Foto: Darío Hurtado (2023)
“...Como el relato de un actor de teatro pobre que se pavonea y agita sus horas sobre el escenario y después no se le oye más...”, La sentencia de Macbeth sobre la fugacidad del tiempo parece desafiada por los objetos que logran vencer al olvido. Mientras las generaciones pasan y pasamos como sombras, el noble metal permanece para contarnos quiénes fuimos.
En el tesoro parroquial de la Iglesia de mis mayores, la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá de Lobatera sobrevive una pieza minúscula en tamaño, pero monumental en significado: un guardallave o arqueta circular de plata que encierra la devoción y las dinámicas sociales del Táchira decimonónico.
Fue una donación de fe en 1883. Una pieza, cuya superficie bruñida desafía el paso del tiempo, lleva una pulcra inscripción grabada a buril que nos ofrece las coordenadas exactas de su origen:
“Para el uso de Ntra. Sra. del Rosario, de Chiquinquirá de Lobatera. Enero 11 de 1883”.
Esta joya de la orfebrería local fue una donación del entonces párroco, el Pbro. Bachiller Gabriel Gómez Porras (Táriba, 1841 - Puerto España, Trinidad y Tobago, 1922). En una época de reconstrucción para la Iglesia de Lobatera, luego del terremoto de 1875, el gesto de dotar al templo de objetos de plata dignos para el cuidado de los accesos sagrados era una declaración de permanencia y solemnidad.
El Clavero del Concejo: fe y poder civil
Más allá de su indudable valor material, este guardallave es el soporte físico de una tradición ritual de profunda raigambre hispánica que hoy evoca una solemnidad perdida y que se mantuvo hasta 1925 cuando fallece el párroco Pedro María Morales Gómez (1875-1925).
Antaño, cada Jueves Santo, tras la misa de la Cena del Señor, la llave que cerraba el Monumento o el Sagrario no se guardaba en el anonimato de la sacristía. En un acto público y solemne, la llave se depositaba en esta arqueta de plata y era entregada formalmente al Alcalde o al Presidente del Concejo Municipal.
La máxima autoridad civil asumía así el rol de "Clavero". Durante veinticuatro horas, el funcionario se convertía en el custodio oficial del misterio sagrado, portando el guardallave o resguardándolo con celo institucional hasta el Viernes Santo, antes del viejo Oficio de Tinieblas y el strepitus (simulación del retumbar de la tierra por la muerte de Cristo), cuando era devuelto a manos del párroco.
Este rito no solo sacralizaba la responsabilidad civil, sino que unía indisolublemente a la comunidad en torno a sus símbolos más sagrados. Que esta pequeña arqueta de plata haya sobrevivido hasta nuestros días es un recordatorio de que la microhistoria no se escribe únicamente en los grandes tratados, sino en el destello silencioso de los objetos del patrimonio cultural eclesiástico tachirense que custodiaron nuestra memoria colectiva.
