sábado, 20 de enero de 2024

«Ni cobro andino, ni pago caraqueño» y «Gocho» desde una interesante clase | Decoding the cultural logic of "Ni cobro andino, ni pago caraqueño" and 'gocho'






Durante una de mis disertaciones sobre identidad latinoamericana en la Cátedra UNESCO de la Universidad de Deusto, surgió una anécdota interesante que quiero compartir. Una estudiante venezolana, oriunda de Valencia, reaccionó con una mezcla de asombro y curiosidad cuando me presenté como «ciudadano de la República del Táchira».


Aquel encuentro devino en un diálogo profundo sobre la autopercepción y los códigos del reconocimiento regional. Con notable perspicacia, la joven me interrogó sobre dos de nuestros elementos icónicos: el origen de la palabra «gocho» y la sentencia histórica: «Ni cobro andino ni pago caraqueño».


En mi condición de estudioso de la filología, le confesé que, tras años de investigación buscnado el origen y prueba plena de esa palabra, me hallo en una suerte de parálisis investigativa: un punto donde las fuentes documentales parecen agotarse en callejones sin salida al apuntar, los indicios, en direcciones diferentes. Por ello, frente a la especulación, mi método de investigación siempre se aferra a la evidencia fáctica o prueba de indicios. Siempre sigo el consejo de mi referente Sherlock Holmes quien afirmaba que es un error capital teorizar antes de tener datos que apunten en un único sentido. Insensiblemente, uno empieza a deformar los hechos para que se ajusten a las teorías (en el caso que nos ocupa serían las fábulas, cuentos de camino, anécdotas y relatos construidos sin sustento), en lugar de ajustar las teorías a los hechos. 


Por igual, esto nos nos lo recuerda el juez británico Lord Pollock (s. XIX), que la prueba de indicios no es una "cadena" (donde si un eslabón se rompe, la cadena falla), sino más bien una cuerda de hilos entrelazados: "Uno puede ser débil, pero la unión de muchos hilos puede formar una cuerda de una fuerza tal que sea suficiente para sostener el peso de la convicción". Verdadera explicación, ante la ausencia de pruebas directas o plenas, de la fuerza probatoria de los indicios ante toda duda razonable.


De allí que en el caso que estudiamos nos preguntemos prieramente: ¿Qué dicen realmente los documentos?


Para el tachirense, esta palabra no es unívoca; es un laberinto semántico que transita entre la geografía, la etimología y la anécdota. Estos son los tres hitos fundamentales que, hasta ahora, he logrado sistematizar:


1. El rastro en la narrativa petrolera del Zulia

La primera aparición del vocablo como gentilicio neutro se localiza en la novela "Mene" (1936), de Ramón Díaz Sánchez. El autor sitúa la expresión en el contexto de las riberas del Lago de Maracaibo, específicamente en Cabimas, donde la migración andina hacia la industria petrolera era incesante. Allí, un personaje se refiere a un pulpero andino como «paisa» y «gocho», sin una carga peyorativa evidente. No obstante, para 1966, el historiador zuliano Rodolfo Luzardo, en su libro «Lenguaje zuliano: castellano, modismos y barbarismos» ya la clasificaba como una expresión zuliana despectiva nacida de las asperezas políticas del período gomecista.


2. La especificidad de Lobatera

Hacia el interior del Táchira, la génesis documental toma un rumbo distinto. En la obra «Ventisca» (1938), de Luis Felipe Prato, el término identifica exclusivamente a los naturales de Lobatera.

3. Incidente auricular

Desde una perspectiva técnica-etimológica, autores de la talla de Tulio Chiossone y Emilio Constantino Guerrero sostienen que, originalmente, en el Táchira, «gocho» describía una condición física: la falta de una oreja (por accidente, anotia o microtia). Esta acepción guarda una estrecha relación filológica con el vocablo «gacho» (animal de oreja caída). En este estrato histórico, la palabra carecía de vinculación con el gentilicio o el insulto; era, estrictamente, una descripción anatómica.


Del silencio documental a la generalización del gentilicio

Resulta paradigmático que los grandes cronistas de entresiglos, como el General Francisco Alvarado o José Rafael Pocaterra, ignoraran el término en su vasta obra, prefiriendo denominaciones como andino, tachirense, capachero o chácharo o chácaro.



La palabra no ingresa al canon de los boletines lingüísticos oficiales sino hasta 1948. Según Nemecio Parada (1969), fue en el centro de Venezuela donde el uso se extendió para englobar a todo el colectivo tachirense, oscilando pendularmente entre la sorna y el afecto.


La sentencia de Castro y Pocaterra

Para concluir nuestro diálogo, el cual siguió toda la clase con interés, abordamos el aforismo: «Ni cobro andino ni pago caraqueño». Le aclaré que dicha frase sólo aparece documentada en las memorias de su coterráneo, José Rafael Pocaterra. Aunque este se la atribuye al General Cipriano Castro, no existe prueba documental de que él la pronunciara. No obstante, es una construcción ben trovato (bien hilada) que describe con precisión la agudeza salomónica de Castro antes de que el poder y las camarillas cortesanas de la capital obnubilaran su sindéresis.


Para cerrar, le resumimos que ser «gocho», para un tachirense, es hoy el resultado de un complejo tejido histórico. Una palabra que, probablemente, surgió como mote en las riberas del Lago, se nutrió de la tradición oral de Lobatera y acabó convertida en un símbolo de identidad. Una identidad que, si bien analizo con distancia académica -y no comparto- respeto profundamente en quienes la asumen como bandera.


Imagen de acompañamiento elaborada por Bernardo Zinguer mediante IA como apoyo visual del contenido.