miércoles, 21 de febrero de 2024

La medicina de nuestros nonos: El valor patrimonial del curandero tachirense | Grandparents' Medicine: The Cultural Heritage of Táchira's Healers

 





En días pasados, pregunté por la salud de un familiar que tuvo una contracción muscular con daño y la respuesta de una tía-abuela fue: "Está mejorcito. Desde que lo sobó don Obdulio, está que baila en un solo pie, y ya no creo que siga de treque".



Esa respuesta me trajo recuerdos de infancia y de lecturas especializadas de investigadores tachirenses como Luis Felipe Ramón y Rivera o la recordada profesora de la UNET Maruja Alruiz de Torres, y con ellos vinieron las reflexiones sobre el valor, en los tiempos presentes, de nuestra cultura ancestral. Esa fascinante mezcla de secretos de curanderos aborígenes y "facultos" de la vieja Europa que hoy está sentenciada al olvido.



Por ello, hablar de los curanderos, hombres y mujeres, en el Táchira no es evocar una simple curiosidad folclórica o una colección de supersticiones. En épocas pasadas de nuestra tierra, cuando la atención médica social era casi una utopía, mínima o de plano inexistente, la sabiduría empírica representó la única medicina de primeros auxilios con la que contaron nuestros nonos. Enfrentar una mordedura de culebra, una fractura o una afección repentina en un niño significaba depender enteramente de las manos y el saber de un "secretista" o “rezandero”.



Este corpus de conocimientos, heredado de nuestro mestizaje cultural y transmitido oralmente de generación en generación durante siglos, combinaba el uso de la flora local con una fe profunda y ceremonias de aprendizaje con los ancianos.



El curandero entendía el cuerpo a través de su propio lenguaje: diagnosticaba el "arco", el "basuqueo", el “mal de ojo”, el "calor al estómago" o el temido "hielo", remediando con brebajes de yerbabuena, sobados o la célebre manteca de culebra de agua o licor de culebra ciega para juntar y reacomodar huesos partidos (licor que si se tomaba sano producía un efecto contrario, quebraba los huesos), o rezaban “contras rojas” como amuletos de protección.



Sus tratamientos abarcaban un abanico asombroso de soluciones prácticas y místicas ante la urgencia cotidiana. Para aliviar las cataratas aplicaban gotas de miel de abejas "angelito"; si un niño padecía de ahogos por tos ferina le colgaban una llave “secreteada” grande al cuello; para eliminar sudor excesivo de los sobacos mandaban a cortar un limón por la mitad aun estando en el árbol y con la otra mitad untarlo, al secarse la mitad del limón del árbol, iba desapareciendo el sudor excesivo; para las afecciones de la piel, sobaban al enfermo con un sapo vivo antes de colgarlo al viento; y para contrarrestar la picadura de alacrán o culebra recurrían a oraciones rituales aprendidas en la alta montaña en días sagrados, acompañadas a veces de brebajes o pociones populares como el tradicional jarabe Tabonuco, una aspirina después de cada sobada o una mascada de ambir (antiguo chimú tachirense de pasta de tabaco con mezcla de sal de urao, la cual era traída de Lagunillas, Mérida).



Pero, lejos de todo dogmatismo, existía un notable pragmatismo en su labor. Sabían reconocer sus límites, empleando "secretos" al tiempo que enviaban con disimulo al enfermo al hospital o al dispensario cuando la gravedad lo exigía, asegurando la supervivencia del paciente por encima de cualquier vanidad.



Con la llegada de la modernización petrolera y el paso de un Táchira rural a un Táchira urbano, la electricidad, las carreteras y la expansión de la salud pública, estas figuras tradicionales fueron desapareciendo progresivamente de nuestros campos y pueblos.



Si bien la medicina formal supuso un avance indispensable para la sociedad, la desaparición progresiva de estos sabios populares dejó una pausa en nuestra memoria colectiva.



Recordar hoy al curandero tachirense es reivindicar su inestimable valor patrimonial: ellos fueron la primera respuesta humana, la fe y la mano amiga que sostuvo a nuestras familias rurales cuando no había nadie más a quien acudir. Su legado es un testimonio vivo del ingenio, la resistencia y la solidaridad campesina que habita en la raíz misma de nuestra identidad y que, de una u otra forma, también formaron parte de los constructores del Táchira de hoy.


Imagen: Ananías Chacón (Foto: Oscar Santander) cortesía de José Antonio Pulido-Zambrano (2026).