miércoles, 1 de diciembre de 2021

Capilla votiva de Santa Leocadia (Lobatera, Estado Táchira, Venezuela): un elocuente símbolo de lo que hemos perdido | St. Leocadia Chapel (Lobatera, Táchira State, Venezuela): The chapel that God forgot








In Memoriam
Dra. Gracia Josefina Vivas Terán (1933-2020)


Desvelando magnificencias sobre espacios sencillos

En la pupila de las personas más ancianas de Lobatera siempre se reflejaba la imagen de quien se adentraba en la vieja iglesia, en la búsqueda de aquellos rincones más recónditos donde el alma, en silente oración, podía encontrarse con su Creador. 

Uno de estos rincones que nos permite escrutar ese pasado era la Capilla votiva y funeraria de Santa Leocadia. Había sido mandada a construir por el Dr. Ezequiel Vivas Sánchez (Lobatera, 1864 - París, 1919), personaje destacado en la política venezolana de inicios del siglo XX, y la misma era una verdadera joya arquitectónica religiosa tachirense de principios del siglo XX. 

Un recopilatorio de la arquitectura y de las artes decorativas que llegó a contener dentro de sí las mejores expresiones de las artes mayores y menores: noble arquitectura, armoniosa pintura y escultura de cuidados acabados así como trabajos en bronce y en madera torneada.


Emprendiendo un viaje en el tiempo

Como el texto del Cantar de los cantares, esta capilla bien pudo decir: "Soy hermosa y perfecta". Su contemplación resultaba en un apasionante viaje de retorno a la magnificencia del arte y de la religiosidad de otros tiempos, pero también a una muestra de exhibición del poder que ostentaba su mecenas, el Dr. Ezequiel Vivas Sánchez, Secretario privado del Presidente de los Estados Unidos de Venezuela, el General Juan Vicente Gómez.

Construida en la Iglesia parroquial de Lobatera entre el 8 de julio de 1915 y el 20 de septiembre de 1916, la misma fue bendecida y dedicada solemnemente el día 27 de setiembre de 1916. Recibió el nombre por el onomástico de la señora madre de Dr. Vivas Sánchez, Santa Leocadia (virgen y mártir cristiana toledana, martirizada en el 304 d.C).

Esta impresionante estructura fue demolida en su totalidad a fines de 1960, perdiéndose con ella parte importante del patrimonio cultural tachirense, representado por un pasado artístico de cuidadas y elaboradas realizaciones.

Su desaparición obedeció al derribo de la vieja estructura colonial y a la reconstrucción y remodelación, en un estilo uniforme neorrománico, de la actual Iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá de Lobatera (Estado Táchira - Venezuela).


¿Cómo era la antigua capilla de Santa Leocadia, en Lobatera?

Se levantaba próxima a la torre del reloj o torre sur, sobre un plano centralizado o cuadrangular y cerrada con muros de tapia pisada y cubierta de pares y nudillos, y teja. Su ornamentación seguía el estilo o gusto arquitectónico imperante en la época: el neobarroco. 

Así, toda la obra era un compendio de ese arte que supo exaltar lo divino al representar el esplendor y triunfo de la fe sobre las herejías, motivo por el cual fue retomado en las principales construcciones religiosas tachirenses de la época, hasta mediados del siglo XX.

En su muro sur se levantaba el altar principal. Era de tipo retablo acorde a la liturgia conciliar tridentina y contenía un alargado nicho central con arco de medio punto donde se encontraba la imagen de Santa Leocadia de Toledo, virgen y mártir romana. Talla en madera, naturalista, obra del escultor catalán Francisco Vila, de la Escuela española de imaginería religiosa de Olot, de fines del siglo XIX, que a la fecha aún se conserva en la iglesia de Lobatera.

