(1) Hito "San Pedro" en la frontera internacional entre las repúblicas de Venezuela (derecha, Este) y Colombia (izquierda, Oeste), en medio de la carretera que comunica a las aldeas y caseríos venezolanos de Los Trapiches y El Oso (Municipio Lobatera-Estado Táchira) con el caserío colombiano de Ricaurte (Corregimiento de Ricaurte-Departamento Norte de Santander), en la montaña y garganta de Mucujún, del antiguo territorio de la Gobernación de San Faustino de los Ríos.
Se corresponde con el hito A6, y está a una altura de 1.512 m. Fue fijado y construido luego de la demarcación del Laudo Arbitral Suizo, de 1923. La línea limítrofe, en este trayecto, va por el centro de la carretera, según lo indica la flecha grabada en la parte superior del hito (Foto: Darío Hurtado, 2016. Visita que hicieran las autoridades del Concejo Municipal de Lobatera y el Cronista oficial para la época, Prof. Richard Medina).
(2) Superposición sobre la imagen fotográfica de la línea fronteriza internacional, de la línea estadal tachirense y de las líneas intermunicipales que convergen en el Hito A6 o Hito San Pedro, en la montaña de Mucujún (Foto: Darío Hurtado, 2016, Visita que hicieran las autoridades del Concejo Municipal de Lobatera y el Cronista oficial para la época, Prof. Richard Medina; Trazado de superposición, Samir A. Sánchez, 2016).
(3) Superposición sobre plano cartográfico de la línea fronteriza internacional, de la línea estadal tachirense y de la línea fronteriza del Municipio Lobatera que se inicia en el Hito A1 (sur, cerca de la cumbre del cerro Don Pedro) y finaliza el el Hito A6 (norte, Hito San Pedro, en la garganta o paso de la montaña de Mucujún), en un recorrido de 1,6 km de la línea internacional. Foto: Cartografía Nacional 1:100 000, 1970, reproducción con fines didácticos, Trazado de superposición, Samir A. Sánchez, 2016.
(4) Vista aérea del área limítrofe internacional de la montaña de Mucujún (Foto: Google Earth, 2016. Línea internacional trazada por Google Earth en 3D, identificación de jurisdicciones, Samir A. Sánchez, 2016).
Como un ejercicio fascinante de ontología regional, este trabajo resulta en un homenaje de Proyecto Experiencia Arte al Táchira, al conmemorarse los 166 años de su autonomía con la creación de la provincia en 1856.
En la cartografía del lenguaje existen partículas que poseen el peso de una cordillera: para nosotros, el artículo definido «El» antepuesto al nombre de nuestro estado no es un accidente del habla ni un rústico arcaísmo; es un marcador ontológico de soberanía. Decir «Soy del Táchira» es un acto de afirmación política y cultural que se resiste a ser borrado en un mundo globalizado que tiende a diluir todo lo local. No hablamos de una simple coordenada geográfica, sino de un sujeto histórico indomable que decidió bautizarse a sí mismo para no ser más un satélite de voluntades externas.
Por ello, este esfuerzo investigativo busca rescatar la identidad regional tachirense y el sentido de pertenencia que con tanta firmeza habitaba en nuestros nonos (abuelos), devolviendo el pulso a una esencia que se niega a desaparecer.
La gestación de una identidad (1561-1830)
Luego de la independencia de España, nuestra esencia se forjó en el "Finisterre" occidental de la Provincia de Mérida. No obstante, desde la fundación de San Cristóbal en 1561 y la Gobernación del Espíritu Santo de La Grita en 1576, ya se habían trazado los primeros ensayos de nuestra conformación territorial e independencia administrativa. En ese finisterre, extremo remoto y escarpado de la Provincia de Mérida, sucedía que, mientras los mapas oficiales nos etiquetaban bajo esa jurisdicción, en el corazón de esta tierra se gestaba una identidad diferenciada y una fuerza social que se negaba a aceptar etiquetas impuestas por la distancia administrativa.
La imprenta del Táchira (1845)
Los primeros atisbos o señales de esa protoidentidad tachirense, no oficial, pero subyacente, se puede rastrear, hasta la fecha, con la llegada de la primera imprenta que existiío en los que ahora es el Estado Táchira, piedra angular del periodismo tachirense independiente que se instaló un 15 de agosto de 1845 en San Cristóbal, y provenía de Estados Unidos.
Como un inciso, es de destracar que este significativo avance fue liderado por el culto Don Domingo Guzmán Escandón (1790 - finales del siglo XIX), en San Cristóbal, quien acertadamente la bautizó como "Imprenta del Táchira": una prensa de hierro de cama plana, testimonio del legado de Gutenberg, con su platina y tímpano manuales, y un costo monetario superior a los 1000 pesos de la época.
Cada página era un trabajo de dedicación y mecánica: la plancha se entintaba meticulosamente a mano y los tipos se ordenaban con esmero para crear impresiones a dos columnas por pliego. Pero esta imprenta fue más que una simple máquina; se convirtió en la fuente del pensamiento independiente y el discurso público en el Táchira.
Con la adquisición de esa primera imprenta, que funcionaría en el extremo occidental de la provincia de Mérida, en lo que hoy conocemos como el Estado Táchira, resulta revelante como, pese a la configuración político territorial y administrativa de la época, e instalarse en el Cantón de San Cristóbal, Guzmán decidiera bautizarla dándole el significativo nombre de "Imprenta del Táchira".
Más allá del dato fáctico, este gesto puede interpretarse como una temprana manifestación de la conciencia de diferenciación territorial. Para Guzmán, el nombre no constituiría una mera etiqueta nominal, sino la formalización política de una región, la de los cuatro cantones occidentales, que ya operaba, desde 1830, bajo la denominación informal de "cantones del Táchira".
Este apelativo político-territorial hundía sus raíces en la Constitución provincial merideña de 1811, la cual delimitaba geográficamente la jurisdicción al establecer que la provincia se extendía "de Oriente a Poniente desde la Raya de Timotes hasta el río Táchira" [SALAZAR, Temístocles, Las Constituciones del Estado Táchira, en Revista Táchira Siglo XXI, Universidad Católica del Táchira, N° 21, San Cristóbal, 2002, Preámbulo de la Constitución Provisional de la Provincia de Mérida de la Confederación Venezolana, 31 de julio de 1811, p. 11]. Bajo esta premisa, es posible afirmar que Guzmán Escandó vislumbró en 1845 una identidad subyacente en la zona, anticipando así su futura autonomía. Como bien señala el profesor Temístocles Salazar en un análisis que hace sobre este período, existía una dualidad, que podemos definir como administrativa y ontológica: si bien la región pertenecía jurisdiccionalmente a Mérida, ya poseía una fisonomía territorial propia y, en lo fundamental, una "conciencia de ser tachirenses" [SALAZAR, Temístocles, „Las Constituciones del Estado Táchira‟, en Revista Táchira Siglo XXI, Universidad Católica del Táchira, N° 21, San Cristóbal, 2002, Introducción, p. 8].
