lunes, 24 de diciembre de 2018

El Obelisco de los Italianos en San Cristóbal, obra de impronta clásica en una arquitectura icónica vanguardista │The Italians Obelisk in San Cristóbal City: Iconic Architecture with a mixture of Classical and Modern Styles





‘Il pericolo più grande per la maggior parte di noi non è che il nostro obiettivo è troppo alto e non lo raggiunge, ma è troppo basso e ottenere’ – ‘El peligro más grande para una gran parte de nosotros, no resulta en que nuestro objetivo sea muy alto y no lo alcancemos, sino, que sea muy bajo, y lo obtengamos’. (Miguel Ángel, 1475-1564)



Proyecto Experiencia Arte expresa sus palabras de gratitud por el apoyo y la colaboración prestada a la realización del presente ensayo de arqueología de la memoria urbana de la ciudad de San Cristóbal, al Señor Gianni Trevisi (esposo de la Sra. Nora Matticari de Trevisi, hija del arquitecto y profesor Fernando Matticari M.), Annalisa Poles Granzotto, Julio Graciotti, Bernardo J. Zinguer y Sigrid Márquez Poleo.






Texto: Samir A. Sánchez (2018)
Fotos: Gianni Trevisi, Bernardo J. Zinguer, Lotería del Táchira, Museo del Louvre (París), Alcaldía de San Cristóbal, Samir A. Sánchez y Santiago X. Sánchez (2018).








El Obelisco de los Italianos, San Cristóbal (Foto nocturna de larga exposición: Lotería del Táchira, 2011)





De la ciudad originaria a la ciudad ideal (reflexiones previas sobre un urbanismo)


Si se examina con atención el trazo de la ciudad de San Cristóbal (Estado Táchira) desde algunos de los miradores naturales que la rodean, como lo son las colinas de Caneyes, Tucapé, Táriba y Palmira al norte; Loma de Pío y El Ron al sureste, o el propio Mirador al oeste, se nos presenta como una urbe acotada y reconocible, como un tejido armónico de construcciones, en un sentido más estricto.


Al ingresar en ella, esa visión idílica se diluye y nos encontramos ante una maraña de calles, callejuelas y avenidas, una amalgama de centros y espacios no articulados que, desde la perspectiva de uno de los múltiples enfoques del urbanismo latinoamericano, ha sido denominado ‘colcha (cobija) de retazos’. Por la disparidad de lo construido en tamaños, formas, calidades y colores, desde una lectura propia de relectura e interpretación de la ciudad contemporánea, que transformó tanto topografía como formas, de la ordenada y colonial ciudad.


La ‘colcha (cobija) de retazos’ es un recurso lingüístico que permite teorizar sobre las dramáticas transformaciones de las que ha sido objeto la urbe desde su fundación en 1561, cuando la primigenia villa y luego ciudad se extendía, casi bucólica, sobre el accidentado valle de Santiago, en una rígida silueta impuesta por el damero ortogonal renacentista del urbanismo fundacional, como una única casa familiar, cordial, solariega y grande. Un orden urbano que circunscribía a su vez a una sociedad monárquica y casi feudal, de marcadas desigualdades y privilegios de castas o 'esferas'. Este último término, se corresponde con la designación que se le daba en la Villa de San Cristóbal, desde el siglo XVII y hasta finales del siglo XIX, a sus 'castas' o estratos sociales. 


A cuatro siglos de aquella época, y ya convertida en una metrópoli o suma de espacios diferentes y consumibles, nos encontramos ante una paradoja: una sociedad que se considera 'republicana', que se dice 'igualitaria', pero circunscrita en espacios urbanos caóticos, desordenados. Del orden urbano 'desigual' al desorden 'igualitario'.  Así, entramos en una ciudad que perdió aquel significado originario (civitas o de espacios para la gente), diluido en un acelerado proceso constructivo, anárquico e irónico, donde el espacio construido o por construir supera, en expresiones de ‘devorador’ apiñamiento de masas (urbes o gente sin espacios), a las superficies para una vida con calidad y dignidad, abiertas, con áreas verdes y de humanización.


Un todo alejado de un diseño rector de ciudad, sin una visión ordenadora, que la ha despojado de rasgos propios –más allá de aquellos que le aportó la geografía de su emplazamiento- que la caracterizaran frente a otras urbes.


Así, en lo urbanístico, y desde hace cien años, el crecimiento constructivo y demográfico de San Cristóbal, y su área metropolitana, se mantienen a la deriva, bajo el peso de la dejadez, a un libre albedrío o a la ‘Ley de Bayona’ (en un recordado refrán de la nona).




Panorámica de San Cristóbal y su urbanismo, para 1974. Destaca la soberbia estructura original del antiguo Hotel El Tamá, el más grande y moderno que tuvo la ciudad. Por igual, todas las áreas verdes que se observan, incluyendo la mitad inferior de los montes circundantes del norte -fila de Los Letreros, Tucapé, Caneyes y Barrancas-, desaparecieron y están urbanizadas. La aguja blanca del Obelisco de los Italianos destaca, emblemática, en medio de la avenida 19 de abril (Foto: Lotería del Táchira, 1974).


Desprovista de planes efectivos con un horizonte de desarrollo urbano de continuidad, y con la autoridad y rigidez requerida, que de forma estructurada hubiese prevenido y controlado la atomización urbana (a nuestro criterio, una ciudad de ciudades o especie de ciudad formada por ciudades), le hubiesen dado un perfil propio, desde su propia realidad cultural, como lo alcanzó, aún contra la crítica de su tiempo, el París de Haussmann, la Barcelona –en España- de Cerdá, el Washington de Pierre Charles L’Enfant o la Brasilia de Costa.


La ciudad sigue aún a la difícil, casi mítica o utópica espera –en estos tiempos de decadencia y emigración- de la convergencia de tres factores para logar el correcto acoplamiento entre arquitectura y construcción (arte y edificación): un acertado y progresista gobierno municipal, unos promotores que piensen el presente con proyección de futuro y unos arquitectos futuristas.


Este acoplamiento, por demás necesario, permitirá la renovación y recomposición del tejido urbano (la renovatio urbis, ya referida en los tratados latinos de Vitruvio), y la construcción de una identidad tan propia como la altura de los tiempos lo exige y lo merece la sublime dignidad de la tierra tachirense, sobre la cual se edifica la ciudad cordial.


Desde esta dimensión crítica (teórico-histórica), nos cuestionamos por la actual San Cristóbal, desde la periferia de la periferia donde nos encontramos con respecto a las tendencias vanguardistas del urbanismo en un mundo moderno.


Es decir, contemplándola de forma inmediata y directa, sin percepción sensible, a través de una inserción positiva del hacer arquitectónico del mundo futuro, como una ciudad competitiva desde su propia y única realidad cultural presente, humana, ecológica, orgullo y símbolo de la tachirensidad, de frontera, de servicios de calidad, turística, universitaria, pertinente, presente y visible como un ciudad de la cultura, polo de inversiones, cosmopolita –sin perder su identidad- en un planeta interconectado.


Ese cuestionamiento inicial nos lleva a otras preguntas que surgen, estando una de las mismas relacionada con los símbolos (no heráldicos) de identidad de la ciudad o la arquitectura icónica de la misma.




Obelisco de los Italianos en la ciudad de San Cristóbal, en la avenida 19 de abril. Denominado el "Obelisco de la Victoria Tachirense" por la figura estilizada de la diosa alada de la victoria (inspirada en la Niké o diosa de la victoria de la antigua Grecia) que, en color acerado, sobresale del primer cuerpo o nivel del obelisco (Foto: Alcaldía de San Cristóbal, 2016).



Aquellas edificaciones que por su naturaleza y ‘personalidad’ se convierten y refunden –en literal sinécdoque- con ella, alcanzando a ser su álter ego. Verbi gratia, los duplos Torre Eiffel-París; Big Ben-Londres; Teatro de la Ópera-Sydney; Coliseo-Roma; Puerta de Alcalá-Madrid, Sagrada Familia-Barcelona; Obeliscos del Cuatricentenario en Washington, Buenos Aires y Barquisimeto o la otrora silueta de las Torres del Silencio-Caracas, entre otros.


En todos estos ejemplos, obras de la arquitectura local alcanzaron a convertirse en la imagen integral de toda una ciudad, y el uso de su figura se ha extendido en múltiples formas, desde representar un referente histórico y cultural hasta el mercadeo de la misma, con sus diferentes visiones y criterios de ventajas y desventajas.


En muchas ciudades, el ícono urbano asociado como su identificación, está complementado por un programa de señalética uniforme, enfocada en información, cultura y turismo, por cuanto no sólo ha de ser capaz de ayudar a residentes y visitantes a ubicarse y desplazarse de la forma más sencilla, eficiente y eficaz por sus espacios, sino que también ha de ser capaz de transmitir una personalidad y hacer hablar a los espacios que señaliza, transmitiendo así la esencia, la historia o la marca propia de dicha ciudad.


En el caso en estudio, si se realiza una criba de la arquitectura local sancristobalense, con miras a definir un ícono urbano para la misma, las obras, candidatas, resultan escasas y la mayoría de las mismas sólo están enmarcadas en una etapa de evolución arquitectónica muy específica.


La comprendida entre 1922 (inicio de las obras de construcción del Palacio de los Leones), durante el gobierno del presidente del Estado Táchira, el General Eustoquio Gómez, ‘el mejor alcalde de San Cristóbal’, hasta finales de la década de los años ochenta del pasado siglo (construcción de las torres del Centro Cívico), fecha en la cual, a la par, desaparecía o fenecía en Venezuela la arquitectura icónica.