El nicho estaba ornamentado por pilastras corintias ordenadas en posición de abocinamiento, todas de sección rectangular y fuste acanalado que sostenían un elaborado entablamento y sobre este un frontón rebajado (surbaissé) y partido en la sección inferior. A cada lado de la imagen, y sobre dos dados o peanas molduradas clásicas, se encontraban las imágenes de los Ángeles de la adoración perpetua (tallas en madera de la Escuela de Olot, de la acreditada casa de escultura y pintura de Francisco Vila, Plaza de Santa Ana, 7 y 26, Barcelona, España, y actualmente -repintados de forma errónea- se encuentran junto al sagrario de la iglesia de Lobatera).

La mesa del altar principal, de tipo retablo, estaba elaborada en mampostería, adosada a la pared de cierre bajo el nicho de Santa Leocadia y sostenida por cuatro marmolejos o pequeñas columnas corintias exentas y de fuste cilíndrico, dos en fila, en cada extremo del frontal de la base de la mesa del altar, todo sobre una tarima forrada en porcelana. 

El suelo de la capilla consistía a su vez en un solado de baldosas de mosaico hidráulico o de prensa, italiano, con formas geométricas de atrayentes colores por sus características.

La pared de cerramiento que contenía el nicho, hacia los lados de los ángeles, fue recubierta con relieves marmorizados de columnas y arcos neogóticos que semejaban doradas arcadas entrelazadas. 

El techo interior de la capilla presentaba un centro abovedado (cúpula) enmarcado por un ornamentado plafón sostenido en los cuatro extremos o ángulos, en el espacio que deberían ocupar las pechinas, por sólidas y ornamentadas columnas corintias de fuste exento recubiertas con pinturas que semejaban al mármol. 

Adosado al muro oriental se ubicaba el monumento memorativo a Doña Leocadia Sánchez de Vivas, con el grupo escultórico en mármol de Carrara de “La oración de Jesús en el huerto” (en la actualidad en el Cementerio Municipal de Lobatera y presentado graves signos de destrucción), obra del artista italiano Emilio Garibildi (esculpida en su taller de Caracas en 1916). La inscripción en el lado frontal del pedestal, describía toda la magnitud de la obra: «DR. EZEQUIEL A. VIVAS / A LA MADRE ADORABLE / SANTIFICADA EN EL DOLOR».

En el muro occidental se colocó la imagen de la Sagrada Familia (obra de la Escuela de Olot que en la actualidad se encuentra -igualmente repintada de forma errónea- en la capilla del Bautisterio). Este grupo escultórico tallado en madera se colocó sobre sobre un moldurado pedestal clásico.

Con una doble cubierta, el intradós de la bóveda de la cúpula, en semiesfera sin tambor ni linterna, estaba pintado al fresco con escenas de las sagradas Escrituras. A través de una cadena, desde el centro de cierre de la cúpula, pendía una artística lámpara de varios brazos o tipo araña para colocar velas, con briseras de vidrio y cristales, que daba iluminación artificial al espacio. En el exterior, la bóveda o cúpula de la capilla estaba recubierta por un techo sostenido a su vez en una armadura de madera de pares y nudillos, a cuatro aguas.

El muro norte contenía el amplio vano de entrada o acceso a la capilla. Estaba rematado por un arco de medio punto, moldurado, con figuras ornamentales pintadas al óleo en su intradós y con la inscripción, en letras latinas capitales: CAPILLA DE SANTA LEOCADIA, en su extradós. Una baranda tallada en madera cerraba el acceso al interior de la capilla y la formaban marmolejos barrocos torneados que cumplían la función de columnillas que a su vez sostenían una arcada entrelazada (creada a partir de una sucesión de arcos apuntados intercalados), figuras estas que reproducían a su vez los relieves de los espacios vacíos de los cuatro muros de cierre de la capilla, si bien los arcos de las paredes eran de medio punto.

La ejecución de los trabajos de arte y ornamentación  de la capilla fue obra de los artesanos, enviados por el Dr. Ezequiel Vivas Sánchez desde Caracas, de nombre Eduardo Gámez y Jacobo Capriles M.

Por igual, el 7 de marzo de 1920 el suelo central de la capilla acogió el féretro con el cuerpo de su benefactor, el Dr. Ezequiel Vivas Sánchez (fallecido en París en diciembre de 1919), hasta 1960 cuando es exhumado y trasladado al Panteón de la familia Vivas Sánchez en el Cementerio del Torreón (Cementerio Municipal de Lobatera).

La única foto que se conserva, a la fecha, de lo que fue la Capilla de Santa Leocadia en la Parroquial de Lobatera fue cortesía del Abogado Wilmer Antonio Rey Lozada (2020) quien ha conservado, ordenado y clasificado el archivo personal de su tía-abuela Doña María de los Remedios Lozada Bustamante de Mora (Borotá, 1892 - Lobatera, 1993).


La lepra: enfermedad, estigma y un hijo agradecido

Doña Leocadia Sánchez de Vivas (1845-1882) pertenecía a una de las más destacadas familias lobaterenses del siglo XIX y estaba casada con Don Abdón Vivas Casanova. Esta matrona había fallecido a consecuencia de haberse contagiado de la enfermedad de la lepra, que padeció con paciencia y resignación, al igual que el estigma, hasta sus últimos días. Momentos de dolor que quedaron en la memoria agradecida y compungida de uno de sus hijos, quien le erigió una capilla poema adosada al suelo santificado de su tierra natal.



Santa Leocadia. Talla en madera del escultor español Francisco Vila, de la acreditada casa de escultura y pintura religiosa del mismo nombre (Barcelona, Plaza de Santa Ana, Nº 7 y 26. Fines del s. XIX). Presidió la antigua capilla de Santa Leocadia (desde 1916 hasta 1960) y la actual (desde 1967). Fue repintada en 2006 perdiendo el acabado original. Iglesia parroquial de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá de Lobatera. Foto: Samir Sánchez, 2006.




Imagen de Santa Leocadia con su policromía original, para 1916, y acabado a pulimento en la zona de la piel o encarnado, según la antigua técnica de los imagineros del s. XIX, así como el elaborado esgrafiado y estofado en pan de oro de los ribetes de la túnica y manto. Todo ya desaparecido o sustituido por formas menos elaboradas. Estado de la imagen luego del acto vandálico del 17 de agosto de 2006 cuando un perturbado mental derribó de su peana varias imágenes de la Iglesia parroquial de Lobatera (Foto: Samir A. Sánchez, 2006).




Panorámica del centro histórico de la población de Lobatera (Estado Táchira - Venezuela). Junto a la torre del reloj (izquierda del observador) se aprecia los muros exteriores y el techo a cuatro aguas de la antigua  capilla votiva de Santa Leocadia (Foto: Marco Aurelio Vila, 1947).







Por esta nota aclaratoria, publicada en el períodico "Horizontes" de la ciudad de San Cristóbal en su edición del 6 de marzo de 1916, se conoce que la imagen de Santa Leocadia llegó a Lobatera en una fecha posterior a la referida nota de prensa (Foto: Coetesía del Dr. Bernardo Zinguer, 2023).



Estado del grupo escultórico "La oración de Jesús en el huerto", de 1916, en el Cementerio Municipal de Lobatera (Foto: Samir A. Sánchez, 2010).




© Proyecto Experiencia Arte / Experience Art Project 2012-2021. Algunos derechos reservados. Los derechos de autor de las fotografías pertenecen a cada fotógrafo, grupo o institución mencionada.


martes, 12 de octubre de 2021

Scripta in Memoriam: José Ernesto Becerra Golindano (1953-2021) │ Scripta in Memoriam: José Ernesto Becerra Golindano (1953-2021)

 


Foto: Archivo fotográfico de la Academia de Historia del Táchira (2013)


En el día de ayer, 11 de octubre de 2021, el maestro, el académico el profesor y el amigo, José Ernesto Becerra Golindano, pasó la última página y cerró el libro de su vida.


Lo hizo como quería y como quiso, en su casa de Táriba, como los viejos pater familia tachirenses para quienes no existía otro lugar donde rendir su existencia como en su casa, rodeado del irremplazable sentido de su fe y de su cariño y afecto de familia, de los suyos. A su estimada familia, mis respetos y sentido pésame.


Se va a navegar otros mares, ignotos para nosotros, pero sus alforjas de viajero están cargadas de buenas obras. Tengo la certeza que al llegar a buen puerto le dirá a quien lo recibirá, como el poeta: "No puse nunca, Señor, la luz bajo el celemín/Me diste cinco talentos y te devuelvo otros cinco".


En su memoria, y una memoria agradecida por su amistad, apoyo, sus certeros consejos y orientaciones, sólo me resta despedirlo con las palabras que le escribí para prologar su último libro, en agosto de 2020. Libro donde, en los párrafos de cierre, dejó un testamento académico de vida útil y de generosa fraternidad:

 


Gentilitium

El académico Licenciado José Ernesto Becerra Golindano, de meritoria labor en las cátedras del liceo y de la Universidad Católica del Táchira, ha colocado en manos del lector su más reciente obra, titulada "Algunos personajes relacionados con la Historia de Michelena". Repasar sus páginas, se convierte en un ejercicio donde retornan con mayor esplendor y lustre las acertadas palabras del Dr. Horacio Cárdenas Becerra, uno de los más descollantes intelectuales tachirenses de los tiempos presentes, cuando expuso: «La historia de una nación es también la de sus pueblos y de sus hombres que cumplieron con su destino en tierra adentro. No podemos renunciar a nada de la patria sin que estemos renunciado a toda ella».


Con el talante serio y trato fino y selecto que le caracteriza, José Ernesto Becerra Golindano, cual rapsoda de la Grecia clásica, reconoce que la muerte tiene menos poder que el olvido, cuando se deja el nombre al pie de una palabra. Por ello, devuelve a la vida acciones y obras de aquellos tachirenses quienes, desde humanas fortalezas y fragilidades, echaron sobre sus fuertes espaldas de lugareños grandes sueños y voluntades, o todo un pueblo, como Michelena, en el caso del Pbro. Dr. José Amando Pérez o toda una nación, en el caso del General de División Marcos Pérez Jiménez. Cada vida es un ir adentrándose de modo incansable y fructífero en la historia y la crónica del Táchira, real Finis terræ del occidente venezolano, encendiendo más luces sobre el Gentilitium, esto es sobre el patrimonio o herencia de los antepasados.


Como escritor, que se propone leer e interpretar los tiempos, nos conduce desde un viejo pretérito zurcido en el silencio de la levadura o fermento que se adentra en las nobles raíces de esa Lobatera viajera, itinerante y hacedora de destino del siglo XVIII, pasando por la fundación de la ciudad de Michelena, hasta llegar a la misma gente que dio continuidad a la vida del Táchira de hoy. No en vano, uno de sus hijos marcó una etapa de la historia de Venezuela, como república y como Estado, aún recordada y añorada en estos tiempos de incertidumbre y oscurantismo que nos abaten.


Trece biografías nos convocan a una cita con la historia y con el paisaje físico y espiritual de esta tierra nuestra. Con la memoria de su gente sacada de entre viejos y olvidados papeles la cual, como hijos de la montaña, se acostumbró a mirar el valle y a otear altos horizontes. Esta nómina de michelenenses ilustres por su contribución al patrimonio de pensamiento, fe y acción del Táchira, es extraordinaria en número y en relieve. Nos impresiona la acumulación de las realizaciones que hicieron, en los más variados escenarios de la cultura, en el tiempo creador de los siglos XIX y XX.


