira, la chaqueta no es un accesorio estético, sino un resguardo ante el frío que desciende, impasible, cuando la luz se retira.

4. La institución del "puntal"

La cultura del trigo alcanza en estas cumbres una dignidad envidiable. El habitante debe adoptar el ritual del puntal: ese interludio vespertino, de las 4:00 pm,  donde el pan aliñado, la acema o el trenzado se encuentran con el café, el chocolate caliente  o la aguamiel. Es el espacio de la tertulia y la socialización por excelencia, un hábito que detiene el tiempo para celebrar el oficio de los panaderos locales.

Asimismo, ante el ofrecimiento de un "palito", una bebida espirituosa de licor destilado artesanal, ya sea puro o aliñado (con eneldo, anís u otras ramas), conviene meditar antes de dar una negativa. Su aceptación constituye un imperativo de cortesía; pues soslayar tal gesto de hospitalidad se entendería como una displicencia a la esencia misma de la fraternidad tachirense.


La verticalidad del paisaje exige una reconfiguración de la movilidad. El Táchira desconoce la línea recta; vivir aquí implica desarrollar la pericia técnica frente al relieve:

A pie: Una preparación física que asume el ascenso y la cuesta como un ejercicio cotidiano de resistencia.

Al volante: El hábito de la vigilancia mecánica, especialmente de los frenos, y la paciencia ante las pendientes pronunciadas que desafían toda inercia.

6. La distancia respetuosa del "usted"

En el Táchira, tenemos nuestro propio acento, cadencia y correcta pronunciación al hablar. Aquí el lenguaje constituye el reflejo fidedigno de una rigurosa jerarquía emocional. La práctica de la escucha activa revela que el tuteo no es sino una excepción en un mar de formalidad y respeto.

Dominar el uso del "usted" equivale a desentrañar la idiosincrasia local, del mismo modo que descifrar la compleja polisemia del vocablo "toche". Al respecto, la prudencia es imperativa: su empleo representa un arte de sutiles matices que oscila entre la afrenta y la complicidad; solo el tiempo y la cercanía otorgan el derecho de proferirlo.

Por igual, en estas tierras la moderación rige el temperamento: no se alza la voz ni se incurre en el grito. Somos un pueblo de hablar parco, que prefiere la precisión de lo necesario frente al ruido y la estridencia


Habitar esta región es convivir con la dualidad fronteriza. Se requiere el hábito del dominio de ambas culturas, de la vigilancia económica y política que va desde conocer las rutas del trasegar de nuestra gente y el flujo constante entre pesos, bolívares y divisas, hasta saber el estado de los puentes internacionales. Para el tachirense la frontera es más que un límite convencional e imaginario, es un organismo vivo que condiciona el comercio, los trámites y la cotidianidad tachirense.

Al seguir estos hábitos comprenderás, al fin, que la existencia en estas tierras posee una mística que las palabras apenas logran rozar.

Es un rincón de América y del mundo donde el tiempo parece demorarse en las cumbres, envolviendo con su manto los valles, mientras en el corazón de su gente late un ímpetu laborioso que no conoce el desmayo ni la derrota, y que hace lo que se propone. En el Táchira, la quietud del aire y el vigor del brazo se funden en un abrazo sagrado: un contraste donde el sosiego del alma potencia la voluntad inquebrantable de quienes tienen la mirada alta y la fuerza telúrica de la cordillera.


Este trabajo puede descargarse en formato PDF (sección final) en el siguiente enlace: 








jueves, 31 de diciembre de 2020

Puente colgante Libertador (San Cristóbal-Táriba): un puente al pasado monumental tachirense │Magnificent 'Libertador' Suspension Iron Bridge (Táchira State): History, Art and Life

 









“Trabajar con el acero no como elemento para construir un paisaje, sino como material de construcción en términos de masa, peso, contrapeso, capacidad de carga, carga concentrada, compresión, fricción y estática, ha estado siempre separado de la historia de la escultura. Sin embargo, ha tenido una aplicación directa en la historia de la arquitectura, la tecnología y la construcción industrial. Es la lógica de las torres, presas, silos, puentes, rascacielos, túneles...”


Una combinación perfecta de arte e ingeniería... Sobre el río Torbes, entre San Cristóbal y Táriba (Estado Táchira) y siguiendo un trazado longitudinal con orientación noroeste-sureste, se levanta una obra maestra de la ingeniería estructural que le dio al simple hierro y al acero la altivez y sobriedad de una obra de arte, funcional y majestuosa en el entorno del país tachirense. 

El impacto visual de su escala resulta en una síntesis de eficiencia y de magnificencia que respondía a los principios establecidos por la ingeniería francesa de fines del siglo XIX, quien fijaban para cada estructura una hardiesse (audacia), légèrete (ligereza), elegance (elegancia) y parfaite utilisation de la matèrie (una perfecta utilización de los materiales). 

Por todo ello, su perspectiva arquitectónica, en cuanto a puentes se refiere, no ha sido superada en nuestros tiempos, haciendo de él un hito urbano atemporal y un símbolo de identidad, como testimonio referente de una época de grandes realizaciones. Ya las generaciones que nos precedieron lo expresaban con orgullo: "No hay puente más elegante en el mundo que el Puente Libertador".

 


Sobre su colapso y destrucción en 1943, consúltese el siguiente enlace de Proyecto Experiencia Arte: Vaguada de 1943 y el Puente Libertador (San Cristóbal-Táriba, Estado Táchira): anatomía de una socavación fluvial. 

 

Para descargar El puente colgante Libertador, accione, en la siguiente pantalla, el pequeño recuadro con flecha de salida [Pop out content] que se encuentra en el extremo superior derecho:






© Proyecto Experiencia Arte / Experience Art Project 2012-2020. Algunos derechos reservados. Los derechos de autor de las fotografías pertenecen a cada fotógrafo, grupo o institución mencionada.


martes, 29 de diciembre de 2020

La riqueza del castellano que se habla en el Táchira │Tachiran Spanish (or Castilian) accent of Táchira State. Richness of a Languaje

 




Imagen: Agricultor tachirense (1953). Tomada del texto "Folklore tachirense" (Tomo II) de Ramón y Rivera L. F. / Aretz Isabel (1961) Digitalizada y retocada por Bernardo Zinguer para Retazos Históricos del Táchira. Reproducción con fines didácticos.



¿Quién trujo al niño?
La riqueza del castellano que se habla en el Táchira

Ante la pregunta ¿qué idioma se habla en el Táchira?, la respuesta resulta directa: el español o castellano. Pero, si se profundiza un poco en la misma, nos encontramos con una verdadera riqueza lingüística: el castellano tachirense es una señal indeleble de identidad, es un dialecto regional diferenciado del resto del castellano hablado en Venezuela, que caracteriza a sus hablantes por expresarse correctamente, con propiedad y sin vicios fonéticos, a través de su singular y cadencioso acento montañés.


Así, el habla tachirense resulta en un lenguaje sosegado, justo y sin estridencias tonales. Es clasificado por igual -entre los especialistas en lingüística y fonología venezolana-como dialecto de las tierras altas (castizo o castellano clásico) por el predominio de fonemas alófonos alveolares (ej. la aspiración gutural en los fonemas compuestos por j y vocal, y en la n resonante, reminiscencias del castellano americano del siglo XVII), en contraposición al dilecto de las tierras bajas (radical o distendido) donde se presentan aspiraciones, elisiones o inversión de grafemas, predominando el empleo de fonemas alófonos velares. En palabras de la filóloga y autora María-Dolores Albiac Blanco, el habla tachirense es "el castellano más castizo, mejor pronunciado y empleado con más exactitud y chispa". 


Como ejemplos de voces antiguas conservadas en algunos campos y aldeas más remota de la montaña tachirense, se ha constatado que perviven aún -en el lenguaje diario-términos del castellano del siglo XVI en expresiones como: "deje el retozo" (Francisca Sánchez, 82 años, aldea Angostura, Municipio Vargas, 1990); "ayer me topé con el corregidor de la aldea" (Florentino Pernía, aldea Saisayal, Municipio Uribante, 78 años, 1995) y "¿Quién trujo al niño?" (Rufino Sandoval Zambrano, aldea La Molina, Municipio Lobatera, 81 años, 1980).


Lamentablemente, la vibrante riqueza identitaria y cultural del castellano tachirense formada a través de siglos de historia, se encuentra en franco declive. La globalización, vehiculizada por medios de comunicación social de gran alcance y mayor influencia económica, insidiosamente impone el dialecto central-caraqueño-caribeño (dialecto de las tierras bajas) como modelo lingüístico único en el territorio tachirense y en los demás territorios del país.


Esta misma fuerza homogeneizadora, al igual que ocurre con la música llanera, presenta ese dialecto y música como el único representante de la identidad venezolana en el interior y exterior del país, relegando y silenciando nuestros propios giros, acentos de la montaña y géneros musicales, opacándolos u ocultándolos, haciéndolos parecer -en muchos casos- inferiores o indignos de ser escuchados, llegando hasta la mofa y el escarnio.


Es crucial comprender que nuestra lengua, nuestra manera de hablar, la que aprendimos por educación familiar de nuestros mayores y en la vieja escuela, es un pilar fundamental de nuestra identidad como tachirenses, un legado invaluable que corremos el riesgo de perder irremediablemente. Solo una educación familiar y escolar consciente y comprometida con la valorización de nuestros rasgos lingüísticos tachirenses, propios, puede detener esta erosión de nuestros valores identitarios y evitar que nos diluyamos en una masa cultural sin raíces ni voz propia. Por ello, siéntete orgulloso de tu lenguaje y siempre #hablatachirense


Para conocer antiguas expresiones y dichos tachirenses puede consultarlos en el siguiente enlace: "Los dichos de los nonos".



© Proyecto Experiencia Arte / Experience Art Project 2012-2020. Algunos derechos reservados. Los derechos de autor de las fotografías pertenecen a cada fotógrafo, grupo o institución mencionada.

viernes, 6 de noviembre de 2020

El Cuartel Nacional de San Cristóbal o Cuartel 'Bolívar': reseña de una arquitectura defensiva │Tachiran Military Buildings: Cuartel Nacional de San Cristóbal or Cuartel 'Bolívar' ('Bolívar' Army Barracks-Fortress)

 



 

Samir A. Sánchez (2019)

 

Ubicado estratégicamente en la ciudad de San Cristóbal, el Cuartel «Bolívar» (construido entre 1934 y 1941) se presenta como un hito arquitectónico dentro de la trama urbana. Su escala, que tiende a la monumentalidad, y diseño en cuadrilátero caracterizado por formas clásicas y dimensiones ciclópeas, lo consolidan como una de las representaciones más relevantes de la arquitectura militar de sistemas abaluartados del período gomecista* en el Estado Táchira y, por que no, una proyección permanente, en el imaginario urbano, de la primera construcción que tuvo la ciudad de San Cristóbal, luego de su fundación en el siglo XVI: el Fuerte de tapias.

Por todo ello, y cumpliendo aún los principios vitruvianos de la tríada arquitectónica Firmitas (solidez), Utilitas (utilidad) y Venustas (belleza), el Cuartel «Bolívar» permanece como relictus, huella, ejemplo y memoria tangible -si bien ya desdibujada en parte por los adosado y las modificaciones hechas a la estructura original- de una impronta funcional, constructiva y estética, que parecía marcaría la identidad arquitectónica de la ciudad cordial, a principios del siglo XX, pero que se diluyó en el tiempo cuando desaparecieron las nociones de autoridad en planificación, de unidad estética y de un urbanismo ordenado, más humano y humanizante.





Cuartel Nacional de San Cristóbal para 1936 (actual Cuartel «Bolívar»). Estado de la construcción y obras. Perspectiva del imponente bastión angular sureste y torreones de la fachada principal (sobre la carrera 16), desde la esquina de la carrera 16 con calle 9. Asimismo se observa como los muros de cierre laterales (norte y sur) y torres esquineras y flanqueantes  ganaron altura en la medida que va aumentaba la pendiente del terreno. Foto: Memoria y Cuenta del Ministerio de Guerra y Marina, año 1937, p. 143. Biblioteca Nacional (Caracas), reproducción con fines didácticos.





Cuartel Nacional de San Cristóbal para 1936 (actual Cuartel «Bolívar»). Perspectiva del patio de armas o interior, aún en obras, desde la altura del torreón que da hacia la garita de centinela en la esquina en la carrera 15 con calle 9. Foto: Memoria y Cuenta del Ministerio de Obras Públicas, año 1937, p. 111. Biblioteca Nacional (Caracas), reproducción con fines didácticos.





Cuartel Nacional de San Cristóbal para 1936 (actual Cuartel «Bolívar»). Perspectiva de una sección o lienzo de la fachada principal con torres flanqueantes y esquineras, que da a la carrera 16. Foto: Memoria y Cuenta del Ministerio de Obras Públicas, año 1937, p. 147. Biblioteca Nacional (Caracas), reproducción con fines didácticos.


Arquitectura y arte...


Esta obra emblemática se levantó sobre el talud o terreno desigual y escarpado de una de las terrazas aluvionales, escalonadas, del valle de Santiago, lugar de emplazamiento geográfico de la ciudad de San Cristóbal, motivo por el cual la fachada oeste [carrera 15], a diferencia de la fachada este o principal [carrera 16], se imponía -y aún se impone- desde el Barrio San Carlos, en una posición privilegiada y céntrica, sobre toda la visual y amplitud de la urbe de la época.


Desde una perspectiva artística propia del romanticismo arquitectónico y con una traza e idea estructural española de táctica visual de defensa urbana este-oeste, como plaza cerrada defensiva o como arquitectura defensiva. Esto es limitada a su propio perímetro,  y una capacidad para contener a la primera y más importante guarnición del Estado Táchira, la nueva obra reemplazaría a la antigua casa-cuartel, cuya ubicación y edificación databa de fines del siglo XIX, específicamente en la calle 4, entre las carreras 2 y 3, frente a la Plaza Mayor en diagonal con la Catedral, el nuevo cuartel sería la primera de una serie de construcciones militares estadales que se realizaron como cordón defensivo -pensado para la época- en el espacio que separaba la frontera andina tachirense y la ciudad capital venezolana, en la primera mitad del siglo XX. 


Desde una proporcionalidad geométrica euclidiana, posee una severa horizontalidad en planta rectangular herreriana** -salvando el principal desafío constructivo, la pendiente del terreno- la cual distribuye su altura en tres niveles [fachada con orientación oeste] y dos [fachada este] en torno a un patio principal central, rectangular, y cuatro de servicio, cuadrangulares, formados estos por la confluencia o cruzamiento de una doble crujía, homogéneas, y pasillos conectores -en sus extremos norte y sur- con entradas o accesos, de arcos de medio punto y columnas dóricas, por el patio de armas. Su asentamento sobre un terreno inclinado en parte obligó a una amplia tarea de excavación y aterrazamiento, aprovechando el arquitecto esa pendiente para sacar una planta más hacia el oeste y espacios para los sótanos, un todo salvado por escaleras. 



Cuartel Nacional o Bolívar de la ciudad de San Cristóbal, para 1947 (Foto: Álbum conmemorativo del IV Centenario del Descubrimiento del Táchira 1547-1947, publicación del Gobierno del Estado Táchira, Imprenta del Estado, 1947). Se pueden detallar los aspectos formales de la estructura en especial la torre esquinera del baluarte noreste (carrera 16 con calle 10). Esta torre queda definida por un elevado cubo macizo, sobre un basamento prismático, con transición de perfil rebotante o talud forma sinuosa), y está rematada por un cuerpo cilíndrico con aspilleras y contrafuertes. 




Cuartel Nacional o Bolívar de la ciudad de San Cristóbal, c. 1947 (Foto: Investigaciones del Dr. Bernardo Zinguer, Retazos Históricos del Táchira, 2025). Se pueden detallar los aspectos formales de la estructura en especial la sólida torre esquinera del baluarte sureste (carrera 16 con calle 9). 



De las lecturas de las partes del cuartel-fortaleza de San Cristóbal, se observa que en el diseño de la edificación aún cuando se presenta con un marcado contraste entre monumentalidad y sencillez, se tuvo una total atención a los fuertes y rígidos volúmenes prismáticos y orden axial, bien sea ornamentales o estructurales, y a otros aspecto los cuales, desglosándolos, serían:


• Cuidada definición de cada uno de los elementos de construcción como puede ser los cuatro ángulos de la edificación abaluartados o trazados en forma de amplios baluartes; contorno exterior del edificio con torres en la fachada oeste y laterales norte y sur, y torreones en la fachada este o principal [ocho torreones].

• Retranque de las crujías de cierre del edificio que dan forma a un patio de armas o central, con porticado interno en su extremo este conformado por arcos adintelados sobre pilastras cuadrangulares de estilizado capitel dórico.

• Cornisamento adintelado y voladizo en los cuerpos y muros.

•
Paramentos con aparejos regulares semejando a piedras isódomas de sillería y sobrios ventanales tríforos, externos, y adintelados, sobre lineales y alargadas aspilleras, en el primer nivel y ventanales termales o romanos en el segundo, invirtiéndose esta distribución en los cuatro ángulos bastionados.


• Acroterio o remate almenado con adarve (camino o pasadizo de ronda) y un zócalo en saliente.

• Torres esquineras en salientes cuyo diseño derivaba de la antigua función que cumplían: punto de fuego de cobertura para los cañones que protegían los lienzos, cortinas (muros externos) en retranque de la edificación, garitas exteriores de centinela y casamatas en los ángulos externos.

• Torres flanqueantes en los muros o lienzos norte y sur.

• Muros recubiertos con un friso o revoque que simula un aparejo almohadillado, con un mayor remarque sobre los arcos de los vanos o ventanales.

• Techos con cubierta plana, de losas y vigas de hierro.

• Reducida contraescarpa en hiladas de ladrillo macizo que separa la edificación de la carrera 15 y de las calles 9 y 10.

• Poternas en el muro de cierre oeste.


• Base cajeada sobre el techo de la entrada principal para marcar el arranque del mástil de insignia donde se coloca la bandera nacional.

• Fachada principal con proyección o cuerpo en saliente a dos niveles, con la única puerta grande de entrada,  enmarcada en un  vano de arco de punto, flanqueada por dos sólidos torreones con garitas para centinela y rematadas ambas por lienzos cilíndricos con aspilleras.

• Como cubierta de la entrada principal, un techo en voladizo horizontal soportado por una viga o vigas tipo cantilever, sobre la puerta principal, de canto moldurado y de un único apoyo en muro, marcado por dos sinuosos modillones ornamentales y de perfil escalonado, en la sección activa del voladizo, que proyecta, como se dijo, una amplia y elegante cubierta a la referida puerta principal, la cual se encuentra a nivel entre la calle de acceso [carrera 16] y el patio de armas, unidos ambos por un  pasillo que finaliza en un pórtico cerrado.

• El pórtico cerrado contiene las escaleras principales y rellanos de ascenso a la segunda planta. Este espacio, si bien en la primera planta semeja una prolongación -como un apéndice o contraparte simétrica del voladizo de entrada- es en sí un prisma rectangular recto que se adentra, como único elemento estructural funcional, en el patio de armas. Su altura finaliza como portal de salida al techo y almenas. Cuenta con cinco alargados vanos rectangulares en su muro de cierre, en forma de amplias aspilleras, los cuales permiten la iluminación natural del interior.

• Garitas esquineras de vigía en forma de luneta, almenadas y aisladas. Poseen estrechas aspilleras horizontales que cumplen la función de mirilla.

Un todo que da solemnidad y monumentalidad a la obra, y define su ornamentación.


De todas las partes descritas, aquella que marca el efecto monumental y militar de dicha obra como fortificación son las torres angulares o esquineras, en especial las de la fachada oeste [carrera 15], donde la proporción se somete al arte. En ellas, el arquitecto acertó con una composición sencilla o primaria, pero imponente, al crear una visión de estructura y armónico contacto con el suelo por medio de gruesos volúmenes que se elevan en el espacio. Efecto logrado a través de la transición que hace del cubo de la base o cimiento al cuboide rectangular del cuerpo y remate de la torre, con una solución ornamental a través del empleo de una elongada y estilizado apófigo angular o rebotadero.




Baluarte angular noroeste y torres esquineras y flanqueantes, con perfil de rebote o talud en la base y destacadas secciones cuboides, del Cuartel «Bolívar», desde el cruce de la carrera 15 con calle 10 y parte del perfil norte de la edificación sobre el terreno con topografía en pendiente o escarpado (Foto: Geraldin Barrera, Google Maps/Google Earth 2020, reproducción con fines didácticos).
     

El autor

Sin pertenecer al mundo castrense, la anterior obra descrita, monumental y casi hierática, fue ideada por el arquitecto Carlos Guinand Sandoz (1889-1963) quien, formado en Europa y como  funcionario del Ministerio de Obras Públicas, fue uno de los más sobresalientes arquitectos de su época y destacó como pionero por el usos de formas modernas, neocoloniales o del art déco en sus diseños de obras para el Estado venezolano.

Es de destacar que el arquitecto Guinand Sandoz se casó en 1924 con la tachirense María Delfina Baldó Soulés, nacida el 12 de abril de 1901 en San Cristóbal, hija del abogado Lucio Baldó y de la señora Delfina Soulés. Era hermana de ilustre médico neumonólogo y catedrático tachirense, el Dr. José Ignacio Soulés Baldó (1898-1972). La Sra. Soulés de Guinand murió el 5 de noviembre de 1974 en Los Dos Caminos, Caracas.


Su historia constructiva...


Este recinto fortificado defensivo, por cuanto según las viejas normas militares españolas: «estaba dispuesto el lugar con tal arte, que pocos soldados dentro de la fortificación, puedan defenderse de muchos que los ataquen», debía reunir en un solo lugar a la artillería, calabozo, almacenes, talleres, enfermería, cocina, dos sótanos para almacén de pólvora y depósitos a partir de los muros de contención, alojamiento de infantería o barracones, de oficiales y los despachos del alto mando militar del Estado Táchira, en acantonamiento en tiempos de paz.


La génesis de la obra quedó registrada en la Memoria y Cuenta del Ministerio de Guerra y Marina para los años 1933-1934, entregada por el Ministro de dicho despacho, General de Brigada Eleazar López Contreras, siendo Presidente de los Estados Unidos de Venezuela el General en Jefe Juan Vicente Gómez. En ella se especifica que la estructura fue proyectada en planos y aprobada en junio de 1934, como nuevo cuartel para la comandancia de armas y guarnición de la ciudad de San Cristóbal.


Así, en 1935, se informaba: «En diciembre de 1934 se iniciaron los trabajos para la construcción del Cuartel Nacional [...] y a la fecha continúa la construcción del Cuartel de San Cristóbal, obra que será de notables proporciones» (Memoria del Ministerio de Obras Públicas, Caracas, 1935, p. 351). De esta manera, la nueva y sólida edificación, con un perfil de fortaleza antigua, comenzaba a quedar inserta en la prolongación este de la cuadrícula o trazado en damero colonial de la ciudad capital tachirense que sólo llegaba hasta la actual carrera 20 e intentaba ensancharse con las primeras casas y calles del actual sector de Barrio Obrero [la carrera 17 divide el barrio San Carlos de Barrio Obrero]. Quedando la obra del cuartel, en consecuencia, emplazada, en el barrio San Carlos, en la cuadra o manzana limitada por las carreras 15 (de la Independencia) y 16 (de los Andes), y la calle 9 (de Torres) y 10 (de Ricaurte), en los ejidos municipales del sitio de la loma de Piedra Gorda.


Por material fotográfico de 1938 se conoce que la estructura ya estaba totalmente levantada, en obra limpia, y en su último Mensaje Presidencial a la Nación, de 1941, el ya Presidente y General en Jefe Eleazar López Contreras, anunciaba con satisfacción: «Se han terminado los trabajos del Cuartel "Bolívar" de San Cristóbal, obra moderna, de vastas proporciones».


En un ejercicio de racionalidad, el aspecto técnico y estético de la obra en cuanto a diseño y formas agrupadas en sólida y cerrada estructura -alrededor de un espacio central abierto- fue resumido por Guinand Sandoz en cuatro cuerpos o crujías principales para pabellones y despachos, entorno al patio central que actúa como eje de la estructura, convertido tanto en patio de armas, por cuanto permite el entrenamiento y formación de la tropa, como en foco de distribución de la luz, al permitir la adecuada iluminación natural de todas las edificaciones que lo rodean.



Panorámica aérea de la fortificada edificación del Cuartel Bolívar y del urbanismo de su entorno, para el año 2022. Toma con vista inmediata del Barrio San Carlos y de fondo La Concordia y extremo sur de la ciudad de San Cristóbal, capital del Estado Táchira (Foto: Drones Táchira, 2022. Reproducción con fines didácticos).


Seguía, así, como patrón de diseño militar, las disposiciones constructivas de nueva planta que ordenara el rey de España Felipe V a través de dos reglamentos elaborados por el Ingeniero general del ejército el Mariscal Jorge Próspero Verboom, el 8 y 20 de abril de 1718, respectivamente. Estas reales órdenes daban origen a los cuarteles y se imponía un nuevo diseño en caso de construir o adaptaciones al concepto de cuartel, en el caso de las viejas estructuras militares.


De allí que el estilo empleado por el arquitecto Guinand Sandoz para el Cuartel Nacional de San Cristóbal se defina como de tipo historicista, cuya inspiración o esbozo probablemente partió de lo que queda de la estructura del castillo militar español de San Felipe o Libertador (del siglo XVIII), en Puerto Cabello, Estado Carabobo. El mismo que el insigne poeta Andrés Eloy Blanco llamara: "el gran barco de piedra", en su poema "La mar", escrito en las mazmorras de dicho castillo, en prisión, el 18 de noviembre de 1929. O, del imponente castillo de San Juan de Ulúa, en el puerto de Veracruz (México) construido en el siglo XVI y cuya monumentalidad, distribución de planta, baluartes y murallas evoca cierta similitud con la edificación del cuartel-fortaleza de San Cristóbal. 


Amenaza de destrucción...

La única ocasión, registrada a la fecha, por la que ha atravesado la edificación del Cuartel Nacional de San Cristóbal o Bolívar, de ser sometida a un ataque masivo y destructivo y de encontrarse sus ocupantes en situación y posición de defensa, ocurrió el 20 de abril de 1960 con la sublevación del general de brigada capachense Jesús María Castro León (1908-1965).


El General Castro León había sido ministro de la Defensa en el período de la Junta de Gobierno constituida a la caída del gobierno del General de División Marcos Pérez Jiménez (en 1958), lidera una rebelión militar y se alza en armas desde el Cuartel «Bolívar» con la guarnición de San Cristóbal, contra el gobierno de Caracas, donde había llegado en la madrugada del día 20, accediendo al recinto por complicidad de la oficialidad y tomando desprevenidos a la mayoría de suboficiales y soldados de la guarnición. Desde allí coordina el intento de ocupación del resto de las sedes militares de la ciudad. Fracasa la sublevación y es reducido y rendido, luego de no encontrar apoyo en la población ni en otras guarniciones, tras cortos enfrentamientos y ante la amenaza inminente de un bombardeo aéreo del cuartel.


Para cerrar, compartirmos las palabras del arquitecto del Cuartel Nacional de San Cristóbal o Cuartel Bolívar, Carlos Guinand  Sandoz, cuando se le preguntó, en una entrevista para la Revista Élite, en 1955, si con el derrumbamiento de viejos edificios (una acción muy propia de ese momento histórico) se va en contra de la tradición del país. A lo que respndió: 
«Todo lo que tiene un valor espiritual se debe cuidar; y Arquitectura buena –que no vieja- es tan valiosa como todo el folklore por lo cual tanto nos preocupamos hoy». En muchos casos, no fue oído.





Distribución real de planta del Cuartel Nacional de San Cristóbal o Cuartel Bolívar. Se observa el diseño herreriano de distribución de la construcción en torno a un patio de armas central, patios laterales y enmarcada en ángulos exteriores por bastiones, dado por el autor a esta histórica y patrimonial fortaleza-cuartel. Las formas romboidales del patio de armas, que semejan un enmallado, no se corresponden con el solado original -que era en cemento limpio- y son de reciente creación. El actual enmallado está conformado por losetas o baldosas cuadrangulares de ladrillo (Foto: Imagen satelital en 3D captada desde una altura de 1,35 km, y ampliada para efectos de detalle. Google Earth, 2020. Reproducción con fines didácticos).

___________________  


* Denominación histórica que identifica el gobierno y régimen político del General Juan Vicente Gómez (La Mulera, Estado Táchira, 1857 - Maracay, Estado Aragua, 1935), bien como presidente o bien comandante en jefe del ejército de los Estados Unidos de Venezuela, entre 1908 y 1935.

** Estilo de planta de ordenada rigidez geométrica, que repite el diseño de parrilla, paradigma de la simetría arquitectónica, empleado por el arquitecto español Juan de Herrera para el Palacio del Escorial (San Lorenzo del Escorial, Madrid, España), en el siglo XVI.




Referencias bibliográficas


Colmenares R. J. L. Carlos Guinad Sandoz, Colección Documentos para la historia de la arquitectura venezolana contemporánea. Claderca Ediciones, Caracas, 1989. Ministerio de Obras Públicas de los Estados Unidos de Venezuela, Memoria y Cuenta de 1912, tomo I, Caracas, s/n; Memoria y Cuenta de 1937, tomo I, Caracas, Impreso en Cooperativa de Artes Gráficas; Ministerio de Guerra y Marina de los Estados Unidos de Venezuela; Memoria y Cuenta de 1937, tomo I, Caracas, Litografía y Tipografía de Especialidades. Revista Élite, Caracas, 24 de septiembre de 1955, Nº 1564, pp. 14-15.

Nota: La edificación del Cuartel Bolívar, es Bien de Interés Cultural de la Nación, por resolución No. 003-05 de fecha 20 de febrero de 2006 del Instituto del Patrimonio Cultural e incorporada al Catálogo del Patrimonio Cultural Venezolano 2004-2007, TA-23, Municipio San Cristóbal, Estado Táchira, p. 58. Su administrador/custodio o responsable sigue siendo el mismo departamento de gobierno para el cual fue creado en 1934.


© Proyecto Experiencia Arte / Experience Art Project 2012-2020. Algunos derechos reservados. Los derechos de autor de texto y fotografías pertenecen a cada investigador, fotógrafo, grupo o institución mencionada.