miércoles, 3 de febrero de 2021

Terremoto de San Cristóbal de 1598: Orígenes registrados de la actividad sísmica en el Táchira│The 1598 San Cristóbal Earthquake: Origins of Seismic Activity in Táchira

 



Solicitud del Procurador en Corte Capitán Alonso de Ribas. Con nota marginal hecha por los revisores y autoridades del Real y Supremo Consejo de Indias en Madrid, en 1611, donde se especifica que las informaciones y peticiones de la Villa de San Cristóbal fueron dadas por el Alcalde de la Villa en 1609 (Foto: Cortesía del investigador Dr. Bernardo Zinguer, 2025).



El rastreo minucioso de las fuentes documentales de la época, por parte de los especialistas, permite fijar un hito fundamental en la historia sísmica del Táchira: el primer terremoto de gran magnitud registrado en la Villa de San Cristóbal ocurrido en el año 1598 y en los sucesivos años temblores de tierra. Este temprano fenómeno natural dejó una profunda huella en las estructuras de la naciente localidad, marcando el inicio de una larga crónica de eventos telúricos que han condicionado el devenir urbano y social de toda la geografía tachirense


Los detalles de este suceso y sus devastadoras consecuencias se desprenden directamente de un conjunto de solicitudes enviadas a la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá, organismo que actuaba en América como un verdadero alter ego del Rey de España. Dichas peticiones fueron reunidas, canalizadas y presentadas de manera unificada ante la Corte por el procurador Don Alonso de Ribas, quien transmitió en 1610 las apremiantes demandas surgidas de los cabildos, justicias, regimientos y alcaldes de las ciudades que integraban el Corregimiento de Mérida del Espíritu Santo de La Grita (creado formalmente mediante una Real Provisión de 9 de mayo de 1607, subordinado a la Real Audiencia de Santa Fe del Nuevo Reino de Granada), entre las cuales figuraban explícitamente Mérida, la Villa de San Cristóbal, Espíritu Santo de La Grita, Altamira de Cáceres, y Nuestra Señora de Pedraza.




Solicitud del Procurador en Corte Capitán Alonso de Ribas, con notas marginales hechas por los revisores y autoridades del Real y Supremo Consejo de Indias en Madrid, en 1611, donde se transcriben las informaciones y peticiones de la Villa de San Cristóbal, en las cuales se informaba a la Corona, por igual, sobre los terremotos que han asolado la Villa desde hace doce años. Informaciones dadas por el Alcalde de la Villa en 1609 (Foto: Cortesía del investigador Dr. Bernardo Zinguer, 2025).


Al examinar este histórico expediente de 1611, resalta un valioso dato cronológico consignado por el revisor de la Corona. En una precisa nota marginal al inicio del documento, se especificaba que, si bien el sismo aconteció a finales del siglo XVI, las peticiones particulares y los informes de daños correspondientes a la Villa de San Cristóbal fueron formalmente redactados y presentados por el Cabildo en el año 1610 y quienes referían: 

"De 12 años a esta parte han sucedido en esta Villa grandes terremotos y temblores de tierra que ha sido causa de ruina [...]". 

Este texto fue transcrito en la solicitud general y como anexo en el f. 24 del mismo expediente. Está dicha solicitud original identificada como  "Nº 10" en el documento original presentado en la Real Audiencia por el Procurador Ribas y fechada en la Villa de San Cristóbal el 6 de marzo de 1610, poco después del violento terrenoto de San Blas del 3 de febrero de 1610 (que destuyó a la villa y a La Grita). Firmaban la misma los alcaldes de primera y segunda elección Diego Martínez y Domingo de Urrego, el Alferez Real Pedro Dionisio Velasco y regidores Martín de Cárdenas Cristóbal Melero, Hernando Lorenzo Salomón y Miguel de Buenaño. Escribano Público y de Cabildo Cristóbal Vivas. Por igual, en las notas marginales del documento enviado a España, se habla de otra solicitud realizada por el Alcalde de San Cristóbal, en 1609.


El anterior documento de incalculable valor historiográfico se encuentra resguardado en el Archivo General de Indias en Sevilla, bajo la sección Real Audiencia de Santa Fe, legajo 67, N.º 25, y fechado en Madrid, a 18 de febrero de 1611.