Por igual, es notorio y de resaltar que "La Imprenta del Táchira" fue la cuna de los primeros periódicos de la región: “El Eco del Torbes” en 1845 con agentes autorizados para la circulación y venta fuera de San Cristóbal en Lobatera, La Grita, Bailadores y Mérida, y “El 14 de marzo” en 1856.
Estas publicaciones sirvieron de plataforma para las voces locales, fomentando un sentido de comunidad y un compromiso crítico con los problemas de la época. Además, esta misma imprenta fue fundamental para moldear el panorama político de la región, ya que se utilizó para imprimir la primera Constitución del Estado Táchira en 1864. Esto marcó un paso crucial en el autogobierno y el desarrollo de la región. La “Imprenta del Táchira” se erige como un poderoso símbolo de progreso, educación y el floreciente espíritu del periodismo independiente en el Táchira. Sentó las bases para el libre intercambio de ideas y desempeñó un papel indispensable en la configuración de la identidad cultural y política de la región.
La voz de la historia en cuatro testimonios
Retomando el tema que tratamos en el presente artículo, le cedemos la palabra a los siguientes documentos:
1. El testimonio de un Obispo (1848): Indomables, levantiscos e independientes siempre ante cualquier sujeción impuesta contra su voluntad, que proviniera desde la capital de la provincia, la ciudad de Mérida, los tachirenses, demostrando su propio peso, sin tener la condición político-administrativa de autónomos, venían haciendo un uso informal pero político, desde 1830 aproximadamente, del adjetivo y sustantivo: "tachireño" como réplica inmediata, contundente y diferenciada del resto del gentilicio oficial que era el propiode toda la provincia: "merideño".
Así, en 1848, se tiene que luego de los acontecimientos en el Congreso Nacional en Caracas, del 24 de enero de 1848 y de las situaciones posteriores que se dieron en la provincia de Mérida, y una vez controlada la situación de insurgencia, el presidente José Tadeo Monagas envió a la ciudad de Mérida un ejército expedicionario para someter desde allí a la provincia rebelde la cual, el 18 de febrero de 1848, en respuesta al asalto al Congreso Nacional, había proclamado el desconocimiento de la autoridad de Monagas creando una junta de gobierno que asumió la soberanía y autonomía provincial, como en 1811.
Uno de los actores más decididos en esta insubordinación, fue el Obispo de Mérida de Maracaibo, Monseñor Juan Hilario Bosset. El 4 de marzo de 1848, el mitrado emeritense, enviaba una carta urgente a los curas tachirenses reconociendo el término y que éramos un bloque diferenciado: "[...] yo empeño mucho a usted a fin de que con su influjo haga que todo calme y se unan los tachireños a nosotros (los merideños)" [en SILVA OLIVARES, Héctor, “Autonomía territorial, liberalismo y rebelión en la Provincia de Mérida, Venezuela” en Proceso Histórico, revista semestral de historia, arte y ciencias sociales, Universidad de Los Andes, Mérida, Nº 9, enero de 2006, p. 15. “Sumario contra el Reverendo Obispo de esta Diócesis. Dr. Juan Hilario Bosset, por conspiración”. f. 107. Archivo General del Estado Mérida, 1848]. Para el Obispo, ya no éramos simplemente "habitantes del occidente", éramos los “tachireños”, un cuerpo social distinto.
2. La definición del Padre Piñeiro (1849): En el sumario seguido al Padre Ciríaco Piñeiro, acusado de
participar por igual en el alzamiento contra Monagas en Mérida, se encuentra una
justificación de fecha 21 de marzo de 1849, donde el Padre Piñeiro ofrece una
explicación directa sobre el significado político del término "del Táchira":
"Desde antaño había en esta provincia dos partidos eleccionarios, uno de
los cantones de Oriente de ella o ‘de Mérida’ y el otro del Occidente o ‘del Táchira’, partidos puramente provinciales y nada más, siendo el último siempre
el triunfante […] una vez perdiendo los electores del Táchira, ocupáronse estos
en vengarse de los de Mérida, llamándose asimismo liberales y a los otros
oligarcas, enemigos desafectos" [CHALBAUD CARDONA, Eloy, Historia de la Universidad de Los Andes, ediciones de la Universidad de Los Andes, Mérida, 1987, tomo 8, pp. 502-504: Documento 11, “Justificación del Presbítero Doctor Ciríaco Piñeiro, 21 de marzo de 1849 ante el Ministro de Interior y Justicia. Comunicación 56 del Provisor del Obispado de Mérida”. Aquí el artículo "del" (de + el) ya marcaba una propiedad territorial y política absoluta.
3. El informe de Castelli (1855): La necesidad de nuestra autonomía era evidente incluso para los diplomáticos. Carlos Luis Castelli, Legado extraordinario ante la Nueva Granada, en un informe crítico, advertía al Ministro del Interior sobre los bandos descritos por el Padre Piñeiro, el "espíritu de oposición" de nuestra gente y la necesidad imperativa de dividir la Provincia de Mérida en dos:
“De aquí se deriva forzosamente lo que en realidad está sucediendo respecto de los intereses locales y diversidad de opiniones en los habitantes: los cuatro cantones occidentales se quejan de que las autoridades provinciales desconocen o no están jamás dispuestas a atender bien las exigencias de su localidad especial: los Orientales, por su parte, viven inquietos por el espíritu de oposición y discordia en que ven uniformarse cada día con más vehemencia a sus comprovincianos de Occidente, las opiniones políticas tienden a formar siempre, dos opuestos bandos, cuyo verdadero objeto es dominarse en absoluto con la ocupación del poder provincial, tomando una sección, por antagonismo con la otra, la bandera contraria de las que alzan los grandes partidos nacionales: por lo mismo, las elecciones son verdaderos combates en que se recurre a todo género de intrigas para sojuzgar a un enemigo aborrecido; y el ejercicio de la autoridad, impotente en semejante estado para propender al bien, no es sino la continuación de una lucha que no tiene término, y que mantiene las pasiones en exaltación constante” [en GONZÁLEZ VALBUENA, R. El Táchira Histórico. Tipografía La Nación, Caracas, 1948, p. 75. Documento copiado del Archivo General de la Nación, documentos de correspondencia del Departamento de Interior y Justicia, mayo de 1855].
4. El proceso de autonomía provincial (1855-1856): La génesis de la Provincia del Táchira como entidad autónoma no fue un acto de improvisación, sino el resultado de un complejo proceso civil y legislativo que se desarrolló entre 1855 y 1856. La secuencia de estos acontecimientos fue la siguiente:
Impulso inicial (febrero de 1855)
El movimiento autonomista inició sus trámites según la legislación de la época el 7 de febrero de 1855 [en GONZÁLEZ VALBUENA, R. El Táchira Histórico. Tipografía La Nación, Caracas, 1948, p. 75. Documento copiado del Archivo del Congreso Nacional, Cámara de Representantes, 1855, tomo
II, p. 150]. En ese momento, el Concejo Municipal de San Cristóbal, contando con el respaldo de los cantones de Lobatera, La Grita y San Antonio del Táchira, formalizó la solicitud para la creación de una nueva unidad territorial político-administrativa. El proyecto original, elevado ante la Diputación Provincial de Mérida, contemplaba la denominación original de "Provincia Torbes".
Obstáculo regional y la vía nacional (marzo de 1855)
Ante la negativa de la Diputación de Mérida de dar curso a un planteamiento de división territorial, limitándose apenas a acusar recibo de la solicitud, los representantes de San Cristóbal optaron por acudir directamente al Poder Legislativo nacional. El 2 de marzo de 1855, introdujeron el proyecto de la "Provincia Torbes" [en GONZÁLEZ VALBUENA, R. El Táchira Histórico. Tipografía La Nación, Caracas, 1948, p. 68. Documento copiado del Archivo del Congreso Nacional, Cámara de Representantes, 1855, tomo II] de forma directa ante el Congreso Nacional en Caracas, logrando que se recibiera y entrara a discusión, aún cuando no tenían el informe de la Diputación provincial de Mérida.
Mutación del nombre y la presión institucional (abril de 1855)
Es en este punto donde emerge la fuerza identitaria del nombre actual. El 20 de marzo de 1855, varios diputados dan a conocer el proyecto de decreto en el Congreso Nacional para su primera discusión, pero ya aparece en los documentos a discutir bajo la denominación de "Provincia del Táchira", ya no "Torbes". No obstante desconocemos los motivos del cambio, pero creemos que fue posible a que tuvo mucho peso en la mente de los lesgisladores la existencia y uso de los viejos nombres distintivos, el de los bandos rivales políticos de antaño en la provincia de Mérida: los tachireños (o bando del Táchira, de los cantones occidentales) y los merideños (o bando de Mérida, de los cantones orientales).
Posteriormente, el 27 de abril de 1855 [en GONZÁLEZ VALBUENA, R. El Táchira Histórico. Tipografía La Nación, Caracas, 1948, p. 75. Documento copiado del Archivo del Congreso Nacional, Cámara de Representantes, 1855, tomo II, p. 150], las autoridades del Cabildo de San Cristóbal se dirigieron al Presidente de la República para denunciar la obstrucción de la Diputación de Mérida, que persistía en no emitir el informe de ley preceptivo. En dicha misiva, se instó al Ejecutivo a exigir el cumplimiento de este requisito constitucional para que el proyecto de creación de la "Provincia del Táchira" (manteniendo el nombre de "Táchira" y no "Torbes" como ellos lo habían propuesto inicialmente) pudiera ser sometido a debate en las sesiones ordinarias del año siguiente.
La consolidación jurídica (marzo de 1856)
Finalmente, tras superarse los escollos administrativos, el Congreso Nacional aprobó la creación de la nueva provincia el 11 de marzo de 1856. Tres días después, el 14 de marzo de 1856 [Biblioteca de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales, Serie República de Venezuela, nº 3, edición facsimilar de la “Recopilación de Leyes y Decretos de Venezuela reimpresa por orden del Gobierno Nacional, tomo III, segunda edición oficial, Caracas, Casa editorial de la Opinión Nacional 1890”, Caracas, 1982, p. 335: “Decreto 992 / Decreto del 14 de marzo de 1856 erigiendo una nueva provincia con el nombre del Táchira”], se produjo el ejecútese presidencial, naciendo oficialmente la Provincia del Táchira con San Cristóbal como capital y por territorio jurisdiccional el los antiguos cantones occidentales.
Así, resulta evidente que la fuerza política y la raigambre histórica del término "Táchira" se impusieron sobre la propuesta inicial de "Torbes". En la mente de los diputados que introdujero la solicitud en el Congreso, se reconoció que este nombre poseía una potencia simbólica y una identidad territorial que ninguna otra denominación podía igualar.
Una región que se pertenece a sí misma
El orgullo regional alcanzó su cenit en 1896, cuando el Dr. Santiago Briceño y la Sociedad Patriótica de Táriba propusieron que los tachirenses donaran un buque de guerra para defender el Esequibo del imperio británico, bautizándolo —y no podía ser de otra forma— como “El Táchira” [BRICEÑO, Santiago, Cuestión Guayana, Boletín Nº 2, Táriba, 5 de enero de 1896, hojas sueltas, en Archivo de Don Tulio Febres Cordero, Biblioteca Pública Central del Estado Mérida, Mérida, 1994].
Por ello, el llamado a quien sienta esta tierra en sus raíces es absoluto: rechacemos la idea de referirnos al Táchira como una simple división administrativa, sólo por copiar o repetir una forma de hablar que no es nuestra.
Lo expuesto constituye un ejercicio de supervivencia cultural. Para el habitante de la geografía tachirense, la preservación de su identidad no se dirime únicamente en los manuales de historiografía oficial, frecuentemente ajenos a nuestra realidad, sino en la gramática de la cotidianidad y en las plataformas digitales. Estas últimas se manifiestan como un vórtice de contenidos heterogéneos, una suerte de fusión digital donde el rigor científico y el yerro sistemático convergen de manera casi imperceptible. Bajo esta premisa, el empleo del artículo en la denominación «El Táchira» trasciende el mero capricho lingüístico o la redundancia baladí, pues se erige como un acto de resistencia, una impronta grabada en el habla popular con la vigencia de casi dos siglos.
Al decir con orgullo “Soy del Táchira”, y no “de Táchira” no solo invocamos una identidad única y una geografía, sino que reivindicamos el legado de aquellos ancestros indomables que jamás entregaron su autonomía. Somos una región que, por derecho histórico y voluntad propia, se pertenece a sí misma y tiene su lugar entre los pueblos del mundo, y se ha ganado con sus hazañas y su esfuerzo propio el respeto.
Uno de los referentes clásicos del estudio de nuestra idiosincrasia como pueblo, y quien concreta y defina esa característica, es el Dr. Antonio María Pérez Vivas. Con sus palabras cerramos: "Vivimos en armonía con nuestros ideales, nuestro destino a la sombra del esfuerzo propio, nos respetamos mutuamente, buscamos que los demás nos respeten y, en consecuencia, perseguimos adueñarnos de nosotros mismos. No son guerreros de oficio los tachirenses, pero saben serlo cuando lo pauta su destino [PÉREZ VIVAS, A. Psicología tachirense y desarrollo, Editorial Arte, Caracas, 1966, p. 11].
Nota: Este trabajo es una ampliación y continuación investigativa del artículo titulado: «Táchira» significa «tierra de nuestra heredad». Estudio aproximativo sobre el origen y significado de la palabra «Táchira», una arqueología de voces y palabras" Procesos Históricos: Revista de Historia, Arte y Ciencias Sociales, ISSN-e 1690-4818, Nº. 34, 2018, págs. 122-142.
Foto: Bandera del Estado Táchira ondeando en las aristas y cumbres del macizo montañoso y páramo del Tamá. Imagen idealizada y generada con IA (Gemini 3). Promt de Santiago X. Sánchez (2025)..
La esencia de nuestra patria tachirense trasciende la palabra; se halla cifrada en la heráldica de nuestros municipios fundadores.
Hoy rendimos tributo a la Tachirensidad: ese tejido inmaterial de historia, tesón y cultura que nos define como pueblo. Nuestra trayectoria institucional alcanzó un hito fundacional el 14 de marzo de 1856, cuando el Congreso Nacional de la República de Venezuela decretó la creación de la Provincia del Táchira, conformada por cuatro municipalidades, consagrando la autonomía que el ímpetu regional demandaba.
No obstante, nuestro espíritu es más antiguo. La simiente de nuestra identidad como región fue plantada el 31 de marzo de 1561 con la fundación de la Villa de San Cristóbal. Desde aquel entonces, el Valle de Santiago y la incipiente villa se erigieron como el epicentro de un territorio predestinado a la grandeza.
Los pilares de nuestra historia
Cada escudo de las municipalidades fundadoras es un libro abierto. En sus cuarteles y divisas se condensa la gesta de un pueblo que supo transmutar una geografía abrupta en un hogar próspero y civilizado.
San Cristóbal(Municipio San Cristóbal): Ciudad de la Cordialidad y eje político-administrativo desde 1561.
Lobatera(Municipio Lobatera): Corazón histórico, nutriz de pueblos y paso obligado del comercio y la colonización.
San Antonio del Táchira(Municipio Bolívar): Vigía de la frontera y símbolo inexpugnable de nuestra soberanía.
La Grita (Municipio Jáuregui): Atenas del Táchira; antorcha de cultura y tradición en la alta montaña desde 1576.
Proyecto Experiencia Arte y Táchira Heritage @tachiraheritage rinden homenaje a estos cuatro baluartes, génesis de nuestra identidad.
¡Al glorioso pueblo tachirense, salud!
Imágenes generadas en IA (Genmini 3) por Santiago Xavier Sánchez (2025)
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Táchira: Four Blazons, One Andean Identity
The essence of our Tachirense (Tachiran) motherland transcends the written word; it lies enshrined within the heraldry of our founding municipalities.
Today, we pay tribute to Tachirensidad (Tachiranness): that intangible fabric of history, fortitude, and culture which defines us as a mountain folk. Our institutional trajectory reached a foundational milestone on the 14th of March 1856, when the National Congress of the Republic of Venezuela decreed the creation of the Province of Táchira, thus consecrating the autonomy demanded by our regional spirit.
Nevertheless, our soul is more ancient still. The seeds of our identity were sown on the 31st of March 1561, with the founding of the Villa of San Cristóbal. From that moment forth, the Valley of Santiago and the nascent villa were established as the epicentre of a territory predestined for greatness.
The Pillars of Our History
Each coat of arms of the founding municipalities serves as an open chronicle. Within their quarters and mottoes lies the condensed saga of a people who knew how to transmute a rugged geography into a prosperous and civilised hearth.
San Cristóbal: The City of Cordiality and the political-administrative axis since 1561.
Lobatera: The historical heartland, nurturer of settlements and a vital thoroughfare for trade and colonisation.
San Antonio del Táchira: Vigilant sentinel of the frontier and an impregnable symbol of our sovereignty.
La Grita: The Athens of Táchira; a beacon of culture and tradition amidst the high mountains since 1576.
Táchira Heritage pays homage to these four bastions, the genesis of our identity.
To the glorious people of Táchira: We salute you!
AI-generated (Gemini 3) by Santiago Xavier Sánchez (2025).
Fotos: Samir A. Sánchez (Servicio Cartográfico del Ejército Español, Centro Geográfico del Ejército. Archivo Cartográfico y de Estudios Geográficos, Cartoteca Histórica. Madrid, 1997. Tomadas directamente del original que se encontraba en la Sala de exposiciones, con autorización concedida en esa fecha, para fines de tesis doctoral). Nota: En la actualidad se puede descargar de Internet en la dirección que se indica al finalizar el trabajo.
La geografía de la frontera del Táchira del siglo XIX con sus riscos, desiertos de altura, peñascos estériles y precipicios, no será solo un paisaje, sino un actor fundamental en esta tragedia a relatar.
Es interesante analizar la figura de Mejía, el bandolero, desde la literatura de terror clásica: una máscara de hospitalidad, donde la «posada obligada» se convierte en «casa-guarida» resulta en un tropo universal que nos recuerda las leyendas de posaderos asesinos en la vieja Europa. La deshumanización, en el lenguaje de la época al utilizar palabras que animalizan en expresiones como «planta tóxica», «pantera cebada», «buitre rapaz», «hiena», servía para justificar moralmente su ejecución final y resaltar la monstruosidad de sus actos.
Al ubicarnos en la época, este relato es recopilado y publicado casi de forma paralela con la novela «Doña Bárbara» del insigne escritor y expresidente de los Estados Unidos de Venezuela, Don Rómulo Gallegos, y nos presenta, por igual, el conflicto entre el «bárbaro» y el «héroe civilizador». Entre Mejía (el caos) y el Capitán Manuel Jacinto Martell (el orden). Mejía viene a representar la barbarie de los caminos antiguos, el peligro de la noche y la traición al huésped y el Capitán Manuel Jacinto Martell, el fin del misterio y el símbolo de la llegada del Estado o de la autoridad que pone fin a la «ley de la selva» en las periferias de los pueblos y ciudades.
El relato que transcribimos, sobrevivió casi 80 años antes de ser impreso en 1930. Esto indica que vivió como una leyenda oral en el Táchira fronterizo hasta que el periodismo de principios del siglo XX decidió rescatarlo como parte de la identidad regional. Sin el trabajo del periodista Humberto Díaz Brantes y el informe de Don Manuel Albornoz, publicado en «El Álbum del Táchira», la historia de «El Buitre» probablemente se habría disuelto en el olvido, como tantos otros crímenes de la época de las recuas.
El final del bandolero Mejía en las proximidades de La Grita, con su cuerpo «insepulto» que sirvió de festín a los rapaces cuervos, formó parte de un ciclo de violencia que marcó la memoria colectiva del Municipio Bolívar y del Táchira fronterizo del siglo XIX. Un relato y tiempo de nuestra propia historia, escasamente conocido y estudiado en la actualidad.
Este es el relato:
«Por los años de 1840 y 1850 emergió como planta tóxica, entre los pavorosos y estériles peñascos de El Salto, siete kilómetros de San Antonio por la vía de recuas que conduce a San Cristóbal, el célebre bandido Mejía, cual el forajido Erazo de Berruecos, o mejor, la pantera cebada y feroz de aquella comarca, ¡apodado el Buitre!
Bajo los caracteres de la más tremenda alevosía, fueron muertos por aquel facineroso malhechor, sinnúmero de viajeros que desgraciadamente se hospedaron en la casa-guarida que, en calidad de posada obligada, tenía tan sanguinario posadero, taimado y ladino, quien como buitre rapaz y al amparo de las sombras de la noche, apagaba su sed de sangre y oro en los infelices transeúntes que caían en sus feroces garras, degollándolos cuando dormían y arrojando incontinenti los cadáveres a un sótano o cueva horadada ad hoc a inmediaciones del precipicio que allí existe.
Entre las víctimas notables hechas por el bandido Mejía, cuéntase un sacerdote que viajaba de Mérida a Pamplona, y dos ricos comerciantes de La Grita y Trujillo, quienes, provistos de fuertes sumas de dinero, se dirigían a algunos pueblos de Colombia en viaje de negocios.
Hasta el año de 1856 fue teatro ‘El Salto’ de las lúgubres tragedias del malhechor Mejía. Todo tiene su fin. Para dicho año el valiente capitán Manuel Jacinto Martell, quien viajaba de Caracas por esa vía para Colombia, habiéndose hospedado en la casa del bandido pudo milagrosamente salvarse y descubrir el misterio que hacía tantos años velaba una incógnita. Dando Martell al siguiente día noticias a las autoridades de San Antonio, de lo ocurrido a él y a su asistente en la noche anterior en el punto de ‘El Salto’, aquella fiera humana fue aprehendida, e instruido el sumario, fue remitido a la Penitenciaría de Mérida donde debía purgar sus atroces delitos; pero en el viaje, no lejos de La Grita, en la cuesta de Aguadía, pretendiendo romper las ligaduras que lo asían con el fin de fugarse, uno de los soldados de la escolta que lo conducía, disparó sobre él, cayendo exánime para jamás levantar. Así quedó exterminada aquella hiena del seno de la humanidad; habiendo quedado su cuerpo tendido allí, insepulto, ¡el cual sirvió de lúbrico festín a los rapaces cuervos!»
Identificación de los mapas:
Primera: "Geographica particular Detallada que Comprehende las Ciudades, Villas Parroquias y demas Poblaciones entre Santa Fé de Bogota y las Provincias de Maracaybo y Santa Marta" (1790-1799).
La totalidad del mapa ya se encuentra disponible para consultas, en Internet, en la siguiente dirección electrónica:
Segunda: Parte de la jurisdicción de la Provincia de Maracaibo, Año 1790).
Detalle del espacio territorial correspondiente al occidente del actual Estado Táchira. En este trayecto, la línea fronteriza que separaba las jurisdicciones de la Capitanía General de Venezuela y el Nuevo Reino de Granada o Virreinato de la Nueva Granada, corría por los ríos Táchira, Pamplona y Zulia. Este mapa resulta coincidente con la descripción de dicha frontera, que realizara el sabio neogranadino Francisco José de Caldas (1768-1816), en 1809 al descrbirla:
Los centros y lugares poblados, representados en el mapa, en jurisdicción de la provincia de Maracaibo, original y oficialmebnte "del Espíritu Santo de Mérida de Maracaibo", son: San Antonio, Capacho, Mulata, San Faustino, San Cristóbal, Táriba, Guásimos y Lobatera. Asimismo, la cadena montañosa que atravesaba este territorio se consideraba como el inicio de las Sierras Nevadas, actualmente denominada Sierra de Mérida.
Esta sentencia, impregnada de una sabiduría secular, habitaba con naturalidad en el léxico cotidiano de nuestra parentela mayor: los nonos. Al pronunciarla, no solo aludían a aquel instrumento de pesar con el que tasaban los frutos de la tierra; la frase entrañaba una semántica más profunda, hoy desdibujada por el tiempo. Era la proclama de un arraigo inexpugnable a sus principios y una lealtad insobornable a sus costumbres y a su fe.
En estos tiempos modernos y volubles, sometidos a la tiranía de lo efímero y al imperio de la inmediatez, nuestros ancestros nos legaron la ontología de la constancia, la prudencia, la austeridad y el tesón. Sostenían con convicción inquebrantable que tales virtudes, cinceladas en el decurso de la cotidianidad y bautizadas con el sudor de un esfuerzo de siglos, constituían el auténtico sillar o piedra angular del carácter tachirense. Ante su mirada, ninguna sofisticación técnica ni espejismo de modernidad poseía la potestad de suplantar la esencia del oficio íntegro, la dignidad del trabajo cumplido y bien hecho, ni el sentido de una existencia con propósito.
Por ello, observar esta fotografía es hacer una evocación lírica. Nos traslada a una heredad perdida, recordándonos la fortaleza y la abnegación de nuestra estirpe. Representa un tributo imperativo a aquellas manos que, entre surcos y neblinas, cimentaron el Táchira eterno; un homenaje a un espíritu que, pese al avance inexorable de la centuria plena de máquinas y tecnologías, se resiste a entregar su esencia al olvido.
Nota: La romana es un instrumento de pesa cuyos orígenes se remontan a la Antigüedad clásica, fundamentado en la ley de la palanca. A diferencia de la balanza de platillos, la romana emplea un pilón o contrapeso que se desliza sobre una regla graduada, hecha de bronce.
En la accidentada orografía del Táchira, su persistencia no supuso un mero anacronismo, sino una respuesta pragmática a las exigencias del entorno. Debido a su robustez y portabilidad, devino en el instrumento predilecto para el comercio en los campos de labranza, las unidades de producción cafetaleras y los mercados de montaña.
Mientras la modernidad introducía básculas fijas y delicadas, la romana permitía una versatilidad única: podía suspenderse de los hombros de dos labriegos, de la viga de un corredor o de la rama de un guamo en pleno cafetal.
Mantenía así una precisión que los nonos investían de un respeto casi sagrado, equiparable a la solemnidad de la palabra empeñada.
Foto: Luis Felipe Ramón y Rivera e Isabel Aretz. Paraderos pesando con romana (Aldea La Parada, Lobatera, Estado Táchira, 1955).
¿San Cristóbal o San Sebastián? La dicotomía de nuestros protectores tutelares
En este período del año (enero), surge de manera recurrente la interrogante sobre la aparente discrepancia entre el topónimo de nuestra urbe y la identidad de su santo patrón. La resolución de este enigma se halla en una trayectoria secular que entrelaza el fervor religioso con la génesis de nuestros asentamientos, una crónica que, si bien es susceptible de síntesis, goza de un sólido sustento documental.
San Cristóbal, mártir de Licia: La advocación y la Catedral (Siglos XVI-XX)
El 31 de marzo de 1561, el capitán Juan Maldonado procedió a la fundación de la Villa. Impulsado por una profunda devoción familiar, dedicó, como se lo autorizaba a los capitanes fundadores de ciudades y pueblos el real patronato eclesiástico de las Indias, el templo principal a San Cristóbal Mártir de Licia. Desde aquel hito fundacional, el mártir ha ostentado la condición de "Santo Titular" de nuestra parroquia primigenia, elevada hoy a la dignidad de Catedral. A su figura debemos, por tanto, el nombre de la ciudad y la advocación del recinto sacro original.
Un ejemplo de las dedicaciones de los templos parroquiales de los nuevos pueblos, villas y ciudades fundadas en la América española, es el caso de la ciudad de Velez (en el Nuevo Reino de Granada, actual Colombia) el 14 de septiembre de 1539. Refiere el cronista de Indias, Lucas Fernández de Piedrahita, como:
"[...] Porque roconociendo después que más adelante, pasado el río de
Suárez, muy cerca de la montaña, en la provincia de los Chipataes, treinta leguas al Norte de Santafé había disp0sicion donde con más comodidades podían poblarse, de común sentir de todos mudaron allí la ciudad a catoryc de Septiembre, y en el sitio señalado a la Iglesia
parroquial exaltaron la Cruz Santísima, por cuya causa permanece hasta hoy el templo que le dedicaron: repartieron solares por cuadras según el número de los vecinos, y con ayuda de los indios cargueros y de los que se agregaron de paz, hicieron casas de paja en que alojarse en tanto disponían el tiempo que con propios vasallos las hiciesen más suntosas [...]" (Fernández de Piedrahita, Lucas. Historia de la conquista del Nuevo Reino de Granada. Libro VI).
San Sebastián mártir: El patronazgo de la ciudad (Siglo XVII)
Hacia mediados de la centuria del XVII, la Villa se hallaba sometida a constantes asedios por parte de los naturales que aún resistían en las montañas y selvas al dominio español. Ante tal coyuntura, el Cabildo —conforme a la cosmovisión religiosa de la época y por la misma potestad que le confería el Real Patronato— resolvió pedir protección espiritual contra las hostilidades, como ya había sucedido en otras ciudades como en Barquisimeto, luego de la derrota del Tirano Aguirre y como refieren los documentos de la época:
"La iglesia parroquial está dedicada a la Cconcepción Purísima de María Santísima aunque quando se consiguió el vencimiento y muerte del Tirano Lope de Aguirre se aclamaron por Patronos de la ciudad a los gloriosos apóstoles San Simón y San Judas Tadeo por haber sido esta victoria el día 28 de octubre en que Nuestra Santa Madre Iglesia celebra la festividad bajo de cuyo patronato se mantiene el día de hoy en cuyo reconocimiento se les rinden obsequiosos cultos y se le dedican annualmente fiestas reales".
Así, el Cabildo de la Villa de San Cristóbal aclamó y designó entonces a San Sebastián mártir, asaeteado por los romanos por permanecer en su fe, como Santo Patrono protector de la villa y de toda su jurisdicción. En 1818, el Ilustrísimo Obispo Lasso de la Vega, mediante decreto episcopal, ratificó esta histórica dualidad, que imperaba desde el siglo XVII, y que pervive en la actualidad: San Cristóbal: Titular del templo (cuya festividad se conmemora el 25 de julio, junto a la de Santiago apóstol, nombre que lleva el valle donde se asienta nuestra ciudad cordial) y San Sebastián: Patrono de la ciudad (cuya solemnidad principal se celebra el 20 de enero).
La información que el Obispo pidió a cada parroquia eclesiástica de su jurisdicción, para poder determinar quienes eran los santos patronos y titulares, fue:
"Se pide noticia de los Patrones ó Titulares.
Abril, 22 de 1818.
Rafael pr. la Gracia de Dios y de la Sta. Sede
Apostólica. Obispo de Mérida de Maracaybo del
Consejo de S Magtd. etc. etc.
Siendo uno de los beneficios que el pueblo Chris-
tiano debe reconocer, (dando por ello culto espe-
cial á Dios), tener y venerar algún Santo, Mis-
terio ó advocación por Patrono del lugar ó Ti-
tular de su Iglesia: y está mandado que quan-
do son canónicamente elegidos, tengan rezo y Mi-
sa y respectivamente, abstinencia de obras ser-
viles: deseando también en esta parte llenar los
deberes de ntrº ministerio, ordenarnos á los Venerables
Vicarios, que cada uno en su Partido haga
manifiesta esta nuestra notificación en todos los cu-
ratos; y que cada Cura exponga a continua-
cion cual sea el Patrono, ó el Titular en la in-
teligencia de que si es Patrono, ha debido ser teni-
do como tal en quieta posesión desde antes del
año de 1630; y si es titular propuesto como tal al
Prelado, o concedido así al tiempo de edificar-
se la Santa Iglesia la primera vez. Si hubiere duda sé ex-
pondrá también. Y si existieren documentos que
acrediten algo de lo dicho se acompañarán en
términos que hagan fé. Con ello podremos dispo-
ner en los calendarios de que Santos Misterios
ó Advocaciones deba rezarse como tales Patro-
nos ó titulares.- y cuales exijan ulterior inquisi-
sion ó diligencias. El cura que primero la reciba
la pasará al segundo; [y así lo demas) baxo de
responsabilidad, y precepto que le imponemos.
Dada en N. Palacio Episcopal de la M. N. y
L. ciudad de Marac9 á 22 de Abril de 1818.
RAFAEL.
Obispo de Mérida de Marac°.
Por mandato de S. S. I. el Opo. mi Señor
José Dion°. de Artiaga
Secretario" [Archivo Arquidiocesano de Mérida, Curatos, 10.208, ff. 7-8v. SILVA, Antonio Ramón, Mons. Documentos para la Historia de la Diócesis de Mérida, Imprenta Diocesana, tomo IV, Mérida, 1922, pp. 105-106: Documento XLI]
Una vez recibida las respuestas de cada una de las parroquias de la Diócesis, en el caso de la Vicaría capitular de la Villa de San Cristóbal, el Obispo de Mérida de Maracaibo, Mons. Rafael Lasso de la Vega decidió:
“[f. 8.] Maracaibo, noviembre 20 de 1818. Por lo acordado con el Cabildo Eclesiástico declárase la quieta y pacífica posesión de San Sebastián en su Patronato de la Villa de San Cristóbal, observándose el mismo rito y solemnidad que en esta ciudad de Maracaibo y por titular al mismo San Cristóbal mártir de Licia, éste con sola solemnidad de Misa por el día en que cae, y habiendo primera Misa de Santiago, Patrono universal [nota: esta aclaratoria de precedencia de celebraciones la hizo el Obispo Lasso por cuanto las festividades de Santiago apóstol y San Cristóbal mártir de Licia coincidían en un mismo día, el 25 de julio,. Para estos casos, sobre el culto de dulía, las rúbricas tridentinas especificaban que en el calendario litúrgico romano las fiestas de los apóstoles tenían primacía sobre la de los santos mártires. Así, la primera misa del día 25 se celebraba en honor a Santiago apóstol y la siguiente en honor a San Cristóbal mártir de Licia]. Y San Sebastián celébrese con el voto de primera clase, octava y credo y fiesta de ambos preceptos [f. 8v.].... El Obispo (existe una rúbrica). Ante Mí. José Dionisio de Arriaga, Secretario (existe una rúbrica). Se pasó oficio al Vicario con inserción del anterior Decreto” [Archivo Arquidiocesano de Mérida, Curatos, 10.208, ff. 7-8v. SILVA, Antonio Ramón, Mons. Documentos para la Historia de la Diócesis de Mérida, Imprenta Diocesana, tomo IV, Mérida, 1922, pp. 105-106: Documento XLI].
El cambio a "Parroquia El Sagrario-Catedral"
A través de los años, el nombre de la parroquia matriz cambió. En 1860, sin justificación documental o decreto episcopal, y probablemente sólo por alguna "excentricidad" o improvisado "esnobismo" de algún vicario o párroco de la época, dejó de escribirse en los libros parroquiales "Parroquia del glorioso mártir San Cristóbal" y pasó a llamarse temporalmente "Parroquia de San Sebastián", pero desde 1965, por decreto episcopal de Mons. Dr. Alejandro Fernández Feo, la parroquia matriz de la ciudad y del Táchira se denomina Parroquia El Sagrario Catedral. Sin embargo, a pesar de los cambios de nombre administrativo, la esencia no cambia: la Catedral sigue dedicada a San Cristóbal mártir de Licia y el santo patrono de la ciudad sigue siendo San Sebastián mártir.
En conclusión: San Cristóbal nos dio el nombre y el templo, mientras que San Sebastián llegó para ser el protector de la ciudad y su jurisdicción en tiempos difíciles. ¡Dos mártires para un mismo pueblo!
Custodios de otros pueblos tachirenses
El decreto episcopal de 1818, cuyo propósito era institucionalizar bajo la norma canónica la tradición católica del Táchira, delimitó asimismo la identidad religiosa de otras comunidades de la región:
La Grita: El Espíritu Santo figura como titular de su templo matriz, mientras que el Santo Cristo ejerce el patronazgo (celebrado en la festividad de la Transfiguración).
Táriba: Ostenta como titular y patrona a Nuestra Señora de la Consolación (desde el año 1804 cuando se crea la parroquia eclesiástica).
Lobatera: Se encomienda a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá como titular y patrona (desde 1773 por decreto episcopal del Arzobispo de Santa Fe de Bogotá).
Capacho: Tiene por titular y patrono al Apóstol San Pedro.
Guásimos (actual Palmira): Se halla bajo la tutela de San Agatón, papa y mártir, en calidad de titular y patrono.
Imagen más antigua (hasta la fecha) de una fiesta litúrgica y procesión con la imagen de San Sebastián, San Cristóbal, 20 de enero de 1899. Se observan por igual a los antiguos "horqueteros", hombres quienes portaban una vara larga, por lo general de caña, arreglada en uno de sus extremos con una hendidura que generaba dos puntas o la "horqueta" (horquilla) y servían para levantar los cables del telégrafo o eléctricos en las calles, permitiendo de esta forma el paso de las imágenes procesionales sin peligro de enganche o enredo. En el uso doméstico, las horquillas, varas o cañas se empleaban para bajar naranjas y otras frutas en los patios o jardines internos y solares. Digitalización José Antonio Pulido Zambrano, de la Biblioteca (sección de Fototeca) de la Academia de Historia del Táchira (2020). Reproducción con fines didácticos.
Imagen del antiguo altar mayor de la Catedral de San Cristóbal, para 1956. Altar tipo retablo neogótico bajo EL DOMO DE LA CATEDRAL realizado por el alarife Jesús Manrique a principios del siglo XX. Se observan las imágenes de San Sebastián, patrono de la ciudad (izquierda del observador) y San Cristóbal, santo titular de la iglesia (derecha del observador). Este altar fue derribado en 1960 durante las remodelaciones de la Catedral. Según el Cronista emérito Dr. J. J. Villamizar Molina, ambas imágenes fueron realizadas, por el artesano Don Antonio Ignacio Dávila Paredes (Pueblo Llano, Mérida, 1844 - Capacho Nuevo, 1918. Casado con Inés Pico Pernía) en la población de Capacho Nuevo/Independencia.
Monseñor Alejandro Fernández Feo, Obispo de la Diócesis que promovió la remodelación de la Catedral entre 1960 y 1961, dándole el aspecto que conocemos en la actualidad, supervisaba todas las obras en lo litúrgico y, al derribar este antiguo altar, decidió mantener la histórica distribución de las imágenes de los nichos del antiguo altar mayor en la nueva catedral, en la siguiente forma: Las imágenes del Corazón de Jesús (como Cristo Rey), San José y la Virgen del Carmen se representaron en sendos vitrales en el nuevo ábside, de artístico techado con artesonado mudéjar, y sobre la sillería del coro de los canónigos. La imagen de San Sebastián se trasladó y pasó a presidir la capilla norte del presbiterio (en la nave del Evangelio) y la de San Cristóbal, la sur (en la nave de la Epístola).Foto: Rivera, Julio C. Teatro Infantil Literario, Ediciones Rex, San Cristóbal, 1956. Digitalización de imagen por el historiador y académico José Antonio Pulido Zambrano, 2022. Reproducción con fines didácticos).