Los lectores, a quienes interese más el acercamiento a lo que queda oculto y precede a lo que es manifiesto de nuestra historia, apreciarán el esfuerzo del autor por poner al descubierto nuestras raíces y hacer presente a las generaciones pasadas, surgidas de la recia sustancia de la tierra madre. Con una autenticidad y vida sobria, hicieron, con menos recursos, pero con abundante voluntad férrea, indoblegable ante las vicisitudes, una inmensa obra de crecimiento material y espiritual vivido desde la fidelidad a lo eterno de su propia tradición, en épocas cuando la confluencia entre fe y razón, desde el equilibrio tomista, era capaz de superar la mera identidad entre inmanencia y trascendencia.


Sin lugar a dudas, es allí donde radica el valor y el aporte principal de esta obra. En tiempos de eclipse del sentido de trascendencia, esta se difumina y disuelve. Sólo el regreso a los orígenes hará retornar a las mentes lúcidas y de sindéresis. Ellas deben levantarse sobre las ruinas de lo que fueron unos sueños de país que sofocó el subordinar el interés común a miras personales y abordar el futuro, lejos de la trivialidad. Con optimismo y franquía deberán experimentar de nuevo la trascendencia creadora que movió a las generaciones que les precedieron y así posibilitar el fijar horizontes a toda existencia humana, desde un modo de pensar y proceder ético, justo y solidario, para la construcción de una nueva humanidad en tierras tachirenses.

Dr. Samir A. Sánchez
Cronista Emérito de la ciudad de Lobatera

El Remanso de Santiago, San Cristóbal, Julio de 2020.




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viernes, 24 de septiembre de 2021

Memoria de un oficio olvidado: Don Francisco Contreras y el arte de encalar en el Táchira │ The Vanishing Art of Limewashing: Francisco Contreras and Táchira’s Heritage




Foto: Cristian Sánchez, 1980



Bajo el reverberante cielo de Lobatera, donde el tiempo parece detenerse en los aleros, vivió un hombre que no sólo cubría muros, sino que restauraba la luz: Don Francisco Contreras (n. 1911), el último encalador.


Quien escribe, lo recuerda como un artífice de esa blancura inmaculada que convertía la casa grande de los nonos en un lugar de pulcritud y paz.


Guardián del calendario y de la estética, su llegada anunciaba la llegada de las mejores épocas para el pueblo.


De enhiesta figura, hoy solo en el recuerdo ya desdibujado por los años, procedía a elevarse sobre escaleras de guadua que desafiaban la gravedad, mientras sus manos guiaban una brocha de fique con la delicadeza de quien acaricia un lienzo sagrado.


No era simple pintura; era un especie de rito de purificación. En septiembre, vestía la fachada de la casa de gala, preparando el escenario para las fiestas del pueblo. En diciembre, su retorno era ineludible. Con su cal y su esmero, pasaba "una mano de cal", como decían los nonos, retocando cada rincón y, en un gesto de humilde maestría, pintaba también la tela que, cubierta de lama y musgo, serviría de montañas al pesebre, logrando que la Navidad irradiara una luz propia y ancestral.


Bajo su mando experto, el rigor del tiempo se desvanecía. La casa renacía, luciendo paredes de un blanco vibrante. El contraste entre la cal luminosa y la firmeza de los zócalos verdes era el sello de una identidad tachirense que Don Francisco —junto a otros lobaterenses de la época como Don Melquíades Vivas Suárez— supo preservar.


El encalado, una técnica desaparecida


La técnica del encalado no era solo un oficio del Táchira del ayer, sino una alquimia popular que transformaba la piedra y el adobe en lienzos de luz.


En el Táchira de Don Francisco Contreras y de mis nonos, este proceso unía la sabiduría química con la resistencia de los materiales andinos.


Para lograr ese blanco que emulaba la neblina de los páramos como algodón suspendido en la montaña, el ritual comenzaba mucho antes que la brocha tocara el tapial.