Este antiquísimo testimonio no hace sino confirmar una realidad insoslayable: la ciudad de San Cristóbal y, por extensión, el Estado Táchira constituyen una zona geológica de francturas y bloques de alto riesgo sísmico debido a la compleja dinámica de los sistemas de fallas geológicas que atraviesan la región andina tachirense. A lo largo de los siglos, la recurrencia de estos fenómenos ha demostrado que el territorio está expuesto de forma permanente a la fuerza de la naturaleza, convirtiendo la amenaza sísmica en una constante estructural de su historia pero que, con el pasar del tiempo, se va borrando peligrosamente de la memoria de sus habitantes, retomándose su recuerdo sólo después de cada desastre telúrico.


La lista de los más devastadores terremotos en tierra tachirense, iniciada en 1598, continúa en 1610 (destrucción de La Grita y San Cristóbal), 1644 (San Cristóbal), 1812 (La Grita), 1849 (Lobatera), 1875 (todos los pueblos del Estado Táchira, con epicentro en el valle de Cúcuta) y 1981 (San Cristóbal). Ante esta vulnerabilidad histórica y geográfica, resulta imperativo transformar el conocimiento del pasado en una herramienta de resiliencia para el presente. Es indispensable articular esfuerzos educativos sostenidos orientados a construir una verdadera cultura de prevención ante sismos, sembrando estos hábitos desde el núcleo de las familias y consolidándolos en los espacios escolares. Sólo mediante la preparación, el diseño de infraestructuras adecuadas y la concienciación ciudadana colectiva se podrá mitigar el impacto de futuros eventos telúricos.



Nota Bene (N. B.): Para comprender la estructura de este documento, es necesario analizar cómo funcionaba la burocracia y gestión de estas solicitudes ante las autoridades del Nuevo Reino de Granada y el Consejo de Indias en España para la época de su redacción, durante el reinado de Felipe III. Las representaciones de los cabildos de las ciudades, villas y pueblos comprendidos en su jurisdicción podían enviar representantes directos o, para ahorrar costos en unión de otros cabildos, y delegaban su voz en una figura clave: el Procurador en Corte. En este útimo caso, los cabildos locales le enviaban sus solicitudes o peticiones, dentro de un lapso previsto, a su lugar de residencia, por lo general la capital de la provincia o corregimiento; allí, el Procurador reunía los casos y redactaba una carta de presentación unificada, anexando los testimonios particulares en un único expediente destinado a la Real Audiencia o al Consejo de Indias, directamente a su presidente y consejeros (oidores, letrados y fiscal). Una vez introducido en el tribunal, los escribanos transcribían el documento en un nuevo papel, dejando estratégicamente un amplio margen a la derecha (izquierda del observador) para que se asentaran las notas, comentarios y pareceres o veredictos. Posteriormente, el documento original, con las respuestas recibidas del Consejo de Indias, en España, se devolvía, a través de la Real Audiencia de Santa Fe, a la provincia con las decisiones adoptadas. Por ello, el expediente que hoy se custodia en Sevilla (España) y que se presenta en este trabajo, se corresponde con el estudio de dichas peticiones por parte del Real y Supremo Consejo de Indias, que sesionaba en Madrid para la fecha.



El Decálogo de la Montaña: 7 hábitos para entender y convivir con los tachirenses │ The Decalogue of the Heights: 7 Habits to Understand and Flourish Among the Tachiran People (Táchira State)





Laguna de García (Municipio Uribante)




Adaptarse al Táchira es algo que trasciende más allá del desplazamiento geográfico; es una inmersión en un compás existencial donde la cordialidad es ley y la geografía de montaña dicta los ritmos de la voluntad. Para transitar de la estancia a la pertenencia, es preciso abrazar, entre otros, estos siete preceptos esenciales:

1. El saludo

En el Táchira, la palabra es el primer puente. La cortesía tachirense no es un formalismo vacío, sino un contrato social inquebrantable. El hábito de bendecir el encuentro con un "buenos días" o un "hasta luego" —desde el umbral del vecino hasta el mostrador de la bodeguita de la esquina o del abasto— es la llave que franquea la confianza. Un trato tosco no es solo una falta; es una disonancia en la armonía de un pueblo que ha hecho de la educación su estandarte.