Nombres históricos [según la denominación dada en las actas de los libros sacramentales] de la parroquia eclesiástica de la Iglesia matriz de San Cristóbal (Catedral desde 1922):
31 de marzo de 1561-1 de agosto de 1860, Parroquia de San Cristóbal mártir de Licia.
2 de agosto de 1860-20 de enero de 1965, Parroquia de San Sebastián mártir.
21 de enero de 1965 al presente, Parroquia de El Sagrario Catedral.
En 1964, Mons. Alejandro Fernández Feo, Obispo de la Diócesis de San Cristóbal, recibía las letras de la Constitución Apostólica "SANCTI CHRISTOPHORI IN VENEZUELA. Canonicorum collegium cathedralis templi S. Christophori in Venezuela constituitur" [de fecha 30 de octubre de 1964) que creaba y constituía el primer cabildo catedralicio tachirense que funcionó hasta 1987.
Con la creación de esta nueva institución eclesiástica en la Catedral, a la parroquia matriz de San Sebastián el Obispo Fernández Feo, luego de la solemne profesión de fe e instalación del Cabldo el 19 de enero de 1965, le da el nuevo nombre de parroquia eclesiástica de El Sagrario Catedral, y así se comenzó a registrar en los libros sacramentales.
En marzo de 1965 emitía otro decreto en el cual se definían las obligaciones y derechos del párroco del Sagrario Catedral y del Cabildo catedralicio. Con ello diferenciaba las funciones propias del cabildo catedralicio (antiguo cuerpo colegiado que ayudaba al Obispo en sus funciones de gobierno y velaba por el cumplimiento de las rúbricas liturgicas y decoro en las funciones religiosas y solemnes de la Catedral y aquellos oficios que el Obispo le encomiende) de las funciones propias del cura párroco rector (atención a las funciones sacramentales y de cura de almas de la feligresía de la parroquia eclesiásica con rango de sede catedralicia), fijando como sede parroquial la capilla del Sagrario (de allí el nombre) y del Señor de Limoncito, de la Catedral de San Cristóbal.
La devoción a San Cristóbal y a San Sebastián, en la Villa de San Cristóbal, queda reflejada en unas mandas testamentales de uno de sus vecinos principales para 1737, quien testó en la ciudad de Pamplona y estableció una serie de misas de sufragio a celebrarse en la Iglesia parroquial de la Villa de San Cristóbal, en el siguiente orden:
«[…] Otra misa resada con su responso el día del Señor San Christoval, u otro día de los de su octava. Otra missa resada con su responso el día del Glorioso Mártir San Sebastián, u en otro día de los de su octava […] Otra missa rezada el día del Señor San Antonio de Padua, u otro día de los de su octava […] Tres missas resadas con sus responsos en reberencia del Santo Christo de la ciudad de La Grita, las / que comenzarán desde el día siete de agosto en adelante hasta su cumplimiento. […] Nueve missas resadas con sus responsos, la primera el día de la Asunción a los cielos de María Santísima Nuestra Señora, quince de agos-/to, y las demás a su cumplimiento en los días siguientes de su octaba» (DUQUE, Ana Hilda, Cuentas de una devoción. Manuscrito de la Cofradía de Nuestra Señora de la Consolación de Táriba, 1788-1803, Ediciones del Rectorado de la Universidad de Los Andes y del Archivo Arquidiocesano de Mérida, Mérida, 2008, pp. 22-23, Archivo Arquidiocesano de Mérida, sección 58, Sociedades y Obras Pías, caja Nº 2, carta 58-33, Copia certificada dada en 1767, folios 13r-21, documento otorgado en fecha 2 de marzo de 1737).
Ejemplo de la intitulación de la Iglesia parroquial de la Villa de San Cristóbal, para 1851, como "Iglesia parroquial del glorioso Señor San Cristóbal..." (Foto: Libro sacramental de Defunciones, año 1851, Archivo parroquial del Sagrario Catedral de San Cristóbal, SGU, 1993).
San Sebastián, talla en cedro amargo, de tamaño natural, que se veneró en la Iglesia Catedral de San Cristóbal desde 1876 hasta finales del siglo XX. Según el Cronista emérito Dr. J. J. Villamizar Molina, ambas imágenes (con la de San Criastóbal mártir de Licia), fueron realizadas, por el artesano Don Antonio Ignacio Dávila Paredes (Pueblo Llano, Mérida, 1844 - Capacho Nuevo, 1918. Casado con Inés Pico Pernía) en la población de Capacho Nuevo/Independencia. Foto: Archivo y Hemeroteca del Diario Católico (1980), en la ciudad de San Cristóbal. Digitalización y coloración, académico José Antonio Pulido Zambrano, de la Biblioteca (sección de Fototeca) de la Academia de Historia del Táchira (2024) y publicada en la Revista Táchira Histórica (Nº 19, Diciembre de 2024). Reproducción con fines didácticos.
Imagen (talla en madera policromada) para procesionar del mártir San Sebastián (adquirida hacia 1967). Al pie se encuentra el relicario ex-ossibus (de primera clase y del tipo mínima, esto es, que contiene un pequeño fragmento óseo del mártir) en bronce sobredorado y en forma de custodia neobarroca, de San Sebastián (Narbona, 256 d. C - Roma, 288 d. C.).
Por igual destaca parte de la cúpula y pechina (diseño del arquitecto Rafael Seijas Cook, en 1916) de la antigua arquitectura catedralicia y parte del dosel y cornisa de coronamiento de la cátedra episcopal de la Diócesis de San Cristóbal. Esta cátedra, en el lado del Evangelio, es un elemento fijo y está elaborada en madera tallada y torneada, al igual que sus tres asientos y estrado con gradas. En su parte posterior es cerrada y guarnecida con colgaduras (Foto cortesía del Pbro. José Lucio León Duque, rector-cura párroco de la Parroquial del Sagrario/Catedral de San Cristóbal, antigua Parroquial de San Cristóbal y San Sebastián).
Escultura de San Cristóbal mártir de Licia en la fachada de la Santa Iglesia Catedral de San Cristóbal (Foto: Santiago X. Sánchez, 2025)
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