Partía de la cal viva (óxido de calcio), que traía en bolsas de terrones pétreos. El proceso de "apagar" la cal era casi ceremonial: vertía agua sobre las piedras en moyones (grandes recipientes de barro), provocando una reacción exotérmica que hacía hervir el líquido sin necesidad de fuego. Una vez apagada, la pasta resultante (hidróxido de calcio) la dejaba reposar. Como maestro encalador que era, prefería dejarla "madurar" para que ganara plasticidad y adherencia.


De lo que aún alcanza el recuerdo, para que la cal no se desprendiera como polvo al secarse y para que resistiera las lluvias de la cordillera, le añadía elementos que la "fijaban". Solía usar alumbre que actuaba como un aglutinante natural que impermeabilizaba la pared.


Para los pigmentos, aunque el blanco era el protagonista, el de los zócalos verdes los hacía añadiendo pigmentos minerales o tierras de color, logrando esa línea que protegía la base de la humedad y el roce.


Viene el recuerdo, por igual, de su fiel acompañante de labor: la escalera de guadua: el acero vegetal de los Andes tachirenses. Su materia prima le proporcionaba una ligereza necesaria para ser transportada al hombro por las empinadas calles de Lobatera, así como la flexibilidad para apoyarse en muros irregulares sin quebrarse.


Por último, el recuerdo de la brocha de fique. Estaba elaborada con fibras naturales, rústicas pero densas, permitiendo cargar una gran cantidad de cal, cubriendo las porosidades del tapial y el adobe con una textura orgánica que las pinturas industriales nunca pudieron replicar.


Un día, la figura de Don Francisco Contreras, recio tachirense de los de antes, dejó de recorrer las calles de Lobatera con su escalera de guadua. No lo volví a ver.


Su partida dictó, sin saberlo, el inicio del ocaso de la casa grande de los nonos. Al faltar su mano, la cal dejó de renovar aquel milagro que permitía a los muros respirar, guardando el frescor en días de sol y el abrigo frente a la neblina. Sin el blanco rito de Don Francisco ni de Don Melquíades, el otro encalador del pueblo, la casa comenzó a hacerse olvido; pues no solo se había marchado su encalador, sino también todos aquellos que, con su sola presencia, mantenían encendida la luz y el refugio de sus corredores y estancias.


Foto: La imagen de 1980, capturada por la lente del Dr. Cristian Sánchez frente a la pared que daba a la antigua Calle Real (hoy Carrera 4 o de Bolívar), en Lobatera, no es solo el registro de una labor. Es el testimonio de un hombre que, entre cal y sudor, sostuvo el escenario de nuestros recuerdos más felices, asegurando que la casa de los nonos fuera siempre el refugio impoluto de nuestra infancia.



miércoles, 3 de febrero de 2021

El Decálogo de la Montaña: 7 hábitos para entender y convivir con los tachirenses │ The Decalogue of the Heights: 7 Habits to Understand and Flourish Among the Tachiran People (Táchira State)





Laguna de García (Municipio Uribante)




Adaptarse al Táchira es algo que trasciende más allá del desplazamiento geográfico; es una inmersión en un compás existencial donde la cordialidad es ley y la geografía de montaña dicta los ritmos de la voluntad. Para transitar de la estancia a la pertenencia, es preciso abrazar, entre otros, estos siete preceptos esenciales:

1. El saludo

En el Táchira, la palabra es el primer puente. La cortesía tachirense no es un formalismo vacío, sino un contrato social inquebrantable. El hábito de bendecir el encuentro con un "buenos días" o un "hasta luego" —desde el umbral del vecino hasta el mostrador de la bodeguita de la esquina o del abasto— es la llave que franquea la confianza. Un trato tosco no es solo una falta; es una disonancia en la armonía de un pueblo que ha hecho de la educación su estandarte.

2. La pizca como ritual del desayuno

El despertar tachirense se consagra en la mesa. Es imperativo integrar el hábito de la pizca: esa sopa reconfortante que destila la esencia del campo. Desayunar con este caldo nutritivo no es solo un acto alimentario, es una comunión con el vigor necesario para enfrentar la jornada. En esta tierra, la mañana no comienza sólo con café, sino con el aroma de la tradición humeante.