2. La pizca como ritual del desayuno

El despertar tachirense se consagra en la mesa. Es imperativo integrar el hábito de la pizca: esa sopa reconfortante que destila la esencia del campo. Desayunar con este caldo nutritivo no es solo un acto alimentario, es una comunión con el vigor necesario para enfrentar la jornada. En esta tierra, la mañana no comienza sólo con café, sino con el aroma de la tradición humeante.

3. La previsión ante el tiempo

Aunque el sol de mediodía pueda resultar abrasador, la montaña posee un temperamento voluble. El hábito de portar siempre una prenda de abrigo es la respuesta técnica a la neblina que no se puede predecir. En el Táchira, la chaqueta no es un accesorio estético, sino un resguardo ante el frío que desciende, impasible, cuando la luz se retira.

4. La institución del "puntal"

La cultura del trigo alcanza en estas cumbres una dignidad envidiable. El habitante debe adoptar el ritual del puntal: ese interludio vespertino, de las 4:00 pm,  donde el pan aliñado, la acema o el trenzado se encuentran con el café, el chocolate caliente  o la aguamiel. Es el espacio de la tertulia y la socialización por excelencia, un hábito que detiene el tiempo para celebrar el oficio de los panaderos locales.

Asimismo, ante el ofrecimiento de un "palito", una bebida espirituosa de licor destilado artesanal, ya sea puro o aliñado (con eneldo, anís u otras ramas), conviene meditar antes de dar una negativa. Su aceptación constituye un imperativo de cortesía; pues soslayar tal gesto de hospitalidad se entendería como una displicencia a la esencia misma de la fraternidad tachirense.


La verticalidad del paisaje exige una reconfiguración de la movilidad. El Táchira desconoce la línea recta; vivir aquí implica desarrollar la pericia técnica frente al relieve:

A pie: Una preparación física que asume el ascenso y la cuesta como un ejercicio cotidiano de resistencia.

Al volante: El hábito de la vigilancia mecánica, especialmente de los frenos, y la paciencia ante las pendientes pronunciadas que desafían toda inercia.

6. La distancia respetuosa del "usted"

En el Táchira, tenemos nuestro propio acento, cadencia y correcta pronunciación al hablar. Aquí el lenguaje constituye el reflejo fidedigno de una rigurosa jerarquía emocional. La práctica de la escucha activa revela que el tuteo no es sino una excepción en un mar de formalidad y respeto.

Dominar el uso del "usted" equivale a desentrañar la idiosincrasia local, del mismo modo que descifrar la compleja polisemia del vocablo "toche". Al respecto, la prudencia es imperativa: su empleo representa un arte de sutiles matices que oscila entre la afrenta y la complicidad; solo el tiempo y la cercanía otorgan el derecho de proferirlo.

Por igual, en estas tierras la moderación rige el temperamento: no se alza la voz ni se incurre en el grito. Somos un pueblo de hablar parco, que prefiere la precisión de lo necesario frente al ruido y la estridencia


Habitar esta región es convivir con la dualidad fronteriza. Se requiere el hábito del dominio de ambas culturas, de la vigilancia económica y política que va desde conocer las rutas del trasegar de nuestra gente y el flujo constante entre pesos, bolívares y divisas, hasta saber el estado de los puentes internacionales. Para el tachirense la frontera es más que un límite convencional e imaginario, es un organismo vivo que condiciona el comercio, los trámites y la cotidianidad tachirense.

Al seguir estos hábitos comprenderás, al fin, que la existencia en estas tierras posee una mística que las palabras apenas logran rozar.

Es un rincón de América y del mundo donde el tiempo parece demorarse en las cumbres, envolviendo con su manto los valles, mientras en el corazón de su gente late un ímpetu laborioso que no conoce el desmayo ni la derrota, y que hace lo que se propone. En el Táchira, la quietud del aire y el vigor del brazo se funden en un abrazo sagrado: un contraste donde el sosiego del alma potencia la voluntad inquebrantable de quienes tienen la mirada alta y la fuerza telúrica de la cordillera.


Este trabajo puede descargarse en formato PDF (sección final) en el siguiente enlace: