viernes, 24 de septiembre de 2021

Memoria de un oficio olvidado: Don Francisco Contreras y el arte de encalar en el Táchira │ The Vanishing Art of Limewashing: Francisco Contreras and Táchira’s Heritage




Foto: Cristian Sánchez, 1980



Bajo el reverberante cielo de Lobatera, donde el tiempo parece detenerse en los aleros, vivió un hombre que no sólo cubría muros, sino que restauraba la luz: Don Francisco Contreras (n. 1911), el último encalador.


Quien escribe, lo recuerda como un artífice de esa blancura inmaculada que convertía la casa grande de los nonos en un lugar de pulcritud y paz.


Guardián del calendario y de la estética, su llegada anunciaba la llegada de las mejores épocas para el pueblo.


De enhiesta figura, hoy solo en el recuerdo ya desdibujado por los años, procedía a elevarse sobre escaleras de guadua que desafiaban la gravedad, mientras sus manos guiaban una brocha de fique con la delicadeza de quien acaricia un lienzo sagrado.


No era simple pintura; era un especie de rito de purificación. En septiembre, vestía la fachada de la casa de gala, preparando el escenario para las fiestas del pueblo. En diciembre, su retorno era ineludible. Con su cal y su esmero, pasaba "una mano de cal", como decían los nonos, retocando cada rincón y, en un gesto de humilde maestría, pintaba también la tela que, cubierta de lama y musgo, serviría de montañas al pesebre, logrando que la Navidad irradiara una luz propia y ancestral.


Bajo su mando experto, el rigor del tiempo se desvanecía. La casa renacía, luciendo paredes de un blanco vibrante. El contraste entre la cal luminosa y la firmeza de los zócalos verdes era el sello de una identidad tachirense que Don Francisco —junto a otros lobaterenses de la época como Don Melquíades Vivas Suárez— supo preservar.


El encalado, una técnica desaparecida


La técnica del encalado no era solo un oficio del Táchira del ayer, sino una alquimia popular que transformaba la piedra y el adobe en lienzos de luz.


En el Táchira de Don Francisco Contreras y de mis nonos, este proceso unía la sabiduría química con la resistencia de los materiales andinos.


Para lograr ese blanco que emulaba la neblina de los páramos como algodón suspendido en la montaña, el ritual comenzaba mucho antes que la brocha tocara el tapial.


Partía de la cal viva (óxido de calcio), que traía en bolsas de terrones pétreos. El proceso de "apagar" la cal era casi ceremonial: vertía agua sobre las piedras en moyones (grandes recipientes de barro), provocando una reacción exotérmica que hacía hervir el líquido sin necesidad de fuego. Una vez apagada, la pasta resultante (hidróxido de calcio) la dejaba reposar. Como maestro encalador que era, prefería dejarla "madurar" para que ganara plasticidad y adherencia.


De lo que aún alcanza el recuerdo, para que la cal no se desprendiera como polvo al secarse y para que resistiera las lluvias de la cordillera, le añadía elementos que la "fijaban". Solía usar alumbre que actuaba como un aglutinante natural que impermeabilizaba la pared.


Para los pigmentos, aunque el blanco era el protagonista, el de los zócalos verdes los hacía añadiendo pigmentos minerales o tierras de color, logrando esa línea que protegía la base de la humedad y el roce.


Viene el recuerdo, por igual, de su fiel acompañante de labor: la escalera de guadua: el acero vegetal de los Andes tachirenses. Su materia prima le proporcionaba una ligereza necesaria para ser transportada al hombro por las empinadas calles de Lobatera, así como la flexibilidad para apoyarse en muros irregulares sin quebrarse.


Por último, el recuerdo de la brocha de fique. Estaba elaborada con fibras naturales, rústicas pero densas, permitiendo cargar una gran cantidad de cal, cubriendo las porosidades del tapial y el adobe con una textura orgánica que las pinturas industriales nunca pudieron replicar.


Un día, la figura de Don Francisco Contreras, recio tachirense de los de antes, dejó de recorrer las calles de Lobatera con su escalera de guadua. No lo volví a ver.


Su partida dictó, sin saberlo, el inicio del ocaso de la casa grande de los nonos. Al faltar su mano, la cal dejó de renovar aquel milagro que permitía a los muros respirar, guardando el frescor en días de sol y el abrigo frente a la neblina. Sin el blanco rito de Don Francisco ni de Don Melquíades, el otro encalador del pueblo, la casa comenzó a hacerse olvido; pues no solo se había marchado su encalador, sino también todos aquellos que, con su sola presencia, mantenían encendida la luz y el refugio de sus corredores y estancias.


Foto: La imagen de 1980, capturada por la lente del Dr. Cristian Sánchez frente a la pared que daba a la antigua Calle Real (hoy Carrera 4 o de Bolívar), en Lobatera, no es solo el registro de una labor. Es el testimonio de un hombre que, entre cal y sudor, sostuvo el escenario de nuestros recuerdos más felices, asegurando que la casa de los nonos fuera siempre el refugio impoluto de nuestra infancia.