jueves, 20 de enero de 2022

San Sebastián, sus orígenes como santo patrón de la ciudad de San Cristóbal (Estado Táchira - Venezuela) │St. Sebastian: the patron saint of the city of San Cristóbal (Táchira State - Venezuela)

 


Enmarcada en un altar de mármoles de la Toscana (Italia), la sobriedad de la arquitectura neoclásica contrasta con la riqueza de las texturas de los mármoles, conformados por blancos de Carrara, rojos de Monsummano y verdes oscuros de Prato, con columnas policromadas y casetones del tipo cipollini, también denominado mármol de Caristo, se puede apreciar la imagen de San Sebastián mártir. Es una talla en madera de cedro amargo o cedro americano (cedrela odorata), de fines del siglo XIX, que se conserva en la capilla de San Sebastián, inmediata al altar mayor y preside la nave del Evangelio o nave norte de la Catedral de la ciudad de San Cristóbal, Estado Táchira, Venezuela. Según el Cronista emérito Dr. J. J. Villamizar Molina, fue realizada, junto con la de San Cristóbal mártir de Licia, por el artesano Don Antonio Ignacio Dávila Paredes (Pueblo Llano, Mérida, 1844 - Capacho Nuevo, 1918. Casado con Inés Pico Pernía) en la población de Capacho Nuevo/Independencia, Histórica talla en madera policromada y acabado en pulimento de San Sebastián mártir, santo patrono de la ciudad de San Cristóbal.


La imagen nos muestra un San Sebastián neoclásico del siglo XIX, tallado en la noble madera de cedro americano. Su martirio doloroso fue plasmado desde ese enfoque neoclásico con el cual fue hecho, como una visión espiritual de serenidad e idealización, lograda mediante un estudio anatómico preciso y, sobre todo, un acabado a pulimento magistral en su piel, que le confiere una calidad táctil y visual de alabastro o porcelana, elevándolo a un símbolo de perfección espiritual y resistencia heroica, coronado como un imitador de Cristo. Por igual, el rico retablo neoclásico de mármoles de colores sirve de marco contrastante para la pureza de la forma de la escultura, y elevan el patrimonio cultural de la Iglesia Catedral de San Cristóbal a unos niveles de riqueza patrimonial e histórica superiores (Foto: Santiago X. Sánchez M. 2025).


Un estudio histórico-arquitectónico sobre la Catedral de San Cristóbal (Estado Táchira), se puede consultar en el siguiente enlace: "La Catedral de San Cristóbal, una obra hecha con el corazón" (2025).



¿San Cristóbal o San Sebastián? La dicotomía de nuestros protectores tutelares


En este período del año (enero), surge de manera recurrente la interrogante sobre la aparente discrepancia entre el topónimo de nuestra urbe y la identidad de su santo patrón. La resolución de este enigma se halla en una trayectoria secular que entrelaza el fervor religioso con la génesis de nuestros asentamientos, una crónica que, si bien es susceptible de síntesis, goza de un sólido sustento documental.


San Cristóbal, mártir de Licia: La advocación y la Catedral (Siglos XVI-XX)


El 31 de marzo de 1561, el capitán Juan Maldonado procedió a la fundación de la Villa. Impulsado por una profunda devoción familiar, dedicó, como se lo autorizaba a los capitanes fundadores de ciudades y pueblos el real patronato eclesiástico de las Indias, el templo principal a San Cristóbal Mártir de Licia. Desde aquel hito fundacional, el mártir ha ostentado la condición de "Santo Titular" de nuestra parroquia primigenia, elevada hoy a la dignidad de Catedral. A su figura debemos, por tanto, el nombre de la ciudad y la advocación del recinto sacro original.

Un ejemplo de las dedicaciones de los templos parroquiales de los nuevos pueblos, villas y ciudades fundadas en la América española, es el caso de la ciudad de Velez (en el Nuevo Reino de Granada, actual Colombia) el 14 de septiembre de 1539. Refiere el cronista de Indias, Lucas Fernández de Piedrahita, como: 

"[...] Porque roconociendo después que más adelante, pasado el río de Suárez, muy cerca de la montaña, en la provincia de los Chipataes, treinta leguas al Norte de Santafé había disp0sicion donde con más comodidades podían poblarse, de común sentir de todos mudaron allí la ciudad a catoryc de Septiembre, y en el sitio señalado a la Iglesia parroquial exaltaron la Cruz Santísima, por cuya causa permanece hasta hoy el templo que le dedicaron: repartieron solares por cuadras según el número de los vecinos, y con ayuda de los indios cargueros y de los que se agregaron de paz, hicieron casas de paja en que alojarse en tanto disponían el tiempo que con propios vasallos las hiciesen más suntosas [...]" (Fernández de Piedrahita, Lucas. Historia de la conquista del Nuevo Reino de Granada. Libro VI). 


San Sebastián mártir: El patronazgo de la ciudad (Siglo XVII)


Hacia mediados de la centuria del XVII, la Villa se hallaba sometida a constantes asedios por parte de los naturales que aún resistían en las montañas y selvas al dominio español. Ante tal coyuntura, el Cabildo —conforme a la cosmovisión religiosa de la época y por la misma potestad que le confería el Real Patronato— resolvió pedir protección espiritual contra las hostilidades, como ya había sucedido en otras ciudades como en Barquisimeto, luego de la derrota del Tirano Aguirre y como refieren los documentos de la época:


"La iglesia parroquial está dedicada a la Cconcepción Purísima de María Santísima aunque quando se consiguió el vencimiento y muerte del Tirano Lope de Aguirre se aclamaron por Patronos de la ciudad a los gloriosos apóstoles San Simón y San Judas Tadeo por haber sido esta victoria el día 28 de octubre en que Nuestra Santa Madre Iglesia celebra la festividad bajo de cuyo patronato se mantiene el día de hoy en cuyo reconocimiento se les rinden obsequiosos cultos y se le dedican annualmente fiestas reales".


Así, el Cabildo de la Villa de San Cristóbal aclamó y designó entonces a San Sebastián mártir, asaeteado por los romanos por permanecer en su fe, como Santo Patrono protector de la villa y de toda su jurisdicción. En 1818, el Ilustrísimo Obispo Lasso de la Vega, mediante decreto episcopal, ratificó esta histórica dualidad, que imperaba desde el siglo XVII, y que pervive en la actualidad: San Cristóbal: Titular del templo (cuya festividad se conmemora el 25 de julio, junto a la de Santiago apóstol, nombre que lleva el valle donde se asienta nuestra ciudad cordial) y San Sebastián: Patrono de la ciudad (cuya solemnidad principal se celebra el 20 de enero).

La información que el Obispo pidió a cada parroquia eclesiástica de su jurisdicción, para poder determinar quienes eran los santos patronos y titulares, fue:


"Se pide noticia de los Patrones ó Titulares.

Abril, 22 de 1818.

Rafael pr. la Gracia de Dios y de la Sta. Sede
Apostólica. Obispo de Mérida de Maracaybo del
Consejo de S Magtd. etc. etc.

Siendo uno de los beneficios que el pueblo Chris-
tiano debe reconocer, (dando por ello culto espe-
cial á Dios), tener y venerar algún Santo, Mis-
terio ó advocación por Patrono del lugar ó Ti-
tular de su Iglesia: y está mandado que quan-
do son canónicamente elegidos, tengan rezo y Mi-
sa y respectivamente, abstinencia de obras ser-
viles: deseando también en esta parte llenar los
deberes de ntrº ministerio, ordenarnos á los Venerables
Vicarios, que cada uno en su Partido haga
manifiesta esta nuestra notificación en todos los cu-
ratos; y que cada Cura exponga a continua- 
cion cual sea el Patrono, ó el Titular en la in-
teligencia de que si es Patrono, ha debido ser teni- 
do como tal en quieta posesión desde antes del 
año de 1630; y si es titular propuesto como tal al
Prelado, o concedido así al tiempo de edificar-
se la Santa Iglesia la primera vez. Si hubiere duda sé ex-
pondrá también. Y si existieren documentos que
acrediten algo de lo dicho se acompañarán en
términos que hagan fé. Con ello podremos dispo-
ner en los calendarios de que Santos Misterios
ó Advocaciones deba rezarse como tales Patro-
nos ó titulares.- y cuales exijan ulterior inquisi-
sion ó diligencias. El cura que primero la reciba
la pasará al segundo; [y así lo demas) baxo de
responsabilidad, y precepto que le imponemos.
Dada en N. Palacio Episcopal de la M. N. y
L. ciudad de Marac9 á 22 de Abril de 1818.
RAFAEL.
Obispo de Mérida de Marac°.
Por mandato de S. S. I. el Opo. mi Señor
José Dion°. de Artiaga
Secretario" [Archivo Arquidiocesano de Mérida, Curatos, 10.208, ff. 7-8v. SILVA, Antonio Ramón, Mons. Documentos para la Historia de la Diócesis de Mérida, Imprenta Diocesana, tomo IV, Mérida, 1922, pp. 105-106: Documento XLI]

Una vez recibida las respuestas de cada una de las parroquias de la Diócesis, en el caso de la Vicaría capitular de la Villa de San Cristóbal, el Obispo de Mérida de Maracaibo, Mons. Rafael Lasso de la Vega decidió:


“[f. 8.] Maracaibo, noviembre 20 de 1818. Por lo acordado con el Cabildo Eclesiástico declárase la quieta y pacífica posesión de San Sebastián en su Patronato de la Villa de San Cristóbal, observándose el mismo rito y solemnidad que en esta ciudad de Maracaibo y por titular al mismo San Cristóbal mártir de Licia, éste con sola solemnidad de Misa por el día en que cae, y habiendo primera Misa de Santiago, Patrono universal [nota: esta aclaratoria de precedencia de celebraciones la hizo el Obispo Lasso por cuanto las festividades de Santiago apóstol y San Cristóbal mártir de Licia coincidían en un mismo día, el 25 de julio,. Para estos casos, sobre el culto de dulía, las rúbricas tridentinas especificaban que en el calendario litúrgico romano las fiestas de los apóstoles tenían primacía sobre la de los santos mártires. Así, la primera misa del día 25 se celebraba en honor a Santiago apóstol y la siguiente en honor a San Cristóbal mártir de Licia]. Y San Sebastián celébrese con el voto de primera clase, octava y credo y fiesta de ambos preceptos [f. 8v.].... El Obispo (existe una rúbrica). Ante Mí. José Dionisio de Arriaga, Secretario (existe una rúbrica). Se pasó oficio al Vicario con inserción del anterior Decreto” [Archivo Arquidiocesano de Mérida, Curatos, 10.208, ff. 7-8v. SILVA, Antonio Ramón, Mons. Documentos para la Historia de la Diócesis de Mérida, Imprenta Diocesana, tomo IV, Mérida, 1922, pp. 105-106: Documento XLI].


El cambio a "Parroquia El Sagrario-Catedral"

A través de los años, el nombre de la parroquia matriz cambió. En 1860, sin justificación documental o decreto episcopal, y probablemente sólo por alguna "excentricidad" o improvisado "esnobismo" de algún vicario o párroco de la época, dejó de escribirse en los libros parroquiales "Parroquia del glorioso mártir San Cristóbal" y pasó a llamarse temporalmente "Parroquia de San Sebastián", pero desde 1965, por decreto episcopal de Mons. Dr. Alejandro Fernández Feo, la parroquia matriz de la ciudad y del Táchira se denomina Parroquia El Sagrario Catedral. Sin embargo, a pesar de los cambios de nombre administrativo, la esencia no cambia: la Catedral sigue dedicada a San Cristóbal mártir de Licia y el santo patrono de la ciudad sigue siendo San Sebastián mártir.


En conclusión: San Cristóbal nos dio el nombre y el templo, mientras que San Sebastián llegó para ser el protector de la ciudad y su jurisdicción en tiempos difíciles. ¡Dos mártires para un mismo pueblo!


Custodios de otros pueblos tachirenses

El decreto episcopal de 1818, cuyo propósito era institucionalizar bajo la norma canónica la tradición católica del Táchira, delimitó asimismo la identidad religiosa de otras comunidades de la región:

La Grita: El Espíritu Santo figura como titular de su templo matriz, mientras que el Santo Cristo ejerce el patronazgo (celebrado en la festividad de la Transfiguración).

Táriba: Ostenta como titular y patrona a Nuestra Señora de la Consolación (desde el año 1804 cuando se crea la parroquia eclesiástica).

Lobatera: Se encomienda a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá como titular y patrona (desde 1773 por decreto episcopal del Arzobispo de Santa Fe de Bogotá).

Capacho: Tiene por titular y patrono al Apóstol San Pedro.

Guásimos (actual Palmira): Se halla bajo la tutela de San Agatón, papa y mártir, en calidad de titular y patrono.




Imagen más antigua (hasta la fecha) de una fiesta litúrgica y procesión con la imagen de San Sebastián, San Cristóbal, 20 de enero de 1899. Se observan por igual a los antiguos "horqueteros", hombres quienes portaban una vara larga, por lo general de caña, arreglada en uno de sus extremos con una hendidura que generaba dos puntas o la "horqueta" (horquilla) y servían para levantar los cables del telégrafo o eléctricos en las calles, permitiendo de esta forma el paso de las imágenes procesionales sin peligro de enganche o enredo. En el uso doméstico, las horquillas, varas o cañas se empleaban para bajar naranjas y otras frutas en los patios o jardines internos y solares. Digitalización José Antonio Pulido Zambrano, de la Biblioteca (sección de Fototeca) de la Academia de Historia del Táchira (2020). Reproducción con fines didácticos.






Imagen del antiguo altar mayor de la Catedral de San Cristóbal, para 1956. Altar tipo retablo neogótico bajo EL DOMO DE LA CATEDRAL realizado por el alarife Jesús Manrique a principios del siglo XX. Se observan las imágenes de San Sebastián, patrono de la ciudad (izquierda del observador) y San Cristóbal, santo titular de la iglesia (derecha del observador). Este altar fue derribado en 1960 durante las remodelaciones de la Catedral. Según el Cronista emérito Dr. J. J. Villamizar Molina, ambas imágenes fueron realizadas, por el artesano Don Antonio Ignacio Dávila Paredes (Pueblo Llano, Mérida, 1844 - Capacho Nuevo, 1918. Casado con Inés Pico Pernía) en la población de Capacho Nuevo/Independencia.


Monseñor Alejandro Fernández Feo, Obispo de la Diócesis que promovió la remodelación de la Catedral entre 1960 y 1961, dándole el aspecto que conocemos en la actualidad, supervisaba todas las obras en lo litúrgico y, al derribar este antiguo altar, decidió mantener la histórica distribución de las imágenes de los nichos del antiguo altar mayor en la nueva catedral, en la siguiente forma: Las imágenes del Corazón de Jesús (como Cristo Rey), San José y la Virgen del Carmen se representaron en sendos vitrales en el nuevo ábside, de artístico techado con artesonado mudéjar, y sobre la sillería del coro de los canónigos. La imagen de San Sebastián se trasladó y pasó a presidir la capilla norte del presbiterio (en la nave del Evangelio) y la de San Cristóbal, la sur (en la nave de la Epístola).Foto: Rivera, Julio C. Teatro Infantil Literario, Ediciones Rex, San Cristóbal, 1956. Digitalización de imagen por el historiador y académico José Antonio Pulido Zambrano, 2022. Reproducción con fines didácticos).


Nombres históricos [según la denominación dada en las actas de los libros sacramentales] de la parroquia eclesiástica de la Iglesia matriz de San Cristóbal (Catedral desde 1922):

31 de marzo de 1561-1 de agosto de 1860, Parroquia de San Cristóbal mártir de Licia.

2 de agosto de 1860-20 de enero de 1965, Parroquia de San Sebastián mártir.

21 de enero de 1965 al presente, Parroquia de El Sagrario Catedral.

En 1964, Mons. Alejandro Fernández Feo, Obispo de la Diócesis de San Cristóbal, recibía las letras de la Constitución Apostólica "SANCTI CHRISTOPHORI IN VENEZUELA. Canonicorum collegium cathedralis templi S. Christophori in Venezuela constituitur" [de fecha 30 de octubre de 1964) que creaba y constituía el primer cabildo catedralicio tachirense que funcionó hasta 1987.