Así, la selección de un ícono urbano (o íconos urbanos) para la ciudad cordial, la Mirabilia Urbis Sancti Christophori (la maravillosa ciudad de San Cristóbal, según el cognomento que le correspondería en la ‘lingua franca’ latina), permanece como una asignatura pendiente para la municipalidad, los arquitectos, los estudiantes de arquitectura y para una sociedad que debe y tiene que re-pensar su ciudad, como su casa, su espacio vital.


O, en palabras de la recordada profesora y arquitecta Marina Waisman (fallecida en 1997): «La única vanguardia posible es la vanguardia del pensamiento».




El Obelisco de los Italianos, San Cristóbal (Foto: Santiago X. Sánchez, 2018).



Un candidato: el Obelisco de los Italianos 


Su forma misma y el lugar que ocupa en el ordenamiento de la ciudad, bastan para indicar su función e importancia. No cuenta su pasado, lo contiene en sus formas y avatares, que se dejan ver en sus transformaciones.


El sistema estructural que lo conforma es sencillo, y sin una especialidad particular, no obstante, fue dotado de un acabado refinamiento de formas, detalles, delineados, verticalidades y proporciones, presentándose excepcionalmente esbelto.


En entrevista de valía al Sr. Gianni Trevisi (Maserada sul Piave, Treviso, 1939), se pudo conocer que el origen del obelisco, como idea y proyecto, se dio en el mes de octubre de 1967, en el lugar donde a la usanza de la vieja Europa, la comunidad italiana residente en el Táchira, se encontraba para conocer e intercambiar las últimas noticias de Venezuela e Italia o hablar sobre el día a día de trabajo, entre cafés y cigarrillos. Ese lugar era una cafetería denominada ‘La tacita de Oro’; se ubicaba en la carrera 7 –actual 7ma avenida- con calle 11, y ya desaparecida.


Allí se entregó una invitación de la comisión organizadora de la Feria Internacional de San Sebastián, en su IV edición, para la Casa de Italia (antecesora del actual Centro Ítalo-venezolano, creado en San Cristóbal el 21 de junio de 1995), por cuanto en años anteriores, la comunidad había participado de forma activa en estos eventos feriales (a través de una adornada carroza y la asistencia de la reina de la Casa de Italia, en los desfiles).


Quienes recibieron el oficio, trataron el asunto. El señor Antonio Angerami Santa Lucia (fallecido en 2005), uno de los contertulios, propuso –para la edición de 1968- participar de una forma nueva y diferente a través de una contribución duradera, como una especie de monumento urbano, similar al realizado por otras comunidades italianas en otros países. Expuso el Sr. Angerami a sus amigos, el ejemplo del monumento conmemorativo y ornamental que donó la comunidad italiana residente en Cúcuta (Colombia) a la ciudad.


Este fue inaugurado el 6 de mayo de 1940 y consistía en una fuente luminosa, blanca, en forma de globo terráqueo que portaba en su ecuador los nombres de los navegantes italianos más famosos como Colombo (Colón), Vespucci (Vespucio), Verrazano y Caboto. El mismo, con el tiempo, pasó a ser un hito referencial urbano desde su instalación en la ‘plazuela del Libertador’, denominación para la época y actualmente ‘Parque Nacional’, pero el común le da el nombre de parque de ‘La bola’.


La idea fue tomada de inmediato por el arquitecto y profesor Fernando Matticari M (Roma, 1908 – San Cristóbal, 1978), graduado en Italia, profesor de dibujo y pintor naturalista especializado en composiciones con formas y fisonomías individualizadas y de diáfano colorido, quien para el momento sólo meditó sobre la misma, sin comentarla.




Fernando Matticari M. (Roma, 1908 – San Cristóbal, 1978). Arquitecto vanguardista graduado en Italia y profesor de dibujo, destacó por igual como pintor naturalista especializado en composiciones con formas y fisonomías individualizadas y de diáfano colorido. Una parte considerable de edificaciones y casas residenciales de la ciudad de San Cristóbal, hasta 1978, incluyendo la sede del Colegio de Abogados del Estado Táchira, fueron diseñadas por él. Su última producción pictórica la realizó en el muro oriental del estacionamiento de su casa de habitación, donde, en colorido mural, reprodujo el tepuy (Auyantepuy) y el paisaje circundante al Salto Ángel, en Guayana (Foto: Gianni Trevisi, 2018). 



En la siguiente reunión, celebrada el 29 de octubre de 1967 presentó un boceto, en perspectiva, de su idea para el ‘monumento celebrativo’ como lo denominaría él, elaborado siguiendo un simbolismo clásico, pero replanteado desde la tendencia vanguardista arquitectónica que caracterizó todas sus obras.


