lunes, 5 de octubre de 2015

«Pozos Azules», reliquia de la naturaleza y del origen geológico tachirense | ‘Pozos Azules’, Nature and Tachiran Geological story briefly told







Texto y fotografías, Samir A. Sánchez (2015)


Al caer de la tarde


El habitante de las ciudades turbulentas -quien trajina su vida entre una amalgama de gente presurosa y ruidos sin sentido- ya olvidó el valor del silencio o del percibir el cadente ulular de la brisa cuando, bifurcada, se prolonga en agudas tonalidades al roce con las hojas de los árboles. 



«El pozo de la Pedriza»



Un delgado hilo, cual camino de recuas, separa estos dos mundos. Aislarse por momentos de uno y alcanzar al otro, resulta en un descubrir y admirar la belleza milenaria de la naturaleza –o el divino pincel del Creador, para el creyente-. Todo un acto que sólo se revela al andar.
   



«La muralla de la Hechicera», ya afectada por la ausencia de una cultura de respeto y conservación de los espacios y monumentos naturales.


«Al andar se hace camino» escribió el poeta y al volver la vista atrás, dejamos la senda del color del Ande doblegado, abriéndose paso entre serrijones e incógnitos declives y laderas, donde el agua brota y tala su camino en busca de la mar con la ancestral paciencia del golpe seco y tenaz sobre la roca.



«La garganta del Diablo». Nombre que recibe la torrentera que ha erosionado el estrato rocoso -a través de diferentes épocas geológicas-, y que deriva de la forma de una pezuña y de zarpazos, que se observan en su superficie, dejadas por el diablo en su andar errante por el mundo luego de la resurrección de Cristo, según los mitos locales.

 

Por momentos, la total ausencia de cualquier signo de presencia del hombre, nos sugirió que aquí gobernaban los elementos y la eternidad, el agua y el cielo, la roca y el viento. 






Paisaje geográfico del bolsón semiárido de los desiertos de altura de la Depresión del Táchira, visto desde la 'Garganta del Diablo' en los Pozos Azules. El cerro central, del primer plano, se corresponde con el cerro de la Laguna del Buitrón (1.320 m), frente a la población de Lobatera (968 m), lugar desde el cual, en el siglo XVII la avanzada de vigías  y soldados españoles enviados por el Cabildo de la Villa de San Cristóbal, divisaron y  documentaron por primera vez el paisaje de los Pozos Azules. La serranía del plano de fondo, se corresponde con la vertiente norte y sotavento de la fila montañosa de Los Letreros, conformada por los montes de Los Letreros a 1.983 m (derecha del observador) y El Espinito a 2.020 m (izquierda del observador), en la tramontana o detrás de la misma en su vertiente sur (barlovento), se encuentra el valle de Santiago, emplazamiento de la ciudad de San Cristóbal (829 m), capital del Estado Táchira.  


Así nos resultó Pozos Azules, en la tramontana occidental de Lobatera (Estado Táchira - Venezuela) -a escasos kilómetros del pueblo, en la aldea La Parada, cerca de la autopista San Cristóbal-La Fría, un remanso de paz sobre un desierto de altura (una depresión central andina, muy seca -con un promedio de precipitación anual de 682 mm, producto del efecto Foehn/Föhn-), moldeado por la naturaleza y la erosión, entre las sendas andinas.





Al despedirnos, el baquiano de callosas manos nos dijo: «siempre habrá un ir y venir, sólo el paisaje -que es más antiguo que la humanidad- queda. Pero no es solo verlo de paso o vivirlo, ¡hay que sentirlo!».
   


«Pileta grande»





Paisajes y leyendas


En las cumbres encapotadas del cerro de La Cuja, cuyo nombre deriva de su similitud –a la distancia- con el anillo o parte de la silla de montar donde se insertaba la lanza o bandera, cuando marchaba la caballería, a 1.780 metros de altura entre los riscos de la serranía occidental de Botadero y los Corrales, tiene sus nacientes la quebrada de los Pozos Azules. 



«Los novios de piedra»

 
Su curso abarca en sentido oeste-este, desde esta altura hasta su encuentro con la quebrada La Parada, a 900 metros sobre el nivel del mar, una amplia garganta y hendidura sobre la superficie de la roca, donde los rápidos de sus aguas –por la casi verticalidad de su caída- esculpieron paisajes con caprichosas formas de singular, única y misteriosa belleza.

 

«La garganta del Diablo»


Parajes como la Garganta del Diablo, rodeado de misterios y leyendas en las proximidades de la cumbre de la montaña, el Laberinto del Minotauro donde, al adentrarnos entre las fragmentadas y desordenadas rocas y cavernas, se puede entrar y luego no encontrar una salida; el pozo de Los Novios de piedra, donde dos erguidas e inseparables formas pétreas vigilan sus aguas o La muralla de la Hechicera, sólida pared de mole rocosa, agrietada y abierta en dos para abrir un paso –según la tradiciones locales- por el conjuro de una poderosa hechicera aborigen, hacen de este lugar un verdadero patrimonio natural que nos enlazan con las primeras formaciones de la tierra y con la historia de culturas precolombinas.