3. La previsión ante el tiempo

Aunque el sol de mediodía pueda resultar abrasador, la montaña posee un temperamento voluble. El hábito de portar siempre una prenda de abrigo es la respuesta técnica a la neblina que no se puede predecir. En el Táchira, la chaqueta no es un accesorio estético, sino un resguardo ante el frío que desciende, impasible, cuando la luz se retira.

4. La institución del "puntal"

La cultura del trigo alcanza en estas cumbres una dignidad envidiable. El habitante debe adoptar el ritual del puntal: ese interludio vespertino, de las 4:00 pm,  donde el pan aliñado, la acema o el trenzado se encuentran con el café, el chocolate caliente  o la aguamiel. Es el espacio de la tertulia y la socialización por excelencia, un hábito que detiene el tiempo para celebrar el oficio de los panaderos locales.

Asimismo, ante el ofrecimiento de un "palito", una bebida espirituosa de licor destilado artesanal, ya sea puro o aliñado (con eneldo, anís u otras ramas), conviene meditar antes de dar una negativa. Su aceptación constituye un imperativo de cortesía; pues soslayar tal gesto de hospitalidad se entendería como una displecencia a la esencia misma de la fraternidad tachirense.


La verticalidad del paisaje exige una reconfiguración de la movilidad. El Táchira desconoce la línea recta; vivir aquí implica desarrollar la pericia técnica frente al relieve:

A pie: Una preparación física que asume el ascenso y la cuesta como un ejercicio cotidiano de resistencia.

Al volante: El hábito de la vigilancia mecánica, especialmente de los frenos, y la paciencia ante las pendientes pronunciadas que desafían toda inercia.

6. La distancia respetuosa del "usted"

En el Táchira, tenemos nuestro propio acento, cadencia y correcta pronunciación al hablar. Aquí el lenguaje constituye el reflejo fidedigno de una rigurosa jerarquía emocional. La práctica de la escucha activa revela que el tuteo no es sino una excepción en un mar de formalidad y respeto.

Dominar el uso del "usted" equivale a desentrañar la idiosincrasia local, del mismo modo que descifrar la compleja polisemia del vocablo "toche". Al respecto, la prudencia es imperativa: su empleo representa un arte de sutiles matices que oscila entre la afrenta y la complicidad; solo el tiempo y la cercanía otorgan el derecho de proferirlo.

Por igual, en estas tierras la moderación rige el temperamento: no se alza la voz ni se incurre en el grito. Somos un pueblo de hablar parco, que prefiere la precisión de lo necesario frente al ruido y la estridencia


Habitar esta región es convivir con la dualidad fronteriza. Se requiere el hábito del dominio de ambas culturas, de la vigilancia económica y política que va desde conocer las rutas del trasegar de nuestra gente y el flujo constante entre pesos, bolívares y divisas, hasta saber el estado de los puentes internacionales. Para el tachirense la frontera es más que un límite convencional e imaginario, es un organismo vivo que condiciona el comercio, los trámites y la cotidianidad tachirense.

Al seguir estos hábitos comprenderás, al fin, que la existencia en estas tierras posee una mística que las palabras apenas logran rozar.

Es un rincón de América y del mundo donde el tiempo parece demorarse en las cumbres, envolviendo con su manto los valles, mientras en el corazón de su gente late un ímpetu laborioso que no conoce el desmayo ni la derrota, y que hace lo que se propone. En el Táchira, la quietud del aire y el vigor del brazo se funden en un abrazo sagrado: un contraste donde el sosiego del alma potencia la voluntad inquebrantable de quienenes tienen la mirada alta y la fuerza telúrica de la cordillera.



Vistas del Táchira (Poliderpotivo de Pueblo Nuevo e Iglesia de San Juan Bautista de la Ermita, San Cristñóbal, Lobertía del Táchira, 2011).