Con la creación de esta nueva institución eclesiástica en la Catedral, a la parroquia matriz de San Sebastián el Obispo Fernández Feo, luego de la solemne profesión de fe e instalación del Cabldo el 19 de enero de 1965, le da el nuevo nombre de parroquia eclesiástica de El Sagrario Catedral, y así se comenzó a registrar en los libros sacramentales. 

En marzo de 1965 emitía otro decreto en el cual se definían las obligaciones y derechos del párroco del Sagrario Catedral y del Cabildo catedralicio. Con ello diferenciaba las funciones propias del cabildo catedralicio (antiguo cuerpo colegiado que ayudaba al Obispo en sus funciones de gobierno y velaba por el cumplimiento de las rúbricas liturgicas y decoro en las funciones religiosas y solemnes de la Catedral y aquellos oficios que el Obispo le encomiende) de las funciones propias del cura párroco rector (atención a las funciones sacramentales y de cura de almas de la feligresía de la parroquia eclesiásica con rango de sede catedralicia), fijando como sede parroquial la capilla del Sagrario (de allí el nombre) y del Señor de Limoncito, de la Catedral de San Cristóbal.

La devoción a San Cristóbal y a San Sebastián, en la Villa de San Cristóbal, queda reflejada en unas mandas testamentales de uno de sus vecinos principales para 1737, quien testó en la ciudad de Pamplona y estableció una serie de misas de sufragio a celebrarse en la Iglesia parroquial de la Villa de San Cristóbal, en el siguiente orden:

«[…] Otra misa resada con su responso el día del Señor San Christoval, u otro día de los de su octava. Otra missa resada con su responso el día del Glorioso Mártir San Sebastián, u en otro día de los de su octava […] Otra missa rezada el día del Señor San Antonio de Padua, u otro día de los de su octava […] Tres missas resadas con sus responsos en reberencia del Santo Christo de la ciudad de La Grita, las / que comenzarán desde el día siete de agosto en adelante hasta su cumplimiento. […] Nueve missas resadas con sus responsos, la primera el día de la Asunción a los cielos de María Santísima Nuestra Señora, quince de agos-/to, y las demás a su cumplimiento en los días siguientes de su octaba» (DUQUE, Ana Hilda, Cuentas de una devoción. Manuscrito de la Cofradía de Nuestra Señora de la Consolación de Táriba, 1788-1803, Ediciones del Rectorado de la Universidad de Los Andes y del Archivo Arquidiocesano de Mérida, Mérida, 2008, pp. 22-23, Archivo Arquidiocesano de Mérida, sección 58, Sociedades y Obras Pías, caja Nº 2, carta 58-33, Copia certificada dada en 1767, folios 13r-21, documento otorgado en fecha 2 de marzo de 1737).







Ejemplo de la intitulación de la Iglesia parroquial de la Villa de San Cristóbal, para 1851, como "Iglesia parroquial del glorioso Señor San Cristóbal..." (Foto: Libro sacramental de Defunciones, año 1851, Archivo parroquial del Sagrario Catedral de San Cristóbal, SGU, 1993).






San Sebastián, talla en cedro amargo, de tamaño natural, que se veneró en la Iglesia Catedral de San Cristóbal desde 1876 hasta finales del siglo XX. Según el Cronista emérito Dr. J. J. Villamizar Molina, ambas imágenes (con la de San Criastóbal mártir de Licia), fueron realizadas, por el artesano Don Antonio Ignacio Dávila Paredes (Pueblo Llano, Mérida, 1844 - Capacho Nuevo, 1918. Casado con Inés Pico Pernía) en la población de Capacho Nuevo/Independencia. Foto: Archivo y Hemeroteca del Diario Católico (1980), en la ciudad de San Cristóbal.  moderna Digitalización y coloración, académico José Antonio Pulido Zambrano, de la Biblioteca (sección de Fototeca) de la Academia de Historia del Táchira (2024) y publicada en la Revista Táchira Histórica (Nº 19, Diciembre de 2024). Reproducción con fines didácticos.







Imagen (talla en madera policromada) para procesionar del mártir San Sebastián (adquirida hacia 1967). Al pie se encuentra el relicario ex-ossibus (de primera clase y del tipo mínima, esto es, que contiene un pequeño fragmento óseo del mártir) en bronce sobredorado y en forma de custodia neobarroca, de San Sebastián (Narbona, 256 d. C - Roma, 288 d. C.). 

Por igual destaca parte de la cúpula y pechina (diseño del arquitecto Rafael Seijas Cook, en 1916) de la antigua arquitectura catedralicia y parte del dosel y cornisa de coronamiento de la cátedra episcopal de la Diócesis de San Cristóbal. Esta cátedra, en el lado del Evangelio, es un elemento fijo y está elaborada en madera tallada y torneada, al igual que sus tres asientos y estrado con gradas. En su parte posterior es cerrada y guarnecida con colgaduras (Foto cortesía del Pbro. José Lucio León Duque, rector-cura párroco de la Parroquial del Sagrario/Catedral de San Cristóbal, antigua Parroquial de San Cristóbal y San Sebastián). 





Escultura de San Cristóbal mártir de Licia en la fachada de la Santa Iglesia Catedral de San Cristóbal (Foto: Santiago X. Sánchez, 2025)

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miércoles, 1 de diciembre de 2021

Capilla votiva de Santa Leocadia (Lobatera, Estado Táchira, Venezuela): un elocuente símbolo de lo que hemos perdido | St. Leocadia Chapel (Lobatera, Táchira State, Venezuela): The chapel that God forgot


Imagen de cómo debió lucir la Capilla de Santa Leocadia el día de su bendición solemne, el 27 de septiembre de 1916. Restaurada con IA a partir de la única foto que se conserva de la referida capilla (IA-Gemini 3. Prompt: Santiago X. Sánchez, 2026).



Única foto que se mconserva, hasta la fecha, de la Capilla de Santa Leocadia, en Lobatera y data de 1916 (Foto: W. Rey Lozada, 2022. La misma perteneció y fue conservada por Doña María Lozada de Mora 1892-1993).



In Memoriam
Dra. Gracia Josefina Vivas Terán (1933-2020)


Desvelando magnificencias sobre espacios sencillos

En la pupila de las personas más ancianas de Lobatera siempre se reflejaba la imagen de quien se adentraba en la vieja iglesia, en la búsqueda de aquellos rincones más recónditos donde el alma, en silente oración, podía encontrarse con su Creador. 

Uno de estos rincones que nos permite escrutar ese pasado era la Capilla votiva y funeraria de Santa Leocadia. Había sido mandada a construir por el Dr. Ezequiel Vivas Sánchez (Lobatera, 1864 - París, 1919), personaje destacado en la política venezolana de inicios del siglo XX, y la misma era una verdadera joya arquitectónica religiosa tachirense de principios del siglo XX. 

Un recopilatorio de la arquitectura y de las artes decorativas que llegó a contener dentro de sí las mejores expresiones de las artes mayores y menores: noble arquitectura, armoniosa pintura y escultura de cuidados acabados así como trabajos en bronce y en madera torneada.


Emprendiendo un viaje en el tiempo

Como el texto del Cantar de los cantares, esta capilla bien pudo decir: "Soy hermosa y perfecta". Su contemplación resultaba en un apasionante viaje de retorno a la magnificencia del arte y de la religiosidad de otros tiempos, pero también a una muestra de exhibición del poder que ostentaba su mecenas, el Dr. Ezequiel Vivas Sánchez, Secretario privado del Presidente de los Estados Unidos de Venezuela, el General Juan Vicente Gómez.

Construida en la Iglesia parroquial de Lobatera entre el 8 de julio de 1915 y el 20 de septiembre de 1916, la misma fue bendecida y dedicada solemnemente el día 27 de setiembre de 1916. Recibió el nombre por el onomástico de la señora madre de Dr. Vivas Sánchez, Santa Leocadia (virgen y mártir cristiana toledana, martirizada en el 304 d.C).

Esta impresionante estructura fue demolida en su totalidad a fines de 1960, perdiéndose con ella parte importante del patrimonio cultural tachirense, representado por un pasado artístico de cuidadas y elaboradas realizaciones.

Su desaparición obedeció al derribo de la vieja estructura colonial y a la reconstrucción y remodelación, en un estilo uniforme neorrománico, de la actual Iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá de Lobatera (Estado Táchira - Venezuela).


¿Cómo era la antigua capilla de Santa Leocadia, en Lobatera?

Se levantaba próxima a la torre del reloj o torre sur, sobre un plano centralizado o cuadrangular y cerrada con muros de tapia pisada y cubierta de pares y nudillos, y teja. Su ornamentación seguía el estilo o gusto arquitectónico imperante en la época: el neobarroco. 

Así, toda la obra era un compendio de ese arte que supo exaltar lo divino al representar el esplendor y triunfo de la fe sobre las herejías, motivo por el cual fue retomado en las principales construcciones religiosas tachirenses de la época, hasta mediados del siglo XX.

En su muro sur se levantaba el altar principal. Era de tipo retablo acorde a la liturgia conciliar tridentina y contenía un alargado nicho central con arco de medio punto donde se encontraba la imagen de Santa Leocadia de Toledo, virgen y mártir romana. Talla en madera, naturalista, obra del escultor catalán Francisco Vila, de la Escuela española de imaginería religiosa de Olot, de fines del siglo XIX, que a la fecha aún se conserva en la iglesia de Lobatera.

El nicho estaba ornamentado por pilastras corintias ordenadas en posición de abocinamiento, todas de sección rectangular y fuste acanalado que sostenían un elaborado entablamento y sobre este un frontón rebajado (surbaissé) y partido en la sección inferior. A cada lado de la imagen, y sobre dos dados o peanas molduradas clásicas, se encontraban las imágenes de los Ángeles de la adoración perpetua (tallas en madera de la Escuela de Olot, de la acreditada casa de escultura y pintura de Francisco Vila, Plaza de Santa Ana, 7 y 26, Barcelona, España, y actualmente -repintados de forma errónea- se encuentran junto al sagrario de la iglesia de Lobatera).

La mesa del altar principal, de tipo retablo, estaba elaborada en mampostería, adosada a la pared de cierre bajo el nicho de Santa Leocadia y sostenida por cuatro marmolejos o pequeñas columnas corintias exentas y de fuste cilíndrico, dos en fila, en cada extremo del frontal de la base de la mesa del altar, todo sobre una tarima forrada en porcelana. 

El suelo de la capilla consistía a su vez en un solado de baldosas de mosaico hidráulico o de prensa, italiano, con formas geométricas de atrayentes colores por sus características.

La pared de cerramiento que contenía el nicho, hacia los lados de los ángeles, fue recubierta con relieves marmorizados de columnas y arcos neogóticos que semejaban doradas arcadas entrelazadas. 

El techo interior de la capilla presentaba un centro abovedado (cúpula) enmarcado por un ornamentado plafón sostenido en los cuatro extremos o ángulos, en el espacio que deberían ocupar las pechinas, por sólidas y ornamentadas columnas corintias de fuste exento recubiertas con pinturas que semejaban al mármol. 

Adosado al muro oriental se ubicaba el monumento memorativo a Doña Leocadia Sánchez de Vivas, con el grupo escultórico en mármol de Carrara de “La oración de Jesús en el huerto” (en la actualidad en el Cementerio Municipal de Lobatera y presentado graves signos de destrucción), obra del artista italiano Emilio Garibildi (esculpida en su taller de Caracas en 1916). La inscripción en el lado frontal del pedestal, describía toda la magnitud de la obra: «DR. EZEQUIEL A. VIVAS / A LA MADRE ADORABLE / SANTIFICADA EN EL DOLOR».

En el muro occidental se colocó la imagen de la Sagrada Familia (obra de la Escuela de Olot que en la actualidad se encuentra -igualmente repintada de forma errónea- en la capilla del Bautisterio). Este grupo escultórico tallado en madera se colocó sobre sobre un moldurado pedestal clásico.

Con una doble cubierta, el intradós de la bóveda de la cúpula, en semiesfera sin tambor ni linterna, estaba pintado al fresco con escenas de las sagradas Escrituras. A través de una cadena, desde el centro de cierre de la cúpula, pendía una artística lámpara de varios brazos o tipo araña para colocar velas, con briseras de vidrio y cristales, que daba iluminación artificial al espacio. En el exterior, la bóveda o cúpula de la capilla estaba recubierta por un techo sostenido a su vez en una armadura de madera de pares y nudillos, a cuatro aguas.

El muro norte contenía el amplio vano de entrada o acceso a la capilla. dos pilastras toscanas y artísticamente biseladas en sus ángulos servían de sostén y arranque de un arco de medio punto, moldurado, con figuras ornamentales pintadas al óleo en su intradós y con la inscripción, en letras latinas capitales: CAPILLA DE SANTA LEOCADIA, en su extradós. Una baranda tallada en madera cerraba el acceso al interior de la capilla y la formaban marmolejos barrocos torneados que cumplían la función de columnillas que a su vez sostenían una arcada entrelazada (creada a partir de una sucesión de arcos apuntados intercalados), figuras estas que reproducían a su vez los relieves de los espacios vacíos de los cuatro muros de cierre de la capilla, si bien los arcos de las paredes eran de medio punto.

La ejecución de los trabajos de arte y ornamentación  de la capilla fue obra de los artesanos, enviados por el Dr. Ezequiel Vivas Sánchez desde Caracas, de nombre Eduardo Gámez y Jacobo Capriles M.

Por igual, el 7 de marzo de 1920 el suelo central de la capilla acogió el féretro con el cuerpo de su benefactor, el Dr. Ezequiel Vivas Sánchez (fallecido en París en diciembre de 1919), hasta 1960 cuando es exhumado y trasladado al Panteón de la familia Vivas Sánchez en el Cementerio del Torreón (Cementerio Municipal de Lobatera).

La única foto que se conserva, a la fecha, de lo que fue la Capilla de Santa Leocadia en la Parroquial de Lobatera fue cortesía del Abogado Wilmer Antonio Rey Lozada (2020) quien ha conservado, ordenado y clasificado el archivo personal de su tía-abuela Doña María de los Remedios Lozada Bustamante de Mora (Borotá, 1892 - Lobatera, 1993).


La lepra: enfermedad, estigma y un hijo agradecido

Doña Leocadia Sánchez de Vivas (1845-1882) pertenecía a una de las más destacadas familias lobaterenses del siglo XIX y estaba casada con Don Abdón Vivas Casanova. Esta matrona había fallecido a consecuencia de haberse contagiado de la enfermedad de la lepra, que padeció con paciencia y resignación, al igual que el estigma, hasta sus últimos días. Momentos de dolor que quedaron en la memoria agradecida y compungida de uno de sus hijos, quien le erigió una capilla poema adosada al suelo santificado de su tierra natal.



Santa Leocadia. Talla en madera del escultor español Francisco Vila, de la acreditada casa de escultura y pintura religiosa del mismo nombre (Barcelona, Plaza de Santa Ana, Nº 7 y 26. Fines del s. XIX). Presidió la antigua capilla de Santa Leocadia (desde 1916 hasta 1960) y la actual (desde 1967). Fue repintada en 2006 perdiendo el acabado original. Iglesia parroquial de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá de Lobatera. Foto: Samir Sánchez, 2006.




Imagen de Santa Leocadia con su policromía original, para 1916, y acabado a pulimento en la zona de la piel o encarnado, según la antigua técnica de los imagineros del s. XIX, así como el elaborado esgrafiado y estofado en pan de oro de los ribetes de la túnica y manto. Todo ya desaparecido o sustituido por formas menos elaboradas. Estado de la imagen luego del acto vandálico del 17 de agosto de 2006 cuando un perturbado mental derribó de su peana varias imágenes de la Iglesia parroquial de Lobatera (Foto: Samir A. Sánchez, 2006).




Reconstrucción de la talla de Santa Leocadia, a partir de la imagen anterior, de como debió lucir al llegar a Lobatera en 1916 (Reconstrucción con IA-Gemini 3. Prompt: Santiago X. Sánchez, 2026).



Panorámica del centro histórico de la población de Lobatera (Estado Táchira - Venezuela). Junto a la torre del reloj (izquierda del observador) se aprecia los muros exteriores y el techo a cuatro aguas de la antigua  capilla votiva de Santa Leocadia (Foto: Marco Aurelio Vila, 1947).







Por esta nota aclaratoria, publicada en el períodico "Horizontes" de la ciudad de San Cristóbal en su edición del 6 de marzo de 1916, se conoce que la imagen de Santa Leocadia llegó a Lobatera en una fecha posterior a la referida nota de prensa (Foto: Coetesía del Dr. Bernardo Zinguer, 2023).



Estado del grupo escultórico "La oración de Jesús en el huerto", de 1916, en el Cementerio Municipal de Lobatera (Foto: Samir A. Sánchez, 2010).




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martes, 12 de octubre de 2021

Scripta in Memoriam: José Ernesto Becerra Golindano (1953-2021) │ Scripta in Memoriam: José Ernesto Becerra Golindano (1953-2021)

 


Foto: Archivo fotográfico de la Academia de Historia del Táchira (2013)


En el día de ayer, 11 de octubre de 2021, el maestro, el académico el profesor y el amigo, José Ernesto Becerra Golindano, pasó la última página y cerró el libro de su vida.


Lo hizo como quería y como quiso, en su casa de Táriba, como los viejos pater familia tachirenses para quienes no existía otro lugar donde rendir su existencia como en su casa, rodeado del irremplazable sentido de su fe y de su cariño y afecto de familia, de los suyos. A su estimada familia, mis respetos y sentido pésame.


Se va a navegar otros mares, ignotos para nosotros, pero sus alforjas de viajero están cargadas de buenas obras. Tengo la certeza que al llegar a buen puerto le dirá a quien lo recibirá, como el poeta: "No puse nunca, Señor, la luz bajo el celemín/Me diste cinco talentos y te devuelvo otros cinco".


En su memoria, y una memoria agradecida por su amistad, apoyo, sus certeros consejos y orientaciones, sólo me resta despedirlo con las palabras que le escribí para prologar su último libro, en agosto de 2020. Libro donde, en los párrafos de cierre, dejó un testamento académico de vida útil y de generosa fraternidad:

 


Gentilitium

El académico Licenciado José Ernesto Becerra Golindano, de meritoria labor en las cátedras del liceo y de la Universidad Católica del Táchira, ha colocado en manos del lector su más reciente obra, titulada "Algunos personajes relacionados con la Historia de Michelena". Repasar sus páginas, se convierte en un ejercicio donde retornan con mayor esplendor y lustre las acertadas palabras del Dr. Horacio Cárdenas Becerra, uno de los más descollantes intelectuales tachirenses de los tiempos presentes, cuando expuso: «La historia de una nación es también la de sus pueblos y de sus hombres que cumplieron con su destino en tierra adentro. No podemos renunciar a nada de la patria sin que estemos renunciado a toda ella».


Con el talante serio y trato fino y selecto que le caracteriza, José Ernesto Becerra Golindano, cual rapsoda de la Grecia clásica, reconoce que la muerte tiene menos poder que el olvido, cuando se deja el nombre al pie de una palabra. Por ello, devuelve a la vida acciones y obras de aquellos tachirenses quienes, desde humanas fortalezas y fragilidades, echaron sobre sus fuertes espaldas de lugareños grandes sueños y voluntades, o todo un pueblo, como Michelena, en el caso del Pbro. Dr. José Amando Pérez o toda una nación, en el caso del General de División Marcos Pérez Jiménez. Cada vida es un ir adentrándose de modo incansable y fructífero en la historia y la crónica del Táchira, real Finis terræ del occidente venezolano, encendiendo más luces sobre el Gentilitium, esto es sobre el patrimonio o herencia de los antepasados.


Como escritor, que se propone leer e interpretar los tiempos, nos conduce desde un viejo pretérito zurcido en el silencio de la levadura o fermento que se adentra en las nobles raíces de esa Lobatera viajera, itinerante y hacedora de destino del siglo XVIII, pasando por la fundación de la ciudad de Michelena, hasta llegar a la misma gente que dio continuidad a la vida del Táchira de hoy. No en vano, uno de sus hijos marcó una etapa de la historia de Venezuela, como república y como Estado, aún recordada y añorada en estos tiempos de incertidumbre y oscurantismo que nos abaten.


Trece biografías nos convocan a una cita con la historia y con el paisaje físico y espiritual de esta tierra nuestra. Con la memoria de su gente sacada de entre viejos y olvidados papeles la cual, como hijos de la montaña, se acostumbró a mirar el valle y a otear altos horizontes. Esta nómina de michelenenses ilustres por su contribución al patrimonio de pensamiento, fe y acción del Táchira, es extraordinaria en número y en relieve. Nos impresiona la acumulación de las realizaciones que hicieron, en los más variados escenarios de la cultura, en el tiempo creador de los siglos XIX y XX.


Los lectores, a quienes interese más el acercamiento a lo que queda oculto y precede a lo que es manifiesto de nuestra historia, apreciarán el esfuerzo del autor por poner al descubierto nuestras raíces y hacer presente a las generaciones pasadas, surgidas de la recia sustancia de la tierra madre. Con una autenticidad y vida sobria, hicieron, con menos recursos, pero con abundante voluntad férrea, indoblegable ante las vicisitudes, una inmensa obra de crecimiento material y espiritual vivido desde la fidelidad a lo eterno de su propia tradición, en épocas cuando la confluencia entre fe y razón, desde el equilibrio tomista, era capaz de superar la mera identidad entre inmanencia y trascendencia.