 

«El puente del cachorro»


Sus orígenes


La fisiografía de la quebrada Pozos Azules está conformada a partir de un lecho escalonado, formado por la lenta y continua acción del horadar del agua, sobre extensas y voluminosas capas de sedimento continental, formados en lo profundo del antiguo océano del Jurásico que cubría todo ese territorio, entre 135 y 60 millones de años, y que se consolidaron en el período Paleógeno de la era Cenozoica.





Dos capas sedimentarias aluvionales, convertidas en dura roca de arenisca, resultan visibles a lo largo del paisaje de la quebrada Pozos Azules: la roca Carbonera, con grano arenisco de estructura degradada y áspera, producto de la sedimentación en el fondo de una llanura deltaica que desembocaba en el antiguo océano prehistórico y la roca Mirador, de grano arenisco homogéneo, fino y compacto, formado por un proceso de sedimentación en el lecho de un gran río de grandes caudales y meandros, por donde discurrían las aguas fluviales continentales, hasta el océano prehistórico.





Entre estas dos sólidas formaciones, quedaron atrapados sedimentos no petrificados y abundantes en estratos de lutitas y mineral carbón, propios de depósitos pantanosos rodeados por bosques gigantescos que desaparecieron hacia el Terciario Inferior, cuando las fuerzas incontenibles producto del choque entre placas continentales plegaron estas formaciones sedimentarias, elevando el actual lecho de la quebrada en un monumental sinclinal que, en sentido decreciente o descendente oeste-este, domina todo el paisaje geológico, poblado por las actuales aldeas de Boca de Monte, Cazadero, las Minas Carbón de Lobatera y La Montaña, del Municipio Lobatera, en un relieve geográfico propio del bolsón semiárido de los desiertos de altura de la Depresión del Táchira.






La primera referencia documental que el hombre escribió sobre la quebrada y sus parajes, data de mediados del siglo XVII. En la Villa de San Cristóbal se había recibido la noticia sobre un posible ataque de los indios chinatos, recién reducidos a encomienda, entre las riberas de los ríos Guaramito y Lobaterita, en el norte tachirense. Los alcaldes ordenaron el envío de un contingente de soldados a Lobatera, para que cumplieran la función de vigías. 




Una parte de ellos, comandados por el Capitán Antonio de los Ríos Ximeno, subió a la montaña frente a Lobatera y allí refiere:


«topé el rastro de tres o cuatro personas el cual seguí, y antes de bajar, dejamos las cabalgaduras y bajamos a pie hasta la quebrada, en donde hallamos el día antes haber comido, y en las señales que dejaron de las comidas y otras hallamos ser de indios de las encomiendas de la Villa, y que eran cimarrones por coger quebrada arriba a unos desiertos inhabitables y tan fuera de camino []» (Archivo General de la Nación, Bogotá, sección Empleados Públicos, tomo VII, fs. 261 vto y 262. Año 1659).  







El paisaje


Cielo despejado, suave brisa, sol brillante y nubes blancas o grisáceas en las cimas de sus montañas, sirven de marco a las aguas de la quebrada Pozos Azules, donde una escasa vegetación es dominada por el cardón, la tuna de Castilla (higos chumbos), fiques, manglares del desierto, tampacos y algarrobos.


«El laberinto del Minotauro»



Desde los tiempos prehistóricos, estas aguas dieron forma a grandes pozos conocidos como Pozos Azules, en su trayecto alto; Las Piletas, en su trayecto medio y Pozo Bravo, en su trayecto bajo. 

 

«El peñasco de Darío», Pared vertical de depósitos de aluvión acumulados en estratos por torrenteras aluvionales. Los mismos permanecen como testigos silenciosos de lo que una vez sirvió de fondo a un antiguo mar prehistórico.



Pozo Bravo (Foto: Andes Venezuela, 2015. Reproducción con fines didácticos).


Imponentes formaciones verticales de arenisca, de ocres colores y calizas, forman sus escarpadas laderas.





Las aguas de estas formaciones naturales adquieren un profundo color azul y de allí su nombre. No es un reflejo del cielo, ni el color de la roca o del fondo de los mismos. Es un color producto del sedimento de sales de cobre o hierro muy diluidas que son arrastradas por las aguas, desde finas vetas en estratos, que se encuentra en las cabeceras de la quebrada.

 

En un primer plano, y atravesando «El puente del cachorro», el Sr. Antonio Ruiz, baquiano, minero, conservacionista y hombre de profunda fe. En el plano del fondo, Darío Hurtado Coordinador de Medios de Comunicación de la Alcaldía y Natalia Chacón, Alcaldesa de Lobatera.




«El pozo del Jade»



El futuro de los Pozos Azules


Los parajes naturales, a todo lo largo del curso de la quebrada Pozos Azules, deben ser declarados patrimonio natural y lugares protegidos como una forma de asegurar la preservar y recuperar este ecosistema tachirense. 




Una regulación y ordenación de la actividad turística y minera, permitirá que viajeros y visitantes contribuyan al mejoramiento de la economía local, en beneficio de una mejor calidad de vida de sus habitantes. 





Al concebirse como un espacio natural del Municipio Lobatera, con fines educativos, culturales, científicos y recreativos, como parque natural o parque geológico (Global Geoparks UNESCO) donde 135 millones de años le den la bienvenida al visitante, se convertirá en una reserva de la biósfera, aplicando los lineamientos internacionales de conservación de la UNESCO (Convención sobre Protección del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural, París 1972)  sobre el hombre y la biósfera, y en uno de los mayores atractivos turísticos del Estado Táchira.  Así, se detendría la vandalización de esta naturaleza, reflejada en las considerables cantidades de desechos (botellas, cauchos o neumáticos, leña quemada, bolsas plásticas y grafitis sobre las rocas, entre otras) esparcidos por el cauce de la quebrada, abandonados por personas desaprensivas que -en fines de semana especialmente- visitan este parque natural sin ninguna conciencia conservacionista ni de mínimo respeto por la vida natural que allí existe.




«La mina de la Morocota». Esta abandonada y derruida galería -en las inmediaciones de la quebrada- debe su nombre a un minero quien, descansando de su trabajo, encontró cerca de ella una botija con morocotas (monedas de oro de la época colonial española o republicana del siglo XIX). Cuenta los lugareños que el hombre se perdió con su hallazgo y otros refieren que quedó sepultado bajo la mina, por su osadía. Dicen -por igual- que su alma en pena aún ronda esta tapiada entrada, en noches de luna llena.










El sábado, 3 de octubre de 2015, por iniciativa de la Alcaldesa y el Pbro. Oscar Fuenmayor, párroco de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá de Lobatera, se realizó un trabajo de campo en la zona de la quebrada de Pozos Azules, con el fin de estudiar la viabilidad de un proyecto de rehabilitación de este antiguo espacio natural. El equipo estuvo conformado por la Alcaldesa Natalia Chacón, el Señor Carlos Alviárez Sarmiento, el antropólogo Anderson Jaimes, el Coordinador de Medios de la Alcaldía Darío Hurtado Cárdenas y quien esto escribe. El equipo fue guiado por el Señor Antonio Ruiz, a quien agradecemos su orientación y la transmisión de la sabiduría popular del lugar. Por su esfuerzo y contando con el apoyo del párroco para la fecha, Mons. Erasmo de la Cruz Chacón, construyó en 2010 el primer oratorio subterráneo tachirense, a 47 metros en una mina de carbón -activa- el cual fue dedicado a  Santa Rita de Casia. Desde allí, cada Semana Santa, parte el camino del Vía Crucis hasta la Iglesia de Lobatera.  



De regreso, y admirando desde lejos la imponente serranía –de agreste paisaje y apacible temple- vinieron por símil, a la memoria, los versos del poeta.


Costas de Venezuela, de Rafael Alberti (1902-1999)

Desde el vapor «Colombie», 1939.


Se ve que estas montañas son los hombros de América.
Aquí sucede algo, nace o se ha muerto algo.
Estas carnes sangrientas, peladas, agrietadas,
estos huesos veloces, hincándose en las olas,
estos precipitados espinazos a los que el viento asesta un golpe
seco y verde a la cintura.
Puede que aquí suceda el silencioso nacimiento o la agonía
de las nubes,
sombríamente espiadas desde lejos por mil picos furiosos de
pájaros piratas,
cayendo de improviso lo mismo que cerrados balazos ya difuntos
sobre el horror velado de los peces que huyen.
Aquí se perdió alguien,
algo que estas costillas,
que estos huesos saben callar o ignoran.
Pero aquí existe un nombre,
una fecha,
un origen.
Se ve que estas montañas son los hombros de América.


En «Antología poética», Editorial Losada s. a., Buenos Aires, 1942.




Garganta o cañón de Pozos Azules, en el curso alto de la quebrada, a su paso bajo el viejo puente (de armadura simple Warren Truss) de la Carretera Central del Táchira, construido en 1912. Esta primera carretera tachirense, se inauguró en 1914. A la izquierda del observador, el inicio de la cima del cerro de La Cuja y a la derecha, el inicio de la cima del cerro de los Corrales. Foto: Darío Hurtado, 2010.





Parque Natural de Pozos Azules e identificación de sus parajes más emblemáticos (Lobatera, Estado Táchira, Venezuela). Foto: Imagen satelital en ortofotografia. Altura de captura de imagen: 1.300 m sobre el relieve, por Google Earth para la Educación, 2015).





Como patrimonio natural, es Bien de Interés Cultural de la Nación incorporado al Catálogo del Patrimonio Cultural de Venezuela 2004-2010/TA 17-18/p. 41, según Resolución N° 003-2005, del Instituto del Patrimonio Cultural, publicado en la Gaceta Oficial N° 38.234 de fecha 20 de febrero de 2005.



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