lunes, 29 de junio de 2015

San Pedro del Río, la casa de la Amistad |San Pedro del Río (Táchira State), a town referred to as the House of Friendship





Palabras con motivo de la presentación y bautizo del libro «Evocando el recuerdo. Historia de mi terruño San Pedro del Río» del Dr. Carlos Moreno.

Iglesia parroquial de San Pedro del Río, 28 de junio de 2015, vísperas de la memoria y festividad de San Pedro Apóstol






Quiero en primer lugar, expresar mi gratitud al Dr. Carlos Alberto Moreno por el honor que me han conferido de llevar las palabras de presentación de su libro «Evocando el recuerdo. Historia de mi terruño San Pedro del Río» (Talleres Gráficos Universitarios, Mérida-Venezuela, 2015). 

Nuestra presencia aquí tiene el valor de un testimonio. La asumo como una expresión de amistad pero, por igual, de reconocimiento por parte de la familia Moreno Escalante a los padres fundadores y pobladores de esta población y parroquia del sur geográfico del Municipio Ayacucho.  

Así, en mi condición de Cronista Emérito, les hablo en nombre de la muy antigua Villa de Lobatera, la tierra de sus mayores.

Si quisiéramos abarcar esa expresión, «tierra de sus mayores», la misma se podría resumir con los versos de un viejo bambuco neogranadino: «Fue fundadora de pueblos con el tiple y con el hacha, y con el perro andariego que se tragó la montaña, / fue cuna fiel de mis abuelos y tesoro de la patria».

Por ello, «Evocando el recuerdo. Historia de mi terruño San Pedro del Río», viene a ser el vaso comunicante y la continuidad generacional de esa obra –plena de difíciles y arduas historias humanas de apego a la tierra que ganaban- iniciada en los albores del siglo XIX, que pasa por la compilación de los escritos de su padre, el Señor Luis Alberto Moreno Suárez y finaliza en un libro de nuestro tiempo, en la obra del Dr. Carlos Moreno.

Nos encontramos, así, ante un impresionante trabajo y una memoria agradecida.

Les manifiesto, en primer lugar, que tengo por el Dr. Carlos Moreno una singular admiración. Su carácter como médico ejemplar y su dedicación en el indagar sobre la memoria histórica de su tierra -siguiendo los pasos paternos- son valores eminentes y escasos en estos tiempos de globalización, culto superfluo y desapego por la tradición. Las dos cualidades referidas inicialmente, transmiten valor y trascendencia al libro que hoy entrega a su gente, cuando los bronces de la Iglesia Universal repican la hora del oficio divino de vísperas, por la solemnidad de San Pedro apóstol.  

De esta forma, respetuosamente les pido, acompáñenme en su recorrido.

Se abre el libro con la frase bíblica que le imprimiera la docta pluma de Monseñor Mario del Valle Moronta Rodríguez, Obispo de la Diócesis de San Cristóbal, «Hijos de la tierra». Frase que ubica y contextualiza al lector en las dimensiones de tiempo, espacio y trascendencia. Quien desconoce el lugar de origen, desconoce al mismo tiempo lo que anhela en concreto y, por consiguiente, quién es él mismo. Como dijera el poeta, va sin camino y sin nombre.

Los capítulos siguientes, desde el primero al séptimo, nos adentran en las historias, vidas y senderos recorridos por los patriarcas, entre montuosos cerros donde el viento huye, calcina el sol y el rayo muere, en la tramontana de Lobatera; hasta el encuentro con la tierra prometida en el iluminado espacio del valle de la Chirirí, donde la frescura de las aguas que lo bañan y la opulencia con que respondían los sembrados, les permitieron hacer surcos tan profundos en el alma de sus descendientes que ni las contrariedades de los hombres ni la mudanza de los tiempos pudieran destruirlos. 

Cierra este ciclo, el relato de una acción bélica olvidada: la batalla de la Chirirí, el 11 de agosto de 1886, entre liberales comandados por el General Espíritu Santo Morales y conservadores por el Coronel Cipriano Castro, ascendido a general luego del encuentro. Para unos fue su bautismo de fuego, para otros el inicio de una brillante carrera militar, para la Patria, el derramar de la sangre de sus hijos, entre montañas de ceniza fratricida. Como bien lo reseña el padre del autor: «el combate de La Chirirí deja un solo triunfador, Castro y la derrota de un caudillo Morales». 

Este lugar, como lo sostiene en su obra el Dr. Moreno, necesita de un monumento que recuerde y advierta. Que recuerde las vidas cegadas allí en defensa de una idea; pero que a su vez sea advertencia y nos aleje de los dantescos ecos de la sentencia que resonó en España en 1835, en voz del periodista Mariano José de Larra: «Aquí yace media España, murió de la otra mitad».        

El capítulo octavo está dedicado a la historia eclesiástica de San Pedro del Río. De todos es conocido que en el proceso de formación de nuestros pueblos, la Iglesia Católica tuvo y tiene parte prestantísima. Así, el relato sobre cómo la piedra bautismal asentó sus reales en el pueblo y cómo una sucesión de párrocos cuidaron de la feligresía, nos recuerda que las manos de madre y maestra de la Iglesia trabajaron por el engrandecimiento de la Patria.

Un capítulo noveno, nos retrotrae exactamente ciento diez años años en el tiempo, a una efemérides: la creación del Municipio Castro. Figura político territorial con la cual, San Pedro del Río y sus aldeas circundantes, entraban, de hecho y de derecho, a formar parte de la geografía jurisdiccional municipal tachirense, dentro del otrora Distrito Ayacucho, actual municipio. 

El acta de instalación, con la cual se dio el ejecútese al decreto de la Asamblea Legislativa del Estado Táchira expedido en noviembre de 1904, se inicia con el bucólico nombre de «En la aldea Río de las Casas», sustantivo compuesto del cual encontramos, en comarcas cercanas, idénticas referencias como la denominación de la aldea «Potrero de las Casas», de Lobatera, en viejos documentos de fecha 21 de julio de 1804.

Los vaivenes políticos de la historia de Venezuela, hicieron que el epónimo «Castro» resultara incómodo para partidarios y aduladores de oficio -infaltables personajes de la picaresca política venezolana- del nuevo régimen Rehabilitador del 19 de diciembre de 1908 y por ello, en 1914, cambia el restaurador epónimo del Municipio y de su capital, para siempre –como bien lo sentencia el Dr. Carlos Moreno- por el apostólico y argénteo nombre de «San Pedro del Río».

En el orden familiar, de la lectura de los apellidos de quienes rubrican el acta de 1905, queda en evidencia como la sangre de los fundadores, que hemos seguido de generación en generación, continúa corriendo como timbre de orgullo que aún exhiben los Casanova, Márquez, Suárez, Colmenares, Moreno, Noguera y Morales, entre otros.

Los capítulos del décimo al décimo segundo, en palabras que quiero tomar de nuestro recordado Rector de la Universidad Católica del Táchira, el P. Arturo Sosa, S.J., son «los más sabrosos del libro». Verdaderas anécdotas para no olvidar la historia. El lápiz del autor –en la evocación de los escritos de su padre- nos lleva a conocer personajes de ilustre actuar, pasando por datos tan vivenciales como las primeras panaderías –todas regentadas por mujeres de abolengo y carácter recio como Doña Doromilda de Moreno, Concha de Colmenares o Fidelia Moreno de Porras-, el refranero popular, las leyendas que se contaban junto al fogón o las fiestas, hasta el eco marcial de la Banda Bolívar la cual -difuminada en el tiempo- aún desfila sobre las viejas calles, iluminadas por los faroles del recuerdo, en lo más profundo de la memoria agradecida de los ancianos del pueblo. 

En paráfrasis del Deuteronomio, podemos afirmar que todo habitante de San Pedro del Río debería tener y conocer esas vivencias, como un pacto entre su historia y su presente, para que siempre las conserve y lleve escritas en su alma y en su corazón.

Los capítulos del décimo tercero al décimo octavo, son un canto a la tierra, a la propia y a la de los orígenes. Es un retorno a las raíces de las cuales brotó la oriflama emblemática de San Pedro del Río. 

El lector conocerá, con detalles, los principios que dieron forma a la Villa de Lobatera. De allí, sin más pertrechos que algunos instrumentos de labranza y un espíritu emprendedor, parte de sus pobladores abandonaron el cálido terruño para marchar y hacerse compañeros de la neblina y la bruma en la loma de Santa Rosalía de Palermo de Borotá; labrar la fértil planicie de San Juan de Colón y divisar desde allí el pétreo mar de las inmensas llanuras del lago marabino, donde tras el correr del tiempos los pioneros del ferrocarril fundarían, en 1915, Estación Táchira o San Félix; buscar los aires que la brisa del páramo esparcía por las praderas de San Juan Nepomuceno de Michelena; hasta descansar de fatigosas jornadas en las soleadas vegas que, cubiertas por naranjos, mamoncillos y granados, bordeaban el pastoril horcajo de San Pedro del Río, para luego conquistar y abrir caminos en la selva ilímite, abrupta, sofocante y devoradora del Lobaterita, Guaramito, Uracá, del Grita y del Zulia.

Todas ellas, tierra buena, tierra fértil, donde la mano de Dios se volcó para hacer de la espiga luz y de la semilla, promesa de fecundidad y productividad.

En síntesis, el libro «Evocando el recuerdo. Historia de mi terruño San Pedro del Río», creo, no pretende otra cosa que dejar por escrito el pasado de un pueblo. Aunque como se verá –al leerlo- encierra un recordatorio siempre actual. Encierra también un anhelo y una esperanza: que podamos encontrar, con la luz del entendimiento, el camino para que San Pedro del Río continúe siendo la casa de la amistad, hogar de todos y refugio del alma. 

Si cabe decirlo, en palabras del filósofo: que no pierda la tranquilidad de la población de provincia. Que sea el ordo amoris del santo doctor de Hipona, donde lo económico –lo útil- sea soporte de lo estético moral –de todo lo que es bello y es bueno-. Que propios y visitantes, en cualquier momento, al doblar una esquina, desemboquen en una placita que traiga a la memoria el verso de Lorca: La noche se puso íntima/ como una pequeña plaza. O encuentre un jardín con tapia, que le haga evocar la recatada belleza del huerto cerrado del Cantar de los Cantares. O perciba, en el sosiego de un parque, la música callada,/la soledad sonora del místico de las letras castellanas, San Juan de la Cruz. Que las piedras, tapias, patios, aleros, esquinas y rincones no cedan ante la vorágine de una modernidad vacía y superficial.

Al concluir estas ideas que he querido compartir con ustedes y con las cuales intento estar a la altura de la grata invitación que me hiciera el Dr. Carlos Alberto Moreno, autor del libro y de Mons. Dr. Mario del Valle Moronta Rodríguez, prologuista, permítanme expresar dos juicios que se complementan el uno con el otro. Primero, el libro que les he referido tiene la gracia del pincel: perpetuar escenas y vivencias en la conciencia de los hombres. Segundo, que bien luciría en las manos del Dr. Carlos Alberto Moreno Escalante, la vara de Cronista Parroquial de San Pedro del Río.

Muchas gracias.    

Samir A. Sánchez


San Pedro Apóstol, de Pedro Pablo Rubens. Óleo sobre tabla, 107 x 82 cm, entre 1610 y 1612, Escuela de pintura flamenca. Museo Nacional del Prado, Madrid (España). Reproducción con fines didácticos.