Durante una de mis disertaciones sobre identidad latinoamericana en la Cátedra UNESCO de la Universidad de Deusto, surgió una anécdota interesante que quiero compartir. Una estudiante venezolana, oriunda de Valencia, reaccionó con una mezcla de asombro y curiosidad cuando me presenté como «ciudadano de la República del Táchira».
Aquel encuentro devino en un diálogo profundo sobre la autopercepción y los códigos del reconocimiento regional. Con notable perspicacia, la joven me interrogó sobre dos de nuestros elementos icónicos: el origen de la palabra «gocho» y la sentencia histórica: «Ni cobro andino ni pago caraqueño».
En mi condición de estudioso de la filología, le confesé que, tras años de investigación, me hallo en una suerte de parálisis investigativa: un punto donde las fuentes documentales parecen agotarse en callejones sin salida. Sin embargo, frente a la especulación, mi método de investigación siempre se aferra a la evidencia fáctica. ¿Qué dicen realmente los documentos?
Para el tachirense, esta palabra no es unívoca; es un laberinto semántico que transita entre la geografía, la etimología y la anécdota. Estos son los tres hitos fundamentales que, hasta ahora, he logrado sistematizar:
1. El rastro en la narrativa petrolera del Zulia
La primera aparición del vocablo como gentilicio neutro se localiza en la novela "Mene" (1936), de Ramón Díaz Sánchez. El autor sitúa la expresión en el contexto de las riberas del Lago de Maracaibo, específicamente en Cabimas, donde la migración andina hacia la industria petrolera era incesante. Allí, un personaje se refiere a un pulpero andino como «paisa» y «gocho», sin una carga peyorativa evidente. No obstante, para 1966, el historiador zuliano Rodolfo Luzardo, en su libro «Lenguaje zuliano: castellano, modismos y barbarismos» ya la clasificaba como una expresión zuliana despectiva nacida de las asperezas políticas del período gomecista.
2. La especificidad de Lobatera
Hacia el interior del Táchira, la génesis documental toma un rumbo distinto. En la obra «Ventisca» (1938), de Luis Felipe Prato, el término identifica exclusivamente a los naturales de Lobatera.
3. Incidente auricular
Desde una perspectiva técnica-etimológica, autores de la talla de Tulio Chiossone y Emilio Constantino Guerrero sostienen que, originalmente, en el Táchira, «gocho» describía una condición física: la falta de una oreja (por accidente, anotia o microtia). Esta acepción guarda una estrecha relación filológica con el vocablo «gacho» (animal de oreja caída). En este estrato histórico, la palabra carecía de vinculación con el gentilicio o el insulto; era, estrictamente, una descripción anatómica.
Del silencio documental a la generalización del gentilicio
Resulta paradigmático que los grandes cronistas de entresiglos, como el General Francisco Alvarado o José Rafael Pocaterra, ignoraran el término en su vasta obra, prefiriendo denominaciones como andino, tachirense, capachero o chácharo o chácaro.
La palabra no ingresa al canon de los boletines lingüísticos oficiales sino hasta 1948. Según Nemecio Parada (1969), fue en el centro de Venezuela donde el uso se extendió para englobar a todo el colectivo tachirense, oscilando pendularmente entre la sorna y el afecto.
La sentencia de Castro y Pocaterra
Para concluir nuestro diálogo, el cual siguió toda la clase con interés, abordamos el aforismo: «Ni cobro andino ni pago caraqueño». Le aclaré que dicha frase sólo aparece documentada en las memorias de su coterráneo, José Rafael Pocaterra. Aunque este se la atribuye al General Cipriano Castro, no existe prueba documental de que él la pronunciara. No obstante, es una construcción ben trovato (bien hilada) que describe con precisión la agudeza salomónica de Castro antes de que el poder y las camarillas cortesanas de la capital obnubilaran su sindéresis.
Para cerrar, le resumimos que ser «gocho», para un tachirense, es hoy el resultado de un complejo tejido histórico. Una palabra que, probablemente, surgió como mote en las riberas del Lago, se nutrió de la tradición oral de Lobatera y acabó convertida en un símbolo de identidad. Una identidad que, si bien analizo con distancia académica, respeto profundamente en quienes la asumen como bandera.
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