Así, aprobado por la Casa de Italia y tramitados tanto los permisos institucionales de construcción requeridos como la asignación del respectivo espacio, en el nudo vial más transitado para la época y en una de las colinas más altas de la ciudad, se iniciaron los trabajos a fines de noviembre de 1967, y se concluyeron de forma exitosa, con la inauguración del monumento conmemorativo y ornamental urbano de la ciudad de San Cristóbal, el sábado, 27 de enero de 1968.


Presidió el acto el Gobernador del Estado Táchira para la época, el Dr. Juan Antonio Galeazzi Contreras, descendiente de emigrantes italianos del archipiélago toscano, de Isola d’Elba, acompañado por el Presidente de la Asamblea Legislativa, el Dr. Fabio Méndez Moncada, miembros de la comunidad italiana entres quienes detacaban el arquitecto Fernando Matticari, Alessandro De Carolis y Antonio Angerami Santa Lucia, y autoridades municipales encabezadas por el Ing. Teófilo Cárdenas Ortiz, Presidente del Concejo Municipal del Distrito San Cristóbal. Se le cedió el honor de cortar las dos cintas tricolores (una con la bandera italiana y otra con la venezolana) a la reina del ferial de 1968, la Srta. Nancy Mogollón González.

La obra, concluida, alcanzó un costo de 80.000 bolívares, el equivalente en divisas de la época, a 18.605 dólares estadounidenses.





Un momento detenido en el tiempo... El corte de cinta inaugural del Obelisco de los Italianos, como parte de las actividades culturales de la IV edición de la Feria Internacional de San Sebastián, el 27 de enero de 1968 (Foto: Gianni Trevisi, 2018).



Su emplazamiento, sobre el estratégico nudo vial urbano, quedó fijado en un espacio de 500 m2, en forma de redoma (plaza circular o rotonda) en medio del anillo vial de la avenida 19 de abril, donde le desemboca la añeja calle del Pasaje Acueducto y la primera calle de ingreso a los barrios Libertador y Sucre, en la más parte alta y oriental de la avenida, en el piedemonte de la sierra de la Maravilla.


Con el transcurrir del tiempo, su presencia como hito urbano referencial se integró en la conciencia citadina con las denominaciones de: ‘la redoma del Obelisco’ y luego ‘el Obelisco de los italianos’ o ‘el Obelisco’.


La memoria de los promotores y autores de este innovador monumento, en la actualidad, ya diluida en el tiempo, sólo es recordada por los escasos integrantes de la comunidad italiana en el Táchira, quienes se resisten a emigrar de esta tierra, ya desolada, pero la cual sigue siendo el lugar sobre el planeta donde sembraron –con toda la propiedad y connotación de la palabra- su arduo trabajo y sus familias.


Si algo marcó a esas primeras generaciones de italianos, entre quienes se encontraban los promotores y autores del obelisco, y quienes emigraron al Táchira en el siglo XX, fueron los sufrimientos y privaciones de dos guerras mundiales, así como las restricciones y el hambre de la postguerra que azotó a la Europa occidental.


De allí que ellos pensaron para la ciudad de San Cristóbal, como urbe moderna que prometía ser, una obra en grande y al ritmo de los tiempos de avanzada cultural, política, social y económica que marcaban a Venezuela, para la época. Una obra –hito- para una ciudad que, al compás de esta avanzada, esperaba la construcción de referentes monumentales que la identificaran y que representaran o manifestaran, por igual, su progreso y el de toda una región.


A su vez, y sin proponérselos, esta generación de italianos legó al imaginario tachirense un monumento el cual resultó en una verdadera expresión visible del espíritu que animó a sus promotores, resumido en el apotegma de los clásicos latinos: Labor laetitia nostra, ‘En el trabajo está nuestra alegría’.


Se lo propusieron y lo lograron, se endeudaron y cumplieron -con la prontitud requerida- esas deudas adquiridas por el bien de la ciudad. Así, el Obelisco de los Italianos quedó, y se levanta en nuestros días como el mayor símbolo y testimonio perenne de gratitud de un pueblo emigrante hacia la ciudad cordial, hacia el Táchira y hacia Venezuela.




Imagen publicada en la prensa regional (Diario Católico, miércoles, 31 de enero de 1968, p. 8), de la noche ferial del 27 de enero de 1968 cuando se iluminó por primera vez el Obelisco de los Italianos y se activó la fuente luminosa central o frontal, ya desaparecida (Foto e investigación hemerográfica: Bernardo J. Zinguer, 2018).



Un monumento moderno e historicista


Morfológicamente, esta obra arquitectónica –conmemorativa y de ornato-, se levanta –teniendo por marco de fondo los majestuosos perfiles de la cordillera andina tachirense-, esbelta, apuntando hacia una verticalidad propia de la figura en la cual se inspiró: en los obeliscos del antiguo Egipto.


Estos eran monolíticas 'agujas' en roca sólida que finalizaban en piramidones cuyas caras estaban cubiertas de oro, cobre o electro (un metal formado a partir de la aleación de oro y plata), dedicados –desde el año 2.050 antes de nuestra era- como ofrenda o tributo religioso al dios solar Horus o Ra-Harachte.


El obelisco venía a simbolizar o marcar el lugar donde, según la antigua religión egipcia, se había posado el sol sobre la tierra el día de la creación del mundo, y era aquel que tocaban las primeras luces cada mañana. En consecuencia, constituía el símbolo directo del sol.


La mayoría se ubicó frente a los pílonos o pilastras de acceso a los templos y sobre sus lados o caras eran grabados, en una cuidada escritura jeroglífica, los títulos honoríficos y laudes al faraón que había ordenada levantarlo.




Uno de las caras o lados del obelisco de Ramsés II con los títulos -tallados en la piedra granítica- de protocolo para referirse al faraón. Se levanta en Egipto, a la entrada del gran templo de Amon-Ra en Luxor (Foto: Samir A. Sánchez, 1996).



Así lo manifestaba la reina Hatshepsut (de la dinastía XVIII, quien vivió en el siglo XV antes de nuestra era) en la inscripción que dejó en uno de los obeliscos –de 29 m, tallado en granito rosa de Assuan- erigidos frente al templo de Amón, en Karnak, cerca de Luxor, y construido por su arquitecto Senmut:


‘Ahora mi corazón palpita con fuerza una y otra vez,/Al pensar qué dirán las generaciones futuras./Todos aquellos quienes verán este, mi monumento, con el pasar del tiempo,/pues él les hablará de lo que yo he hecho’.


Los romanos, desde la época del emperador César Augusto hasta Adriano, los trasladaron a Roma –como trofeos de conquista- transformándolos en símbolos conmemorativos y de ornato de la ciudad eterna, costumbre que en los siglos XVIII y XIX de nuestra era fue retomada por los franceses y británicos.


En consecuencia, el obelisco donado por la colonia italiana al Táchira, dedicado a conmemorar el progreso del mismo y los lazos fraternos que unen a la tierra tachirense con todas las regiones de Italia –el ‘bel Paese’- desde el Valle D’Aosta, Lombardia, Alto Adige, Friuli-Ven. Giulia y Veneto en el norte, hasta Sicilia, Calabria, Basilicata y Puglia en el sur, se erige como una construcción conmemorativa de estilo historicista pero vanguardista en sus longitudes, al estar definida por modernas y ligeras líneas, de acentuada verticalidad, así como de formas figurativas plenas de simbolismo, convencionales y estilizadas.


En cuanto a las diferencias entre el proyecto inicial presentado por el profesor Fernando Matticari M. y la obra final, estas son escasas: (a) la columna original era de fuste modular o por módulos; (b) las paredes de los paneles laterales eran estriadas en sus caras interior y exterior; (c) el basamento o basa de la columna era rectangular, con escalonamiento frontal y de escasa altura, con respecto a todo el monumento; (d) El monumento sólo contaba con un espejo de agua, rectangular, en su frente. Finalizada la construcción, los lados o caras de la columna central presentaron estrías, los paneles laterales un friso liso y el basamento se convirtió en un módulo compacto, ahuecado, cuadrangular y con paredes, y se añadieron los ornamentos laterales (jardinería, fuentes y espejos de agua).





Boceto original, con la idea del monumento conmemorativo para la ciudad de San Cristóbal, presentado por el arquitecto Fernando Matticari a la Casa de Italia, el 29 de octubre de 1967 (Foto: Gianni Trevisi, 2018).



Los cálculos estructurales de la obra fueron realizados por el ingeniero Horacio Vivas y la dirección construcción, se encargó principalmente a la constructora De Carolis, del señor Alessandro De Carolis. Él, en un informe final, detalló los siguientes aspectos:


‘El terreno donde se construyó el obelisco tenía o tiene una superficie de 25 x 20 = 500 m2. El movimiento de tierra de la misma superficie por 3 m de profundidad, para un total de 1.500 m3 de movimiento. Arena y piedra picada 2.250 m3. Cabillas entre 1 ¼ y 7 1/8 6160. Granzón machirí para base de piso y compactado con maquinaria 180 m3. Cemento 3.150 sacos. 90 metros lineales de reja metálica. Fuente luminosa. Revestimiento del obelisco en granolite de mármol blanco y pintura grisácea en la base y paredes verticales, y obras de jardinería en piedra común. Mármol fino (travertino) 125,50 m2. 67 días laborados, con un promedio de 12 obreros diarios, incluyendo horas extras’ (Constructora Alessandro De Carolis, Memoria de obra, en: Archivo privado del arquitecto Fernando Matticari, San Cristóbal, 2018).


Así, el monumento quedó construido sobre un emplazamiento circular, en cuyo centro se levantó un basamento cuadrangular de 32 m de perímetro y 64 m2 de construcción, y sobre éste, dos paneles y una pilastra o columna central. Un todo vaciado en cemento Portland y ladrillo macizo.


La columna central, ahuecada en su interior y con una escalera vertical tipo de pates o de barco para ascender hasta el pararrayos, posee un fuste exterior de sección rectangular, con acanaladuras en sus cuatro lados (tres en los lados o caras este-oeste, y dos al norte -sur, y se levanta a 28 m de altura.


El espacio cimero de la obra fue rematado con un piramidón, con antena de pararrayos (posteriormente se le agregaron dos balizas rojas para señalización de obstáculo fijo), dos respiraderos rectangulares en sus caras norte y sur, y una especie de escotilla metálica en la cara norte del referido piramidón, en el lugar donde tiene su último tramo la escalera interna. Esta forma piramidal, remate propio de todo obelisco, se convirtió en el elemento estructural que le dio la imagen, la impronta y el nombre que ha caracterizado a esta obra monumental, desde 1968.


Como flancos, a lado y lado, se levantaron dos paneles monolíticos, verticales. El de la derecha, de 11 m (símbolo de Venezuela) y el de la izquierda de 9 m (símbolo de Italia), precedidos por dos astas, originalmente para colocar las banderas tanto nacional como de la República Italiana, izándose desde 1997, la bandera oficial del Estado Táchira, que no existía para 1968.


Por cuanto este obelisco no es un monolito de fuste en forma de huso y sección cuadrada, sino en forma de fuste rectangular de columna clásica sin éntasis, los dos paneles que se encuentran a los lados, le sirven a la vez de contrafuertes de la pilastra o columna central, dándole la sustentabilidad requerida para a su altura.


En la mitad del primer tercio de la altura de la columna central, y en sentido este-oeste, se colocó, embebida, una figura estilizada, pero de un gran dinamismo, seccionada en tres partes idénticas, denominadas por su autor como ‘las alas de la victoria’ (en el escrito de presentación del proyecto a la Casa de Italia, redactado en italiano), y recubiertas con láminas de acero inoxidable, como símbolo de los logros, del progreso y del futuro tachirense. Un cuidado trabajo elaborado en los talleres de Industrias Pellizzari, como aporte de Don Primo Pellizzari Mechia (1911-1982).


Si se sigue la reseña dada por la prensa regional, para el momento de la inauguración del monumento, son la representación de alas (símbolo del futuro y del progreso tachirense). No obstante, históricamente, la unión de las dos formas de sus partes (alas y diagonal), iconográficamente le dan forma a una estilizada diosa de la victoria (o Niké, del griego Νίκη), según fue la idea originaria del Profesor Matticari.


Formas representativas que no le eran desconocidas, por cuanto desde su infancia en Roma, podía contemplar las columnas conmemorativas de la época imperial (las columnas de Trajano y Adriano) y del siglo VI de nuestra era (Columna de Focas), en los foros romanos y las obras en construcción, de las cuatro columnas exentas coronadas por una diosa de la victoria, que se encuentran a ambos lados del monumento nacional a Víctor Manuel II (Il Vittoriano, entre la Piazza Venecia y la colina Capitolina, en Roma, construido entre 1885 y 1927)


En cuanto a los elementos anexos, en la base de la redoma o nivel del piso de acceso, fue ornamentado con espejos de agua, fuente luminosa frontal (con catorce surtidores o boquillas de agua) y jardinería. Se cerró con un muro de ladrillo macizo de ocho hiladas, alternado con rejas metálicas.


Uno de los espejos de agua (a la izquierda del monumento) tenía elaborados, en piedra de río de canto rodado, los mapas de Italia y Venezuela, separados por el agua. Desde el lugar donde, geográficamente, se ubicaba Roma salía una fuente que apuntaba en dirección a Venezuela, y desde el lugar donde se ubicaba Caracas, otra fuente en dirección a Italia.


En la sección superior y frontal de la basa de la columna (hacia el Pasaje Acueducto), ante una especie de alberca con fuentes y sobre mármol gris con manchas o vetas blancas, se colocó la siguiente inscripción, en letras metálicas: ‘LA COLONIA ITALIANA AL PROGRESO DEL TÁCHIRA/EN LA FERIA GIGANTE DE AMÉRICA/SAN CRISTÓBAL, ENERO DE 1968’.


En la sección posterior de la basa (hacia la calle que conduce a los barrios Libertador y Sucre), se instaló una puerta metálica, rectangular y reducida, que permitía el ingreso a la estructura interior del obelisco.


