jueves, 21 de abril de 2022

El Táchira sepultado: dos crónicas y una reflexión sobre el olvido | Táchira Buried: Two Chronicles and a Reflection on Oblivion







Recientemente, el historiador y académico Dr. Bernardo Zinguer me hizo llegar un documento hemerográfico que constituye, en esencia, una cápsula del tiempo: la portada del diario Vanguardia de San Cristóbal, fechada en abril de 1955. En sus páginas, un recuadro rescataba un acontecimiento que hoy reviste matices de realismo mágico: durante la demolición de una casona en la Carrera 9 del centro histórico, un grupo de operarios halló una «cara grabada en una antigua piedra». La nota de prensa, con una rigurosidad institucional hoy infrecuente y casi quijotesca, exhortaba a las autoridades a preservar la pieza por considerarla un «testimonio de un pretérito interesante». No obstante, el encuentro con esta noticia reactivó en mi memoria un episodio transmitido por la tradición oral académica en el seno de antiguas y fructíferas tertulias.


Hacia 1997, tuve el privilegio de departir con el Profesor Félix María Rivera, individuo de número de la Academia de Historia del Táchira. En aquel sosiego intelectual que caracterizaba a las tertulias posteriores a cada reunión mensual de la institución, el profesor evocó la anécdota de «El Botijo», suscitada durante la construcción del Edificio Nacional en la década de los cuarenta. Un operario, instigado por la atávica «fiebre del oro» asociada a las botijas (esos entierros de valores tan socorridos durante las conflagraciones del siglo XIX), descubrió un vestigio singular al demoler la estructura del antiguo Cuartel Nacional y Cárcel de San Cristóbal. 


Como cimiento pétreo de una vieja columna, yacía una piedra fracturada y labrada con las figuras de «una fiera y una torre», descripción literal con la que el asombrado «descubridor» rescataba el hallazgo del polvo de los años. Persuadido de que se trataba de la señal de un tesoro oculto, el obrero excavó con denuedo, obteniendo como único rédito el escarnio de sus colegas, quienes lo bautizaron para la posteridad con el mote que da nombre a esta historia.


La verdadera tragedia no residió en la ausencia de metales preciosos, sino en la ceguera histórica ante la magnitud del hallazgo. Frustrado y hastiado de la mofa colectiva, el trabajador arrojó la pieza al denso relleno de mampostería y concreto que se vertía, en aquel preciso instante, para consolidar un muro de contención diseñado para la nivelación topográfica del Edificio Nacional. Según el análisis derivado del relato del Profesor Rivera, aquello que fue descartado como simple escombro fue, con toda certeza, una piedra armera del siglo XVIII portadora de la heráldica de los reinos de Castilla y León.


Este blasón no era un elemento meramente ornamental; era la marca o huella material y esoecifica de un tiempo histórico de la historia tachirense, era el verbo del Imperio hecho piedra. Como símbolo del poder soberano, presidía las antiguas Casas de Cabildo levantadas en ese mismo emplazamiento siglos atrás, configurando junto a la Iglesia Parroquial de San Cristóbal mártir de Licia, y la Plaza Mayor la tríada de la autoridad y el orden colonial. Su ubicación original, en el epicentro de la Villa, recordaba al ciudadano la omnipresencia del Estado y la Fe: mientras el templo regía la dimensión trascendental, la piedra armera en el Cabildo validaba la autoridad civil y la justicia terrenal. Aquella «fiera y torre» eran la firma pétrea de unas leyes de Indias y una administración que organizaba el espacio público para dar rostro a la San Cristóbal de antaño.

Reflexión: el mnemocidio como patología

La contraposición entre el vestigio hallado en 1955 y la pieza malograda en el Edificio Nacional revela una patología social profunda que hemos de llamar mnemocidio. Este concepto trasciende la omisión involuntaria para describir el «asesinato deliberado de la memoria». Se manifiesta cuando una sociedad asume que la innovación es inherentemente superior a la tradición, permitiendo que el patrimonio sea triturado por una modernidad mal comprendida. Al desestimar los fragmentos que subyacen en nuestro estrato histórico, desde el período aborigen hasta los albores republicanos, terminamos pavimentando sobre nuestra propia ontología. Transformamos así la historia del Táchira en un solar baldío: un espacio que, aunque habitado, permanece trágicamente despojado de fisonomía, de sacralidad y de raíces.






Fotos: Diario Vanguardia (Dr. Bernardo Zinguer, 2022) y Escudo cuartelado (piedra superior) con las armas de los reinos de Castilla y León que se encuentra sobre el dintel de la puerta de acceso principal al castillo de Santa Rosa de la Eminencia (finalizado en 1682), en la ciudad de La Asunción, Estado Nueva Esparta (Venezuela). Una probable piedra armera, como la observada en la imagen, debió encontrarse sobre el dintel de entrada de las Casas de Cabildo y Cárcel de la Villa de San Cristóbal para fines del siglo XVIII. Foto: Instituto del Patrimonio Cultural, Catálogo, 2011.