Sin lugar a dudas, es allí donde radica el valor y el aporte principal de esta obra. En tiempos de eclipse del sentido de trascendencia, esta se difumina y disuelve. Sólo el regreso a los orígenes hará retornar a las mentes lúcidas y de sindéresis. Ellas deben levantarse sobre las ruinas de lo que fueron unos sueños de país que sofocó el subordinar el interés común a miras personales y abordar el futuro, lejos de la trivialidad. Con optimismo y franquía deberán experimentar de nuevo la trascendencia creadora que movió a las generaciones que les precedieron y así posibilitar el fijar horizontes a toda existencia humana, desde un modo de pensar y proceder ético, justo y solidario, para la construcción de una nueva humanidad en tierras tachirenses.

Dr. Samir A. Sánchez
Cronista Emérito de la ciudad de Lobatera

El Remanso de Santiago, San Cristóbal, Julio de 2020.




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viernes, 24 de septiembre de 2021

Memoria de un oficio olvidado: Don Francisco Contreras y el arte de encalar en el Táchira │ The Vanishing Art of Limewashing: Francisco Contreras and Táchira’s Heritage




Foto: Cristian Sánchez, 1980



Bajo el reverberante cielo de Lobatera, donde el tiempo parece detenerse en los aleros, vivió un hombre que no sólo cubría muros, sino que restauraba la luz: Don Francisco Contreras (n. 1911), el último encalador.


Quien escribe, lo recuerda como un artífice de esa blancura inmaculada que convertía la casa grande de los nonos en un lugar de pulcritud y paz.


Guardián del calendario y de la estética, su llegada anunciaba la llegada de las mejores épocas para el pueblo.


De enhiesta figura, hoy solo en el recuerdo ya desdibujado por los años, procedía a elevarse sobre escaleras de guadua que desafiaban la gravedad, mientras sus manos guiaban una brocha de fique con la delicadeza de quien acaricia un lienzo sagrado.


No era simple pintura; era un especie de rito de purificación. En septiembre, vestía la fachada de la casa de gala, preparando el escenario para las fiestas del pueblo. En diciembre, su retorno era ineludible. Con su cal y su esmero, pasaba "una mano de cal", como decían los nonos, retocando cada rincón y, en un gesto de humilde maestría, pintaba también la tela que, cubierta de lama y musgo, serviría de montañas al pesebre, logrando que la Navidad irradiara una luz propia y ancestral.


Bajo su mando experto, el rigor del tiempo se desvanecía. La casa renacía, luciendo paredes de un blanco vibrante. El contraste entre la cal luminosa y la firmeza de los zócalos verdes era el sello de una identidad tachirense que Don Francisco —junto a otros lobaterenses de la época como Don Melquíades Vivas Suárez— supo preservar.


El encalado, una técnica desaparecida


La técnica del encalado no era solo un oficio del Táchira del ayer, sino una alquimia popular que transformaba la piedra y el adobe en lienzos de luz.


En el Táchira de Don Francisco Contreras y de mis nonos, este proceso unía la sabiduría química con la resistencia de los materiales andinos.


Para lograr ese blanco que emulaba la neblina de los páramos como algodón suspendido en la montaña, el ritual comenzaba mucho antes que la brocha tocara el tapial.


Partía de la cal viva (óxido de calcio), que traía en bolsas de terrones pétreos. El proceso de "apagar" la cal era casi ceremonial: vertía agua sobre las piedras en moyones (grandes recipientes de barro), provocando una reacción exotérmica que hacía hervir el líquido sin necesidad de fuego. Una vez apagada, la pasta resultante (hidróxido de calcio) la dejaba reposar. Como maestro encalador que era, prefería dejarla "madurar" para que ganara plasticidad y adherencia.


De lo que aún alcanza el recuerdo, para que la cal no se desprendiera como polvo al secarse y para que resistiera las lluvias de la cordillera, le añadía elementos que la "fijaban". Solía usar alumbre que actuaba como un aglutinante natural que impermeabilizaba la pared.


Para los pigmentos, aunque el blanco era el protagonista, el de los zócalos verdes los hacía añadiendo pigmentos minerales o tierras de color, logrando esa línea que protegía la base de la humedad y el roce.


Viene el recuerdo, por igual, de su fiel acompañante de labor: la escalera de guadua: el acero vegetal de los Andes tachirenses. Su materia prima le proporcionaba una ligereza necesaria para ser transportada al hombro por las empinadas calles de Lobatera, así como la flexibilidad para apoyarse en muros irregulares sin quebrarse.


Por último, el recuerdo de la brocha de fique. Estaba elaborada con fibras naturales, rústicas pero densas, permitiendo cargar una gran cantidad de cal, cubriendo las porosidades del tapial y el adobe con una textura orgánica que las pinturas industriales nunca pudieron replicar.


Un día, la figura de Don Francisco Contreras, recio tachirense de los de antes, dejó de recorrer las calles de Lobatera con su escalera de guadua. No lo volví a ver.


Su partida dictó, sin saberlo, el inicio del ocaso de la casa grande de los nonos. Al faltar su mano, la cal dejó de renovar aquel milagro que permitía a los muros respirar, guardando el frescor en días de sol y el abrigo frente a la neblina. Sin el blanco rito de Don Francisco ni de Don Melquíades, el otro encalador del pueblo, la casa comenzó a hacerse olvido; pues no solo se había marchado su encalador, sino también todos aquellos que, con su sola presencia, mantenían encendida la luz y el refugio de sus corredores y estancias.


Foto: La imagen de 1980, capturada por la lente del Dr. Cristian Sánchez frente a la pared que daba a la antigua Calle Real (hoy Carrera 4 o de Bolívar), en Lobatera, no es solo el registro de una labor. Es el testimonio de un hombre que, entre cal y sudor, sostuvo el escenario de nuestros recuerdos más felices, asegurando que la casa de los nonos fuera siempre el refugio impoluto de nuestra infancia.