Este monumento permaneció, conservando su idea y forma original, por más de veinticinco años sin alteración alguna. Sólo el 12 de octubre de 1992 se le agregó una placa conmemorativa, en piedra travertina (recubierta erróneamente, en las refacciones de noviembre de 2017, con pintura industrial de color azul), por parte de la comunidad italiana, en homenaje al ilustre navegante de la Liguria, el genovés y almirante de Castilla, Cristóbal Colón, con la siguiente inscripción en lengua italiana: ‘AL GRANDE NAVIGATORE/GENOVESE/CRISTOFORO COLOMBO/12 OTTOBRE/1492 – 1992/LA COLLETIVITA ITALIANA NEL TÁCHIRA’.





El Obelisco de los Italianos, San Cristóbal (Foto: Santiago X. Sánchez, 2018).



Sobre esta placa, es importante acotar que su colocación ha generado cierta confusión en la nomenclatura urbana del monumento, en cuanto a considerar que el obelisco se erigió como un homenaje al Almirante Cristóbal Colón.


El obelisco no fue erigido con este propósito. La placa, adicionada al monumento en 1992, sólo era una expresión de homenaje de la colectividad italiana en el Táchira al ilustre navegante genovés y a su gesta, la cual amplió los horizontes de la tierra conocida, en las conmemoraciones del V centenario del descubrimiento de América.


Así, esa inmutabilidad que presentaba el monumento y sus espacios anexos se prolongó hasta 1996-1997, cuando la Alcaldía de la época, en el marco de un macro-proyecto de ampliación de las avenidas de la ciudad, con una visión motorista, pensada para ganar mayores espacios para los carros o coches sobre los espacios para las personas que van a pie por la vía pública, las áreas verdes, de ornato o aquellas dedicadas al esparcimiento, se propuso ensanchar los dos tradicionales canales de la avenida 19 de abril.


Con ello, los anexos o espacios ornamentales de la base del obelisco, sucumbieron bajo el bulldozer y las capas de asfalto, al igual que la inscripción frontal.


En ese momento, propuestas de urbanistas agoreros alcanzaron a pensar y planificar el cómo hacer -partiendo de una solución vial simplista- el derribo del obelisco, para darle continuidad expedita a los viejos y nuevos canales de la avenida


Estos proyectos fueron contenidos por decididas y audaces acciones individuales de miembros de la comunidad italiana, como la del señor Roland Graciotti Bruge (Osimo, Italia 1929 - San Cristóbal 2014), así como de instituciones públicas, privadas, y de personeros políticos quienes abogaron –desde la prensa regional- por su preservación y revitalización como patrimonio cultural del Estado Táchira y de la República de Venezuela.


Esta irregular situación quedó zanjada cuando el Gobernador del Estado Táchira para el momento, el Dr. Ricardo Méndez Moreno, en Consejo de Gobierno, expidió el Decreto Ejecutivo Nº 199 de fecha 6 de octubre de 1997, ordenando una medida administrativa de protección y defensa del obelisco, prohibiendo su demolición, transformación y reubicación, ratificando –en uno de sus considerandos- que:


‘El Obelisco de los Italianos, constituye una obra de verdadero valor artístico y arquitectónico, conocido por lo menos por cinco generaciones, convirtiéndose por tanto en símbolo de referencia y en el único monumento resaltante de la ciudad’.


De redoma o plaza circular inicial, y con sucesivas reformas como la de 2006 y 2015, cuando se cubrió con láminas de piedra marmórea negra todo el basamento que originalmente era en cemento, friso blanco y friso grisáceo; se agregaron nuevas fuentes luminosas ornamentales en los extremos norte y sur (que redujeron la altura de la base del obelisco a la mitad -de la altura original-, y una tercera asta –intermedia- para colocar la bandera de la ciudad, la planta del obelisco pasó a tener la forma de elipse y el aspecto que presenta en la actualidad.





Reseña periodística sobre el Obelisco de los Italianos, Diario Católico, San Cristóbal, 31 de enero de 1968, p. 8 (Foto e investigación hemerográfica: Bernardo J. Zinguer, 2018).




Cromatismo

El conjunto o gama de colores de la obra se seleccionó en función de las características simbólicas propias del monumento. La columna central, el elemento más elevada del conjunto, se recubrió con color blanco. Este permite definir más claramente cuerpos y ángulos de una arquitectura de líneas puras y formas geométricas, tanto en toda obra clásica o neoclásica como en modernas -en hormigón- siendo un ejemplo de estas últimas las de Le Corbusier.


Se buscaba con el blanco, transformar los cuerpos sólidos del monumento en un armónico juego de luces y sombras que, manteniendo su concepto arquitectónico puro y perceptible, le permitiera irradiar luminosidad propia y darle vistosidad a la obra a la distancia, más aún cuando la columna central representa el símbolo de la civilización y cultura latina universal, en especial, de su arquitectura, la primera de las artes romanas y de la cual Occidente no ha olvidado sus lecciones.


El resto de la obra alternaba una degradación del blanco, en una gama de grises que se movían desde los tonos más claros hasta el gris marengo, especialmente los dos paneles verticales que fueron recubiertos con granolite de color gris suave y la base del monumento con el color propio del mármol travertino.



Victoria Tachirensis (la Victoria del Táchira), el Obelisco de la Victoria


Como se explicó, y desde el sentido que le imprimió su autor, el arquitecto y profesor Fernando Matticari, la figura estilizada de las alas y la forma diagonal que las sustenta (cuerpo), con su trazado y dinámica proyección frontal, cual argentado espíritu incorpóreo parece surgir para desplegarse e iniciar su vuelo hacia las alturas, resulta en una de las múltiples representaciones (ej. fue reproducida como la insignia de una reconocida marca internacional de calzado deportivo) de la obra del arte helenístico, realizada entre el 190 y el 180 antes de nuestra era, y denominada la ‘Victoria alada de Samotracia’ (de la cual sólo se halló el cuerpo y las alas, perdiéndose los brazos y la cabeza. Se conserva actualmente en el Museo del Louvre, en París, Francia).





La 'Victoria alada de Samotracia', Museo del Louvre (París - Francia). El arquitecto Fernando Matticari reprodujo su silueta, de forma estilizada, en la estructura acerada del Obelisco de los Italianos de la ciudad de San Cristóbal (Foto: Museo del Louvre, 2006).



Era, y es, la representación majestuosa de la diosa griega Niké (denominada ‘Victoria’ por los romanos) que se veneraba en la pequeña isla de Samotracia, en el Egeo septentrional, siendo a su vez un monumento conmemorativo de la victoria naval en Side, de los rodios sobre Antíoco III de Siria, en el 191 antes de nuestra era.


La escultura, en piedra marmórea de Paros, reproducía en forma de efecto de conjunto sobre el observador, a las nikai arcaicas y clásicas, o diosas que anuncian la victoria o los triunfos, al toque de una imponente trompeta en una de sus manos y en la otra portando una guirnalda o corona de ramas de laurel.





'La Victoria Tachirense' o 'Victoria Tachirensis', estilizada figura de la diosa de la victoria (o Niké) que se encuentra en el Obelisco de los Italianos en San Cristóbal, obra diseñada por el arquitecto Fernando Mastticari M., elaborada en los talleres de Preaceros e Industrias Pellizzari, en diciembre de 1967 (Foto: Santiago X. Sánchez, 2018).



A partir de ello, la presencia de este elemento helenístico inserto en la columna romana del Obelisco de la comunidad italiana en el Táchira -candidato a ícono urbano de la ciudad- se traduce y adquiere, per se, un nuevo valor agregado de representación, de identidad.


Así, las alas y el cuerpo estilizado, recubiertos de láminas aceradas viene a ser la imagen de la Victoria Tachirensis, expresión latina que traduce ‘La victoria del Táchira’. Con ella queda concretada, y se proyecta de forma simbólica desde lo tangible, la altivez, el valor, la grandeza, las victorias y los triunfos del pueblo tachirense, en todos los tiempos.





El Obelisco de los Italianos, San Cristóbal (Foto: Santiago X. Sánchez, 2018).




Epílogo para un ícono arquitectónico de la ciudad de San Cristóbal


En consecuencia, de forma breve y precisa, se puede afirmar que, al contemplar y comprender en su totalidad esta arquitectura icónica conmemorativa como manifestación de un arte que logró plasmar con facilidad la gratitud de la comunidad italiana y su deseo de perenne progreso para el Táchira -materializado en un referente urbano de la ciudad de San Cristóbal- todo observador, residente o visitante contempla y contemplará por igual el espíritu de trascendencia de nuestro pueblo, de victoria, en la blanca columna que desafía a las alturas y en el resplandor del argénteo acero de la diosa de la victoria, desde un nuevo cognomento que se suma, a partir de ahora, a los anteriores que lo identifican: el Obelisco de la Victoria.



Clasificación patrimonial


El Obelisco de los italianos en San Cristóbal, como monumento conmemorativo y ornamental urbano, es un bien cultural de la nación venezolana y con tal carácter quedó registrado en el Catálogo del Patrimonio Cultural Venezolano 2004-2007, Región Los Andes, Estado Táchira, Municipio San Cristóbal, TA 23, p. 65.


Patrimonio cultural del Estado Táchira y de la ciudad de San Cristóbal por Decreto Ejecutivo de la Gobernación del Estado Táchira, Nº 199, de fecha 6 de octubre de 1997.




El Obelisco de los Italianos, San Cristóbal (Foto: Santiago X. Sánchez, 2018).



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Acerca del autor

Samir A. Sánchez es profesor de Historia del Arte y Métodos de Investigación en la Universidad Católica del Táchira (San Cristóbal - Venezuela). Es autor, entre otras publicaciones, de San Cristóbal Urbs quadrata (2003), Mors Memoriæ o la Extinción de la memoria (2011) y Diccionario de topónimos históricos del Estado Táchira: siglos XVI a XIX (2018).


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